Juan J. Molina

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Juan J. Molina

lunes, 20 de junio de 2016

EL ASALTO AL PODER

Dado que el “pueblo” es incapaz de hacer la revolución por sí mismo y que las “revoluciones” no ocurren solas, corresponde a la vanguardia —al partido-secta— preparar la toma del poder día a día con el fin de completarla tan pronto se den las condiciones propicias para ello.
Son esos principios básicos los que inspiran la actividad subversiva. El término revolución debe entenderse en un sentido amplio. La toma del poder político valiéndose de la insurrección armada o del golpe de estado son solamente dos entre una más amplia gama de métodos disponibles. Formas alternativas o complementarias de las anteriores van a ser la infiltración en instituciones gubernamentales para ponerlas al servicio de la conspiración, la victoria electoral “democrática” y la “transición pacífica” al socialismo, la ocupación militar del país o cualquier otra que sirva para alcanzar el poder.
Ahora bien. Para asaltar el poder es necesaria una degradación previa, constante y progresiva del tejido social. Una ocupación creciente de pequeños puntos que vayan extendiéndose como la gangrena. El objetivo es convertir una sociedad sana, fuerte e inexpugnable en un cuerpo enfermo, cansado y sin ánimos de resistir.
Clara está pues la tarea a realizar. Erosionar la sociedad por cualquier medio posible. Legal o ilegal, pacífico o violento, “político” o “militar”. Agitación y propaganda, infiltración, terrorismo, actividad política, organización partidaria y sindical, encuadramiento de la masa, organizaciones fachada… Resumida la actividad en tres palabras, se trata de separar, desarticular y encuadrar.
De acuerdo con el manual de A. Neuberg, Der Bewaffnete Aufstand (La Insurrección Armada) que sirvió durante el período de entreguerras a la formación de cuadros comunistas por la KOMINTERN —la Internacional Comunista creada por Lenin para extender la revolución comunista por todo el mundo— cuatro son los factores necesarios para estimar una situación como pre-revolucionaria.
El primer factor tiene que ver con la pérdida de la capacidad de mando por parte del gobierno puesto que los dos principales objetivos en toda contienda son la voluntad y la capacidad de lucha del enemigo. La merma de capacidad de mando gubernamental vendría manifestada por un gran deterioro tanto de los medios para la defensa como de la autoridad para imponer la legalidad y el orden público. Propia de esta situación es la pusilanimidad de los gobernantes para hacer frente a las amenazas que se ciernen —por ejemplo, la huida de Batista de Cuba en 1959—, la existencia de motines, insurrecciones y deserciones en las Fuerzas Armadas y en la policía —Rusia, 1917—, el establecimiento de guerrillas controlando partes del territorio, etc.
La segunda característica de una situación pre-revolucionaria aparece cuando el gobierno ha perdido su legitimidad entre amplias capas de la población. Existe coincidencia entre la opinión pública de que la situación es insostenible con un deseo generalizado de cambios radicales. Los ciudadanos están separados del gobierno.
Neuberg apuntaba como tercer factor la presencia de una grave crisis económica y social que afecte a una mayoría de gente. Esta crisis puede venir propiciada por la derrota en una guerra; por una depresión económica con cierres bancarios, altísimo desempleo y quiebras; por el brutal desajuste de las cuentas públicas que desemboque en devaluaciones, hiperinflación, controles de precios y el desabastecimiento de núcleos urbanos a veces acompañado con saqueos.; por el continuo hostigamiento de grupos terroristas, de la violencia callejera o de una imparable delincuencia, etc. La sociedad ha sido desarticulada.
Todo esto es inútil en términos de asaltar el poder si no se da el cuarto y último factor: La existencia de fuerzas insurgentes organizadas y preparadas para la toma del poder. En la jerga leninista, el encuadramiento de la masa está listo.
Para subvertir la sociedad todo vale. Tanto las actividades “legales” amparadas en las libertades democráticas —participación en elecciones y en cargos de representación política, propaganda y agitación legal, libertad de expresión, prensa y reunión— como las ilegales —terrorismo, espionaje, sabotaje, desinformación, bandolerismo— sirven a un mismo fin. En el leninismo los cambios que se produzcan en la línea del partido son meramente cambios tácticos. El fin último de dominación política completa no varía jamás. El ataque es a la vez legal e ilegal, ofensivo y defensivo, abierto y oculto.
