Juan J. Molina

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lunes, 2 de junio de 2014

Socialismo y Comunismo, por Ludwig von Mises



En la terminología de Marx y Engels, las palabras comunismo y socialismo son sinónimas. Se aplican alternativamente sin ninguna distinción entre ellas. Los mismo vale para la práctica totalidad de los grupos y sectas marxistas hasta 1917. Los partidos políticos del marxismo que consideraban al Manifiesto comunista como el evangelio inalterable de su doctrina se llamaban a sí mismos partidos socialistas. El más influyente y nume­roso de estos partidos, el alemán, adoptó el nombre de Partido Social Demócrata. En Italia, en Francia y en todos los demás países en que los partidos marxistas ya desempeñaban un papel en la vida política antes de 1917, el término socialista igualmente desbancaba al término comunista. Ningún marxista antes de 917 se habría atrevido a distinguir entre comunismo y socialismo.
En 1875, en su Crítica del Programa de Gotha del Partido Social Demócrata Alemán, Marx distinguía entre una fase inferior (anterior) y una fase superior (posterior) de la futura sociedad comunista. Pero no reservaba la palabra comunismo para la fase superior y no llamaba a la fase inferior socialismo como algo diferenciado del comunismo.
Uno de los dogmas fundamentales de Marx es que el socialismo estaba condenado a llegar “con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza”. La producción capitalista engendra su propia negación y establece el sistema socialista de propiedad pública de los medios de producción. Este proceso “se ejecuta mediante la operación de las leyes inherentes de la producción capitalista”.[1] Es independiente de la voluntad de la gente.[2] Es imposible que los hombres lo aceleren, lo retrasen o lo obstaculicen. Pues “ningún sistema social desaparece nunca antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas para cuyo desarrollo de las cuales sea lo bastante amplio y los nuevos métodos superiores de producción nunca aparecen antes de que se hayan nacido las condiciones materiales de su existencia en el seno de la sociedad anterior”.[3]
Por supuesto, esta doctrina es irreconciliable con las propias doctrinas políticas de Marx y con las enseñanzas de usaba para justificar estas actividades. Marx trató de organizar un partido político que por medio de la revolución y la guerra civil debería lograr la transición del capitalismo al socialismo. Lo característico de sus partidos era, a los ojos de Marx y los doctrinarios marxista, que eran partidos revolucionario invariablemente comprometidos con la idea de la acción violenta. Su objetivo era alzarse en rebelión, establecer la dictadura del proletariado y exterminar sin piedad a todos los burgueses. Los hechos de la Comuna de París en 1871 eran considerados como el modelo perfecto de dicha guerra civil. Por supuesto, la revuelta de París había fracasado lamentablemente. Pero se esperaba que alzamientos posterior tuvieran éxito.[4]
Sin embargo las tácticas aplicadas por los partidos marxistas en diversos países europeos se oponían irreconciliablemente c cada una de estas dos variedades contradictorias de las enseñanzas de Karl Marx. No confiaban en la inevitabilidad de la llegada del socialismo. Tampoco confiaban en el éxito de un levantamiento revolucionario. Adoptaron los métodos de la acción parlamentaria. Pedían votos en las campañas electorales y enviaban a sus delegados a los parlamentos. “Degeneraron” en partidos democráticos. En los parlamentos se comportaban como los demás partidos de la oposición. En algunos países entraban en alianzas temporales con otros partidos y ocasionalmente miembros socialistas formaban parte de gabinetes. Posteriormente, después de acabar la Primera Guerra Mundial, los partidos socialistas se convirtieron en mayoritarios en muchos parlamentos. En algunos países gobernaron en solitario, en otros cooperando de cerca con partidos “burgueses”.
Es verdad que estos socialistas domesticados antes de 1917 nunca abandonaron la retórica de los principios rígidos del marxismo ortodoxo. Repetían una y otra vez que la llegada del socialismo es inevitable. Destacaban el carácter inherentemente revolucionario de sus partidos. Nada podía provocar más su ira que cuando alguien se atrevía a discutir su firme espíritu revolucionario. Sin embargo, en realidad eran partidos parlamentarios como todos los demás partidos.
