Juan J. Molina

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domingo, 11 de noviembre de 2018


NOTAS TRAS LA LECTURA DE “SOBRE LA TIRANÍA” DE TIMOTHY SNYDER

 Sobre La Tirania: Veinte Lecciones Que Aprender Del Siglo Xx


El protagonista de una novela de David Lodge dice que uno no sabe, cuando está haciendo el amor por última vez, que está haciendo el amor por última vez. Algunos alemanes que votaron al partido nazi en 1932 sin duda eran conscientes de que aquéllas podrían ser las últimas elecciones sustancialmente libres por algún tiempo, pero la mayoría no lo sabía.

La oligarquía rusa que se consolidó tras las elecciones de 1990 sigue funcionando, y promueve una política exterior diseñada para destruir la democracia en el resto del mundo.

Es posible que algún día te ofrezcan la oportunidad de exhibir símbolos de lealtad. Asegúrate de que esos símbolos incluyen a tus conciudadanos en lugar de excluirlos.

Las SS nacieron como una organización fuera de la ley, se convirtieron en una organización que trascendía las leyes y acabaron siendo una organización que anuló las leyes.

Churchill dijo que la historia sería benévola con él porque pretendía escribirla él mismo.

La posverdad es el prefascismo.

Y sí, es posible encontrar una conspiración en la red: la que te lleva a estar todo el día conectado a internet, buscando conspiraciones.

“Si el fundamento del sistema es la “vida en la mentira”-escribía Havel-, no es de extrañar que “la vida en la verdad” sea su principal peligro”.

El más inteligente de los nazis, el teórico jurídico Carl Schmitt, explicaba en términos claros la esencia de la forma de gobernar del fascismo. El modo de destruir todas las normas, explicaba, era centrarse en la idea de la excepción. Un líder nazi desarma a sus oponentes por el procedimiento de convencer a la gente de que el momento actual es excepcional, y después transformando el estado de excepción en una emergencia permanente. Entonces los ciudadanos sacrifican su libertad real en aras de una falsa seguridad.

Para los tiranos, la lección del incendio del Reichstag consiste en que un momento de conmoción hace posible una eternidad de sumisión.

Un nacionalista nos anima a ser la peor versión de nosotros mismos, y después nos dice que somos los mejores.

La democracia fracasó en Europa en las décadas de 1920, 1930 y 1940, y hoy en día está fracasando no sólo en gran parte de Europa sino en otros muchos lugares del mundo. Esa historia y esa experiencia son las que nos revelan el sombrío espectro de nuestros posibles futuros. Un nacionalista dirá que “eso no puede ocurrir aquí”, lo que equivale al primer paso hacia el desastre. Un patriota dice que eso podría ocurrir aquí, pero que lo impediremos.

Es lo que se denomina una teología: una narración del tiempo que conduce a una meta cierta y a menudo deseable. El comunismo también ofrecía una teología, ya que prometía una utopía socialista inevitable. Cuando esa historia quedó hecha añicos hace veinticinco años, nosotros sacamos una conclusión equivocada. En vez de rechazar las teologías, nos imaginamos que nuestro propio cuento era verdad.