Las principales actividades legales quedarían resumidas por el director del FBI J. E. Hoover en su libro Masters of Deceit (Maestros del engaño) en tres grandes epígrafes: campañas de agitación de masas, técnicas de infiltración y frentes amplios a través de organizaciones fachada. La organización del entramado ilegal la abordaremos en el siguiente artículo de la serie.
La función de la agitación sería explotar los agravios (reales o ficticios), esperanzas, aspiraciones, prejuicios, miedos e ideales de todos y cada uno de los grupos que conforman la sociedad desde el punto de vista religioso, económico, político o racial. La estrategia básica era que personas e instituciones no revolucionarias, bajo influencia conocida o no conocida de expertas manos comunistas, fueran ampliando la influencia del leninismo en el mundo. Cualesquiera intereses fragmentarios, no articulados, vagos debían ser convertidos bajo la guía del partido en un común denominador: apoyo a la línea del partido. La agitación siempre tenía preferencia frente a la propaganda. La propaganda, aunque valiosa, servía para debilitar al enemigo a largo plazo, y había de ser llevada a cabo principalmente en el ámbito de la “inteligentsia”. La agitación debía ser inmediata, inflamatoria, conducente a hacer crecer el descontento y quedaba en manos del activista organizador de campo. El propagandista tenía que hablar de la naturaleza capitalista de cada problema. El agitador selecciona un aspecto conocido del problema.
La agitación debía comenzar a través de la prensa afín —propia o infiltrada. Esta se encargaba de sacar un caso con entrevistas, historias familiares, muchos sentimentalismos y escasa atención a otras consideraciones que pudieran. Se debía hacer hincapié en cualquier característica que le convirtiese en miembro de alguna minoría “desfavorecida”: padre de familia numerosa, negro o emigrante, trabajador humilde, cualquier cosa que ampliase las posibilidades de que la agitación tuviera más atractivo.
A los pocos días había que decidir si debe continuar la campaña. El partido tenía que convertirse en el auto designado recolector de “víctimas”, “agravios”, “linchamientos”, “cazas de brujas”, “brutalidad policial con minorías”, “guerras injustas”. Los cánones que iban a utilizarse para decidir si se continuaba con un determinada campaña eran los siguientes: ¿era posible influenciar a un gran número de personas a través de la misma?; ¿estaba implicada alguna autoridad —mejor cuanto más importante y opuesta al comunismo fuera— que pudiera ser debilitada o calumniada?, ¿podían salir fortalecidos otros proyectos comunistas que estaban siendo llevados a cabo en ese momento?, ¿podía el partido conseguir reclutamiento a través de esta campaña?, ¿podían obtenerse fondos para el Partido?
Si se optaba por la continuación de la campaña, el siguiente paso solía la creación del Comité o Plataforma XYZ: un frente comunista recién creado comenzaba una febril actividad. Se daba así la sensación de intereses organizados y peticiones concretas, enmascarándose la participación comunista. Para atraer la atención se utilizaban diversas fórmulas: testimonios de solidaridad, declaraciones de prominentes simpatizantes (declarados y no declarados) con “títulos” importantes. La agitación de masas siempre ha sido la forma más efectiva de conseguir el apoyo de los no comunistas. “Si fulano (por ejemplo un religioso) apoya a esta organización (una ONG) es que debe de ser buena”. El primo o infiltrado de turno se convierte en una estación trasmisora de control de pensamiento para el partido leninista. Por ello los comunistas siempre han estado ansiosos por conseguir el apoyo de doctores, profesores, clérigos y demás personas que puedan gozar de respeto moral o intelectual. Cuanto más conocida sea la persona, mejor. Otra técnica favorita es la de peticiones firmadas, cartas a los mandatarios o a los periódicos, mítines o concierto de apoyo y solidaridad.