Desde un punto de vista marxista correcto, como se expresa en los últimos escritos de Marx y Engels (pero no aún en el Manifiesto Comunista), todas las medidas pensadas para restringir, regular y mejorar el capitalismo eran simplemente tonterías “pequeño burguesas” que derivan de la ignorancia de las leyes inmanentes de la evolución capitalista. Los verdaderos socialistas no deberían poner ningún obstáculo en el camino de la evolución capitalista. Pues solo la completa madurez del capitalismo podría engendrar el socialismo. No solo es vano, sino dañino para los intereses de los proletarios recurrir a esas medidas. Ni siquiera el sindicalismo laboral es un medio adecuado para la mejora de las condiciones de los trabajadores.[5] Marx no creía que el intervencionismo pudiera beneficiar a las masas. Rechazaba violenta­mente la idea de que medidas como salarios mínimos, precios máximos, restricciones en los tipos de interés, seguridad social y otras fueran pasos preliminares en la llegada del socialismo. Apuntaba a la abolición radical del sistema de salarios que solo podía conseguirse en el comunismo en su fase superior. Habría ridiculizado con sarcasmo la idea de abolir el “carácter de producto” de la mano de obra dentro del marco de la sociedad capitalista mediante la aplicación de una ley.
Pero los partidos socialistas tal y como operaban en los países europeos no estaban en la práctica menos comprometidos con el intervencionismo que la Sozialpolitik de la Alemania del káiser y el New Deal estadounidense. Fue contra esta política contra la que dirigieron sus ataques George Sorel y el sindicalismo. Sorel, un intelectual tímido con trasfondo burgués, deploraba la “degeneración de los partidos socialistas por lo que consideraba una penetración de intelectuales burgueses. Quería ver el espíritu de agresividad despiadada, propio de las masas, reavivado y libre de la custodia de los cobardes intelectuales. Para Sorel nada importaba salvo los disturbios. Defendía la action directe, es decir, el sabotaje y la huelga general, como pasos iniciales hacia la gran revolución final.
Sorel tuvo éxito principalmente entre intelectuales snobs y ociosos y no menos snobs y ociosos herederos de empresarios ricos. No movió de forma perceptible a las masas. Para los partidos marxistas en Europa occidental y central, su crítica apasionada era poco más que una molestia. Su importancia histórica consistió principalmente en el papel que desempeñaron sus ideas en la evolución del bolchevismo ruso y el fascismo italiano.
Para entender la mentalidad de los bolcheviques debemos referirnos de nuevo a los dogmas de Karl Marx. Marx estaba completamente convencido de que el capitalismo es una etapa de la historia económica que no se limita solo a unos pocos países avanzados. El capitalismo tiene la tendencia a convertir todas las partes del mundo en países capitalistas. La burguesía obliga a todas las naciones a convertirse en naciones capitalistas. Cuando suene la hora final del capitalismo, todo el mundo estará uniformemente en la etapa de capitalismo maduro, listo para la transición al socialismo. El socialismo aparecería al mismo tiempo en todas las partes del mundo.
Marx se equivocaba en este punto no menos que todas sus demás declaraciones. Hoy ni siquiera los marxistas pueden negar ni niegan que aún prevalezcan enormes diferencias en el desarrollo del capitalismo en diversos países. Aprecian que hay muchos países que, desde el punto de vista de la interpretación marxista de la historia, deben describirse como precapitalistas. En estos países la burguesía aún no ha conseguido un puesto gobernante y no ha establecido aún el escenario histórico del capitalismo que es el necesario requisito previo de la aparición del socialismo. Por tanto, estos países deben realizar antes su “revolución burguesa” y deben pasar por todas las fases del capitalismo antes de que pueda plantearse transformarlos en países socialistas. La única política que podían adoptar los marxistas en esos países sería apoyar incondicionalmente a los burgueses, primero en sus esfuerzos de hacerse con el poder y luego en sus aventuras capitalistas. Un partido marxista podría durante mucho tiempo no tener otra tarea que servir al liberalismo burgués. Esta es la única misión que el materialismo histórico, correctamente aplicado, podría asignar a los marxistas rusos. Estarían obligados a esperar tranquilamente hasta que el capitalismo hiciera a su nación madura para el socialismo.
Pero los marxistas rusos no querían esperar. Recurrieron a una nueva modificación del marxismo según la cual era posible que una nación saltara una de las etapas de la evolución histórica. Cerraron sus ojos al hecho de que la nueva doctrina no era una modificación del marxismo sino más bien la negación de lo único que quedaba de él. Era un retorno indisimulado a las enseñanzas pre-marxistas y anti-marxistas, según las cuales los hombres son libres de adoptar el socialismo en cualquier momento si lo consideran un sistema más beneficioso para la comunidad que el capitalismo. Reventaba completamente todo el misticismo incluido en el materialismo dialéctico y el supuesto descubrimiento marxista de las leyes inexorables de la evolución económica de la humanidad.
