Juan J. Molina

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viernes, 5 de octubre de 2012

LA GUERRA DE SECESIÓN: CATALUÑA EN EL ESPEJO DE ESLOVENIA, Por Mikel Buesa




Eslovenia

Las experiencias de secesión en Europa configuran varios modelos, algunos de los cuales han dado lugar a choques violentos, a guerras más o menos cruentas. Uno de ellos es el de Eslovenia, donde la secesión se saldó con la Gurerra de los Diez Días, que en realidad duró un poco menos de una semana, y que registró muy pocas bajas. La guerra la ganó el nuevo Estado secesionista debido a la casi incomparecencia de un Estado Yugoslavo en descomposición. Lo fundamental en el caso fue la ausencia de voluntad política en la presidencia federal yugoslava para llevar adelante el conflicto. Se trató de un hecho favorable para los eslovenos que se querían separar, pero fatal para el resto de los yugoslavos, pues esa falta de voluntad política fue la indicación para que eclosionaran todos los nacionalismos y de desencadenaran las otras cuatro cruentas Guerras de Secesión Yogoslavas. [Los que quieran ilustrarse en el tema pueden leer el excelente libro de Francisco Veiga: La fábrica de las fronteras. Guerras de secesión yugoslavas, 1991-2001; Alianza Editorial, Madrid, 2011]
El caso es que estaba yo repasando los modelos de secesión cuando Artur Mas hizo una curiosa alusión a la guerra, poniendo en duda que España fuera a recurrir a ella para abortar sus planes. Además, unos días antes, su consejero de Interior enfatizó en la subordinación de los cuerpos policiales autonómico y locales a la voluntad política de las instituciones y el pueblo de Cataluña, en clara referencia al contexto secesionista. Recordé entonces que, en Eslovenia (como en Croacia y en Servia), el ejército secesionista se formó, en cuestión de pocos meses, básicamente a partir de los cuerpos policiales. Y todo ello me dio pie para ver un cierto reflejo de la secesión eslovena en la secesión catalana.
El tema fundamental era, sin duda, el de las fuerzas armadas y, por tanto el de la guerra. La pregunta clave no es otra que la de si España está preparada para sostener un conflicto armado en el caso de que alguna de sus regiones, en este caso Cataluña, se declare unilateralmente independiente. A tratar de responder a esa pregunta he dedicado mi columna quincenal en Libertad Digital. El texto correspondiente lo transcribo a continuación.
A medida que pasan los días y se suceden las declaraciones secesionistas de los dirigentes nacionalistas catalanes, parece más evidente que, en su proyecto, se entremezclan varios modelos ya ensayados en otros países. Está, por un lado, la amigable separación entre la República Checa y Eslovaquia, a la que me referí en un artículo anterior, que ahora se reedita con tintes originales en el proyecto de referéndum de independencia de Escocia. Pero también emerge con una nitidez cada vez mayor el modelo de Eslovenia que se saldó con un conflicto armado de poca monta —la Guerra de los Diez Días—, cuyas bajas se cifraron en 62 muertos y 328 heridos, que sin embargo desencadenó, como ha destacado el profesor Francisco Veiga en su excelente libro La fabrica de las fronteras, «el rosario de guerras que se sucedieron en el espacio yugoslavo».
La secesión de Eslovenia se aprobó por su Parlamento en el anochecer del 25 de junio de 1991, unas horas después de que el Sabor, la asamblea parlamentaria de Zagreb, hiciera lo mismo en Croacia. Fue un acontecimiento cuidadosamente preparado, tanto desde la perspectiva política como desde el punto de vista militar, en el que se tuvieron muy en cuenta los argumentos propagandísticos que se habían de presentar ante la opinión pública internacional, singularmente ante la Unión Europea. Éstos incidían en el carácter democrático de la decisión de independencia, en la vocación europeísta del país y en su voluntad pacífica de autodeterminación. Ello, a pesar de que se preparaba la guerra, como enseguida se verá, y la limpieza étnica —cosa que se haría en febrero de 1992 por el procedimiento administrativo de borrar de la lista de residentes a todas las personas que, durante el semestre posterior a la declaración de independencia, no habían solicitado la ciudadanía eslovena—.
