Juan J. Molina

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Juan J. Molina

miércoles, 19 de abril de 2017

Los enemigos de la libertad

Ahora es Xi Jinping, el dictador “comunista” chino, el que abandera el movimiento a favor de la globalización mientras que un presidente norteamericano tontea con el bando populista de los enemigos del comercio libre.
Antonio Escohotado.

Un artículo de SANTIAGO NAVAJAS

Con la publicación del tercer tomo de su trilogía Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedadAntonio Escohotado se ha confirmado como nuestro ensayista maratoniano por antonomasia (aunque también ha demostrado su excelencia en distancias más cortas, ver Caos y orden o El espíritu de la comedia). Si con su monumental Historia de las drogas dejó un legado de referencia, con su genealogía de las ideas “pobristas” ha marcado un nuevo hito para entender el mecanismo ideológico que subyace a las muy variadas tendencias que se han opuesto tradicionalmente a las ideas de la libertad política y económica para crear diversos modelos de “oasis no mercantiles”.
Esta entrega está además de “rabiosa actualidad” ya que se cumplen cien años de las dos revoluciones que se produjeron en Rusia
Esta entrega está además de “rabiosa actualidad” ya que se cumplen cien años de las dos revoluciones que se produjeron en Rusia. 1917 comenzó luminoso y terminó tenebroso en el país que había sido de los zares. En febrero, un golpe de Estado dio lugar a la primera democracia constitucional en Rusia. En octubre, otro golpe acabó con el incipiente régimen liberal e instauró una dictadura bolchevique de tan nefastas y totalitarias consecuencias durante gran parte del siglo XX. Entre ambos, por supuesto, la otra gran ideología que competía con las dos anteriores, el fascismo, esa versión del comunismo sustituyendo la “lucha de clases” por la “lucha entre naciones”, “razas” u otras entidades colectivistas. El comunismo y el fascismo llegaron a formar un gran frente (popular) contra la propiedad privada y el libre comercio. 
“El gran logro político de bolcheviques y nazis fue precisamente consolidar como posturas enfrentadas una misma pasión totalitaria, reñida con las libertades civiles en función de su fervor mesiánico”
“Marx es el profeta que trae las tablas de la Ley y Lenin es su ejecutor”
Un frente común basado también en una metodología política de acción violenta que llevaría a Gorki, convertido finalmente en marioneta de los bolcheviques, a exclamar: “¡Por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz!”. Donde no se sabe si da más repelús el medio propuesto o el fin perseguido, la fuerza o la felicidad, un concepto escurridizo y variopinto que no significa lo mismo en la mente de AristótelesBelén Esteban Pablo Iglesias, cuyo ídolo Lenin proclamó
“El terror es el único atajo hacia la virtud pública en épocas de revolución”
Precisa, rigurosa y exhaustiva, la investigación de Escohotado no resulta nunca árida o seca debido a su prosa de fino ensayista que le lleva a encontrar imágenes estilistas de gran fuerza plástica. Además, a Escohotado le caracteriza el temperamento irónico y el carácter guerrero. Durante años ha estado investigando enfrascado en la gran biblioteca de Internet como uno de los monjes-soldado epicúreos, a la vez líricos y épicos, que trabajaban entre libros, azucenas y vides junto a los acantilados de mármol que describió su idolatrado Ernst Jünger. Podemos imaginarlo con un par de vasos de vino y dos grandes rebanadas de pan negro y salado, mientras googlea algo así como “ingenieros sociales filantrópicos” o “religión rigurosamente científica” con una sonrisa en la comisura de los labios.
“El marxismo fundó una religión política prolongada como gobierno totalitario”
O, en palabras de Trotsky“Marx es el profeta que trae las tablas de la Ley y Lenin es su ejecutor”. A veces, leyendo sobre los gurús te indignas, otras veces te horrorizas pero en ocasiones te tienes que reír. Por ejemplo, con Schopenhauer y su “utopía razonable” consistente en castrar a todas las “sabandijas” mientras que a los hombres de carácter noble se les concedería un harén entero, y así en una generación tener una casta de seres humanos mejores que Pericles. Claro que la sonrisa se hiela cuando se advierte que la utopía schopenhaueriana de una eugenesia de corte platónico dio lugar a una casta por la izquierda con Lenin y Stalin a la cabeza, mientras que por la derecha con Hitler (todos ellos, afortunadamente para el proyecto de mejores hombres que Pericles, más bien castos. Mao Tse Tung fue la excepción entre los más bien reprimidos sociópatas políticos). Por otro lado, “castrar a las sabandijas” se transmutó en el proyecto de exterminar a las “razas inferiores” o al “enemigo de la clase trabajadora”. 
Del Sermón de la Montaña a Sartre pontificando en un café de París pasando por el Manifiesto Comunista y El Estado y la revolución de Lenin
Del Sermón de la Montaña a Sartre pontificando en un café de París pasando por el Manifiesto Comunista y El Estado y la revolución de Lenin, Escohotado transita en esta trilogía magna por las diversos ataques que contra el individualismo se han hecho en nombre del “yo-masa” en sus diferentes versiones político-religiosas, del ebionismo judío al comunismo soviético. En el fondo un hegeliano, pero abonado a una forma expresiva de línea clara, Escohotado se mueve como salmón contra corriente en los turbios torrentes del marxismo dialéctico e histórico, solo que a diferencia de los hegelianos de izquierda no ha olvidado que 
“Para Hegel el motor último es un progreso de la libertad -concretamente, que el espíritu se reconozca libre, y obre movido de modo responsable por tal destino-”
La investigación de Escohotado que comienza con la revolución soviética de Lenin termina aproximadamente con la revolución bolivariana de Chávez. De la tragedia a la farsa
La investigación de Escohotado que comienza con la revolución soviética de Lenin termina aproximadamente con la revolución bolivariana de Chávez. De la tragedia a la farsa. Ahora es Xi Jinping, el dictador “comunista” chino, el que abandera el movimiento a favor de la globalización mientras que un presidente norteamericano tontea con el bando populista de los enemigos del comercio libre. Mientras, en un pequeño país que fue durante mucho tiempo tierra promisoria para los adversarios de la libertad y la riqueza, es un empresario multimillonario que se ha hecho a sí mismo, y que dona millones de euros a los hospitales públicos, y un joven intelectual erigido en tribuno de la plebe, y que apoya a los que ejercen la violencia política, los que se polarizan el arco mediático. Y nos viene a la memoria lo que nos advierte Escohotado a propósito de los bolcheviques
“Una y otra vez quien exasperó a los líderes niveladores no fue tanto el rico por filiación o privilegio como el nuevo rico”
Está el panorama del siglo XXI para que Escohotado se suba las solapas hegelianas y se ponga a trabajar ocho horas diarias durante siete días a la semana para escribir otra monumental obra, titulada esta vez Los amigos de la libertad donde, sin duda y haciendo caso omiso a la falsa modestia, un capítulo podría dedicárselo a sí mismo.
Fuente: http://www.vozpopuli.com/entre_escila_y_caribdis/enemigos-libertad_7_1018168176.html