Habiéndose emancipado del determinismo marxista, los marxistas rusos era libres de discutir las tácticas más apropiadas para el logro del socialismo en su país. Ya no se preocupaban de problemas económicas. Ya no tenían que investigar si había llegado el momento o no. Solo tenían que cumplir una tarea, apropiarse de las riendas del gobierno.
Un grupo mantenía que el éxito duradero solo podía esperarse si podía conseguirse el apoyo de un número suficiente de gente, aunque no necesariamente la mayoría. Otro grupo no estaba a favor de un procedimiento que hacía perder tanto tiempo. Sugería un golpe de efecto. Podía organizarse un pequeño grupo de fanáticos como la vanguardia de la revolución. La disciplina estricta y la obediencia incondicional al jefe harían que estos revolucionarios profesionales estuvieran listos para un ataque repentino. Deberían suplantar el gobierno zarista y luego gobernar el país de acuerdo con los métodos tradicionales de la policía del zar.
Los términos utilizados para designar estos dos grupos, bolcheviques (mayoría) para lo últimos y mencheviques (minoría) para los primeros, se refieren a un voto realizado en 1903 en una reunión para discutir estos asuntos tácticos. La única diferencia que dividía a estos dos grupos era este método táctico. Ambos estaban de acuerdo con respecto al fin último: el socialismo.
Ambas sectas trataban de justificar sus respectivos puntos de vista citando pasajes de los escritos de Marx y Engels. Por supuesto, esta es la costumbre marxista. Y cada secta estaba en disposición de descubrir en estos libros sagrados frases que confirmaban su propia postura.
Lenin, el jefe bolchevique, conocía a sus compatriotas mucho mejor que sus adversarios y su líder, Plejánov. No cometió, como Plejánov, el error de aplicar a los rusos los patrones de las naciones occidentales. Recordaba cómo mujeres extranjeras había usurpado por dos veces el poder supremo y gobernado tranquilamente durante toda su vida. Conocía el hecho de que los métodos terroristas de la policía secreta del zar tuvieron éxito y confiaba en que podía mejorar considerablemente dichos métodos. Fue un dictador despiadado y sabía que a los rusos les faltaba el valor para resistir la opresión. Como Cromwell, Robespierre y Napoleón, fue un usurpador ambicioso y confiaba completamente en la ausencia de espíritu revolucionario en la inmensa mayoría. La autocracia de los Romanov estaba condenada porque el desgraciado Nicolás II era débil. El abogado socialista Kerensky fracasó porque estaba comprometido con el principio del gobierno parlamentario. Lenin tuvo éxito porque nunca buscó otra cosa que su propia dictadura. Y los rusos anhelaban un dictador un sucesor de Iván el Terrible.
El gobierno de Nicolás II no acabó por un levantamiento revolucionario real. Se desplomó en los campos de batalla. Se generó una anarquía que Kerensky no pudo controlar. Una refriega en las calles de San Petersburgo derrocó a Kerensky. Poco tiempo después Lenin tuvo su 18 de brumario. A pesar de todo el terror practicado por los bolcheviques, la Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal de hombres y mujeres, solo tenía un 20% de miembros bolcheviques. Lenin disolvió la Asamblea Constituyente por la fuerza de las armas. El efímero interludio “liberal” se liquidó. Rusia pasó de las manos de los ineptos Romanov a las de un autócrata real.
Lenin no se contentó con la conquista de Rusia. Estaba completamente convencido de que estaba destinado a llevar el gozo del socialismo a todas las naciones, no solo a Rusia. El nombre oficial que eligió para su gobierno (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) no contiene ninguna referencia a Rusia. Estaba pensado como el núcleo de un gobierno mundial. Era implícito que todos los camaradas extranjeros debían por derecho lealtad a este gobierno y que todos los burgueses extranjeros que se atrevieran a resistirse eran culpables de alta traición y merecían la pena capital. Lenin no dudaba en lo más mínimo que todos los países occidentales estaban en vísperas de la gran revolución final. Esperaba diariamente su estallido.