Toda campaña iba destinada a presentar a los revolucionarios dentro de amplios frentes como “adalides” de las aspiraciones y reivindicaciones de la gente, como seres “progresistas”, “ilustrados” y “humanitarios”. La ilusión debía de ser: “Defendemos la libertad y la justicia allí donde nadie más está interesado en hacerlo”. El objetivo real era por el contrario preparar al partido y al resto de la sociedad para la toma del poder. Los miembros del partido ganaban experiencia en la guía de masas, se conseguía la radicalización de una parte de la sociedad al ir sembrando las semillas del descontento, así como debilitar, dividir y neutralizar la oposición y la capacidad defensiva institucional (judicial, militar, policial) del estado.
La infiltración consistía en introducir a miembros del Partido en organizaciones no-partidistas con el fin de utilizarlas para ejercer influencia a favor de la subversión. Las organizaciones infiltradas pasaban a formar parte de un amplío frente que incluía, además del partido, al resto de organizaciones fachada. El Caballo de Troya fue el modelo que citó Dimitroff en su alocución ante la séptima edición de la KOMINTERN.
Los objetivos de infiltración más importantes tenían como destino los sindicatos, la función pública, el gobierno, el ejército, las asociaciones civiles, científicas y religiosas y los medios de comunicación. El objetivo último es poner a todos ellos al servicio de la intriga. En todo caso se trataba de que la organización infiltrada acabase sirviendo —total o parcialmente— a los intereses del partido en fines tales como: declaraciones públicas de apoyo de la organización a candidatos políticos afines, implicar a la organización en las campañas de agitación y propaganda, destinar-desviar fondos de la organización para miembros o causas apoyadas por el partido, apoderarse del boletín o periódico de la organización, enviar delegados comunistas bajo la fachada de la organización a convenciones, sínodos y a atender a medios de comunicación que requieren la opinión de la “prestigiosa” organización en algún asunto de actualidad.
Las organizaciones completamente infiltradas y las creadas por los comunistas con pretextos fachadas acabarían constituyendo todo un amplio frente de organizaciones-fachada. Las organizaciones-fachada han constituido probablemente la táctica comunista de más éxito a la hora de captar el apoyo de los no comunistas desde que el finlandés Otto Kuusinen propusiese su creación a gran escala a comienzos de los años 20. Ha sido la vía idónea para influenciar el pensamiento y el comportamiento de millones de no-comunistas.
El número de organizaciones-fachada creados y controlados por el comunismo siempre ha sido impresionante. Los servicios que esas organizaciones acaban prestando al comunismo son incalculables. Desde apoyar las campañas de agitación y recaudar fondos para el movimiento hasta aportar ponentes, contertulios o entrevistables para toda clase de organizaciones no comunistas y medios de comunicación. Verdaderamente es asombroso el número de solicitudes e invitaciones de conferenciantes y “expertos” que siempre han recibido estas organizaciones fachada, especialmente en cuestiones de “derechos civiles”, “paz”, “cooperación internacional y subdesarrollo” o “temas de “medio ambiente”.
Las organizaciones-fachada también utilizan sus publicaciones para hacer avanzar la causa leninista dándole cobertura y avalándola con su aura de prestigio, ceden sus locales y sus presupuestos para la realización de reuniones, conferencias, jornadas, mítines. Presionan para que se apruebe determinada legislación o para oponerse a otra que va a discutirse. Consiguen influenciar a personas que desempeñan puestos importantes y a las que el partido no puede llegar por otras vías, etc.
Las organizaciones-fachada no operan de forma aislada, sino como parte integrante de un enorme frente amplio interconectado. Una de las principales “virtudes” del frente y de sus organizaciones fachada es su alto grado de flexibilidad. Igualmente las organizaciones fachada pueden integrarse en macro frentes y también rebautizarse. Por ejemplo las “Asociaciones contra el Fascismo” pasaron a ser “Asociaciones por la Paz” (¿les suena el nombre?) tras el pacto nazi-comunista para repartirse Polonia.
Fuente: https://laverdadofende.wordpress.com/2016/06/11/el-asalto-al-poder/

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