Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina
Mostrando entradas con la etiqueta Ludwig Von Mises. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ludwig Von Mises. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de octubre de 2015

Por qué el nazismo era socialismo y por qué el socialismo es totalitario, por George Reisman

Interesante artículo sobre la naturaleza ideológica del nazismo, el análisis final sobre la situación actual de EEUU puede ser discutible, pero lo interesante es, sin duda, el análisis inicial.

Mi propósito hoy son dos cosas principales: (1) Demostrar por qué la Alemania nazi era un estado socialista y no capitalista. Y (2) demostrar por qué el socialismo, entendido como un sistema económico basado en la propiedad pública de los medios de producción, requiere inevitablemente una dictadura totalitaria.
La identificación de la Alemania nazi como estado socialista fue una de las muchas grandes contribuciones de Ludwig von Mises.
Cuando uno recuerda que la palabra “nazi” era una abreviatura para “der Nationalsozialistische Deutsche Arbeiters Partei” (en traducción española Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes), la identificación de Mises no podría parecer tan notable. Pues ¿qué debería uno esperar como sistema económico de un país gobernado por un partido con “socialista” en su nombre salvo socialismo?
Sin embargo, aparte de Mises y sus lectores, prácticamente nadie piensa en la Alemania nazi como un estado socialista. Es mucho más común creer que representaba una forma de capitalismo, que es lo que han afirmado los comunistas y otros marxistas.
La base de la afirmación de que la Alemania nazi era capitalista era el hecho de que la mayoría de las industrias en la Alemania nazi aparentemente quedaban en manos privadas.
Lo que identificó Mises fue que la propiedad privada de los medios de producción existía solo nominalmente bajo los nazis y que la sustancia real de la propiedad de los medios de producción residía en el gobierno alemán. Pues era el gobierno alemán, y no los propietarios privados nominales, el que ejercía todos los poderes sustantivos de propiedad: él, no los propietarios privados, decidía que se iba a producir, en qué cantidad, por qué métodos y a quién se iba a distribuir, así como los precios que se cobrarían y los salarios que se pagarían y qué dividendos u otras rentas se permitiría percibir a los propietarios privados nominales. La posición de los supuestos propietarios privados, como demostró Mises. se reducía esencialmente a la de pensionistas del gobierno.
La propiedad de hecho del gobierno de los medios de producción, como la llamaba Mises, estaba implícita lógicamente en principios colectivistas fundamentales adoptados por los nazis como que el bien común  está por encima del bien privado y que el individuo existe como medio para los fines del Estado. Si el individuo existe como medio para los fines del Estado, por supuesto, lo mismo pasa con la propiedad. Igual que lo posee el Estado, su propiedad también la posee el Estado.
Pero los que estableció concretamente el socialismo  de hecho en la Alemania nazi fue la introducción de los controles de precios y salarios en 1936. Se impusieron como respuesta a la inflación de la oferta monetaria llevada a cabo por el régimen desde el momento de su llegada al poder a principios de 1933. El régimen nazi infló la oferta monetaria como medio de financiar el enorme aumento en el gasto público que requerían sus programas de obras públicas, subvenciones y rearme. Los controles de precios y salarios se impusieron en respuesta al aumento de los precios que empezó a producir la inflación.
El efecto combinado de la inflación y los controles de precios y salarios es la escasez, es decir, una situación, en la que las cantidades de los bines que intenta comprar la gente exceden de las cantidades disponibles para comprar.
A su vez, las escaseces se convierten en caos económico. No es solo que los consumidores que aparecen en las tiendas antes están en disposición de comprar todas las existencias y dejar sin nada a los clientes que lleguen más tarde (una situación a la que los gobiernos normalmente responden con racionamiento). Las escaseces generan caos en todo el sistema económico. Introducen arbitrariedad en la distribución de suministros entre áreas geográficas, en la asignación de un factor de producción entre sus diferentes productos, en la asignación de trabajo y capital entre las distintas ramas del sistema económico.
A la vista de la combinación de controles de precios y escasez, el efecto de una disminución en la oferta de una cosa no es, como pasaría en un mercado libre, aumentar su precio e incrementar su rentabilidad, operando así para detener la disminución de la oferta o invertirla si ha ido demasiado lejos. Los controles de precios impiden el aumento en la oferta al reducir el precio y la rentabilidad. Cuando hay una escasez, el efecto de un aumento en la oferta es simplemente una reducción en la severidad de la escasez. Solo cuando se elimina totalmente la escasez, un aumento en la oferta necesita una disminución en el precio y genera una disminución en la rentabilidad.
Como consecuencia, la combinación de controles de precios y escasez hace posible movimientos aleatorios de la oferta sin ningún efecto en los precios y la rentabilidad. En esta situación, la producción de los bienes más triviales y poco importantes, incluso las mascotas de piedra, puede expandirse a costa de la producción de los bines más urgentemente necesitados e importantes, como medicinas que salven vidas, sin efecto en el precio o la rentabilidad e cada bien. Los controles de precios impedirían que la producción de medicinas se hiciera más rentable al disminuir su oferta, mientras que una escasez incluso de mascotas de piedra impediría que su producción se hiciera menos rentable al aumentar su oferta.
Como demostró Mises, para ocuparse de los efectos no pretendidos de sus controles de precios, el gobierno debe o bien abolir los controles de precios o añadir más medidas, como precisamente el control sobre lo que se está produciendo, en qué cantidad, por qué métodos y a quién se distribuye, a lo que me referí antes. la combinación de controles de precios con su mayor serie de controles constituye la socialización de hecho del sistema económico. Pues significa que el gobierno ejercita entonces todos los poderes sustantivos de propiedad.
Éste fue el socialismo instituido por los nazis. Y Mises lo llama el socialismo de patrón alemán o nazi, frente al socialismo más evidente de los soviético, al que llama socialismo de patrón ruso o bolchevique.
Por supuesto, el socialismo no acaba con el caos causado por la destrucción del sistema de precios. Y si se introduce sin la existencia previa de controles de precios, su efecto es iniciar el propio caos. Porque el socialismo no es realmente un sistema económico positivo. Es meramente la negación del capitalismo y su sistema de precios. Como tal, la naturaleza esencial del socialismo es una y la misma que el caos económico que resulta de la destrucción del sistema de precios por controles de salarios y precios. (Quiero apuntar que la imposición del socialismo del estilo bolchevique de un sistema de cuotas de producción, que incentiva siempre exceder la cuotas, es una fórmula segura para una escasez universal, igualo que la que existe bajo todos los controles de precios y salarios).
Como mucho, el socialismo simplemente cambia la dirección del caos. El control público sobre la producción puede hacer posible una mayor producción de algunos bienes de especial importancia para él, pero lo hace solo a costa de crear el caos en el resto del sistema económico. Esto pasa porque el gobierno no tiene forma de conocer los efectos en el resto del sistema económico de su aseguramiento de la producción de bienes a los que atribuye una importancia especial.
Los requisitos de aplicar un sistema de control de precios y salarios dan mucha luz sobre la naturaleza totalitaria del socialismo (por supuesto, más evidentemente en la variante alemana o nazi, pero también en la del socialismo al estilo soviético).
Podemos empezar por el hecho de que el interés propio de los vendedores que operan bajo controles de precios es evadir los controles de precios  y aumentar sus precios. Los compradores, incapaces de otra forma de obtener bienes, están dispuestos a pagar estos precios más altos como medio de de conseguir los bienes que quieren. En estas circunstancias, ¿qué va a impedir que aumenten los precios y se desarrolle un mercado negro masivo?
La respuesta es una combinación  de sanciones severas combinadas con una gran probabilidad de ser atrapado y luego sufrir realmente esas sanciones. Unas simples multas no es probable que supongan una gran disuasión. Se considerarían solo como un gasto de negocio adicional. Si el gobierno es serio respecto de los controles de precios, es necesario que imponga sanciones comparables a las de un delito grave.
Pero la mera existencia de dichas sanciones no basta. El gobierno tiene hacer realmente peligroso realizar transacciones en el mercado negro. Tiene que hacer que la gente tema realizar tales transacciones que pudieran ser descubiertas de algún modo por la policía y acaben realmente en prisión. Para crear ese miedo, el gobierno debe desarrollar un ejército de espías e informadores secretos. Por ejemplo, el gobierno debe hacer temer al vendedor y a los clientes que si realizan una transacción de mercado negro, algún otro cliente en la tienda pueda denunciarles.
A causa de la privacidad y secreto con que deben realizarse muchas transacciones del mercado negro, el gobierno debe asimismo hacer que todo el que vea una operación del mercado negro temeroso de que la otra parte resulte ser un agente policial tratando de encarcelarle. En gobierno debe hacer que la gente tema incluso a sus socios más veteranos, incluso a sus amigos y parientes, no sea que resulten ser informadores.