lunes, 17 de abril de 2017

Intolerancia y otras idioteces

PATENTE DE CORSO

Hace tiempo que los libros de texto escolares en España se han convertido en interesante territorio donde espigar lo que nos espera. O lo que vamos teniendo ya. Un observador superficial deduciría que todo responde al plan maquiavélico de un profesor Moriarty que se proponga convertirnos, de aquí a una generación, en un país de imbéciles analfabetos; aunque, eso sí, rigurosa y políticamente correctos. Pero no creo que haya plan. Ojalá tuviéramos uno. Se trata, en realidad, de simple contagio colectivo e inexorable, propio de un país como el nuestro, donde cuando se celebre el Día del Orgullo Gilipollas no vamos a caber todos en la calle.
El último hallazgo acabo de hacerlo en un texto escolar de 5º de Primaria. Tras la triple pregunta ¿Cuál era la religión en los reinos de los reyes católicos? ¿Qué les sucedió a los judíos y musulmanes en esta época? ¿Qué era el Tribunal de la Inquisición?, cuestión absolutamente lógica y que con buenos profesores se presta a útiles debates sobre momentos decisivos –para bien y para mal– en la historia de España, figura, bajo el epígrafe Educación Cívica, otra doble pregunta de carga envenenada:¿Crees que los Reyes Católicos eran tolerantes? ¿Qué opinas sobre que se obligue a las personas a practicar una religión?.
La respuesta a esa simpleza no puede ser más que una: los Reyes Católicos no eran tolerantes ni por el forro, y es malo que se obligue a nadie a practicar una religión, como hicieron ellos y sus sucesores. Faltaría más. La misma forma de plantear la pregunta conduce, inevitablemente, a esa respuesta simple, que en realidad no lo es tanto. De ahí lo peligroso del asunto. Su carga envenenada.
Vistos desde aquí, por supuesto, los Reyes Católicos no eran tolerantes en absoluto. Lo que eran es una mujer, Isabel de Castilla, y un hombre, Fernando de Aragón –reino que incluía el condado de Cataluña, entre otras cosas–, cuyo matrimonio unió a dos extraordinarios personajes de Estado que, con decisión política y visión de futuro, consiguieron la unidad de España al conquistar el reino musulmán de Granada. Los dos eran inteligentes y poderosos –los más poderosos de su tiempo en Europa–, pero desde luego no eran tolerantes. No podían serlo, como no lo fue ninguno de sus coetáneos, ni el papa de Roma, ni los reyes de Francia o Inglaterra, ni el sultán de Turquía, ni nadie con mando en plaza. La tolerancia, como la entendemos hoy, estaba reñida con el poder, con las nacionalidades que se empezaban a afirmar –la española fue de las primeras– y con la guerra y la violencia, instrumento habitual de relación entre comunidades, territorios, pueblos, estados y religiones. Con tolerancia no se habría construido España, como tampoco ninguno de los países hoy conocidos. Y en el siglo XV, la religión era fundamental a la hora de establecer todo eso. Sin unidad religiosa era imposible establecer unidades políticas; y esa cruda realidad aún daría pie a muchas guerras y atrocidades en los siglos siguientes: guerras de religión que ensangrentarían Europa y muchos otros lugares.
Desde luego que la respuesta es no. Desde una mirada actual, tolerantes no fueron los Reyes Católicos, ni antes de ellos los cruzados, ni Saladino, ni los reinos hispanos, ni Almanzor, ni lo serían después Carlos V, Felipe II, Lutero, Calvino, Napoleón, Robespierre, Lenin, ni nadie que haya pretendido consolidar su poder y vencer a sus enemigos. Ni en Atapuerca lo eran. La Historia de la Humanidad, entre otras cosas, está hecha de intolerancias. Y atribuir ese rasgo a unos reyes decisivos para España sin situar el asunto en el contexto real de su tiempo, supone una irresponsabilidad. Significa echar, sobre nuestras siempre maltrechas espaldas históricas, falsas responsabilidades y complejos perniciosos y estúpidos.
Nuestro pasado fue tan crudo, triste, fascinante y admirable como el de cualquier otro país. Transcurrió en un mundo en el que todos jugaban con las mismas reglas, o ausencia de ellas. Juzgar a sus actores con ojos del presente es una injusticia y un error, sobre todo en esta España que vive mucho de lo oído y poco de lo leído. Aplicar la mirada ética de hoy a los hechos de entonces no sirve sino para que los jóvenes renieguen de una historia que no es mejor ni peor que en otros países o naciones. Así que no mezclemos churras con merinas. Preguntemos a un joven estudiante si un neonazi, un maltratador de mujeres o un yihadista son tolerantes, y situemos a los Reyes Católicos en el contexto que les corresponde. El deber de un sistema educativo es conseguir que la historia, el pasado, la memoria, se estudien para comprenderlos. No para condenarlos desde la simpleza y la ignorancia.
Fuente: http://www.xlsemanal.com/firmas/20170416/perez-reverte-intolerancia-y-otras-idioteces.html