domingo, 19 de febrero de 2017

EL LIBERALISMO PROGRESISTA EN ESPAÑA: DESDE SUS ORÍGENES REVOLUCIONARIOS HASTA HOY, por Anna-Clara Martínez

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 Podemos afirmar que a raíz de la guerra de la Independencia (1808-1814) nace el liberalismo español. La situación grave que se deriva de la misma y los remedios militares y políticos que son necesarios para solventarla se convierten en el escenario más propicio e ideal para la aparición de un nuevo ideal: el liberalismo.
A medida que se fue extendiendo la insurrección surgieron las denominadas “Juntas” en las distintas ciudades y/o pueblos, cuya misión inicial era la organización de la resistencia, así como ocuparse de la conducción de la guerra, garantizar la administración y mantener el orden público. No obstante, al haber sido constituidas voluntariamente desde el pueblo, y no proceder de una imposición por parte de la Corona, su misión de trasfondo era controlar las masas populares mediante el ejercicio de la soberanía de facto, es decir, procurar que la población tuviese acceso a todas sus necesidades básicas y asegurarles una cierta calidad de vida.
El deseo y la necesidad de una unificación política del país se hacen palpables y es en 1808 cuando se crea la Junta Central que se encargará de alcanzar la unificación mencionada.
Constitución Española de 1812.
Y es precisamente ese mismo año cuando varios ciudadanos reivindican la convocatoria de Cortes que, finalmente, en 1810 es la Junta Central quien las convoca. La revolución política había comenzado: la asamblea que se constituye adopta ciertas modernidades entre las cuales destaca la prohibición de participación de aquellos que están vinculados con el rey José I Bonaparte y el sistema de votación pasa a ser “un diputado, un voto”; y no “un voto, un estamento”. Las Cortes progresaran en distintos aspectos: declaración de la libertad de expresión, 1810; abolición de los señoríos, 1811; promulgación de la Constitución de Cádiz, 1812; abolición de la Inquisición, 1813.
Sin embargo, todos los avances obtenidos quedan en vano pues la Constitución de Cádiz nunca llegará a cumplirse y, en 1814, regresará el rey Fernando VII al trono mediante un golpe de estado. Ello supondrá el retorno al absolutismo.
No será hasta el periodo del Trienio Liberal, de 1820 a 1823, durante el cual debido al pronunciamiento militar de Riego que se restaurará la Constitución de 1812 y se producirá una división de los liberales en las Cortes: doceañistas o moderados y veinteañistas o exaltados.
Por el momento, en ninguno de ambos periodos, de 1812 a 1814 y de 1820 a 1823, se había producido una Revolución liberal completa ya que no se había logrado todavía la consolidación del régimen liberal.
Durante el reinado de Isabel II, proliferaron dos escuelas liberales distintas en relación a la solución de los problemas que provocaban la latiente estabilidad constitucional.
Por un lado, los liberales conservadores culpaban la inexistencia de un sistema de partidos de gobierno como causa principal de la inestabilidad política. Proponían en respuesta a ello la creación de una alianza de la Corona con los liberales y así culminar el proceso de Revolución con la creación de una monarquía constitucional. De esta manera, ello facilitaría a la Corona el ejercicio de las prerrogativas constitucionales.
Por otro lado, los liberales progresistas, herederos de los “exaltados” del Trienio Liberal, discrepaban con los conservadores en la medida en que el pacto Corona-Estado debía resultar de un acuerdo entre ambos en el que la nación recuperara sus libertades y la Corona viese disminuidas sus prerrogativas. El proceso de Revolución debería culminar con la creación de un gobierno representativo en el que el binomio nación-representantes se encargaran de la vigilancia de las instituciones y de desempeñar los poderes del Estado y llegaría a su fin con la instauración de un régimen que se sustentara en la soberanía nacional.
Juan Álvarez Mendizabal.
Los liberales progresistas durante esta etapa ya afirmaban que el individuo poseería más derechos a medida que fuese reduciéndose la participación de la Corona en la política. Además, en la soberanía nacional defendida, debía permanecer una clara separación entre el Poder Legislativo (las Cortes) del Ejecutivo y de la Corona.
De aquí deriva, precisamente, la constitución del Partido Progresista en 1834, como principal opositor liberal al régimen instaurado por María Cristina de Borbón, que perduraría hasta la Restauración en 1874, y que defendía las reformas que había puesto en marcha el gobierno del “exaltado” Juan Álvarez Mendizábal.
Asimismo, los liberales progresistas lograron acceder al gobierno en determinadas ocasiones, derivadas todas ellas de pronunciamientos militares: Motín de la Granja de San Idelfonso (1836), durante la Regencia de Espartero (1840-1843) y durante el bienio progresista (1854-1856).
En 1868, fruto de la ausencia de libertad a causa de la corrupción y violación de las leyes y a raíz de la tergiversación de las instituciones por parte de los moderados, el país se hallaba en una situación de estancamiento. López de Ayala, Prim, Sagasta, Figuerola y Ruiz Zorrilla condujeron la revolución de 1868, expulsando a la reina del poder e instaurando un gobierno provisional formado por una coalición de partidos con el objetivo de que todos pudiesen identificarse y reivindicar libremente los deseos la de la opinión pública. Esta revolución supuso el inicio del Sexenio Democrático, entre 1868 y 1874, hasta su fracaso y la posterior vuelta al poder de los moderados.
Durante la Restauración española de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX (1874-1931), los únicos brotes de liberalismo progresista los hallamos en el Partido Liberal, creado por Sagasta, y que constituyó la alternancia al Partido Conservador (Cánovas) en el marco del sistema bipartidista existente.
José Ortega y Gasset.
A lo largo del siglo XX, en España, parece ser que el liberalismo progresista fue perdiendo fuerza pues, durante la I República se autodenominan progresistas liberales tanto a partidos dinásticos como a partidos no dinásticos. Aún así, la Agrupación al Servicio de la República (que al final terminó constituyendo un partido político) fue creada por tres liberales progresistas: José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y  Ramón Pérez de Ayala, con el objetivo de construir un nuevo estado. Contrariamente a la I República, en la II República ningún partido político se define como tal.
Durante la dictadura franquista, el liberalismo estuvo mal visto y el vocablo liberal se emplea despectivamente para designar a aquellos contrarios al régimen. Por su parte, el vocablo progresismo adoptó un significado que distaba del que tenía hasta entonces.
Durante la transición y la etapa posterior destacan pocos personajes liberales progresistas. Aún así, cabe destacar la figura de Eduard Punset, que formó parte de UCD y más tarde pasó a integrarse en el CDS. Asimismo, durante la transición también se constituyó el Partido Progresista Liberal, en 1977. Sin embargo, en 1978 terminó fusionándose con Acción Ciudadana Liberal.
Actualmente, podemos enmarcar a UPyD como partido que se nutre del liberalismo-progresista, fundado por Rosa Díez, Fernando Savater y Carlos M. Gorriarán, y a Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, presidido por Albert Rivera, que apela a “los liberales de Cádiz” para presentarse como alternativa de gobierno en España.
En el resto de Europa y también fuera de ella, las políticas liberales progresistas o socio liberales han sido adoptadas por un importante número de países, sobre todo tras la II Guerra Mundial. Los partidos políticos que han seguido este tipo de ideologías han tendido a ser considerados de centro o centro-izquierda.
Un ejemplo de ello, a nivel Europeo, lo encontramos en la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa, constituida tras las elecciones europeas de 2004, mediante la coalición del Partido Europeo Liberal Demócrata Reformista y el Partido Demócrata Europeo.
En Reino Unido, por su parte, tenemos el Partido Liberal Demócrata, el cual defiende las ideas de John Stuart Mill, así como la descentralización y el estado del bienestar.
Otros partidos liberales progresistas europeos son: Radicales Italianos (Italia), Partido del Centro (Finlandia), Partido Popular Liberal (Suecia), Partido Social Liberal Danés (Dinamarca), Partido del Centro (Estonia), Demócratas 66 (Países Bajos) y Movimiento Demócrata (Francia), entre otros.
Finalmente, fuera de Europa encontramos el Partido Demócrata de Estados Unidos, el Partido Democrático de Japón y el Partido Liberal de Canadá.