Y finalmente, para obtener condenas, el gobierno debe poner la decisión acerca de la inocencia o culpabilidad en el caso de las transacciones de mercado negro en manos de un tribunal administrativo o sus agentes de policía en el momento. No puede confiar en juicios con tribunales, porque es improbable que puedan encontrarse muchos jurados dispuestos a dar veredictos de culpabilidad en casos en el un hombre tenga que ir a la cárcel por muchos años por el delito de vender unas pocas libras de carne o un par de zapatos por el encima del precio máximo.
Por tanto, en resumen, los requisitos simplemente para aplicar las regulaciones de control de precios son la adopción de las características esenciales de un estado totalitario, es decir, el establecimiento de la categoría de “delitos económicos”, en la que la búsqueda pacífica del interés propio se considera un delito criminal, y el establecimiento de un aparato policial totalitario lleno de espías e informadores y el poder de un arresto y prisión arbitrarios.
Está claro que la aplicación de controles de precios requiere un gobierno similar al de la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin, en los que prácticamente cualquiera podía resultar ser un espía policial y en los que existe una policía secreta que tiene el poder de arrestar y encarcelar a la gente. Si el gobierno no está dispuesto a llegar tan lejos, entonces, hasta ese punto, sus controles de precios resultarán inaplicables y sencillamente no funcionarán. Entonces el mercado negro asume proporciones enormes. (Por cierto, que nada de esto sugiere que los controles de precios fueran la causa del reino de terror institutito por los nazis. Los nazis empezaron su reino de terror mucho antes de la aprobación de los controles de precios. Por consiguiente, aprobaron controles de precios en un entorno listo para su aplicación por la fuerza).
La actividad del mercado negro conlleva la comisión de más delitos. Bajo el socialismo de hecho, la producción y venta de bienes en el mercado negro conlleva el desafío de las regulaciones públicas respecto de la producción y distribución, así como el desafío a sus controles de precios. Por ejemplo, los propios bienes que se venden en el mercado negro pretendía el gobierno que se distribuyeran de acuerdo con su plan y no en el mercado negro. Los factores de producción utilizados para producir esos bienes igualmente pretendía el gobierno que se utilizaran de acuerdo con su plan y no para el fin de aprovisionar el mercado negro.
Bajo un sistema de socialismo de derecho, como el que existía en la Rusia soviética, en el que el código legal del país hace abierta y explícitamente al gobierno del país el propietario de todos los medios de producción, toda actividad de mercado negro conlleva necesariamente el uso indebido o el robo de la propiedad del estado. Por ejemplo, se consideraba que los trabajadores o directores de fábricas de la Rusia soviética que se llevaban productos que vendían en el mercado negro estaban robando las materias primas proporcionadas por el estado.
Además, en cualquier tipo de estado socialista, nazi o comunista, el plan económico del gobierno es parte de la ley suprema del territorio. Todos tenemos una buena idea de lo caótico que es el llamado proceso planificador del socialismo. Su mayor distorsión por trabajadores y directores drenando materiales y suministros para producir para le mercado negro, es algo a lo que un estado socialista está lógicamente autorizado a considerar como un acto de sabotaje de su plan económico nacional. Y como sabotaje es como lo considera cualquier código legal de un estado socialista. Coherentemente con este hecho, la actividad del mercado negro en un país socialista a menudo conlleva la pena capital.
Creo que un hecho fundamental que explica el reino absoluto de terror que se encuentra en el socialismo es el increíble dilema en el que se sitúa un estado socialista en relación con las masas de sus ciudadanos. Por un lado, asume una responsabilidad completa del bienestar económico individual. El socialismo al estilo ruso o bolchevique reconoce abiertamente esta responsabilidad: es la fuente principal de su atractivo popular. Por otro lado, de todas las formas que puedan imaginarse, un estado socialista resulta una chapuza increíble en esta tarea. Hace de la vida del individuo una pesadilla.
Todos los días de su vida, el ciudadano de un estado socialista debe gastar tiempo en colas de espera inacabables. Para él, los problemas que experimentaron los estadounidenses en relación con las escaseces de gasolina en la década de 1970 son normales, solo que no los experimenta en relación con la gasolina (pues no posee un coche y no tiene esperanza de tener nunca ninguno), sino en relación con las cosas sencillas de la vestimenta, de las verduras e incluso del pan. Aún peor es que se le obliga frecuentemente a trabajar en un empleo que no ha elegido y que por tanto debe indudablemente odiar. (Pues bajo la escasez, el gobierno decide la asignación del trabajo igual que hace con la asignación de los factores de producción). Y vive en una condición de increíble hacinamiento, que apenas deja posibilidades de privacidad. (A la vista de la escasez de vivienda, se asignan huéspedes a las casas; se obliga a las familias compartir pisos. Y se adopta un sistema de pasaportes y visados internos para limitar la severidad de la escasez de vivienda en las zonas más deseables del país). Por decirlo suavemente, una persona obligada a vivir en esas condiciones debe bullir de resentimiento y hostilidad.
Entonces, ¿contra quién sería más lógico que los ciudadanos de un estado socialista dirijan su resentimiento y hostilidad que contra el mismo estado socialista? El mismo estado socialista que ha proclamado su responsabilidad por su vida, le ha prometido una vida de felicidad y es de hecho responsable de una vida infernal. De hecho, los líderes de un estado socialista viven un dilema mayor, ya que cada día animan al pueblo a creer que el socialismo es un sistema perfecto, cuyos malos resultados solo pueden ser obra de gente malvada. Si eso fuera verdad, ¿quiénes podrían ser razonablemente esos hombres malvados, salvo los propios gobernantes, que no solo han hecho infernales sus vidas, sino que han pervertido un sistema supuestamente perfecto para hacerlo?
De esto se deduce que los gobernantes de un estado socialista deben vivir aterrorizando a la gente. Por la lógica de sus acciones y sus enseñanzas, el bullente resentimiento del pueblo puede hacerle levantarse y tragárselo en una orgía de sangrienta venganza. Los gobernantes sienten esto, incluso aunque no lo admitan abiertamente, y por tanto su mayor preocupación es siempre mantener a raya a la ciudadanía.
Consecuentemente, es verdad por muy inadecuado decir simplemente cosas como que al socialismo le falta la libertad de prensa y de expresión. Por supuesto, le faltan estas libertades. Si el gobierno posee todos los periódicos y editoriales, si decide para qué fines va a estar disponibles el papel, entonces evidentemente nada puede imprimirse que el gobierno no quiera que se imprima. Si posee todas las salas de reuniones, no puede realizarse ninguna conferencia o discurso público que el gobierno no quiera que se realice. Pero el socialismo va mucho más allá de la mera falta de libertad de prensa y expresión.
Un gobierno socialista aniquila totalmente estas libertades. Convierte a la prensa y a cualquier foro público en un vehículo de propaganda histérica en su favor y se dedica a la incansable persecución de todo el que se atreve a desviarse un centímetro de su línea oficial del partido.
La razón de estos hechos es el terror del pueblo de los gobernantes socialistas. Para protegerse, deben ordenar que el ministro de propaganda y la policía secreta trabajen constantemente. Uno, para desviar continuamente la atención del pueblo de la responsabilidad del socialismo, y de los gobernantes del socialismo, por la miseria del pueblo. La otra, para secuestrar y silenciar a cualquiera que pueda sugerir siquiera sea remotamente la responsabilidad del socialismo o de sus gobernantes (secuestrar a cualquiera que empiece a mostrar señales de pensar por sí mismo). Es a causa del terror de los gobernantes y su desesperada necesidad de encontrar cabezas de turco para los fracasos del socialismo, por lo que la prensa de un país socialista está siempre llena de historias acerca de conspiraciones y sabotajes extranjeros y acerca de la corrupción y mala dirección por parte de los oficiales subordinados y por lo que es necesario destapar periódicamente conspiraciones nacionales a gran escala y sacrificar a altos funcionarios y facciones completas en purgas gigantescas.
A causa de su terror y su desesperada necesidad de aplastar cualquier respiro incluso de una potencial oposición, los gobernantes del socialismo no se atreven a permitir ni siquiera actividades puramente culturales que no estén bajo el control del estado. Pues si la gente va a reunirse para un espectáculo artístico o un recital de poesía que no esté controlado por el estado, los gobernantes deben temer la diseminación de ideas peligrosas. Cualquier idea no autorizada es una idea peligrosa, porque puede llevar al pueblo a empezar a pensar por sí mismo y por tanto empezar a pensar acerca de la naturaleza del socialismo y sus gobernantes. Los gobernante debe temer la reunión espontánea de un puñado de personas en una sala y utilizar la policía secreta y su aparato de espías, informadores y terror o para detener esas reuniones o para asegurarse de que su contenido es completamente inocuo desde el punto de vista del estado.