domingo, 16 de abril de 2017

Libro blanco, corazón negro y el futuro de Europa

 GUILLERMO DORRONSORO

2017 es un año cargado de significado para el proyecto europeo. No tanto por el pasado (el 25 de marzo se han cumplido 60 años de la firma de los Tratados de Roma), sino por el presente y el futuro.
El Brexit ha tenido el efecto de poner Europa en el centro del debate. En cada una de las elecciones que se celebrarán este año en los estados europeos, los partidos dedicarán una parte importante de su campaña a explicar su posicionamiento respecto a más o menos Europa. Cada victoria, cada derrota, estará llena de significado.
Junckers ha querido aprovechar ese momento, y ha invitado a ser más explícito en esa explicación de “más o menos Europa”. En su Libro Blanco, ha definido cinco posibles escenarios, y en el Consejo Europeo que se celebrará en Bruselas el 14 y 15 de Diciembre de este año, pedirá que cada Estado se retrate, y ponga sus apuestas en una de las cinco casillas. Desde una Europa más federal (más USA, para entendernos), a una Europa reducida a tratados comerciales, pasando por una Europa partida en dos velocidades (los que apuestan por los Estados Unidos de Europa, frente a los que no pueden o no quieren jugar ese juego).
piata romana romania europe city clock buildings street road traffic lights night moon crossing signs billboards lights lamp posts evening
En mi vida profesional he tenido la ocasión de vivir muchos procesos de integración de organizaciones. Alianzas estratégicas, modelos de integración baja o alta, fusiones frías o calientes, parciales o completas… He ido acumulando una experiencia que me acompaña, un sexto sentido que me dice cuando estos procesos van bien, y cuando viajan a ninguna parte…
He leído el Libro Blanco de Junckers con interés, cada uno de los cinco escenarios. Ya sabes que el primer Libro Blanco de la Historia lo encargó Churchill hace casi un siglo para aclararse sobre qué hacer en el conflicto entre judíos y palestinos (la Sociedad de Naciones le encargó que se hiciese cargo, después de la Primera Guerra Mundial). Vistos los últimos cien años de conflictos, no tengo la impresión de que acertaron mucho…
Tengo la impresión de que Junckers tampoco acierta en esta ocasión. En mi experiencia, esto de preguntar a alguien si quiere mandar menos, más o lo mismo, no es demasiado práctico. Porque todos tenemos por dentro un corazón negro, que solo quiere mandar más. Es igual que se lo preguntes a un Director General, que a un Jefe de Estado. Nadie, nunca, quiere mandar menos, acepta voluntariamente entregar la soberanía sobre algo. Solo aceptamos de buen grado procesos de integración si se nos garantiza que, al final, sobre lo que resulte, acabaremos siendo nosotros quienes mandemos.
El Libro Blanco se equivoca, porque hace la pregunta equivocada a las personas equivocadas. Invoca el corazón negro de Europa. “Jefes de Estado de la Unión Europea ¿queréis mandar más o menos?…”.
Supongo que trata de ponerles una trampa, porque si deciden que la respuesta es menos Europa, quedarán como líderes cortos de vista. Si, por el contrario, eligen un escenario de mayor integración, por coherencia tendrán que hacer más concesiones, mandarán menos.
Quedan varios meses para escuchar las respuestas que los Jefes de Estado pronunciarán en el Consejo de Europa, pero estoy seguro que no me equivoco nada si te las resumo con esta frase, que también lleva un color: “Verdes las han segado”. Son palabras educadas, que utilizamos cuando queremos decir “Si esperas que te conteste, mejor espera sentado”.
Europa es hoy un campo de espigas verdes. La promesa de las semillas que se plantaron después de la Segunda Guerra Mundial, abonadas por la sangre de tantos europeos, no ha madurado, sesenta años después.
Así que no servimos ni para alimentar a los refugiados que buscan nuestro asilo, ni para iluminar al mundo en estos nuevos tiempos de gobernanza global, ni siquiera para responder a los europeos. Si no servimos para eso cómo vamos a sostener el estado de bienestar que tanto esfuerzo nos ha costado construir… Ésa es nuestra realidad, la que tenemos delante de nuestros ojos.
Vienen tiempos de sol, me temo, un sol que castigará a muchos. Ojalá sirva para que maduremos. Para que entendamos que quienes sembraron el sueño de Europa hace sesenta años lo hicieron con la esperanza de una cosecha que nos alimentaría en momentos de escasez, como los que afrontaremos en las próximas décadas.

Ojalá nos sirva para entender que la solución de los problemas de Europa no depende de que los Estados manden más, menos o igual. No depende del ancho de línea con el que dibujemos sus fronteras. Depende, más bien, del coraje de los ciudadanos europeos para afrontar un Segundo Renacimiento que el mundo está esperando. De nuestra capacidad de olvidarnos de Libros Blancos, y utilizar en cambio un papel el blanco donde escribir un futuro diferente…

Fuentehttp://www.sintetia.com/libro-blanco-corazon-negro/:

domingo, 26 de febrero de 2017

«Los enemigos del comercio III», por los laberintos del comunismo

Antonio Escohotado culmina el proyecto ensayístico «Los enemigos del comercio». Una obra imprescindible

Nostálgicos del leninismo en una manifestación en Rusia
Nostálgicos del leninismo en una manifestación en Rusia

«¡Por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz!» Es la definitiva maldición del siglo XX. De esa consigna, formulada por Gorki como epopeya de la Revolución rusa, arranca la intuición central del volumen tercero de la obra magna «Los enemigos del comercio», una historia moral de la propiedad, a la que Antonio Escohotado (Madrid, 1941) ha consagrado su último decenio. El subtítulo de este grueso tomo conclusivo deja poco lugar a ambigüedades: «De Lenin a nuestros días». Y, aunque el autor no eluda recorrer los vericuetos de otros laberintos abiertos por el siglo del cual salimos, todas sus claves se condensan en una intuición hoy irrebasable: la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia de una descomunal tragedia que aún nos hiere. «Lenin no sólo fascina a sus bolcheviques, sino a Mussolini, Hitler y a un hornada de caudillos antiliberales». De ese clima nacerá el tiempo de las grandes matanzas.
Es la consumación, nos recuerda el autor, de un arquetipo aparentemente inagotable en la imaginación humana: el de las grandes finalidades de la Historia, ese sueño mesiánico de los hombres nuevos. Y «entre las sorpresas», escribe Escohotado, que le supuso ya dar curso a los volúmenes precedentes, «estuvo poder comprobar que el cristianismo no se opuso a la esclavitud ni a su transformación en servidumbre; que la alta Edad Media europea practicó consciente e incompartidamente el ideal antimercantil, que las revoluciones igualitarias surgieron en épocas de prosperidad relativa, no de miseria; que hubo numerosos y ejemplares experimentos comunistas en Estados Unidos; que el socialismo siempre fue democrático y cambiante, en contraste con lo invariable y elitista del comunismo; que el retrato de la industrialización hecho por la literatura romántica no es fidedigno; que el movimiento obrero jamás apoyó la Restitución en cuanto tal; que la jornada inglesa de ocho horas fue una iniciativa espontánea de empresarios alemanes y americanos; que la plusvalía o plusvalor no es una magnitud precisa, sino un malentendido sobre costes de producción; que Alemania nunca quiso la Gran Guerra; que el comunismo nunca superó el tercio del voto en unos comicios; que los planes de exterminio y esterilización a gran escala no nacieron con Hitler y Stalin, sino con el Nuevo Imperialismo de la Sociedad Fabiana…».
Quedaba lo que este tercer volumen deja ahora claro. Que si la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia del comunismo no es otra cosa que la Historia del estalinismo.