Bibliografía
GIL, A.: Guerra, revolución y liberalismo en los orígenes de la España contemporánea. Capítulo correspondiente al libro de ROBLEDO, R., CASTELLS, I., ROMERO, M.C.: Orígenes del liberalismo. Universidad, política, economía. Ediciones Universidad de Salamanca, 2003. Salamanca. Páginas 223 y siguientes.
VILCHES, J.: Progreso y libertad. El partido progresista en la revolución liberal española. Alianza Editorial, 2001. Madrid. Páginas 24 y 25.



lunes, 16 de enero de 2017

EL LIBERALISMO PROGRESISTA: SUS IDEAS FUERZA, por ANNA-CLARA MARTÍNEZ

 El socioliberalismo o social liberalismo o liberalismo radical o liberalismo progresista, liberalismo democrático o moderno –aunque en el presente artículo emplearé la denominación de liberalismo radical o progresista- es una versión del tronco común del liberalismo clásico cuyo origen lo encontramos a finales del siglo XVIII con la escisión del mismo liberalismo clásico en dos ramas: liberalismo radical y liberalismo conservador. Los motivos de dicha separación radican en la percepción que tenía cada uno de ellos acerca de la Revolución Francesa; siendo los liberales radicales los que la veían como algo positivo.
A grandes rasgos, los liberales radicales se caracterizan por una gran predisposición a las reformas sociales, por poseer un planteamiento muy racionalista (se consideran los herederos de las ideas-fuerza de la Ilustración) y se basan en el pacto social, es decir, una comunidad de seres racionales, libres y autónomos que deciden dotarse de los instrumentos adecuados para poder ser libres. Asimismo, consideran que el papel del Estado es primordial para garantizar el bienestar de los ciudadanos, ya que es el único que posee la fuerza suficiente para introducir transformaciones sociales.
Admiten en su discurso la libertad; elemento adoptado de la Revolución Francesa. Entienden que los individuos deben ser libres y para lograrlo hay que llegar a una igualdad; conseguir una igualdad de oportunidades que es lo único que legitimará las desigualdades injustas. Es por ello que las reformas sociales y las políticas deben ir encaminadas hacia la consecución de este objetivo.
Además, los liberales radicales comienzan a plantearse la existencia de derechos colectivos, siempre y cuando estos respeten a los individuales: conciencia, reunión, asociación, entre otros. Ello derivará en la introducción de elementos de reforma, tanto socio-económicos como legislativos.
John Stuart Mill.
John Stuart Mill.
El liberalismo radical o progresista defendido por autores federalistas norteamericanos como John Dewey, Alexix de Tocqueville o John Stuart Mill, proviene de Kant y de la Ilustración y de autores como Thomas Paine[1].
Uno de los máximos representantes del liberalismo progresista fue John Stuart Mill.
En su obra “On liberty” and other writings expuso las características y elementos que deberían conformar este liberalismo progresista, (social liberalism o new liberalism). La libertad individual debe ser el ingrediente principal para garantizar el éxito de la humanidad[2].
Su concepción del liberalismo progresista está basada en la combinación de elementos del liberalismo clásico para adaptarlos a las dificultades latentes en la sociedad. Los problemas existentes sólo podrán solucionarse mediante el aumento de la intervención del Estado y es para ello que propone una regulación y una intervención parcial del Estado en la economía. La libertad del individuo no es solamente asegurar que los individuos no interfieran físicamente entre sí, sino que debe garantizarse que cada individuo tenga las mismas posibilidades de éxito.
En este marco ideológico del liberalismo progresista introduce, además, la justicia social y la democracia radical, basadas en el naturalismo racionalista y el humanismo renacentista.
Herbert Henry Asquith.
Herbert Henry Asquith.
Por otro lado, en palabras de H.H. Asquith[3] el liberalismo progresista se concibe como una ideología política cuyo objetivo es alcanzar la libertad individual real, para que de este modo todos los individuos puedan hacer uso de sus facultades, oportunidades, energía y vida. Es decir, se entiende la libertad como una meta-valor, ya que cualquier otro valor necesita de ella para acabar de tener todo su esplendor[4].
Y es justamente en esta visión de la libertad en la que debe encontrar su impulso el gobierno para desarrollar este tipo de liberalismo; mediante la mejora de la educación, el derecho a la una vivienda digna, el entorno social e industrial; de manera que todo ello revierta en una mejora de la eficacia personal.
Otro autor a destacar es John Dewey. Fue un liberal progresista que formó parte del denominado pragmatismo[5]. Sus teorías tuvieron una gran importancia en Estados Unidos; sin embargo, en Europa no fue muy conocido. Defendió la igualdad de la mujer y su derecho al voto; de ahí que lo podamos catalogar como progresista, al enlazar claramente con las ideas de John Stuart Mill.
John Dewey.
John Dewey.
Siguiendo esta línea progresista, apoyó el sindicalismo docente y defendió la idea de la historicidad de las creencias sociales, es decir, que las creencias sociales son fruto de un contexto histórico determinado y que pueden ser avaluadas y cambiarse siguiendo el criterio de la experiencia, la prueba y el error.
Concebía a los hombres como autónomos, libres e iguales. Para llegar a ello la formación del individuo era uno de los pilares más importantes. Dewey afirmaba que el sistema educativo de la época no proporcionaba una preparación adecuada a los ciudadanos; era un sistema que no formaba y no incrementaba la cultura cívica. El papel del maestro debía cambiar y limitarse a enseñar al alumno a resolver problemas, no puede tratarse de una autoridad, y, su objetivo básico más importante debe ser  aumentar la capacidad de reflexión del alumno.
Además, criticaba el comportamiento ostentoso que exhibían las clases acomodadas, caracterizándolo de ofensa al conjunto de la sociedad. Defendía que una adecuada educación de la sociedad comportaría que incluso las clases acomodadas no hicieran ostentación de su riqueza.
Dentro de esta óptica, el liberalismo progresista español se ha venido configurando, como una aspiración a una vida digna y civilizada, sujeta a normas, en la que se respeten los derechos humanos.
Por tanto, podemos afirmar que las ideas-fuerza del liberalismo progresista o liberalismo radical son la garantía de libertad individual a través de la igualdad de oportunidades, el mantenimiento del bienestar de la sociedad en todos los campos (sanidad, educación…) garantizado por la intervención política del Estado y la ampliación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos.