El socialismo no puede prevalecer mucho tiempo excepto bajo el terror. Tan pronto como se relaja el terror, el resentimiento y la hostilidad empiezan lógicamente a brotar contra los gobernantes. Así que la situación esta lista para la revolución o la guerra civil. De hecho, en ausencia de terror o, más correctamente, de un suficiente grado de terror, el socialismo se caracterizaría por una serie inacabable de revoluciones y guerras civiles, ya que cada nuevo grupo de gobernantes resultarían tan incapaces de hacer que el socialismo funcionara con éxito como sus antecesores. La consecuencia inevitable a realizar es que el terror realmente experimentado en los países socialistas no era simplemente obra de hombres malvados, como Stalin, sino que deriva de la naturaleza del sistema socialista. Stalin podría pasar a primer plano porque su inusual voluntad y astucia en uso del terror eran las características concretas más necesarias para un gobernante socialista para mantenerse en el poder. Subió al poder por un proceso de selección natural socialista: la selección de los peores.
Tengo que advertir acerca de una posible mala comprensión respecto de mi tesis de que el socialismo es totalitario por su naturaleza. Esto afecta a los países supuestamente socialistas gobernados por socialdemócratas, como Suecia y los demás países escandinavos, que está claro que no son dictaduras totalitarias.
En esos casos, es necesario apreciar que al tiempo que estos países no son totalitarios, tampoco son socialistas. Sus partidos gobernantes pueden propugnar el socialismo como su filosofía o su objetivo último, pero no es el socialismo lo que han implantado en su sistema económico. Su sistema económico real es el de una economía intervenida de mercado, como la llamaba Mises. Aunque más intervenida que la nuestra en aspectos importantes, su sistema económico es esencialmente similar al nuestro, en que la fuerza motriz característica de la producción y la actividad económica no es el decreto del gobierno, sino la iniciativa de los propietarios privados motivada por la perspectiva de un beneficio privado.
La razón por la que los socialdemócratas no establecen el socialismo cuando llegan al poder es que no están dispuestos a hacer lo que hace falta. El establecimiento del socialismo como sistema económico requiere un acto masivo de robo (deben apropiarse los medios de producción de sus propietarios y entregarse al estado). Dicha apropiación es prácticamente seguro que provocaría una resistencia importante por parte de los propietarios, resistencia que solo puede superarse por el uso de fuerza masiva.
Los comunistas estaban y están dispuestos a aplicar dicha fuerza, como evidenciaba la Rusia soviética. Su carácter es el de los ladrones armados dispuestos a matar si es necesario para realizar el robo. Por el contrario, el carácter de los socialistas se parece más al de los rateros, que pueden hablar de dar un gran golpe algún día, pero en realidad no están dispuestos al homicidio necesario, así que renuncian ante la más mínima señal de resistencia seria.
Respecto de los nazis, generalmente no tenían que matar para incautarse de la propiedad de otros alemanes que no fueran judíos. Esto pasó porque, como hemos visto, establecieron el socialismo furtivamente, a través de controles de precios, que servían para mantener el disfraz externo y apariencia de propiedad privada. Los propietarios privados se veían así desprovistos de su propiedad sin saberlo y por tanto no sentían la necesidad de defenderla por la fuerza.
Creo haber demostrado que el socialismo (el socialismo real) es totalitario por su propia naturaleza.

En el momento actual en Estados Unidos no tenemos socialismo en ninguna forma. Y no tenemos una dictadura, no digamos una dictadura totalitaria.
Tampoco tenemos aún fascismo, aunque nos vayamos acercando a él. Entre los elementos esenciales que aún faltan están el gobierno del partido único y la censura. Seguimos teniendo libertad de expresión y prensa y elecciones libres, aunque ambas hayan sido socavadas y no puede garantizarse su pervivencia continua.
Lo que tenemos es una economía intervenida de mercado que está creciendo en su intervención  y que se caracteriza por una creciente pérdida de la libertad individual. El crecimiento de la intervención económica del gobierno es sinónimo de una pérdida de libertad individual porque significa iniciar cada vez más el uso de fuerza física para que la gente haga lo que no elige hacer voluntariamente o impedirle que haga lo que voluntariamente elige hacer.
Como el individuo es el mejor juez de sus propios intereses y al menos por lo general busca hacer lo que le interesa hacer y evitar lo que dañe sus intereses, de esto se deduce que cuando mayor sea el grado de intervención pública, mayor seré le grado en que se impide a los individuos hacer los que les beneficia y en su lugar se les obliga a hacer lo que les causa pérdidas.
Hoy en Estados Unidos, el gasto público federal, estatal y local suma casi la mitad de los ingresos monetarios de la porción de la ciudadanía que no trabaja para la administración. Quinces departamentos del gabinete federal y un número mucho mayor de agencias regulatorias federales, juntos, en la mayor parte con equivalente a nivel estatal y local, se entrometen regularmente en prácticamente todas las áreas de la vida del ciudadano individual. Se le grava, obliga y prohíbe de incontables maneras.
Los efectos de tal interferencia pública masiva son el desempleo, los precios al alza, la caída de los salarios reales, la necesidad de trabajar más y más duro y el crecimiento de la inseguridad económica. Otro efecto es el crecimiento de la ira y el resentimiento.
Aunque la política de intervencionismo del gobierno sea su objetivo lógico, la ira y el resentimiento que siente la gente normalmente se dirigen por el contrario contra los empresarios y los ricos. Es un error alimentado en su mayor parte por un establishment intelectual y medios de comunicación ignorantes y envidiosos.
Y de acuerdo con esta actitud, desde el colapso de la burbuja del mercado bursátil, que fue en realidad creado por la política de expansión del crédito de la Reserva Federal y luego pinchada por su abandono temporal de esa política, los fiscales públicos han adoptado lo que parece una política particularmente vengativa hacia ejecutivos culpables de falta de honradez financiera, como si sus acciones fueran responsables de las pérdidas extendidas que resultaron del colapso de la burbuja. Así, al antiguo jefe de una gran compañía de telecomunicaciones se le ha sentenciado recientemente a veinticinco años de prisión. Otros altos ejecutivos han sufrido sentencias similares.
Más inquietante es que el poder del gobierno para obtener simples acusaciones criminales se ha convertido en equivalente al poder de destruir una empresa, como ocurrió en el caso de Arthur Andersen, la principal empresa auditora. El uso amenazador de su poder fue entonces suficiente para obligar a las grandes empresas de correduría de seguros en Estados Unidos cambiaran sus directivas para satisfacer al Fiscal General del Estado de Nueva York. No hay forma de describir esas evoluciones que no sea que la condena y castigo sin juicio y la extorsión del gobierno. Son grandes pasos a lo largo de un camino muy peligroso.
Por suerte, sigue habiendo suficiente libertad en Estados Unidos como para reparar todo el daño que se ha hecho. En primer lugar está la libertad nombrarlo y denunciarlo.
Mas esencialmente, está la libertad de analizar y refutar la ideas que subyacen a las políticas destructivas que han sido adoptadas o pueden serlo. Y eso es lo que es crítico. Pues el factor fundamental que subyace en el intervencionismo y, por supuesto, también en el socialismo, ya sea nazi o comunista, no es sino las ideas erróneas, sobre todo, las ideas erróneas respecto de la economía y la filosofía.
Hay ahora un cuerpo extenso y creciente de literatura que presenta ideas sensatas en estos dos campos vitales. A mi juicio, los dos autores más importantes de esta literatura son Ludwig von Mises y Ayn Rand. Un conocimiento extenso de sus escritos es un requisito previo indispensable para tener éxito en la defensa de la libertad individual y el libre mercado.
Este instituto, el Instituto Ludwig von Mies, es el principal centro mundial para la divulgación de las ideas de Mises. Presente un flujo constante de análisis basados en sus ideas, análisis que aparecen en sus revistas académicas, sus libros y publicaciones y en sus artículos diarios de la web que se ocupan de los asuntos del momento. Enseña sus ideas y las ideas relacionadas de otros miembros de la Escuela Austriaca de economía a alumnos universitarios y a jóvenes profesores. Lo hace a través de Universidad de Verano de Mises, las Conferencias de Investigadores Austriacos y los distintos seminarios.
Dos formas muy importantes de luchar por la libertad son educarse hasta el punto de ser capaz de hablar tan elocuentemente en su defensa como lo hacen los investigadores asociados a este instituto o, si uno tiene el tiempo o la inclinación para hacerlo, apoyar financieramente al Instituto en su tarea vital en la medida en que se pueda.