Recordemos, con este telón de fondo, las recientes declaraciones de Artur Mas en las que apela al contexto europeo para afirmar que, si la secesión catalana se produce, «nadie puede utilizar unilateralmente las armas», para añadir que «estamos dentro de una Unión Europea que tiene la democracia como principio sagrado» y preguntar inmediatamente «¿quién tiene miedo a la democracia?». Todo lo cual le sirve para instar a los catalanes a que no se dejen intimidad por las amenazas que llegan de fuera y se quiten de encima el «miedo a emanciparse». Y recordemos también el discurso de su consejero de Interior, Felip Puig, en el acto de celebración del patrón de la Guardia Urbana de Barcelona, cuando señaló que la policía catalana está «al servicio de su país y de todo aquello que el país determine», de manera que tanto los Mossos d’Esquadra como los agentes policiales locales «seguirán a las instituciones catalanas en las decisiones que tomen como pueblo».
No está de más señalar que, entre mayo y octubre de 1990, nueve meses antes de la independencia, Eslovenia configuró una «Estructura de maniobra para la protección nacional» a partir, principalmente, de las fuerzas policiales, en la que se encuadró a 21.000 hombres. Sería esa «Estructura» la que, dotada con fusiles de asalto, armas anticarro y misiles antiaéreos se enfrentaría, sin apenas material blindado, al Ejército Federal Yugoslavo. Y tampoco se puede olvidar que, en Cataluña, hay actualmente 16.654 mossos y 10.894 policías locales; es decir, una fuerza con más de 27.000 efectivos con experiencia en el empleo de la fuerza armada.
Pero la clave de la victoria eslovena en la Guerra de los Diez Días no fue tanto la capacidad de su incipiente ejército, como el hecho de que éste se enfrentara a una fuerza débil —en la que brillaron las columnas de blindados, pero que carecían de la protección de la infantería, lo que las hacía inútiles en el medio urbano— que no tenía el respaldo político necesario para lanzarse a la acción ofensiva. El Ejército Federal Yugoslavo desplazó, en efecto, sobre Eslovenia a 35.000 soldados, sólo la quinta parte de los que hubiesen sido necesarios para ocupar un territorio de poco más de 20.000 kilómetros cuadrados. Y en menos de una semana se vio desautorizado para imponer un control militar sobre la república secesionista. La guerra concluyó inmediatamente.
¿Podría ocurrir en España algo similar? Señalemos al respecto que la ocupación militar del territorio de Cataluña —con casi 32.000 kilómetros cuadrados— requeriría, para su control efectivo, una fuerza del orden de 270.000 soldados que, actualmente, no se encuentra disponible en nuestro país. Las Fuerzas Armadas españolas cuentan, en efecto, con un total de 134.772 hombres y mujeres, incluyendo los militares de carrera y de complemento, las clases de tropa y marinería, y los reservistas voluntarios; es decir, aunque se movilizaran completamente, los ejércitos apenas llegan a la mitad de los efectivos teóricamente necesarios para restablecer el orden constitucional en el caso de secesión. Incluso si a esa fuerza se sumara la totalidad de los 80.210 miembros de la Guardia Civil, la capacidad militar de España es dudosa para el logro de ese objetivo.
Pero más allá del tamaño de la fuerza que es posible movilizar, está la cuestión política. De acuerdo con la Constitución es misión de las Fuerzas Armadas la defensa de la integridad territorial de España; y aunque su mando supremo corresponde al Rey, están subordinadas al Gobierno en tanto que es a éste al que le compete la dirección de la Administración militar y la defensa del Estado. Por tanto, es de la voluntad gubernamental de la que, en un caso como el que nos ocupa, dependerá la determinación del alcance concreto que pudiera tener la intervención de los ejércitos en un conflicto secesionista. Cuando Mas proclama que «nadie puede utilizar unilateralmente las armas» es porque está convencido de que el Gobierno de España en ningún caso llegará a decidirse por el empleo de la fuerza.
¿Se corresponde esa convicción del líder nacionalista con la realidad? Es difícil saberlo porque ni el presidente Rajoy ni ninguno de sus ministros ha dado la menor indicación al respecto. Pero sí existen declaraciones que siembran la duda en el caso de la oposición socialista y comunista, lo que hace pensar que, en la situación extrema en la que pudiera plantearse una intervención militar, el Gobierno se encontraría solo, sin apoyos externos a su propio partido y, seguramente, sometido a una potente campaña de deslegitimación. En tales circunstancias no sería sorprendente que, en el escenario catalán, volviera a reproducirse la farsa eslovena. Entonces, la secesión se produciría por la incomparecencia del Estado y acabaría abriéndose el abismo de su desmoronamiento institucional. Y a España no le quedaría otra salida pacífica que asomarse a un nuevo período constituyente de tan incierto resultado que hoy ni siquiera podemos entrever.

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