[1] MELLÓN, J.: El liberalismo. Capítulo correspondiente al manual de CAMINAL, M. (editor): Manual de ciencia política. Tecnos, 2006. Madrid. Página 115.
[2] STUART MILL, J.: On liberty and other essays. Oxford University Press, 1992. Oxford. Página XXV.
[3] EATWELL, R., WRIGHT, A.: Contemporary political ideologies. Pinter editorial, 1996. London. Página 32.
[4] QUINTANA, M.: Liberalismo progresista (o por qué no es del todo aconsejable apellidar “liberal” a cualquiera que ansíe titularse como tal. 2009. [En línea].http://www.miguelangelquintana.com/liberalismo_progresista.pdf
[5] A grandes rasgos: el pragmatismo se opone a la mera especulación. Toda especulación filosófica que no tiene una aplicación práctica es absurda. En última instancia, el pragmatismo reduce lo verdadero a lo útil, por lo tanto, estaríamos frente una variante del utilitarismo.
Fuente: http://debate21.es/2016/02/22/liberalismo-progresista-sus-ideas/

miércoles, 12 de octubre de 2016

Breve historia del liberalismo clásico, por Ralph Raico

classical-lib1“Liberalismo clásico” es como se designa a la ideología que promueve la propiedad privada, una economía de mercado sin trabas, el estado de derecho, garantías constitucionales de libertad de religión y prensa, y la paz internacional basada en el libre comercio. Hasta principios del siglo XX a esta ideología se la llamaba simplemente liberalismo. Sin embargo, hoy en día es necesario añadir el calificativo “clásico” (al menos en los países de habla inglesa, pero no, por ejemplo, en Francia), ya que la palabra liberalismo ha sido asociada a todo tipo de intervenciones que, en nombre de la igualdad, obliteran la propiedad privada y el mercado. Esta versión del liberalismo, si es que queremos llamarlo así, se conoce a veces como liberalismo “social”, o (erróneamente) liberalismo “moderno” o “nuevo”. Aquí hablaremos de liberalismo para referirnos a la variedad clásica.
Picture_of_John_Dalberg-Acton,_1st_Baron_ActonAunque sus principios son de carácter universal, el liberalismo debe ser entendido como una doctrina y movimiento surgido de circunstancias culturales e históricas particulares. El liberalismo, tal y como apreció Lord Acton mejor que nadie, nace de la civilización occidental, de la Europa que estaba o había estado en comunión con el Obispo de Roma. En otras palabras, la cuna del liberalismo no fue otra que la sociedad humana que vivió “el milagro europeo” (según la expresión de E. L. Jones). Las circunstancias históricas fueron la confrontación entre, por una parte, los valores e instituciones libres heredados de la Edad Media y, por otra, las pretensiones del estado absolutista de los siglos XVI y XVII.
De la lucha de los holandeses contra el absolutismo de los Austrias españoles surgió un sistema de gobierno con rasgos esencialmente liberales: estado de derecho (incluyendo especialmente una firme adhesión a los derechos de propiedad), tolerancia religiosa real, considerable libertad de expresión, y un gobierno central de poderes severamente limitados. El impresionante éxito del experimento holandés ejerció un “efecto de demostración” sobre el pensamiento social europeo y, gradualmente, sobre su práctica política. Esto fue aún más así en el ejemplo posterior de Inglaterra. A lo largo de la historia del liberalismo se produjo una interacción entre teoría y realidad social: observaciones prácticas estimularon y refinaron la teoría, cuyos desarrollos informaron a su vez nuevas reformas prácticas.
En las luchas constitucionales inglesas del siglo XVII numerosos individuos y grupos mostraron importantes rasgos liberales. Uno de estos grupos destaca por ser el primer partido político liberal reconocible en la historia europea: los Niveladores. Dirigido por John Lilburne y Richard Overton, este movimiento de radicales de clase media exigía libertad de comercio, el fin de los monopolios estatales, separación de Iglesia y Estado, representación popular, y límites estrictos a la autoridad, incluso la parlamentaria. Su énfasis en la propiedad, empezando por que cada individuo es amo de sí mismo, y su hostilidad frente al poder estatal demuestran que la asimilación entre los Niveladores y los Cavadores presocialistas no era más que propaganda enemiga. Aunque fracasaron en su época, los Niveladores se convirtieron en el prototipo de un liberalismo radical de clase media que desde entonces ha caracterizado la política de los pueblos anglosajones. Más tarde ese mismo siglo, John Locke establece la doctrina de los derechos naturales a la vida, libertad y posesiones, a las que llama colectivamente “propiedad”. Esta doctrina será transmitida, a través de los verdaderos Whigsdel siglo XVIII, a la generación de la revolución americana.
América se convirtió en una nación liberal modelo y, después de Inglaterra, en el ejemplo de liberalismo para el resto del mundo. Durante buena parte del siglo XIX apenas podía decirse que existía el Estado en muchos ámbitos de la sociedad americana, tal y como notaron asombrados varios observadores europeos. Ideas liberales radicales fueron expresadas y puestas en práctica por grupos tales como los jeffersonianos, jacksonianos, abolicionistas y los antiimperialistas de fines del siglo XIX.
Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, la teoría liberal más destacable continuó procediendo de Europa. El siglo XVIII fue particularmente rico en este sentido. Un hito importante fue la Ilustración escocesa, cuyos representantes más destacados fueron David Hume, Adam Smith, Adam Ferguson y Dugald Stewart. Estos pensadores desarrollaron un análisis que explicaba “el origen de estructuras sociales complejas sin necesidad de apelar a una inteligencia directora” (según el resumen de Ronald Hamowy).
herbert spencerLa teoría escocesa del orden espontáneo fue una contribución crucial para el modelo de una sociedad civil autogenerada y autoregulada, que requiere de la acción del Estado sólo para defenderse contra intrusiones violentas en la esfera protegida de los derechos del individuo. Tal como menciona Dugald Steward en su Memoria biográfica de Adam Smith (1811): “Para llevar a un país desde el barbarismo más bajo hasta la mayor de las riquezas se precisa poco más que paz, impuestos bajos y una tolerable administración de justicia: todo lo demás viene dado por el curso natural de las cosas”. La máxima de los fisiócratas: “laissez-faire, laissez-passer, le monde va de lui-même” (“dejar hacer, dejar pasar, el mundo va por si solo”), sugiere tanto el programa liberal como su filosofía social subyacente. La teoría del orden espontáneo fue elaborada por pensadores liberales posteriores, especialmente Herbert Spencer y Carl Menger en el siglo XIX, y F. A. Hayek y Michael Polanyi en el siglo XX.
friedrich hayekEsta concepción liberal central es un foco de debate entre liberales y conservadores Burkeanos (y otros tipos de conservadores cuyas ideas se asemejan al liberalismo en varios aspectos importantes). Mientras que los liberales típicamente esperan que el mercado en su sentido más amplio, es decir la red de intercambios voluntarios, origine un sistema de instituciones y costumbres que garanticen la continuidad de la sociedad, por contra los conservadores insisten en que el soporte indispensable debe ser proporcionado por el Estado más allá de la simple protección de vida, libertad y propiedad, siendo especialmente necesario el apoyo estatal a la religión.