Es posible invertir la corriente. No puede hacerlo una sola persona. Pero un número grande y creciente de gente, formada en la causa de la libertad económica y defendiendo y argumentando en su defensa siempre que sea posible, es capaz de formar gradualmente las actitudes de la cultura y por tanto de la naturaleza de su sistema político y económico.
Los que formáis esta audiencia ya estáis implicados en este gran trabajo. Espero que continuéis e intensifiquéis vuestro compromiso.
Publicado el 11 de noviembre de 2005. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

martes, 30 de septiembre de 2014

Ludwig von Mises: El gran desmitificador de la viabilidad del Socialismo, Por Gabriel Gasave

Enlace permanente de imagen incrustada
Por Gabriel Gasave
Corresponde rendirle homenaje a quien por su obra y prestigio, se hiciera merecedor a ocupar un importante sitial en la historia de las ideas del siglo veinte. Alguien que fuera un tenaz paladín de los emprendedores y de los innovadores tanto intelectuales como empresariales, cuya tarea constituye la llave para el progreso de la humanidad y quienes, como él nos lo demostrara, solamente pueden florecer en el contexto de una sociedad libre.
Ese hombre es Ludwig von Mises quien nació un 29 de septiembre de 1881 en la ciudad de Lemberg, en territorio que por entonces pertenecía al imperio austrohúngaro. La vasta cantidad de libros y artículos por él publicados y de conferencias brindadas conforman un valioso conjunto de obras que aquellos que deseen abocarse al estudio de la epistemología, la economía y la filosofía de la libertad no pueden soslayar. Sus dos trabajos más importantes y los que mejor reflejan su pensamiento son Socialismo (1922) y La Acción Humana (1949). Para quienes recién se inicien en el pensamiento miseano, su lectura quizás debería estar precedida por alguna de sus obras más populares, tales como Burocracia (1944) y Planificación para la Libertad (1952).
Mises era un ferviente defensor de la economía de mercado y de la sociedad abierta. Su oposición al socialismo, y a toda forma de intervención gubernamental, derivaba de su simpatía por el capitalismo y su afecto por la libertad individual y convicción de que los intereses individuales de los hombres libres pueden convivir en armonía, en razón de que en una sociedad abierta la ganancia de un individuo no está constituía por la perdida de otro, sino en realidad por el beneficio que el primero le proporciona a sus semejantes.
La puesta en práctica de sus enseñanzas resulta necesaria para la preservación de la civilización. Con Mises quedó demostrado que en su esencia la vida en sociedad se basa en la división del trabajo. Si careciéramos de la mayor productividad laboral que nos brinda la división del trabajo, sencillamente gran parte de la humanidad moriría de inanición. Al mismo tiempo, encontramos que la propia existencia y el eficaz funcionamiento de esa división del trabajo dependen fundamentalmente de que contemos con las instituciones básicas de una sociedad abierta, es decir: gobierno limitado y libertad económica, propiedad privada, moneda sana, ahorro e inversión, libre competencia, y afán de lucro. Como vemos, se trata de instituciones que en todas partes, y en especial en nuestro país, han sido severamente atacadas desde hace ya varias décadas.
Cuando Mises ingresa al mundo de las ideas, el marxismo y otras corrientes socialistas detentaban un monopolio intelectual de facto, situación a la que coadyuvaron ciertos errores e inconsistencias significativas en los trabajos de Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823) y algunos de sus seguidores. A su vez, las obras de William S. Jevons (1835-82), y de los primeros economistas austriacos—Carl Menger (1840-1921) y Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914)—no eran lo suficientemente extensas como para ofrecer una contraofensiva eficaz frente a los socialistas. Por su parte, Frédéric Bastiat (1801-1850) si bien había procurado ofrecer una, falleció muy joven, y de todos modos probablemente hubiese carecido de la profundidad teórica necesaria.
Así las cosas, cuando el profesor von Mises irrumpió en el mundo de las ideas, virtualmente no había ni una oposición intelectual al socialismo ni una defensa del capitalismo que tuviesen un carácter sistemático. Las murallas intelectuales de la civilización estaban desguarnecidas y lo que Mises logró, y que constituye la esencia de su grandeza, fue la construcción de una defensa intelectual de la sociedad abierta.
Por entonces, el núcleo del argumento colectivista sostenía que las instituciones de una sociedad liberal estaban al servicio de los intereses de tan solo un puñado de poderosos explotadores, especuladores y monopolistas y que dichas instituciones se desenvolvían en flagrante oposición al bienestar de la gran mayoría de la sociedad, bienestar del que supuestamente el socialismo sí vendría a ocuparse.
La respuesta que solía ofrecerse frente a este planteo era una que exclusivamente se avocaba a pergeñar mecanismos tendientes a quitarle a los emprendedores un poco menos del fruto de su trabajo que lo que exigían los socialistas. Mises en cambio, desafió esa conjetura simplista y generalizada y demostró que una sociedad basada en el respeto por la libertad de acción y la propiedad privada favorece los intereses individuales de todos sus integrantes, incluidos aquellos que no son “capitalistas”—sino “proletarios”, según la jerga de la época.
En una sociedad libre, demostraba el profesor von Mises, la propiedad privada de los medios de producción está al servicio del mercado. Los beneficiarios directos de las empresas y comercios son todos aquellos que adquieren sus productos y utilizan sus servicios. Y, junto con el incentivo de las perdidas y las ganancias y la libertad para competir que el mercado implica, la existencia de la propiedad privada garantiza una siempre creciente oferta de productos para todos.
La mayor y más original contribución al pensamiento económico que hiciera Mises fue la de demostrar que el socialismo no solamente elimina el incentivo que proporcionan las ganancias y las perdidas y la libertad de competir junto con la propiedad privada de los medios de producción, sino que torna imposible el cálculo económico, y en consecuencia es un sistema que redunda en el caos. Por socialismo entendemos a la abolición del sistema de precios y la división del trabajo; y la concentración de todo el proceso de toma de decisiones en manos de una junta de planificación centralizada o dictador supremo.
Sin embargo, la planificación de un sistema económico está más allá del poder y del conocimiento de alguien: el número, la diversidad, y las características propias de los distintos factores de producción, las diferentes alternativas tecnológicas que están abiertas a ellos, y las disímiles combinaciones posibles de lo que se podría llegar a producir con ellos, escapan a las facultades de incluso el más grande de los genios que pudiésemos concebir.
Mises probó que la planificación económica requiere de la cooperación de todos los participantes del sistema económico. Ella solamente puede existir en una sociedad libre y capitalista en la cual, cada día, los empresarios efectúen sus planes basándose en el cálculo de las ganancias y las pérdidas; donde por su parte los trabajadores, hagan lo mismo en función de los salarios que se están abonando por servicios similares a los que ellos ofrecen y los consumidores planifiquen ponderando los precios de los bienes de consumo a su disposición.
Sostenía que el cálculo económico es esencial para una economía desarrollada; y de ello se colige una importante conclusión adicional: Solamente en una economía capitalista puede tener lugar el cálculo monetario. Una economía centralmente planificada no tiene manera de calcular económicamente y de esa forma no puede prosperar. Mises demostró la imposibilidad de todos los esquemas socialistas, porque los mismos dejan a los planificadotes económicos sin medio alguno con el cual desarrollar el calculo económico. Una oficina central de planificación no posee ningún mecanismo que pueda suplir el rol que los precios desempeñan en el mercado.
Las contribuciones que Ludwig von Mises hizo a la confrontación teórica entre el capitalismo y el socialismo son inmensas. Antes de su aparición en escena, la mayoría de los individuos no eran concientes de que en una sociedad libre existe una planificación económica. Aceptaban, sin entrar en detalles, el dogma marxista de que el capitalismo implicaba una anarquía en materia de producción y que el socialismo venía a representar a la planificación económica racional.
Quienes viven en una sociedad capitalista, se encuentran literalmente rodeados por la planificación económica, y sin embargo no se dan cuenta de su existencia. A diario, hay incontables empresarios que están planificando expandir o achicar sus empresas, introducir nuevos productos o discontinuar alguno de los más vetustos, abrir nuevas sucursales o cerrar alguna de las existentes, modificar sus métodos de producción o seguir con los métodos y procesos actuales, contratar a nuevos trabajadores o dejar que se marchen algunos de los que ya trabajan para ellos. Y también, a cada instante existen innúmeros trabajadores que están planificando mejorar sus habilidades, cambiar de empleo, o seguir como están; y cientos de miles de consumidores, planificando adquirir una casa, automóviles, electrodomésticos o simplemente helados.
No obstante ello, la gente no utiliza el término planificación para referirse a todas esas tareas, reservándolo pura y exclusivamente para describir los vanos esfuerzos de un puñado de burócratas gubernamentales, quienes, habiendo obstaculizado o directamente prohibido la planificación por parte de los demás, presuponen que con su sapiencia e inteligencia pueden reemplazar las decisiones de millones de seres. Cualquier similitud con la presuntuosa actitud de los líderes de nuestra Argentina actual no es mera coincidencia.