Había en opinión de Lenin solo un grupo que podía (aunque sin ninguna perspectiva de éxito) tratar de impedir el levantamiento revolucionario: los depravados miembros de la intelectualidad que habían usurpado el liderazgo de los partidos socialistas. Lenin hacía mucho que odiaba a estos hombres por su adicción al procedimiento parlamentario y su reticencia a apoyar sus aspiracio­nes dictatoriales. Clamaba contra ellos porque los hacía responsables del hecho de que los partidos socialistas habían apoyado los esfuerzos bélicos en sus países. Ya en su exilio suizo, que acabó en 1917, Lenin empezó de dividir a los partidos socialistas europeos. Ahora creaba una nueva Tercera Internacional, que controlaba de la misma forma dictatorial en que dirigía a los bolcheviques rusos. Para este nuevo partido, Lenin escogió el nombre de Partido Comunista. Los comunistas iban a luchar hasta la muerte con los diversos partidos socialistas europeos, esos “traidores sociales” e iban a disponer la liquidación inmediata de la burguesía y apropiarse del poder mediante los trabajadores armados. Lenin no diferenciaba entre socialismo y comunismo como sistemas sociales. El objetivo que buscaba no se llamaba comunismo en oposición al socialismo. El nombre oficial del gobierno soviético es Unión de Repúblicas Socialistas (no Comunistas) Soviéticas. En este sentido, no quería alterar la terminología tradicional que consideraba los términos como sinónimos. Simplemente llamó a sus partidarios, los únicos seguidores sinceros y coherentes de los principios revolucionarios del marxismo ortodoxo, comunistas y a sus métodos tácticos comunismo porque quería distinguirlos de los “mercenarios traidores de los explotadores capitalistas”, los malvados líderes socialdemócratas como Kautsky y Albert Thomas. Estos traidores, destacaba, ansiaban conservar el capitalismo. No eran verdaderos socialistas. Los únicos marxistas genuinos eran los que rechazaban el nombre de socialistas, irremediablemente caídos en desgracia.
Así se creó la distinción entre comunistas y socialistas. Aquellos marxistas que no se sometieron al dictador en Moscú se llamaron a sí mismos socialdemócratas o, abreviado, socialistas. Lo que les caracterizaba era la creencia de que el método más apropiado para llevar a cabo sus planes para establecer el socialismo, el objetivo final común para ellos y los comunistas, era conseguir el apoyo de la mayoría de sus conciudadanos. Abandonaron los lemas revolucionarios y trataron de adoptar métodos democráticos para conseguir el poder. No les preocupaba el problema de si un régimen socialista es compatible o no con la democracia. Pero para alcanzar el socialismo estaban resueltos a aplicar procedimientos democráticos.
Por el contrario los comunistas estaban en los primeros años de la Tercera Internacional firmemente comprometidos con el principio de la revolución y la guerra civil. Solo eran leales a su jefe ruso. Expulsaban de entre sus filas a todo el que fuera sospechoso de sentirse obligado por cualquiera de las leyes de su país. Conspiraban incesantemente y derrochaban sangre en tumultos sin éxito.
Lenin no podía entender por qué los comunistas fracasaban en todas partes fuera de Rusia. No esperaba mucho de los trabajadores estadounidenses. En Estados Unidos, pensaban los comunistas, a los trabajadores les faltaba el espíritu revolucionario porque estaban echados a perder por el bienestar y embargados en el vicio de hacer dinero. Pero Lenin no dudaba de que las masas europeas tenían conciencia de clase y por tanto estaban completamente comprometidas con las ideas revolucionarias. La única razón por la que la revolución no se había llevado a cabo era en su opinión la inadecuación y cobardía de los cargos comunistas. Destituía una y otra vez a sus vicarios y nombraba nuevos hombres. Pero no tenía más éxito.
En los países anglosajones y latinoamericanos, los votantes socialistas confiaban en los métodos democráticos. Aquí el número de personas que buscan seriamente una revolución comunista es muy pequeño. La mayoría de quienes proclaman públicamente su adhesión a los principios del comunismo se sentirían extremadamente infelices si se produjera la revolución y pusiera en peligro sus vidas y propiedades. Si los ejércitos rusos marcharan en sus países o si los comunistas locales tomaran el poder haciéndoles luchar, probablemente se alegren al esperar ser recompensa­dos por su ortodoxia marxista. Pero ellos mismos no ansían laureles revolucionarios.