Con la industrialización se abrió un amplio frente de conflicto entre liberalismo y conservadurismo. Las élites conservadoras y sus portavoces, especialmente en Gran Bretaña, a menudo explotaron las circunstancias de la industrialización temprana para manchar la reputación liberal de sus adversarios dentro de la clase media y del Inconformismo anglicano. Con perspectiva histórica, está claro que la revolución industrial fue la solución dada por Europa (y por América) a una explosión poblacional intratable de cualquier otro modo. Ciertos conservadores forjaron una crítica del sistema de mercado alegando que éste es materialista, desalmado y anárquico.
frederic bastiatEn la medida en que los liberales asociaron conservadurismo con militarismo e imperialismo, surgió otra fuente de conflicto. A pesar de que una rama del liberalismo Whig no se oponía a las guerras con fines liberales (más allá de la autodefensa), y aunque las guerras de unificación nacional constituyeron una gran excepción a la regla, por lo general el liberalismo se asoció con la causa de la paz. El ideal de liberalismo antibélico y antiimperialista fue encarnado por la Escuela de Manchester y sus líderes Richard Cobden y John Bright. Cobden, sobre todo, desarrolló un sofisticado análisis de los motivos y maquinaciones que empujan a los Estados a la guerra. La panacea propuesta por los Manchesteritas fue el libre comercio internacional. Desarrollando estas ideas, Frédéric Bastiat propuso una forma especialmente pura de la doctrina liberal que disfrutó de cierto atractivo en el Continente y, más tarde, en los Estados Unidos.
Los partidarios del liberalismo no siempre fueron consistentes. Este fue el caso cuando recurrieron al Estado para promover sus propios valores. En Francia, por ejemplo, los liberales utilizaron las escuelas e institutos estatales para promover el secularismo bajo el Directorio, y apoyaron legislación anticlerical durante la Tercera República. En la Alemania de Bismarck los liberales encabezaron la Kulturkampf contra la Iglesia Católica. Sin embargo, estos actos pueden ser vistos como traiciones a los principios liberales y de hecho aquellas personas reconocidas como las más consistentes y doctrinales en su liberalismo se abstuvieron de participar en ellos.
Benjamin ConstantLa base para una posible reconciliación entre el liberalismo y el conservadurismo antiestatista surgió después de la experiencia de la Revolución Francesa y de Napoleón. Su mayor exponente fue Benjamin Constant, quien puede ser visto como la figura más representativa del liberalismo maduro. Ante la amenaza del poder ilimitado del Estado que manipula las masas democráticas, Constant buscó amortiguadores sociales y aliados ideológicos dondequiera que se encontraran. La fe religiosa, el localismo y las tradiciones voluntarias de los pueblos fueron valoradas como fuentes de resistencia frente al Estado. En la siguiente generación, Alexis de Tocqueville elaboró este enfoque Constantiano, convirtiéndose en el gran analista y enemigo del Estado burocrático omnipresente y expansivo.
alexis de tocquevilleEn los países anglosajones la hostilidad de los conservadores antiestatistas se ha visto exacerbada por el enorme énfasis dado al papel de Jeremy Bentham y los Radicales Filosóficos (como John Stuart Mill) en la historia del liberalismo. En realidad, en Sobre la libertad(1859), John Suart Mill se desvió de la línea central del pensamiento liberal al contraponer el individuo y su libertad no sólo al Estado sino también a la “sociedad”. Mientras que el liberalismo de, por ejemplo, Wilhelm von Humboldt y Benjamin Constant vio las asociaciones voluntarias intermedias como el resultado natural de la acción individual y como barreras deseables frente a la expansión del Estado, Mill se propuso despojar al individuo de cualquier conexión con tradiciones sociales generadas espontáneamente o con cualquier autoridad libremente aceptada, como ejemplifica su afirmación, en Sobre la libertad, de que el Jesuíta es un “esclavo” de su Orden.
ludwig von misesEs el estado socialista al que el liberalismo clásico se ha opuesto con mayor vigor. El Austríaco-Americano Ludwig von Mises, por ejemplo, demostró la imposibilidad de la planificación central racional. Prolífico durante más de cincuenta años, Mises reafirmó la filosofía social liberal después de su eclipse de varias décadas; se convirtió en el representante más reconocido de la ideología liberal en el siglo XX. Uno de los muchos estudiantes sobre los que Mises ejerció una fuerte influencia fue Murray N. Rothbard, quien fusionó la teoría económica austríaca con la doctrina de los derechos naturales para producir una forma de anarquismo individualista, el también llamado “anarcocapitalismo”. Al ampliar el ámbito de la sociedad civil hasta el punto de extinguir el Estado, la visión de Rothbard emerge como el caso límite del liberalismo verdadero.
murray rothbardEl liberalismo clásico es a menudo contrastado con unnuevo liberalismo social, que supuestamente se desarrolló a partir de la variedad clásica alrededor de 1900. Pero el liberalismo social se desvía fundamentalmente de su homónimo clásico desde su raíz teórica, ya que niega la capacidad autoreguladora de la sociedad: el Estado es llamado a corregir desequilibrios sociales de formas cada vez más ramificadas. El pretexto de que se intenta preservar el fin de la libertad individual, modificando sólo los medios, les suena vacío a los liberales clásicos, ya que lo mismo podría decirse de casi cualquier variedad de socialismo. De hecho, el liberalismo social apenas se distingue, teórica y prácticamente, del socialismo revisionista. Por otra parte, cabe argumentar que esta escuela de pensamiento no se desarrolló a partir del liberalismo clásico en torno al cambio de siglo (cuando, por ejemplo, se dice que se descubrió la presunta fraudulencia de la libertad de contratación en el mercado laboral). El liberalismo social existía en toda regla al menos desde la época de Sismondi, y elementos del mismo (asistencialismo) pueden encontrarse incluso en grandes autores liberales clásicos como Condorcet y Thomas Paine.
Con el final del proyecto socialista-clásico (comunista), liberales clásicos y conservadores antiestatistas pueden coincidir en que es el liberalismo social contemporáneo el que se erige hoy como el gran enemigo de la sociedad civil. La preocupación política de los liberales clásicos es, por necesidad, oponerse a la corriente que arrastra el mundo actual hacia lo que Macaulay llamaba “el Estado devóralo-todo”: la pesadilla que perseguía a Burke no menos que a Constant, Tocqueville y Herbert Spencer. A medida que las viejas disputas se quedan cada vez más obsoletas, los liberales y los conservadores antiestatistas quizá descubran que tienen más en común que lo que sus antepasados nunca llegaron a entender.