Mises fue quien destacó la existencia de la planificación dentro de la economía de mercado, la circunstancia de que la misma se basa en los precios, es decir en el cálculo económico, y el hecho de que el sistema de precios es el único que nos brinda a cada instante la información necesaria para coordinar las actividades de decenas de millones de planificadores individuales.
Demostró que cada individuo, al preocuparse por obtener un ingreso y limitar sus gastos, es guiado de manera tal que ajusta sus planes individuales a los planes del resto de la sociedad. Por ejemplo, aquel empleado que decide convertirse en ingeniero en lugar de dedicarse a la música, en virtud de que al valorar más los mayores ingresos que obtendrá como ingeniero, modifica los planes atinentes a su carrera profesional en respuesta a los planes que otros tienen de solicitar sus servicios de ingeniería y no de demandar sus composiciones musicales. O el caso de la persona que decide que un automóvil es demasiado costoso y por ende claudica en su plan de adquirirlo, que está de manera similar involucrada en un proceso tendiente a ajustar sus propios planes con los planes de los demás; en virtud de que lo que vuelve demasiado costoso al vehículo en cuestión son los planes de los otros de comprarlo al tener la posibilidad y el deseo de pagar más por él.
Fundamentalmente, lo que Mises demostró fue la circunstancia de que toda empresa, al procurar obtener ganancias y evitar las pérdidas, es guiada en la planificación de sus actividades de un modo en el que no tan solo la misma resulta útil para los planes de sus propios clientes, sino que toma en cuenta además los planes de todos los demás usuarios de los mismos factores de producción en el mercado.
En definitiva, el profesor von Mises logró demostrar que el proceso de mercado implica la existencia de un sistema económico planificado de manera racional mediante la combinación de los esfuerzos basados en el interés propio de todos aquellos que participan en él. El fracaso del socialismo, probó Mises, se debe al hecho de que el mismo no representa una planificación económica, sino su destrucción, dado que la misma solamente puede existir en el marco de una sociedad libre y del sistema de precios.
Demostró también que la competencia que tiene lugar en el proceso de mercado es de una naturaleza totalmente distinta a la que observamos por ejemplo en el reino animal. No se trata de una competencia por los escasos medios de subsistencia que suministra la naturaleza, sino una competencia por la creación de una nueva y adicional riqueza, de la cual todos se benefician.
Por ejemplo, las consecuencias de la competencia que en su momento tuvo lugar entre los técnicos que se dedicaban a la reparación de las antiguas máquinas de escribir y aquellos que comenzaron a desempeñarse en el incipiente campo de la industria informática no fueron las de que el primero de los grupos pereció a causa de una hambruna, sino la de que todos comenzaron a disponer de más recursos e ingresos para adquirir también cantidades adicionales de otros bienes. Esto fue cierto incluso respecto de los técnicos que “perdieron” la competencia, tan pronto como fueron reubicados en otras áreas del de mercado, las que lograron expandirse precisamente debido a las innovaciones en el rubro de la cibernética.
Al repensar la Ley de las ventajas comparativas de David Ricardo, el profesor von Mises demostró que en el proceso competitivo que tiene lugar en el mercado hay lugar para todos, incluso para aquellos que posean las más modestas de las habilidades. Esos individuos solamente precisan concentrarse en las áreas en las cuales su inferioridad productiva sea menor en términos relativos. Por ejemplo, una persona que no es capaz de desempeñarse más que como un mero albañil no tiene que temerle a la competencia del resto de la sociedad, en la que casi todos sus miembros podrían ser mejores albañiles que él, si a eso deseasen dedicarse. La persona de capacidad limitada que está deseando trabajar como albañil por menos de lo que otros pueden percibir en otras actividades, no tiene porque preocuparse respecto de la competencia de aquellos. En verdad, los está dejando fuera de competencia para el puesto de albañil al desear aceptar un ingreso más bajo que el de ellos.
Von Mises demostró que una armonía de intereses prevalece también en este caso. La existencia del albañil del ejemplo permite que individuos más talentosos dediquen su tiempo a tareas más exigentes, mientras que la existencia de estos últimos le permite a su vez al albañil acceder a bienes y servicios que de otra forma resultarían imposibles de obtener para él.
Sostuvo con una lógica incontestable que las causas económicas de los conflictos bélicos son el resultado de la interferencia gubernamental, bajo la forma de barreras comerciales y migratorias, y que dicha interferencia que viene a restringir las relaciones económicas con el extranjero es a su vez una consecuencia de otra ingerencia gubernamental, aquella que restringe la actividad económica interna. Por ejemplo, los aranceles se vuelven necesarios como una forma de evitar la desocupación solamente en un contexto en el cual existan leyes de salario mínimo y una legislación favorable a los sindicatos, la cual impide que la mano de obra interna enfrente de igual a igual a la competencia extranjera mediante la aceptación de salarios más bajos cuando fuese necesario. Mises demostró también que el fundamento de la paz mundial es una política de laissez-faire tanto a nivel interno como internacional.
Algo que von Mises puso en evidencia es el hecho de que todas las acusaciones en contra del mercado libre eran infundadas o que las mismas debían ser dirigidas contra la intervención gubernamental, la cual distorsiona y destruye las realizaciones y logros del mercado.
Estuvo entre los primeros en señalar que la pobreza que existía en los albores de la Revolución Industrial era fruto del legado de toda la historia previa. La misma se debía a que la productividad del trabajo era todavía sumamente baja, y a que los científicos, inventores, empresarios, ahorristas e inversionistas solamente podían alcanzar progresos de un modo muy paulatino pues les resultaba dificultoso acumular el capital necesario para poder incrementarlos con el paso del tiempo.
Demostró que todas las políticas legislativas tendientes supuestamente a mejorar la condición de los trabajadores y de las masas eran en verdad contrarias a los intereses de aquellos a los que estaban diseñadas a ayudar—que su efecto era el de generar desempleo, retardar la acumulación de capital, y de esa manera mantener baja la productividad del trabajo y el estándar de vida de todos.
En una trascendental y original contribución al pensamiento económico, demostró que las depresiones eran consecuencia de las políticas de expansión crediticia auspiciadas por el gobierno, diseñadas para lograr que la tasa de interés se mantuviese por debajo de los niveles del mercado. Dichas políticas, evidenció Mises, daban lugar a malas inversiones a gran escala, las que privaban al mercado del capital liquido necesario y resultaban a posteriori en contracciones del crédito que provocaban los ciclos económicos de depresión.
Fue uno de los principales defensores del patrón oro y del laissez-faire en el ámbito de la industria bancaria, la cual consideraba que alcanzaría en ese marco virtualmente una reserva cercana al 100%, lo que imposibilitaría de ese modo tanto la inflación como la deflación de la moneda.
En síntesis, Mises fue capaz de demostrar: que la expansión de los mercados libres, la división del trabajo, y la inversión privada de capital constituyen el único sendero posible hacia la prosperidad y el florecimiento de la especie humana; que el socialismo sería desastroso para una economía moderna en virtud de que la ausencia de propiedad privada de la tierra y de los bienes de capital impide cualquier clase de determinación racional de los precios, o estimación de costos, y que la intervención gubernamental, además de obstaculizar y paralizar al mercado, resultaría ser anti productiva, conduciendo inevitablemente al socialismo a menos que el conjunto entero de las intervenciones fuese derogado.
En el prologo de la edición en español de Planificación Para la Libertad, el Doctor Alberto Benegas Lynch en su carácter de Presidente del Centro de Estudios sobre la Libertad escribía sobre Mises estos conceptos que compartimos en su totalidad y que cobran una vigencia inusual en nuestro medio por estos días: “De las enseñanzas de Mises resulta claro que es perjudicial sostener que primero hay que producir y luego distribuir, porque la producción y la distribución son simultáneas y sólo se logra la productividad óptima en el marco del respeto a la propiedad y a la libertad. Nadie va a invertir sus ahorros y capitales con entusiasmo si le dicen que cuando haya producido la abundancia que promueve el bienestar general, el estado, compulsivamente, le va a confiscar una parte de la producción para distribuirla de otra manera que no sea mediante el libre juego de los factores productivos. Mises explica con claridad meridiana que ninguna distribución es más justa y equitativa que la que resulta del mercado no intervenido, en el cual cada factor de producción recibe su parte en función de su aporte al proceso productivo”.