Matarlos a todos

La transubstanciación de una teoría de la Historia que se quiso materialista en una religión de suplencia asentada sobre el avance incontenible de la Historia hacia el fin de todas las desigualdades, esa fantasmagoría romántica, es una consecución indiscutible de Stalin.
Como profeta, el ciclo en el poder de Lenin fue muy breve. No ha pasado ni un año desde el octubre revolucionario, cuando Fanny Kaplan dispara sobre él. Sobrevive. Pero su degradación será vertiginosa. Hasta su pérdida total de control político en los dos años que preceden a su muerte.
El autor brilla al analizar el talento y la cobardía del mundo pensante en el siglo XX
Stalin es todo lo contrario. Un oscuro burócrata con la prístina certeza de que sólo matar a todos los demás es garantía de supervivencia. Los tres decenios de poder absoluto hacen de él una figura única en la Europa de nuestro siglo. El modelo, de una solidez admirable, sólo falló en un punto: su absoluta incompetencia económica. Y, al fin, la URSS no fue derrotada. Se autodestruyó materialmente, hasta desmoronarse en polvo en 1989. Se asentaba sobre nada.
Hacer la arqueología de ese «siglo de Stalin» es hacer nuestra autobiografía: la de varias generaciones de intelectuales esterilizadas por la religión de las finalidades históricas. Escohotado brilla especialmente en el análisis de esa amalgama de autoengaño, talento, ignorancia y cobardía que se enseñoreó del mundo pensante europeo durante la mayor parte del siglo XX. Los intelectuales que hicieron propaganda de lo peor, sabiéndolo o sin saberlo. Las cabezas portentosas que acabaron sumergidas en la nada por esa apuesta. Los muy pocos -Koestler, el primero- que lograron arrancarse a esa ascética de la mentira y fueron arrojados a los inclementes abismos exteriores. Y analiza los costes de esa herencia. Tan presentes en este inicio del siglo XXI en el cual los peores tópicos de los años de entreguerras toman la forma grotesca de una mala caricatura.

Con su paso tranquilo

En 1953, Paul Éluard, quizá el más grande de los poetas líricos del siglo XX, cantaba la elegía del sagrado Stalin: «Y Stalin para nosotros / está presente mañana. / El horizonte de Stalin es siempre renaciente». Escohotado recoge en su libro las fórmulas paralelas de Pablo Neruda: «Junto a Lenin / Stalin avanzaba / y así, con blusa blanca, / con gorra gris de obrero, / Stalin, / con su paso tranquilo, / entró en la Historia acompañado / de Lenin y del Viento».
En suma, ni la poesía salva de la infamia, ni el talento de la cursilería. Y ambos juntos son la mejor cobertura del crimen. De eso habla la imprescindible obra de Antonio Escohotado.