Es un hecho que en estos treinta años de apasionado activismo pro-soviético ningún país fuera de Rusia se ha hecho comunista por voluntad de sus ciudadanos. Europa Oriental se convirtió al comunismo solo cuando los acuerdos diplomáticos de las potencias políticas internacionales la convirtieron en una esfera de influencia y hegemonía exclusiva de Rusia. Es improbable que Alemania Occidental, Francia, Italia y España adopten el comunismo si Estados Unidos y Gran Bretaña no adoptan una política de absoluto desinterés diplomático. Lo que da fuerza al movimiento comunista en estos y algunos otros países es la creencia de que Rusia está dirigida por un “dinamismo” inquebrantable, mientras que las potencias anglosajonas son indiferentes y no están muy interesadas en su destino.
Marx y los marxistas se equivocaron lamentablemente cuando supusieron que las masas ansiaban un derrocamiento revolucionario del orden “burgués” de la sociedad. Los comunistas militantes solo se encuentran en las filas de quienes viven del comunismo esperan que una revolución avance en sus ambiciones personales.  Las actividades subversivas de estos conspiradores profesionales son peligrosas precisamente debido a la ingenuidad de quienes solo están flirteando con la idea revolucionaria. Esos simpatizantes confusos y equivocados que se llaman “liberales” a sí mismos y a quienes los comunistas llaman “tontos útiles”, compañeros de viaje e incluso la mayoría de los miembros oficialmente registrados del partido, estarían terriblemente asustados si descubrieran un día que sus jefes quieren decir negocios cuando predican la sedición. Pero entonces puede ser demasiado tarde para evitar el desastre.
Por ahora, el ominoso peligro de los partidos comunistas en Occidente reside en su postura en asuntos exteriores. La nota distintiva de todos los partidos comunistas actuales es su devoción por la agresiva política exterior de los soviéticos. Siempre que deben elegir entre Rusia y su propio país, no dudan en preferir a Rusia. Su principio es: Con razón o sin ella, mi Rusia. Obedecen estrictamente a todas las órdenes dictadas desde Moscú. Cuando Rusia era un aliado de Hitler, los comunistas franceses saboteaban el esfuerzo de guerra de su propio país y los comunistas estadounidenses se oponían apasionadamente a los planes del presidente Roosevelt de ayudar a Inglaterra y Francia en su lucha contra los nazis. Todos los comunistas del mundo calificaban a todos los que se defendían contra los invasores alemanes como “belicistas imperialistas”. Pero tan pronto como Hitler atacó Rusia, la guerra imperialista de los capitalistas pasó de la noche a la mañana a ser una guerra justa de defensa. Siempre que Stalin conquista un país más, los comunistas justifican esta agresión como un acto de autodefensa contra “fascistas”.
En su ciega adoración de todo lo que es ruso, los comunistas de Europa occidental y Estados Unidos sobrepasan con mucho los peores excesos cometidos por los chauvinistas. Se extasían con las películas rusas, la música rusa y los supuestos descubrimientos de la ciencia rusa. Hablan con euforia de los logros económicos de los soviéticos. Atribuyen la victoria de la ONU a los hechos de fuerzas armadas rusas. Rusia, dicen, ha salvado al mundo de la amenaza fascista. Rusia es el único país libre, mientras que todas las demás naciones están sometidas a la dictadura de los capitalistas. Solo los rusos son felices y disfrutan de la dicha de vivir una vida completa: en los países capitalistas, la inmensa mayoría sufren frustraciones y deseos insatisfechos. Igual que el musulmán piadoso anhela peregrinar a la tumba del Profeta en La Meca, el intelectual comunista  anhela una peregrinación a los sagrados santuarios de Moscú como el acontecimiento de su vida.
Sin embargo, la distinción en el uso de los términos comunista y socialista no afectaba al significado de los términos comunismo y socialismo aplicados al objetivo final de las políticas comunes a ambos. Fue solo en 1928 cuando el programa de la Internacional Comunista, adoptado por el sexto congreso en Moscú,[6] empezó a diferenciar entre comunismo y socialismo (y no solamente entre comunistas y socialistas).