Desde el deceso de Mises acaecido el 10 de octubre de 1973 en la Ciudad de New York a los 92 años, su doctrina e influencia han experimentado un renacimiento. Si bien nadie que analice las actuales circunstancias que vive el mundo y en particular América Latina, puede evitar tener un dejo de pesimismo respecto al futuro, las tendencias pueden cambiar y ello en gran medida dependerá de cuán diestros y tenaces seamos en la difusión de ideales tan nobles como los que Ludwing von Mises nos dejara.

lunes, 2 de junio de 2014

Socialismo y Comunismo, por Ludwig von Mises



En la terminología de Marx y Engels, las palabras comunismo y socialismo son sinónimas. Se aplican alternativamente sin ninguna distinción entre ellas. Los mismo vale para la práctica totalidad de los grupos y sectas marxistas hasta 1917. Los partidos políticos del marxismo que consideraban al Manifiesto comunista como el evangelio inalterable de su doctrina se llamaban a sí mismos partidos socialistas. El más influyente y nume­roso de estos partidos, el alemán, adoptó el nombre de Partido Social Demócrata. En Italia, en Francia y en todos los demás países en que los partidos marxistas ya desempeñaban un papel en la vida política antes de 1917, el término socialista igualmente desbancaba al término comunista. Ningún marxista antes de 917 se habría atrevido a distinguir entre comunismo y socialismo.
En 1875, en su Crítica del Programa de Gotha del Partido Social Demócrata Alemán, Marx distinguía entre una fase inferior (anterior) y una fase superior (posterior) de la futura sociedad comunista. Pero no reservaba la palabra comunismo para la fase superior y no llamaba a la fase inferior socialismo como algo diferenciado del comunismo.
Uno de los dogmas fundamentales de Marx es que el socialismo estaba condenado a llegar “con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza”. La producción capitalista engendra su propia negación y establece el sistema socialista de propiedad pública de los medios de producción. Este proceso “se ejecuta mediante la operación de las leyes inherentes de la producción capitalista”.[1] Es independiente de la voluntad de la gente.[2] Es imposible que los hombres lo aceleren, lo retrasen o lo obstaculicen. Pues “ningún sistema social desaparece nunca antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas para cuyo desarrollo de las cuales sea lo bastante amplio y los nuevos métodos superiores de producción nunca aparecen antes de que se hayan nacido las condiciones materiales de su existencia en el seno de la sociedad anterior”.[3]
Por supuesto, esta doctrina es irreconciliable con las propias doctrinas políticas de Marx y con las enseñanzas de usaba para justificar estas actividades. Marx trató de organizar un partido político que por medio de la revolución y la guerra civil debería lograr la transición del capitalismo al socialismo. Lo característico de sus partidos era, a los ojos de Marx y los doctrinarios marxista, que eran partidos revolucionario invariablemente comprometidos con la idea de la acción violenta. Su objetivo era alzarse en rebelión, establecer la dictadura del proletariado y exterminar sin piedad a todos los burgueses. Los hechos de la Comuna de París en 1871 eran considerados como el modelo perfecto de dicha guerra civil. Por supuesto, la revuelta de París había fracasado lamentablemente. Pero se esperaba que alzamientos posterior tuvieran éxito.[4]
Sin embargo las tácticas aplicadas por los partidos marxistas en diversos países europeos se oponían irreconciliablemente c cada una de estas dos variedades contradictorias de las enseñanzas de Karl Marx. No confiaban en la inevitabilidad de la llegada del socialismo. Tampoco confiaban en el éxito de un levantamiento revolucionario. Adoptaron los métodos de la acción parlamentaria. Pedían votos en las campañas electorales y enviaban a sus delegados a los parlamentos. “Degeneraron” en partidos democráticos. En los parlamentos se comportaban como los demás partidos de la oposición. En algunos países entraban en alianzas temporales con otros partidos y ocasionalmente miembros socialistas formaban parte de gabinetes. Posteriormente, después de acabar la Primera Guerra Mundial, los partidos socialistas se convirtieron en mayoritarios en muchos parlamentos. En algunos países gobernaron en solitario, en otros cooperando de cerca con partidos “burgueses”.
Es verdad que estos socialistas domesticados antes de 1917 nunca abandonaron la retórica de los principios rígidos del marxismo ortodoxo. Repetían una y otra vez que la llegada del socialismo es inevitable. Destacaban el carácter inherentemente revolucionario de sus partidos. Nada podía provocar más su ira que cuando alguien se atrevía a discutir su firme espíritu revolucionario. Sin embargo, en realidad eran partidos parlamentarios como todos los demás partidos.
Desde un punto de vista marxista correcto, como se expresa en los últimos escritos de Marx y Engels (pero no aún en el Manifiesto Comunista), todas las medidas pensadas para restringir, regular y mejorar el capitalismo eran simplemente tonterías “pequeño burguesas” que derivan de la ignorancia de las leyes inmanentes de la evolución capitalista. Los verdaderos socialistas no deberían poner ningún obstáculo en el camino de la evolución capitalista. Pues solo la completa madurez del capitalismo podría engendrar el socialismo. No solo es vano, sino dañino para los intereses de los proletarios recurrir a esas medidas. Ni siquiera el sindicalismo laboral es un medio adecuado para la mejora de las condiciones de los trabajadores.[5] Marx no creía que el intervencionismo pudiera beneficiar a las masas. Rechazaba violenta­mente la idea de que medidas como salarios mínimos, precios máximos, restricciones en los tipos de interés, seguridad social y otras fueran pasos preliminares en la llegada del socialismo. Apuntaba a la abolición radical del sistema de salarios que solo podía conseguirse en el comunismo en su fase superior. Habría ridiculizado con sarcasmo la idea de abolir el “carácter de producto” de la mano de obra dentro del marco de la sociedad capitalista mediante la aplicación de una ley.
Pero los partidos socialistas tal y como operaban en los países europeos no estaban en la práctica menos comprometidos con el intervencionismo que la Sozialpolitik de la Alemania del káiser y el New Deal estadounidense. Fue contra esta política contra la que dirigieron sus ataques George Sorel y el sindicalismo. Sorel, un intelectual tímido con trasfondo burgués, deploraba la “degeneración de los partidos socialistas por lo que consideraba una penetración de intelectuales burgueses. Quería ver el espíritu de agresividad despiadada, propio de las masas, reavivado y libre de la custodia de los cobardes intelectuales. Para Sorel nada importaba salvo los disturbios. Defendía la action directe, es decir, el sabotaje y la huelga general, como pasos iniciales hacia la gran revolución final.
Sorel tuvo éxito principalmente entre intelectuales snobs y ociosos y no menos snobs y ociosos herederos de empresarios ricos. No movió de forma perceptible a las masas. Para los partidos marxistas en Europa occidental y central, su crítica apasionada era poco más que una molestia. Su importancia histórica consistió principalmente en el papel que desempeñaron sus ideas en la evolución del bolchevismo ruso y el fascismo italiano.
Para entender la mentalidad de los bolcheviques debemos referirnos de nuevo a los dogmas de Karl Marx. Marx estaba completamente convencido de que el capitalismo es una etapa de la historia económica que no se limita solo a unos pocos países avanzados. El capitalismo tiene la tendencia a convertir todas las partes del mundo en países capitalistas. La burguesía obliga a todas las naciones a convertirse en naciones capitalistas. Cuando suene la hora final del capitalismo, todo el mundo estará uniformemente en la etapa de capitalismo maduro, listo para la transición al socialismo. El socialismo aparecería al mismo tiempo en todas las partes del mundo.
Marx se equivocaba en este punto no menos que todas sus demás declaraciones. Hoy ni siquiera los marxistas pueden negar ni niegan que aún prevalezcan enormes diferencias en el desarrollo del capitalismo en diversos países. Aprecian que hay muchos países que, desde el punto de vista de la interpretación marxista de la historia, deben describirse como precapitalistas. En estos países la burguesía aún no ha conseguido un puesto gobernante y no ha establecido aún el escenario histórico del capitalismo que es el necesario requisito previo de la aparición del socialismo. Por tanto, estos países deben realizar antes su “revolución burguesa” y deben pasar por todas las fases del capitalismo antes de que pueda plantearse transformarlos en países socialistas. La única política que podían adoptar los marxistas en esos países sería apoyar incondicionalmente a los burgueses, primero en sus esfuerzos de hacerse con el poder y luego en sus aventuras capitalistas. Un partido marxista podría durante mucho tiempo no tener otra tarea que servir al liberalismo burgués. Esta es la única misión que el materialismo histórico, correctamente aplicado, podría asignar a los marxistas rusos. Estarían obligados a esperar tranquilamente hasta que el capitalismo hiciera a su nación madura para el socialismo.