domingo, 19 de febrero de 2017

EL LIBERALISMO PROGRESISTA EN ESPAÑA: DESDE SUS ORÍGENES REVOLUCIONARIOS HASTA HOY, por Anna-Clara Martínez

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 Podemos afirmar que a raíz de la guerra de la Independencia (1808-1814) nace el liberalismo español. La situación grave que se deriva de la misma y los remedios militares y políticos que son necesarios para solventarla se convierten en el escenario más propicio e ideal para la aparición de un nuevo ideal: el liberalismo.
A medida que se fue extendiendo la insurrección surgieron las denominadas “Juntas” en las distintas ciudades y/o pueblos, cuya misión inicial era la organización de la resistencia, así como ocuparse de la conducción de la guerra, garantizar la administración y mantener el orden público. No obstante, al haber sido constituidas voluntariamente desde el pueblo, y no proceder de una imposición por parte de la Corona, su misión de trasfondo era controlar las masas populares mediante el ejercicio de la soberanía de facto, es decir, procurar que la población tuviese acceso a todas sus necesidades básicas y asegurarles una cierta calidad de vida.
El deseo y la necesidad de una unificación política del país se hacen palpables y es en 1808 cuando se crea la Junta Central que se encargará de alcanzar la unificación mencionada.
Constitución Española de 1812.
Y es precisamente ese mismo año cuando varios ciudadanos reivindican la convocatoria de Cortes que, finalmente, en 1810 es la Junta Central quien las convoca. La revolución política había comenzado: la asamblea que se constituye adopta ciertas modernidades entre las cuales destaca la prohibición de participación de aquellos que están vinculados con el rey José I Bonaparte y el sistema de votación pasa a ser “un diputado, un voto”; y no “un voto, un estamento”. Las Cortes progresaran en distintos aspectos: declaración de la libertad de expresión, 1810; abolición de los señoríos, 1811; promulgación de la Constitución de Cádiz, 1812; abolición de la Inquisición, 1813.
Sin embargo, todos los avances obtenidos quedan en vano pues la Constitución de Cádiz nunca llegará a cumplirse y, en 1814, regresará el rey Fernando VII al trono mediante un golpe de estado. Ello supondrá el retorno al absolutismo.
No será hasta el periodo del Trienio Liberal, de 1820 a 1823, durante el cual debido al pronunciamiento militar de Riego que se restaurará la Constitución de 1812 y se producirá una división de los liberales en las Cortes: doceañistas o moderados y veinteañistas o exaltados.
Por el momento, en ninguno de ambos periodos, de 1812 a 1814 y de 1820 a 1823, se había producido una Revolución liberal completa ya que no se había logrado todavía la consolidación del régimen liberal.
Durante el reinado de Isabel II, proliferaron dos escuelas liberales distintas en relación a la solución de los problemas que provocaban la latiente estabilidad constitucional.
Por un lado, los liberales conservadores culpaban la inexistencia de un sistema de partidos de gobierno como causa principal de la inestabilidad política. Proponían en respuesta a ello la creación de una alianza de la Corona con los liberales y así culminar el proceso de Revolución con la creación de una monarquía constitucional. De esta manera, ello facilitaría a la Corona el ejercicio de las prerrogativas constitucionales.
Por otro lado, los liberales progresistas, herederos de los “exaltados” del Trienio Liberal, discrepaban con los conservadores en la medida en que el pacto Corona-Estado debía resultar de un acuerdo entre ambos en el que la nación recuperara sus libertades y la Corona viese disminuidas sus prerrogativas. El proceso de Revolución debería culminar con la creación de un gobierno representativo en el que el binomio nación-representantes se encargaran de la vigilancia de las instituciones y de desempeñar los poderes del Estado y llegaría a su fin con la instauración de un régimen que se sustentara en la soberanía nacional.
Juan Álvarez Mendizabal.
Los liberales progresistas durante esta etapa ya afirmaban que el individuo poseería más derechos a medida que fuese reduciéndose la participación de la Corona en la política. Además, en la soberanía nacional defendida, debía permanecer una clara separación entre el Poder Legislativo (las Cortes) del Ejecutivo y de la Corona.
De aquí deriva, precisamente, la constitución del Partido Progresista en 1834, como principal opositor liberal al régimen instaurado por María Cristina de Borbón, que perduraría hasta la Restauración en 1874, y que defendía las reformas que había puesto en marcha el gobierno del “exaltado” Juan Álvarez Mendizábal.
Asimismo, los liberales progresistas lograron acceder al gobierno en determinadas ocasiones, derivadas todas ellas de pronunciamientos militares: Motín de la Granja de San Idelfonso (1836), durante la Regencia de Espartero (1840-1843) y durante el bienio progresista (1854-1856).
En 1868, fruto de la ausencia de libertad a causa de la corrupción y violación de las leyes y a raíz de la tergiversación de las instituciones por parte de los moderados, el país se hallaba en una situación de estancamiento. López de Ayala, Prim, Sagasta, Figuerola y Ruiz Zorrilla condujeron la revolución de 1868, expulsando a la reina del poder e instaurando un gobierno provisional formado por una coalición de partidos con el objetivo de que todos pudiesen identificarse y reivindicar libremente los deseos la de la opinión pública. Esta revolución supuso el inicio del Sexenio Democrático, entre 1868 y 1874, hasta su fracaso y la posterior vuelta al poder de los moderados.
Durante la Restauración española de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX (1874-1931), los únicos brotes de liberalismo progresista los hallamos en el Partido Liberal, creado por Sagasta, y que constituyó la alternancia al Partido Conservador (Cánovas) en el marco del sistema bipartidista existente.
José Ortega y Gasset.
A lo largo del siglo XX, en España, parece ser que el liberalismo progresista fue perdiendo fuerza pues, durante la I República se autodenominan progresistas liberales tanto a partidos dinásticos como a partidos no dinásticos. Aún así, la Agrupación al Servicio de la República (que al final terminó constituyendo un partido político) fue creada por tres liberales progresistas: José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y  Ramón Pérez de Ayala, con el objetivo de construir un nuevo estado. Contrariamente a la I República, en la II República ningún partido político se define como tal.
Durante la dictadura franquista, el liberalismo estuvo mal visto y el vocablo liberal se emplea despectivamente para designar a aquellos contrarios al régimen. Por su parte, el vocablo progresismo adoptó un significado que distaba del que tenía hasta entonces.
Durante la transición y la etapa posterior destacan pocos personajes liberales progresistas. Aún así, cabe destacar la figura de Eduard Punset, que formó parte de UCD y más tarde pasó a integrarse en el CDS. Asimismo, durante la transición también se constituyó el Partido Progresista Liberal, en 1977. Sin embargo, en 1978 terminó fusionándose con Acción Ciudadana Liberal.
Actualmente, podemos enmarcar a UPyD como partido que se nutre del liberalismo-progresista, fundado por Rosa Díez, Fernando Savater y Carlos M. Gorriarán, y a Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, presidido por Albert Rivera, que apela a “los liberales de Cádiz” para presentarse como alternativa de gobierno en España.
En el resto de Europa y también fuera de ella, las políticas liberales progresistas o socio liberales han sido adoptadas por un importante número de países, sobre todo tras la II Guerra Mundial. Los partidos políticos que han seguido este tipo de ideologías han tendido a ser considerados de centro o centro-izquierda.
Un ejemplo de ello, a nivel Europeo, lo encontramos en la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa, constituida tras las elecciones europeas de 2004, mediante la coalición del Partido Europeo Liberal Demócrata Reformista y el Partido Demócrata Europeo.
En Reino Unido, por su parte, tenemos el Partido Liberal Demócrata, el cual defiende las ideas de John Stuart Mill, así como la descentralización y el estado del bienestar.
Otros partidos liberales progresistas europeos son: Radicales Italianos (Italia), Partido del Centro (Finlandia), Partido Popular Liberal (Suecia), Partido Social Liberal Danés (Dinamarca), Partido del Centro (Estonia), Demócratas 66 (Países Bajos) y Movimiento Demócrata (Francia), entre otros.
Finalmente, fuera de Europa encontramos el Partido Demócrata de Estados Unidos, el Partido Democrático de Japón y el Partido Liberal de Canadá.

Bibliografía
GIL, A.: Guerra, revolución y liberalismo en los orígenes de la España contemporánea. Capítulo correspondiente al libro de ROBLEDO, R., CASTELLS, I., ROMERO, M.C.: Orígenes del liberalismo. Universidad, política, economía. Ediciones Universidad de Salamanca, 2003. Salamanca. Páginas 223 y siguientes.
VILCHES, J.: Progreso y libertad. El partido progresista en la revolución liberal española. Alianza Editorial, 2001. Madrid. Páginas 24 y 25.