“Liberalismo clásico” es como se designa a la ideología que promueve la propiedad privada, una economía de mercado sin trabas, el estado de derecho, garantías constitucionales de libertad de religión y prensa, y la paz internacional basada en el libre comercio. Hasta principios del siglo XX a esta ideología se la llamaba simplemente liberalismo. Sin embargo, hoy en día es necesario añadir el calificativo “clásico” (al menos en los países de habla inglesa, pero no, por ejemplo, en Francia), ya que la palabra liberalismo ha sido asociada a todo tipo de intervenciones que, en nombre de la igualdad, obliteran la propiedad privada y el mercado. Esta versión del liberalismo, si es que queremos llamarlo así, se conoce a veces como liberalismo “social”, o (erróneamente) liberalismo “moderno” o “nuevo”. Aquí hablaremos de liberalismo para referirnos a la variedad clásica.

Publicado por Ralph Raico en The Dollar Vigilante, traducido por Francesc Garcia-Gonzalo (original inglés aquí)

martes, 21 de junio de 2016

HUYENDO DE LOS CHAMANES EN LA POLÍTICA


Hay un libro que tengo entre manos, El retorno de los chamanes, cuyo autor, Víctor Lapuenteha hecho una magnífica entrevista en Sintetia. El libro analiza, desde una perspectiva política, dos modelos distintos de gestionar la cosa pública: el modelo o la visión del chamán y el modelo o la visión de la exploradora. Dice Lapuente que el chamán, propio de ideologías populistas ya sean de izquierdas o de derechas, fundamentan toda su acción en su ideología, es ésta la que determina toda su acción política, buscando moldear la sociedad según esos principios inamovibles de los que parten. En su lugar, la exploradora inicia su trabajo desde la realidad, a pie de calle, tratando de construir desde lo que es para tratar de mejorarlo, buscando permanentemente el consenso y siendo consciente de los límites que impone la realidad.
Huyendo de los chamanes
El chamán pretende conquistar y derrotar, la exploradora mejorar y convencer. Esto se traslada a la gestión pública, y así como el chamán pretende fundamentar toda su acción de gestión en una ideología, con lo que toda la gestión pública tiene un marcado componente político, la exploradora entiende hay una parte que no ha de ser política, sino que ha de ser entregada a los técnicos para su mejor gestión. Por ejemplo, supongamos que es política de estado apostar por la alta velocidad en la red ferroviaria española, un enfoque chamánico haría que la decisión de llegar a una ciudad con el AVE fuera política, y no de eficiencia (¿les suena?), mientras que un enfoque explorador haría que fueran los técnicos quienes decidieran que, por ejemplo, es más eficiente llegar con el AVE a Alicante (por ejemplo) y poner lanzaderas a Murcia que crear otra línea de AVE a Murcia.
A modo de ejemplo adjunto una tabla donde Lapuente muestra las diferencias entre el chamán y la exploradora en determinados temas:
Chamanes versus Exploradores
Como toda categorización este tipo de enfoques tienden a simplificar, y no terminan de captar la complejidad de modelos políticos y de gestión donde el chamán y la exploradora conviven en un mismo espacio y tiempo.