Pero los marxistas rusos no querían esperar. Recurrieron a una nueva modificación del marxismo según la cual era posible que una nación saltara una de las etapas de la evolución histórica. Cerraron sus ojos al hecho de que la nueva doctrina no era una modificación del marxismo sino más bien la negación de lo único que quedaba de él. Era un retorno indisimulado a las enseñanzas pre-marxistas y anti-marxistas, según las cuales los hombres son libres de adoptar el socialismo en cualquier momento si lo consideran un sistema más beneficioso para la comunidad que el capitalismo. Reventaba completamente todo el misticismo incluido en el materialismo dialéctico y el supuesto descubrimiento marxista de las leyes inexorables de la evolución económica de la humanidad.
Habiéndose emancipado del determinismo marxista, los marxistas rusos era libres de discutir las tácticas más apropiadas para el logro del socialismo en su país. Ya no se preocupaban de problemas económicas. Ya no tenían que investigar si había llegado el momento o no. Solo tenían que cumplir una tarea, apropiarse de las riendas del gobierno.
Un grupo mantenía que el éxito duradero solo podía esperarse si podía conseguirse el apoyo de un número suficiente de gente, aunque no necesariamente la mayoría. Otro grupo no estaba a favor de un procedimiento que hacía perder tanto tiempo. Sugería un golpe de efecto. Podía organizarse un pequeño grupo de fanáticos como la vanguardia de la revolución. La disciplina estricta y la obediencia incondicional al jefe harían que estos revolucionarios profesionales estuvieran listos para un ataque repentino. Deberían suplantar el gobierno zarista y luego gobernar el país de acuerdo con los métodos tradicionales de la policía del zar.
Los términos utilizados para designar estos dos grupos, bolcheviques (mayoría) para lo últimos y mencheviques (minoría) para los primeros, se refieren a un voto realizado en 1903 en una reunión para discutir estos asuntos tácticos. La única diferencia que dividía a estos dos grupos era este método táctico. Ambos estaban de acuerdo con respecto al fin último: el socialismo.
Ambas sectas trataban de justificar sus respectivos puntos de vista citando pasajes de los escritos de Marx y Engels. Por supuesto, esta es la costumbre marxista. Y cada secta estaba en disposición de descubrir en estos libros sagrados frases que confirmaban su propia postura.
Lenin, el jefe bolchevique, conocía a sus compatriotas mucho mejor que sus adversarios y su líder, Plejánov. No cometió, como Plejánov, el error de aplicar a los rusos los patrones de las naciones occidentales. Recordaba cómo mujeres extranjeras había usurpado por dos veces el poder supremo y gobernado tranquilamente durante toda su vida. Conocía el hecho de que los métodos terroristas de la policía secreta del zar tuvieron éxito y confiaba en que podía mejorar considerablemente dichos métodos. Fue un dictador despiadado y sabía que a los rusos les faltaba el valor para resistir la opresión. Como Cromwell, Robespierre y Napoleón, fue un usurpador ambicioso y confiaba completamente en la ausencia de espíritu revolucionario en la inmensa mayoría. La autocracia de los Romanov estaba condenada porque el desgraciado Nicolás II era débil. El abogado socialista Kerensky fracasó porque estaba comprometido con el principio del gobierno parlamentario. Lenin tuvo éxito porque nunca buscó otra cosa que su propia dictadura. Y los rusos anhelaban un dictador un sucesor de Iván el Terrible.
El gobierno de Nicolás II no acabó por un levantamiento revolucionario real. Se desplomó en los campos de batalla. Se generó una anarquía que Kerensky no pudo controlar. Una refriega en las calles de San Petersburgo derrocó a Kerensky. Poco tiempo después Lenin tuvo su 18 de brumario. A pesar de todo el terror practicado por los bolcheviques, la Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal de hombres y mujeres, solo tenía un 20% de miembros bolcheviques. Lenin disolvió la Asamblea Constituyente por la fuerza de las armas. El efímero interludio “liberal” se liquidó. Rusia pasó de las manos de los ineptos Romanov a las de un autócrata real.
Lenin no se contentó con la conquista de Rusia. Estaba completamente convencido de que estaba destinado a llevar el gozo del socialismo a todas las naciones, no solo a Rusia. El nombre oficial que eligió para su gobierno (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) no contiene ninguna referencia a Rusia. Estaba pensado como el núcleo de un gobierno mundial. Era implícito que todos los camaradas extranjeros debían por derecho lealtad a este gobierno y que todos los burgueses extranjeros que se atrevieran a resistirse eran culpables de alta traición y merecían la pena capital. Lenin no dudaba en lo más mínimo que todos los países occidentales estaban en vísperas de la gran revolución final. Esperaba diariamente su estallido.
Había en opinión de Lenin solo un grupo que podía (aunque sin ninguna perspectiva de éxito) tratar de impedir el levantamiento revolucionario: los depravados miembros de la intelectualidad que habían usurpado el liderazgo de los partidos socialistas. Lenin hacía mucho que odiaba a estos hombres por su adicción al procedimiento parlamentario y su reticencia a apoyar sus aspiracio­nes dictatoriales. Clamaba contra ellos porque los hacía responsables del hecho de que los partidos socialistas habían apoyado los esfuerzos bélicos en sus países. Ya en su exilio suizo, que acabó en 1917, Lenin empezó de dividir a los partidos socialistas europeos. Ahora creaba una nueva Tercera Internacional, que controlaba de la misma forma dictatorial en que dirigía a los bolcheviques rusos. Para este nuevo partido, Lenin escogió el nombre de Partido Comunista. Los comunistas iban a luchar hasta la muerte con los diversos partidos socialistas europeos, esos “traidores sociales” e iban a disponer la liquidación inmediata de la burguesía y apropiarse del poder mediante los trabajadores armados. Lenin no diferenciaba entre socialismo y comunismo como sistemas sociales. El objetivo que buscaba no se llamaba comunismo en oposición al socialismo. El nombre oficial del gobierno soviético es Unión de Repúblicas Socialistas (no Comunistas) Soviéticas. En este sentido, no quería alterar la terminología tradicional que consideraba los términos como sinónimos. Simplemente llamó a sus partidarios, los únicos seguidores sinceros y coherentes de los principios revolucionarios del marxismo ortodoxo, comunistas y a sus métodos tácticos comunismo porque quería distinguirlos de los “mercenarios traidores de los explotadores capitalistas”, los malvados líderes socialdemócratas como Kautsky y Albert Thomas. Estos traidores, destacaba, ansiaban conservar el capitalismo. No eran verdaderos socialistas. Los únicos marxistas genuinos eran los que rechazaban el nombre de socialistas, irremediablemente caídos en desgracia.
Así se creó la distinción entre comunistas y socialistas. Aquellos marxistas que no se sometieron al dictador en Moscú se llamaron a sí mismos socialdemócratas o, abreviado, socialistas. Lo que les caracterizaba era la creencia de que el método más apropiado para llevar a cabo sus planes para establecer el socialismo, el objetivo final común para ellos y los comunistas, era conseguir el apoyo de la mayoría de sus conciudadanos. Abandonaron los lemas revolucionarios y trataron de adoptar métodos democráticos para conseguir el poder. No les preocupaba el problema de si un régimen socialista es compatible o no con la democracia. Pero para alcanzar el socialismo estaban resueltos a aplicar procedimientos democráticos.
Por el contrario los comunistas estaban en los primeros años de la Tercera Internacional firmemente comprometidos con el principio de la revolución y la guerra civil. Solo eran leales a su jefe ruso. Expulsaban de entre sus filas a todo el que fuera sospechoso de sentirse obligado por cualquiera de las leyes de su país. Conspiraban incesantemente y derrochaban sangre en tumultos sin éxito.
Lenin no podía entender por qué los comunistas fracasaban en todas partes fuera de Rusia. No esperaba mucho de los trabajadores estadounidenses. En Estados Unidos, pensaban los comunistas, a los trabajadores les faltaba el espíritu revolucionario porque estaban echados a perder por el bienestar y embargados en el vicio de hacer dinero. Pero Lenin no dudaba de que las masas europeas tenían conciencia de clase y por tanto estaban completamente comprometidas con las ideas revolucionarias. La única razón por la que la revolución no se había llevado a cabo era en su opinión la inadecuación y cobardía de los cargos comunistas. Destituía una y otra vez a sus vicarios y nombraba nuevos hombres. Pero no tenía más éxito.
En los países anglosajones y latinoamericanos, los votantes socialistas confiaban en los métodos democráticos. Aquí el número de personas que buscan seriamente una revolución comunista es muy pequeño. La mayoría de quienes proclaman públicamente su adhesión a los principios del comunismo se sentirían extremadamente infelices si se produjera la revolución y pusiera en peligro sus vidas y propiedades. Si los ejércitos rusos marcharan en sus países o si los comunistas locales tomaran el poder haciéndoles luchar, probablemente se alegren al esperar ser recompensa­dos por su ortodoxia marxista. Pero ellos mismos no ansían laureles revolucionarios.