lunes, 16 de enero de 2017

EL LIBERALISMO PROGRESISTA: SUS IDEAS FUERZA, por ANNA-CLARA MARTÍNEZ

 El socioliberalismo o social liberalismo o liberalismo radical o liberalismo progresista, liberalismo democrático o moderno –aunque en el presente artículo emplearé la denominación de liberalismo radical o progresista- es una versión del tronco común del liberalismo clásico cuyo origen lo encontramos a finales del siglo XVIII con la escisión del mismo liberalismo clásico en dos ramas: liberalismo radical y liberalismo conservador. Los motivos de dicha separación radican en la percepción que tenía cada uno de ellos acerca de la Revolución Francesa; siendo los liberales radicales los que la veían como algo positivo.
A grandes rasgos, los liberales radicales se caracterizan por una gran predisposición a las reformas sociales, por poseer un planteamiento muy racionalista (se consideran los herederos de las ideas-fuerza de la Ilustración) y se basan en el pacto social, es decir, una comunidad de seres racionales, libres y autónomos que deciden dotarse de los instrumentos adecuados para poder ser libres. Asimismo, consideran que el papel del Estado es primordial para garantizar el bienestar de los ciudadanos, ya que es el único que posee la fuerza suficiente para introducir transformaciones sociales.
Admiten en su discurso la libertad; elemento adoptado de la Revolución Francesa. Entienden que los individuos deben ser libres y para lograrlo hay que llegar a una igualdad; conseguir una igualdad de oportunidades que es lo único que legitimará las desigualdades injustas. Es por ello que las reformas sociales y las políticas deben ir encaminadas hacia la consecución de este objetivo.
Además, los liberales radicales comienzan a plantearse la existencia de derechos colectivos, siempre y cuando estos respeten a los individuales: conciencia, reunión, asociación, entre otros. Ello derivará en la introducción de elementos de reforma, tanto socio-económicos como legislativos.
John Stuart Mill.
John Stuart Mill.
El liberalismo radical o progresista defendido por autores federalistas norteamericanos como John DeweyAlexix de Tocqueville o John Stuart Mill, proviene de Kant y de la Ilustración y de autores como Thomas Paine[1].
Uno de los máximos representantes del liberalismo progresista fue John Stuart Mill.
En su obra “On liberty” and other writings expuso las características y elementos que deberían conformar este liberalismo progresista, (social liberalism o new liberalism). La libertad individual debe ser el ingrediente principal para garantizar el éxito de la humanidad[2].
Su concepción del liberalismo progresista está basada en la combinación de elementos del liberalismo clásico para adaptarlos a las dificultades latentes en la sociedad. Los problemas existentes sólo podrán solucionarse mediante el aumento de la intervención del Estado y es para ello que propone una regulación y una intervención parcial del Estado en la economía. La libertad del individuo no es solamente asegurar que los individuos no interfieran físicamente entre sí, sino que debe garantizarse que cada individuo tenga las mismas posibilidades de éxito.
En este marco ideológico del liberalismo progresista introduce, además, la justicia social y la democracia radical, basadas en el naturalismo racionalista y el humanismo renacentista.
Herbert Henry Asquith.
Herbert Henry Asquith.
Por otro lado, en palabras de H.H. Asquith[3] el liberalismo progresista se concibe como una ideología política cuyo objetivo es alcanzar la libertad individual real, para que de este modo todos los individuos puedan hacer uso de sus facultades, oportunidades, energía y vida. Es decir, se entiende la libertad como una meta-valor, ya que cualquier otro valor necesita de ella para acabar de tener todo su esplendor[4].
Y es justamente en esta visión de la libertad en la que debe encontrar su impulso el gobierno para desarrollar este tipo de liberalismo; mediante la mejora de la educación, el derecho a la una vivienda digna, el entorno social e industrial; de manera que todo ello revierta en una mejora de la eficacia personal.
Otro autor a destacar es John Dewey. Fue un liberal progresista que formó parte del denominado pragmatismo[5]. Sus teorías tuvieron una gran importancia en Estados Unidos; sin embargo, en Europa no fue muy conocido. Defendió la igualdad de la mujer y su derecho al voto; de ahí que lo podamos catalogar como progresista, al enlazar claramente con las ideas de John Stuart Mill.
John Dewey.
John Dewey.
Siguiendo esta línea progresista, apoyó el sindicalismo docente y defendió la idea de la historicidad de las creencias sociales, es decir, que las creencias sociales son fruto de un contexto histórico determinado y que pueden ser avaluadas y cambiarse siguiendo el criterio de la experiencia, la prueba y el error.
Concebía a los hombres como autónomos, libres e iguales. Para llegar a ello la formación del individuo era uno de los pilares más importantes. Dewey afirmaba que el sistema educativo de la época no proporcionaba una preparación adecuada a los ciudadanos; era un sistema que no formaba y no incrementaba la cultura cívica. El papel del maestro debía cambiar y limitarse a enseñar al alumno a resolver problemas, no puede tratarse de una autoridad, y, su objetivo básico más importante debe ser  aumentar la capacidad de reflexión del alumno.
Además, criticaba el comportamiento ostentoso que exhibían las clases acomodadas, caracterizándolo de ofensa al conjunto de la sociedad. Defendía que una adecuada educación de la sociedad comportaría que incluso las clases acomodadas no hicieran ostentación de su riqueza.
Dentro de esta óptica, el liberalismo progresista español se ha venido configurando, como una aspiración a una vida digna y civilizada, sujeta a normas, en la que se respeten los derechos humanos.
Por tanto, podemos afirmar que las ideas-fuerza del liberalismo progresista o liberalismo radical son la garantía de libertad individual a través de la igualdad de oportunidades, el mantenimiento del bienestar de la sociedad en todos los campos (sanidad, educación…) garantizado por la intervención política del Estado y la ampliación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos.

[1] MELLÓN, J.: El liberalismo. Capítulo correspondiente al manual de CAMINAL, M. (editor): Manual de ciencia política. Tecnos, 2006. Madrid. Página 115.
[2] STUART MILL, J.: On liberty and other essays. Oxford University Press, 1992. Oxford. Página XXV.
[3] EATWELL, R., WRIGHT, A.: Contemporary political ideologies. Pinter editorial, 1996. London. Página 32.
[4] QUINTANA, M.: Liberalismo progresista (o por qué no es del todo aconsejable apellidar “liberal” a cualquiera que ansíe titularse como tal. 2009. [En línea].http://www.miguelangelquintana.com/liberalismo_progresista.pdf
[5] A grandes rasgos: el pragmatismo se opone a la mera especulación. Toda especulación filosófica que no tiene una aplicación práctica es absurda. En última instancia, el pragmatismo reduce lo verdadero a lo útil, por lo tanto, estaríamos frente una variante del utilitarismo.
Fuente: http://debate21.es/2016/02/22/liberalismo-progresista-sus-ideas/