Fuente: http://www.sintetia.com/huyendo-de-los-chamanes-en-la-politica-y-en-los-negocios/

lunes, 20 de junio de 2016

EL ASALTO AL PODER

Dado que el “pueblo” es incapaz de hacer la revolución por sí mismo y que las “revoluciones” no ocurren solas, corresponde a la vanguardia —al partido-secta— preparar la toma del poder día a día con el fin de completarla tan pronto se den las condiciones propicias para ello.
Son esos principios básicos los que inspiran la actividad subversiva. El término revolución debe entenderse en un sentido amplio. La toma del poder político valiéndose de la insurrección armada o del golpe de estado son solamente dos entre una más amplia gama de métodos disponibles. Formas alternativas o complementarias de las anteriores van a ser la infiltración en instituciones gubernamentales para ponerlas al servicio de la conspiración, la victoria electoral “democrática” y la “transición pacífica” al socialismo, la ocupación militar del país o cualquier otra que sirva para alcanzar el poder.
Ahora bien. Para asaltar el poder es necesaria una degradación previa, constante y progresiva del tejido social. Una ocupación creciente de pequeños puntos que vayan extendiéndose como la gangrena. El objetivo es convertir una sociedad sana, fuerte e inexpugnable en un cuerpo enfermo, cansado y sin ánimos de resistir.
Clara está pues la tarea a realizar. Erosionar la sociedad por cualquier medio posible. Legal o ilegal, pacífico o violento, “político” o “militar”. Agitación y propaganda, infiltración, terrorismo, actividad política, organización partidaria y sindical, encuadramiento de la masa, organizaciones fachada… Resumida la actividad en tres palabras, se trata de separar, desarticular y encuadrar.
De acuerdo con el manual de A. Neuberg, Der Bewaffnete Aufstand (La Insurrección Armada) que sirvió durante el período de entreguerras a la formación de cuadros comunistas por la KOMINTERN —la Internacional Comunista creada por Lenin para extender la revolución comunista por todo el mundo— cuatro son los factores necesarios para estimar una situación como pre-revolucionaria.
El primer factor tiene que ver con la pérdida de la capacidad de mando por parte del gobierno puesto que los dos principales objetivos en toda contienda son la voluntad y la capacidad de lucha del enemigo. La merma de capacidad de mando gubernamental vendría manifestada por un gran deterioro tanto de los medios para la defensa como de la autoridad para imponer la legalidad y el orden público. Propia de esta situación es la pusilanimidad de los gobernantes para hacer frente a las amenazas que se ciernen —por ejemplo, la huida de Batista de Cuba en 1959—, la existencia de motines, insurrecciones y deserciones en las Fuerzas Armadas y en la policía —Rusia, 1917—, el establecimiento de guerrillas controlando partes del territorio, etc.
La segunda característica de una situación pre-revolucionaria aparece cuando el gobierno ha perdido su legitimidad entre amplias capas de la población. Existe coincidencia entre la opinión pública de que la situación es insostenible con un deseo generalizado de cambios radicales. Los ciudadanos están separados del gobierno.
Neuberg apuntaba como tercer factor la presencia de una grave crisis económica y social que afecte a una mayoría de gente. Esta crisis puede venir propiciada por la derrota en una guerra; por una depresión económica con cierres bancarios, altísimo desempleo y quiebras; por el brutal desajuste de las cuentas públicas que desemboque en devaluaciones, hiperinflación, controles de precios y el desabastecimiento de núcleos urbanos a veces acompañado con saqueos.; por el continuo hostigamiento de grupos terroristas, de la violencia callejera o de una imparable delincuencia, etc. La sociedad ha sido desarticulada.
Todo esto es inútil en términos de asaltar el poder si no se da el cuarto y último factor: La existencia de fuerzas insurgentes organizadas y preparadas para la toma del poder. En la jerga leninista, el encuadramiento de la masa está listo.
Para subvertir la sociedad todo vale. Tanto las actividades “legales” amparadas en las libertades democráticas —participación en elecciones y en cargos de representación política, propaganda y agitación legal, libertad de expresión, prensa y reunión— como las ilegales —terrorismo, espionaje, sabotaje, desinformación, bandolerismo— sirven a un mismo fin. En el leninismo los cambios que se produzcan en la línea del partido son meramente cambios tácticos. El fin último de dominación política completa no varía jamás. El ataque es a la vez legal e ilegal, ofensivo y defensivo, abierto y oculto.
Las principales actividades legales quedarían resumidas por el director del FBI J. E. Hoover en su libro Masters of Deceit (Maestros del engaño) en tres grandes epígrafes: campañas de agitación de masas, técnicas de infiltración y frentes amplios a través de organizaciones fachada. La organización del entramado ilegal la abordaremos en el siguiente artículo de la serie.
La función de la agitación sería explotar los agravios (reales o ficticios), esperanzas, aspiraciones, prejuicios, miedos e ideales de todos y cada uno de los grupos que conforman la sociedad desde el punto de vista religioso, económico, político o racial. La estrategia básica era que personas e instituciones no revolucionarias, bajo influencia conocida o no conocida de expertas manos comunistas, fueran ampliando la influencia del leninismo en el mundo. Cualesquiera intereses fragmentarios, no articulados, vagos debían ser convertidos bajo la guía del partido en un común denominador: apoyo a la línea del partido. La agitación siempre tenía preferencia frente a la propaganda. La propaganda, aunque valiosa, servía para debilitar al enemigo a largo plazo, y había de ser llevada a cabo principalmente en el ámbito de la “inteligentsia”. La agitación debía ser inmediata, inflamatoria, conducente a hacer crecer el descontento y quedaba en manos del activista organizador de campo. El propagandista tenía que hablar de la naturaleza capitalista de cada problema. El agitador selecciona un aspecto conocido del problema.
La agitación debía comenzar a través de la prensa afín —propia o infiltrada. Esta se encargaba de sacar un caso con entrevistas, historias familiares, muchos sentimentalismos y escasa atención a otras consideraciones que pudieran. Se debía hacer hincapié en cualquier característica que le convirtiese en miembro de alguna minoría “desfavorecida”: padre de familia numerosa, negro o emigrante, trabajador humilde, cualquier cosa que ampliase las posibilidades de que la agitación tuviera más atractivo.