Es un hecho que en estos treinta años de apasionado activismo pro-soviético ningún país fuera de Rusia se ha hecho comunista por voluntad de sus ciudadanos. Europa Oriental se convirtió al comunismo solo cuando los acuerdos diplomáticos de las potencias políticas internacionales la convirtieron en una esfera de influencia y hegemonía exclusiva de Rusia. Es improbable que Alemania Occidental, Francia, Italia y España adopten el comunismo si Estados Unidos y Gran Bretaña no adoptan una política de absoluto desinterés diplomático. Lo que da fuerza al movimiento comunista en estos y algunos otros países es la creencia de que Rusia está dirigida por un “dinamismo” inquebrantable, mientras que las potencias anglosajonas son indiferentes y no están muy interesadas en su destino.
Marx y los marxistas se equivocaron lamentablemente cuando supusieron que las masas ansiaban un derrocamiento revolucionario del orden “burgués” de la sociedad. Los comunistas militantes solo se encuentran en las filas de quienes viven del comunismo esperan que una revolución avance en sus ambiciones personales.  Las actividades subversivas de estos conspiradores profesionales son peligrosas precisamente debido a la ingenuidad de quienes solo están flirteando con la idea revolucionaria. Esos simpatizantes confusos y equivocados que se llaman “liberales” a sí mismos y a quienes los comunistas llaman “tontos útiles”, compañeros de viaje e incluso la mayoría de los miembros oficialmente registrados del partido, estarían terriblemente asustados si descubrieran un día que sus jefes quieren decir negocios cuando predican la sedición. Pero entonces puede ser demasiado tarde para evitar el desastre.
Por ahora, el ominoso peligro de los partidos comunistas en Occidente reside en su postura en asuntos exteriores. La nota distintiva de todos los partidos comunistas actuales es su devoción por la agresiva política exterior de los soviéticos. Siempre que deben elegir entre Rusia y su propio país, no dudan en preferir a Rusia. Su principio es: Con razón o sin ella, mi Rusia. Obedecen estrictamente a todas las órdenes dictadas desde Moscú. Cuando Rusia era un aliado de Hitler, los comunistas franceses saboteaban el esfuerzo de guerra de su propio país y los comunistas estadounidenses se oponían apasionadamente a los planes del presidente Roosevelt de ayudar a Inglaterra y Francia en su lucha contra los nazis. Todos los comunistas del mundo calificaban a todos los que se defendían contra los invasores alemanes como “belicistas imperialistas”. Pero tan pronto como Hitler atacó Rusia, la guerra imperialista de los capitalistas pasó de la noche a la mañana a ser una guerra justa de defensa. Siempre que Stalin conquista un país más, los comunistas justifican esta agresión como un acto de autodefensa contra “fascistas”.
En su ciega adoración de todo lo que es ruso, los comunistas de Europa occidental y Estados Unidos sobrepasan con mucho los peores excesos cometidos por los chauvinistas. Se extasían con las películas rusas, la música rusa y los supuestos descubrimientos de la ciencia rusa. Hablan con euforia de los logros económicos de los soviéticos. Atribuyen la victoria de la ONU a los hechos de fuerzas armadas rusas. Rusia, dicen, ha salvado al mundo de la amenaza fascista. Rusia es el único país libre, mientras que todas las demás naciones están sometidas a la dictadura de los capitalistas. Solo los rusos son felices y disfrutan de la dicha de vivir una vida completa: en los países capitalistas, la inmensa mayoría sufren frustraciones y deseos insatisfechos. Igual que el musulmán piadoso anhela peregrinar a la tumba del Profeta en La Meca, el intelectual comunista  anhela una peregrinación a los sagrados santuarios de Moscú como el acontecimiento de su vida.
Sin embargo, la distinción en el uso de los términos comunista y socialista no afectaba al significado de los términos comunismo y socialismo aplicados al objetivo final de las políticas comunes a ambos. Fue solo en 1928 cuando el programa de la Internacional Comunista, adoptado por el sexto congreso en Moscú,[6] empezó a diferenciar entre comunismo y socialismo (y no solamente entre comunistas y socialistas).
De acuerdo con esta nueva doctrina, hay, en la evolución económica de la humanidad, entre la etapa histórica del capitalismo y la del comunismo, una tercera etapa, que es la del socialismo. El socialismo es un sistema social basado en el control público de los medios de producción y la dirección completa de todos los procesos de producción y distribución por una autoridad panificadora centralizada. En este aspecto, es igual que el comunismo. Pero difiere del comunismo en la medida en que no hay igualdad en las porciones asignadas de cada individuo para su propio consumo. Siguen pagándose salarios a los camaradas y estos niveles salariales se gradúan de acuerdo con el interés económico que la autoridad central considere necesario para garantizar la mayor producción de productos. Lo que Stalin llama socialismo se corresponde en buena medida con lo que Marx llamaba la “fase temprana” del comunismo. Stalin reserva el término comunismo exclusivamente para lo que Marx llamaba la “fase superior” del comunismo. El socialismo, en el sentido en que Stalin ha utilizado últimamente el término, se mueve hacia el comunismo, pero en sí mismo no es aún comunismo. El socialismo se convertirá en comunismo tan pronto como el aumento en la riqueza que cabe esperar del funcionamiento de los métodos socialistas de producción haya aumentado el nivel más bajo de vida en las masas rusas al nivel superior del que disfrutan los distinguidos poseedores de cargos importantes en la Rusia actual.[7]
El carácter justificativo de esta nueva práctica terminológica es evidente. Stalin encuentra necesario explicar a la gran mayoría sus súbditos por qué su nivel de vida es extremadamente bajo, mucho más bajo que el de las masas de los países capitalistas e incluso menor que el de los proletarios rusos en los tiempos del gobierno zarista. Quiere justificar el hecho de que los salarios sean desiguales, de que un pequeño grupo de cargos soviéticos disfrute de todos los lujos que puede proporcionar la tecnología actual, que un segundo grupo, más numeroso que le primero, pero menos numeroso que la clase media en la Rusia imperial, vive en un estilo “burgués”, mientras que las masas, harapientas y descalzas, sobreviven en barriadas congestionadas y están mal alimentadas. Ya no puede acusar al capitalismo de este estado de cosas. Así que se ve obligado a recurrir a un nuevo parche ideológico.
El problema de Stalin era más acuciante ya que los comunistas rusos en los primeros días de su gobierno habían proclamado apasionadamente la igualdad de renta como un principio a aplicar desde el primer momento de la toma del poder por los proletarios. Además, en los países capitalistas, el truco demagógico más poderoso aplicado por los partidos comunistas patrocinados por Rusia es excitar la envidia de la gente con rentas más bajas contra todos los que tengan rentas superiores. El principal argumento aportado por los comunistas para apoyar su tesis de que el nacionalsocialismo de Hitler no era un socialismo genuino, sino, por el contrario, la peor variedad del capitalismo, era que había desigualdad en los niveles de vida en la Alemania nazi.
La nueva distinción entre socialismo y comunismo de Stalin está en abierta contradicción con la política de Lenin y no menos con las ideas de la propaganda de los partidos comunistas fuera de las fronteras rusas. Pero esas contradicciones no importan en el reino de los soviets. La palabra del dictador es la decisión definitiva y nadie está tan loco como para atreverse a oponerse.
Es importante apreciar que la innovación semántica de Stalin afecta solamente a los términos comunismo y socialismo. No altera el significado de los términos socialista y comunista. El partido bolchevique es igual que antes de ser llamado comunista. Los partidos rusófilos fuera de las fronteras de la Unión Soviética se llaman a sí mismos partidos comunistas y luchan violentamente con los partidos socialistas que, a sus ojos, son simplemente traidores sociales. Pero el nombre oficial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no ha cambiado.

[1] Marx, Das Kapital, 7ª ed. (Hamburgo, 1914), Vol. I, p. 728. [El capital].
[2] Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie, ed. Kautsky (Stuttgart, 1897), p. xi. [Contribución a la crítica de la economía política]
[3] Ibíd., p. xii.
[4] Marx, Der Bürgerkrieg in Frankreich, ed. Pfemfert (Berlín, 1919), passim. [La guerra civil de Francia]
[5] Marx, Value, Price and Profit, ed. Eleanor Marx Aveling (Nueva York, 1901), pp. 72-74. [Salario, precio y ganancia].
[6] Blueprint for World Conquest as Outlined by the Communist International, Human Events (Washington y Chicago, 1946), pp. 181-182.
[7] David J. Dallin, The Real Soviet Russia (Yale University Press, 1944), pp. 88-95.

Este artículo es el tercer capítulo del libro Caos Planificado. Descarga el resto del libro aquí.