jueves, 12 de enero de 2017

Adiós al petróleo: la revolución de los coches eléctricos, por BEATRIZ DÍAZ

Los coches del futuro se conducirán solos, tendrán puertas que se abren hacia arriba y un asistente personal, para darle todas las órdenes que puedas imaginar mientras disfrutas de un viaje sin preocupaciones y, además, solo tendrás que cargarlo, como a un móvil, para poder usarlo. Un momento, esto último no es una realidad tan lejana o eso defiende Bloomberg, que cree que los vehículos eléctricos llegarán a ser tan populares que causarán una crisis del petróleo.
Mucho se ha hablado de cómo afecta el auge de las energías renovables al petróleo, y al revés. Es decir, qué pasa cuando el precio del petróleo cae y no es necesario depender de fuentes alternativas. Sin embargo, el crudo no juega en la misma liga que la energía solar y la eólica, cumplen papeles diferentes: el oro negro se utiliza para el transporte y las energías verdes para generar electricidad.
En algún momento los expertos pensaron que el petróleo se estaba acabando (teoría del pico del petróleo) y, más allá de factores medioambientales, vieron la urgencia de conseguir fuentes de energía alternativas. Nada más alejado de la realidad: el fracking, las zonas de aguas profundas y las arenas bituminosas han creado momentos de sobreabundancia en los últimos meses. Resulta que hay mucho más crudo del que los expertos pensaban, solo hay que saber buscar.
Entonces… que pasaría si en vez de quedarnos sin petróleo empezásemos a prescindir de él por voluntad propia. Según las cifras de Bloomberg, en todo el mundo hay 1,200 millones de coches en circulación y, de momento, esta cifra no para de aumentar, impulsada por las economías en desarrollo y los países emergentes, como China. Por su parte, Estados Unidos y Europa se reparten la mitad del parque de automóviles del mundo, liderando el mercado.
Este escenario, sin embargo, podría cambiar de forma radical en menos tiempo del que imaginamos, 2022 es el año de la revolución, cuando los coches eléctricos llegarán para quedarse. En 2015 el precio de las baterías -que supone entre el 30% y el 50% del coste total del vehículo- cayó un 35% y parece que la tendencia seguirá a la baja, hasta que los vehículos eléctricos sean igual de asequibles que los de gasolina en los próximos seis años, según un nuevo análisis del mercado de los coches eléctricos; ya en 2040 estos vehículos costarán alrededor de 22,000 dólares y el 35% de los coches serán eléctricos.
La industria del petróleo no parece tener la más mínimo preocupación y no podemos culparles, los coches eléctricos solo representan en la actualidad un 0,001 del total de vehículos que circulan por las carreteras de todo el mundo. Los gigantes de los automóviles (Tesla, Toyota, Volkswagen) están haciendo un esfuerzo por crear, fabricar y diseñar cada vez mejores modelos, sobre todo con más autonomía, impulsando así la venta de coches respetuosos con el medio ambiente.
Y esto está ayudando al sector, que el año pasado creció un 60%, cifra de la que parten los cálculos de Bloomberg que afirma que, si ese crecimiento anual se mantiene, en 2023 los coches eléctricos podrían reducir la demanda de barriles de petróleo hasta en dos millones al día, causando una crisis parecida a la que se originó en 2014. Buenas noticias para los inversores de petróleo porque las fluctuaciones que se pueden producir en el precio del crudo podrían jugar a favor de los inversores y, así como aumentaría su volatilidad, lo haría también el potencial de ganancias.
¿La energía y el petróleo se dirigen, entonces, a un futuro incierto? Los expertos han hablado. Recientemente tuvo lugar en Estambul el 23º Congreso Mundial de la Energía, donde Jefes de Estado, ministros de Energía e importantes empresas se dieron cita para llegar a la conclusión de que la transición energética no tendrá nada que ver con el fin del petróleo. En la cumbre desarrollaron tres escenarios sobre la evolución del mundo en los próximos 50 años. El primero de ellos plantea un crecimiento económico mundial sostenible, solo porque ese cambio resulta favorable. En el segundo supuesto la fuerza que llevaría al cambio ya no es la conveniencia, sino una coordinación global. Por último, el tercer caso presenta un escenario donde los países no cooperan y solo cumplen con los objetivos de desarrollo sostenible si les interesa.
El mundo se dirige hacia un cambio de rumbo -influido por los constantes avances en tecnología- y los coches eléctricos forman parte de él. Ya lo hemos visto antes con la llegada de los ordenadores, la televisión y tantos otros inventos que parecían sacados de la ciencia ficción y que acabaron formando parte de la vida diaria de las personas. La transición hacia las energías limpias no será radical, pero sin duda afectará a otras fuentes más contaminantes, de igual forma que los coches eléctricos obligarán al petróleo a buscar una nueva razón de ser.
Fuente: http://www.sintetia.com/adios-al-petroleo-la-revolucion-de-los-coches-electricos/

viernes, 6 de enero de 2017

ALGUNAS FALACIAS DEL NACIONALISMO, por Ricardo Moreno Castillo

 En este artículo intentaré hacer un breve catálogo de algunas de las falacias del nacionalismo, no tanto para apear a los nacionalistas de sus delirios, tarea que supera con creces mis modestas dotes de convicción, como para aclarar las ideas de quienes piensan que oponerse a los nacionalismos o al derecho a decidir es ser poco de izquierdas, o poco amigo de la libertad, o poco algo. Convencer a quienes creen en el derecho a decidir pero dicen que en un referéndum de secesión votarían negativamente.

 Resultado de imagen de nacionalismo

 La primera de estas falacias sería la de “¿quién tiene miedo a las urnas?”, o “la última palabra en democracia la tienen las urnas”. Evidentemente, la democracia es lo que da legitimidad a una ley, sea porque se ha aprobado en un referéndum, sea porque ha emanado de un parlamento que a su vez ha sido elegido democráticamente. Pero esto, con ser condición necesaria, no es suficiente. Y es esta la razón por la cual los países se dotan de constituciones: para dejar claro cuáles son las cosas que ni las urnas pueden justificar. Si en una cierta comunidad autónoma aumenta tanto la inseguridad que deciden reimplantar la pena capital, esa ley no sería democrática, aunque fuera sancionada mediante un referéndum por aplastante mayoría. ¿Por qué? Porque un referéndum de mayor rango aprobó en su momento una constitución que declaraba abolida la pena de muerte. Y quien sea partidario de ella, habrá de reunir los apoyos suficientes para cambiar la constitución. Y si no lo consigue ¡qué le vamos a hacer! tendrá que aguantarse. Del mismo modo, una victoria arrolladora de un partido confesional no autorizaría a imponer una religión oficial. Y si alguien “no se encuentra cómodo” en una constitución aconfesional porque se siente más cristiano que español, que se aguante también. Sentirse cristiano antes que catalán, catalán antes que español o español antes que cristiano es políticamente irrelevante, porque los sentimientos son privados, y la política trata de la cosa pública.

 Una segunda falacia consiste en despreciar la Carta Magna porque “por mi edad, yo no pude votar la constitución”. Este argumento se ha oído incluso en el parlamento. Uno, en su ingenuidad y candor, presuponía un mínimo de cultura política en nuestros representantes. Es cierto, ningún español con menos de cincuenta y seis años ha votado la constitución, igual que ningún francés con menos de setenta y seis ha votado la suya, del mismo modo que ningún norteamericano vivo ha podido votar la suya. ¿Significa esto que más o menos cada cuarenta años un país ha de cuestionar de arriba a abajo su constitución para que puedan votar todos los que no lo hicieron en su momento? Un poco de cordura, por favor. Las constituciones están hechas para durar, y quien quiera reformarlas habrá de convencer a sus conciudadanos de que el cambio que propone es una mejora, pero decir “yo no pude votar cuando se aprobó” no argumenta ni en contra ni a favor de su propuesta.