De acuerdo con esta nueva doctrina, hay, en la evolución económica de la humanidad, entre la etapa histórica del capitalismo y la del comunismo, una tercera etapa, que es la del socialismo. El socialismo es un sistema social basado en el control público de los medios de producción y la dirección completa de todos los procesos de producción y distribución por una autoridad panificadora centralizada. En este aspecto, es igual que el comunismo. Pero difiere del comunismo en la medida en que no hay igualdad en las porciones asignadas de cada individuo para su propio consumo. Siguen pagándose salarios a los camaradas y estos niveles salariales se gradúan de acuerdo con el interés económico que la autoridad central considere necesario para garantizar la mayor producción de productos. Lo que Stalin llama socialismo se corresponde en buena medida con lo que Marx llamaba la “fase temprana” del comunismo. Stalin reserva el término comunismo exclusivamente para lo que Marx llamaba la “fase superior” del comunismo. El socialismo, en el sentido en que Stalin ha utilizado últimamente el término, se mueve hacia el comunismo, pero en sí mismo no es aún comunismo. El socialismo se convertirá en comunismo tan pronto como el aumento en la riqueza que cabe esperar del funcionamiento de los métodos socialistas de producción haya aumentado el nivel más bajo de vida en las masas rusas al nivel superior del que disfrutan los distinguidos poseedores de cargos importantes en la Rusia actual.[7]
El carácter justificativo de esta nueva práctica terminológica es evidente. Stalin encuentra necesario explicar a la gran mayoría sus súbditos por qué su nivel de vida es extremadamente bajo, mucho más bajo que el de las masas de los países capitalistas e incluso menor que el de los proletarios rusos en los tiempos del gobierno zarista. Quiere justificar el hecho de que los salarios sean desiguales, de que un pequeño grupo de cargos soviéticos disfrute de todos los lujos que puede proporcionar la tecnología actual, que un segundo grupo, más numeroso que le primero, pero menos numeroso que la clase media en la Rusia imperial, vive en un estilo “burgués”, mientras que las masas, harapientas y descalzas, sobreviven en barriadas congestionadas y están mal alimentadas. Ya no puede acusar al capitalismo de este estado de cosas. Así que se ve obligado a recurrir a un nuevo parche ideológico.
El problema de Stalin era más acuciante ya que los comunistas rusos en los primeros días de su gobierno habían proclamado apasionadamente la igualdad de renta como un principio a aplicar desde el primer momento de la toma del poder por los proletarios. Además, en los países capitalistas, el truco demagógico más poderoso aplicado por los partidos comunistas patrocinados por Rusia es excitar la envidia de la gente con rentas más bajas contra todos los que tengan rentas superiores. El principal argumento aportado por los comunistas para apoyar su tesis de que el nacionalsocialismo de Hitler no era un socialismo genuino, sino, por el contrario, la peor variedad del capitalismo, era que había desigualdad en los niveles de vida en la Alemania nazi.
La nueva distinción entre socialismo y comunismo de Stalin está en abierta contradicción con la política de Lenin y no menos con las ideas de la propaganda de los partidos comunistas fuera de las fronteras rusas. Pero esas contradicciones no importan en el reino de los soviets. La palabra del dictador es la decisión definitiva y nadie está tan loco como para atreverse a oponerse.
Es importante apreciar que la innovación semántica de Stalin afecta solamente a los términos comunismo y socialismo. No altera el significado de los términos socialista y comunista. El partido bolchevique es igual que antes de ser llamado comunista. Los partidos rusófilos fuera de las fronteras de la Unión Soviética se llaman a sí mismos partidos comunistas y luchan violentamente con los partidos socialistas que, a sus ojos, son simplemente traidores sociales. Pero el nombre oficial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no ha cambiado.

[1] Marx, Das Kapital, 7ª ed. (Hamburgo, 1914), Vol. I, p. 728. [El capital].
[2] Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie, ed. Kautsky (Stuttgart, 1897), p. xi. [Contribución a la crítica de la economía política]
[3] Ibíd., p. xii.
[4] Marx, Der Bürgerkrieg in Frankreich, ed. Pfemfert (Berlín, 1919), passim. [La guerra civil de Francia]
[5] Marx, Value, Price and Profit, ed. Eleanor Marx Aveling (Nueva York, 1901), pp. 72-74. [Salario, precio y ganancia].
[6] Blueprint for World Conquest as Outlined by the Communist International, Human Events (Washington y Chicago, 1946), pp. 181-182.
[7] David J. Dallin, The Real Soviet Russia (Yale University Press, 1944), pp. 88-95.

Este artículo es el tercer capítulo del libro Caos Planificado. Descarga el resto del libro aquí.

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