A los pocos días había que decidir si debe continuar la campaña. El partido tenía que convertirse en el auto designado recolector de “víctimas”, “agravios”, “linchamientos”, “cazas de brujas”, “brutalidad policial con minorías”, “guerras injustas”. Los cánones que iban a utilizarse para decidir si se continuaba con un determinada campaña eran los siguientes: ¿era posible influenciar a un gran número de personas a través de la misma?; ¿estaba implicada alguna autoridad —mejor cuanto más importante y opuesta al comunismo fuera— que pudiera ser debilitada o calumniada?, ¿podían salir fortalecidos otros proyectos comunistas que estaban siendo llevados a cabo en ese momento?, ¿podía el partido conseguir reclutamiento a través de esta campaña?, ¿podían obtenerse fondos para el Partido?
Si se optaba por la continuación de la campaña, el siguiente paso solía la creación del Comité o Plataforma XYZ: un frente comunista recién creado comenzaba una febril actividad. Se daba así la sensación de intereses organizados y peticiones concretas, enmascarándose la participación comunista. Para atraer la atención se utilizaban diversas fórmulas: testimonios de solidaridad, declaraciones de prominentes simpatizantes (declarados y no declarados) con “títulos” importantes. La agitación de masas siempre ha sido la forma más efectiva de conseguir el apoyo de los no comunistas. “Si fulano (por ejemplo un religioso) apoya a esta organización (una ONG) es que debe de ser buena”. El primo o infiltrado de turno se convierte en una estación trasmisora de control de pensamiento para el partido leninista. Por ello los comunistas siempre han estado ansiosos por conseguir el apoyo de doctores, profesores, clérigos y demás personas que puedan gozar de respeto moral o intelectual. Cuanto más conocida sea la persona, mejor. Otra técnica favorita es la de peticiones firmadas, cartas a los mandatarios o a los periódicos, mítines o concierto de apoyo y solidaridad.
Toda campaña iba destinada a presentar a los revolucionarios dentro de amplios frentes como “adalides” de las aspiraciones y reivindicaciones de la gente, como seres “progresistas”, “ilustrados” y “humanitarios”. La ilusión debía de ser: “Defendemos la libertad y la justicia allí donde nadie más está interesado en hacerlo”. El objetivo real era por el contrario preparar al partido y al resto de la sociedad para la toma del poder. Los miembros del partido ganaban experiencia en la guía de masas, se conseguía la radicalización de una parte de la sociedad al ir sembrando las semillas del descontento, así como debilitar, dividir y neutralizar la oposición y la capacidad defensiva institucional (judicial, militar, policial) del estado.
La infiltración consistía en introducir a miembros del Partido en organizaciones no-partidistas con el fin de utilizarlas para ejercer influencia a favor de la subversión. Las organizaciones infiltradas pasaban a formar parte de un amplío frente que incluía, además del partido, al resto de organizaciones fachada. El Caballo de Troya fue el modelo que citó Dimitroff en su alocución ante la séptima edición de la KOMINTERN.
Los objetivos de infiltración más importantes tenían como destino los sindicatos, la función pública, el gobierno, el ejército, las asociaciones civiles, científicas y religiosas y los medios de comunicación. El objetivo último es poner a todos ellos al servicio de la intriga. En todo caso se trataba de que la organización infiltrada acabase sirviendo —total o parcialmente— a los intereses del partido en fines tales como: declaraciones públicas de apoyo de la organización a candidatos políticos afines, implicar a la organización en las campañas de agitación y propaganda, destinar-desviar fondos de la organización para miembros o causas apoyadas por el partido, apoderarse del boletín o periódico de la organización, enviar delegados comunistas bajo la fachada de la organización a convenciones, sínodos y a atender a medios de comunicación que requieren la opinión de la “prestigiosa” organización en algún asunto de actualidad.
Las organizaciones completamente infiltradas y las creadas por los comunistas con pretextos fachadas acabarían constituyendo todo un amplio frente de organizaciones-fachada. Las organizaciones-fachada han constituido probablemente la táctica comunista de más éxito a la hora de captar el apoyo de los no comunistas desde que el finlandés Otto Kuusinen propusiese su creación a gran escala a comienzos de los años 20. Ha sido la vía idónea para influenciar el pensamiento y el comportamiento de millones de no-comunistas.
El número de organizaciones-fachada creados y controlados por el comunismo siempre ha sido impresionante. Los servicios que esas organizaciones acaban prestando al comunismo son incalculables. Desde apoyar las campañas de agitación y recaudar fondos para el movimiento hasta aportar ponentes, contertulios o entrevistables para toda clase de organizaciones no comunistas y medios de comunicación. Verdaderamente es asombroso el número de solicitudes e invitaciones de conferenciantes y “expertos” que siempre han recibido estas organizaciones fachada, especialmente en cuestiones de “derechos civiles”, “paz”, “cooperación internacional y subdesarrollo” o “temas de “medio ambiente”.
Las organizaciones-fachada también utilizan sus publicaciones para hacer avanzar la causa leninista dándole cobertura y avalándola con su aura de prestigio, ceden sus locales y sus presupuestos para la realización de reuniones, conferencias, jornadas, mítines. Presionan para que se apruebe determinada legislación o para oponerse a otra que va a discutirse. Consiguen influenciar a personas que desempeñan puestos importantes y a las que el partido no puede llegar por otras vías, etc.
Las organizaciones-fachada no operan de forma aislada, sino como parte integrante de un enorme frente amplio interconectado. Una de las principales “virtudes” del frente y de sus organizaciones fachada es su alto grado de flexibilidad. Igualmente las organizaciones fachada pueden integrarse en macro frentes y también rebautizarse. Por ejemplo las “Asociaciones contra el Fascismo” pasaron a ser “Asociaciones por la Paz” (¿les suena el nombre?) tras el pacto nazi-comunista para repartirse Polonia.
Fuente: https://laverdadofende.wordpress.com/2016/06/11/el-asalto-al-poder/