 Dejando claro que todo intento de alterar la constitución fuera de los mecanismos previstos para ello es inadmisible (así sea a través de las urnas), y que la constitución obliga a todos, incluso a quienes no nacieron a tiempo de votarla, vamos a ver qué cambio podría permitir el “derecho a decidir”. La soberanía nacional reside en todo el pueblo español, lo cual significa que todos los españoles somos dueños de toda España, lo que a su vez significa que nadie puede independizarse sin más por la misma razón que los vecinos de un barrio no pueden cerrar su calle a quienes no vivan en ella y tomar decisiones que competen al ayuntamiento. Éste es el artículo que habría que modificar. Pero entonces se abre un enorme abanico de posibilidades. ¿Dónde residiría la soberanía? ¿En las comunidades autónomas? ¿Y por qué no en las provincias? ¿Y por qué no en los municipios? ¿Podría Tarragona separase de Cataluña si así lo decidieran sus habitantes? Ante esto, los nacionalistas acuden a una tercera falacia, la que podríamos llamar la “falacia semántica”: es que Tarragona no es una nación. Esta falacia es uno de tantos parentescos entre el nacionalismo y la religión. Cuando se legalizó el matrimonio homosexual, el argumento de algunos obispos que se oponían a él era sostener que un matrimonio es por esencia la unión de un hombre y una mujer. Pero sucede que las instituciones profanas no tienen esencias eternas, y si es cuestión de significados, la palabra “matrimonio” ha ampliado su campo semántico, y esto es un fenómeno lingüístico muy corriente. Si la política trata de la convivencia en prosperidad y libertad de los ciudadanos, sería más operativa (una vez hurtada la soberanía a todos los españoles) la siguiente definición de nación: cualquier trozo de terreno cuyos habitantes opinen mayoritariamente que serían más libres y prósperos constituyéndose como estado. Si nos parece inadmisible que los homosexuales no puedan disfrutar de la condición del matrimonio porque el significado de la palabra matrimonio se ha decidido de una vez y para siempre, sería igualmente inadmisible que los tarraconenses no puedan gozar de la condición de ser un estado porque algunos nacionalistas han decidido de una vez y para siempre el significado de la palabra nación. Entonces, quienes enarbolan el derecho a decidir tendrán que consentirlo sin reservas, y habrán de admitir la disparatada definición de nación dada un poco más arriba. Y esto nos llevaría directamente a la horda y a la tribu, porque en ninguna ciudad, pueblo o pedanía habría de faltar algún demagogo dispuesto a conseguir la independencia. El “derecho a decidir” es algo que suena muy bonito y muy libertario, pero erigir fronteras siempre crea frustraciones entre quienes no han quedado del lado que hubieran querido, lo cual a su vez provoca odio entre vecinos que hasta entonces se entendían bien, desplazamientos de población, sangre, sudor y lágrimas.

 Una cuarta falacia consiste en sostener que, explícita o solapadamente, todos somos nacionalistas. Cuando criticas el nacionalismo catalán, te acusan de ser nacionalista español, con lo cual, sin necesidad de argumentar, te atribuyen las mismas tonterías que dicen ellos pero cambiadas de signo. Y es cierto que también puede haber nacionalismo español, pero entre uno y otro nacionalismo hay un amplio espacio para la cordura y la sensatez. Aquí hay otra semejanza con las religiones, porque razones parecidas he escuchado: si no tienes fe, tienes una fe al revés. O estás conmigo o contra mí. No, ni estoy contigo ni contra ti: me eres indiferente. Pero la asimetría entre nacionalistas y no nacionalistas es clara: los primeros desean erigir fronteras, los segundos prefieren derribarlas. Los no nacionalistas se consideran ciudadanos y administradores de su comunidad, los nacionalistas se consideran propietarios de la suya. Los no nacionalistas aman su cultura y su lengua como un bien del que todos pueden disfrutar, los nacionalistas usan ambas cosas como ariete.

 Una quinta falacia consiste en sostener que hay que dialogar, que hay que cambiar la constitución para conseguir que los catalanes se “sientan cómodos”, que se ha de reconocer su singularidad, el estatuto de nación, y otras cuestiones que no salen del ámbito de las palabras porque no se sabe exactamente cómo se plasmarían en los hechos. Y no resolverían nada. En primer lugar, porque si una de las funciones de una constitución consiste precisamente en garantizar la igualdad de todos, no debe reconocer la singularidad de nadie. Si alguien se siente muy singular, mejor para él, que no tendrá problemas de autoestima, pero no por ello habrá de tener más derechos que quienes nos consideramos vulgares, insignificantes y prescindibles. Y si se ha de cambiar la constitución ha de ser pensando en el bienestar de todos, no en la singularidad de algunos. En segundo lugar, porque por mucho que se reforme la constitución, el quejarse está en la esencia misma del nacionalismo, y es una ingenuidad pensar que dejarán de hacerlo por mucho que se les dé, lo mismo que un niño malcriado no dejará de dar la lata por mucho que se vaya cediendo a sus caprichos. Incluso si se independizara Cataluña, seguirían dando la monserga por sus hermanos de los Países Catalanes que gimen bajo la opresión española.

 La única solución está en estudiar qué competencias han funcionado mejor al ser transferidas y cuáles no, volver a centralizar las segundas y no dar la más mínima cancha al nacionalismo. Nunca más volver a apoyarse en ellos para gobernar España, para lo cual los partidos constitucionalistas han de abandonar su cainismo para poder colaborar unos con otros sin hacer concesiones que no benefician a nadie y solo contribuyen a alimentar la voracidad de los nacionalistas.

 Dos ejemplos pueden ilustrar esto. Uno, el problema de las relaciones con la Iglesia, y otro, el problema del ejército. El primero no se ha resuelto porque, a semejanza de los nacionalistas, los obispos se van a quejar por mucho que se les dé, y seguirán oponiéndose al divorcio, al matrimonio homosexual y a todo aquello que suponga un mayor gobierno de cada ciudadano sobre su vida privada. El segundo se resolvió porque, a diferencia de lo que se hace con el nacionalismo y la iglesia, no se hicieron concesiones. Es evidente que el ejército salido del franquismo no se sentía cómodo con la constitución, y muy probablemente la mayoría de sus miembros votaron en contra. Pero a los intentos de golpismo se respondió con toda la firmeza permitida por la ley, y ni al más lerdo se le ocurrió plantear un cambio de constitución que pudiera contentar a las fuerzas armadas, ni hacerlas sentir más cómodas. Y tampoco nadie se atrevió a decir que llevar a los golpistas ante los tribunales era “judicializar la política”. El resultado está a la vista: un ejército ejemplar y absolutamente respetuoso con la legalidad vigente. Si algún militar recuerda lo que hicieron algunos de sus predecesores, lo hará probablemente con bochorno, y los españoles ya no vivimos en permanente zozobra por culpa de unas fuerzas armadas con ganas y posibilidades de sublevarse. Si la firmeza funcionó para resolver uno de los tres problemas seculares que envenenaron la historia de España ¿no podría funcionar para resolver los otros dos?