Juan J. Molina

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domingo, 26 de febrero de 2017

«Los enemigos del comercio III», por los laberintos del comunismo

Antonio Escohotado culmina el proyecto ensayístico «Los enemigos del comercio». Una obra imprescindible

Nostálgicos del leninismo en una manifestación en Rusia
Nostálgicos del leninismo en una manifestación en Rusia

«¡Por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz!» Es la definitiva maldición del siglo XX. De esa consigna, formulada por Gorki como epopeya de la Revolución rusa, arranca la intuición central del volumen tercero de la obra magna «Los enemigos del comercio», una historia moral de la propiedad, a la que Antonio Escohotado (Madrid, 1941) ha consagrado su último decenio. El subtítulo de este grueso tomo conclusivo deja poco lugar a ambigüedades: «De Lenin a nuestros días». Y, aunque el autor no eluda recorrer los vericuetos de otros laberintos abiertos por el siglo del cual salimos, todas sus claves se condensan en una intuición hoy irrebasable: la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia de una descomunal tragedia que aún nos hiere. «Lenin no sólo fascina a sus bolcheviques, sino a Mussolini, Hitler y a un hornada de caudillos antiliberales». De ese clima nacerá el tiempo de las grandes matanzas.
Es la consumación, nos recuerda el autor, de un arquetipo aparentemente inagotable en la imaginación humana: el de las grandes finalidades de la Historia, ese sueño mesiánico de los hombres nuevos. Y «entre las sorpresas», escribe Escohotado, que le supuso ya dar curso a los volúmenes precedentes, «estuvo poder comprobar que el cristianismo no se opuso a la esclavitud ni a su transformación en servidumbre; que la alta Edad Media europea practicó consciente e incompartidamente el ideal antimercantil, que las revoluciones igualitarias surgieron en épocas de prosperidad relativa, no de miseria; que hubo numerosos y ejemplares experimentos comunistas en Estados Unidos; que el socialismo siempre fue democrático y cambiante, en contraste con lo invariable y elitista del comunismo; que el retrato de la industrialización hecho por la literatura romántica no es fidedigno; que el movimiento obrero jamás apoyó la Restitución en cuanto tal; que la jornada inglesa de ocho horas fue una iniciativa espontánea de empresarios alemanes y americanos; que la plusvalía o plusvalor no es una magnitud precisa, sino un malentendido sobre costes de producción; que Alemania nunca quiso la Gran Guerra; que el comunismo nunca superó el tercio del voto en unos comicios; que los planes de exterminio y esterilización a gran escala no nacieron con Hitler y Stalin, sino con el Nuevo Imperialismo de la Sociedad Fabiana…».
Quedaba lo que este tercer volumen deja ahora claro. Que si la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia del comunismo no es otra cosa que la Historia del estalinismo.

Matarlos a todos

La transubstanciación de una teoría de la Historia que se quiso materialista en una religión de suplencia asentada sobre el avance incontenible de la Historia hacia el fin de todas las desigualdades, esa fantasmagoría romántica, es una consecución indiscutible de Stalin.
Como profeta, el ciclo en el poder de Lenin fue muy breve. No ha pasado ni un año desde el octubre revolucionario, cuando Fanny Kaplan dispara sobre él. Sobrevive. Pero su degradación será vertiginosa. Hasta su pérdida total de control político en los dos años que preceden a su muerte.
El autor brilla al analizar el talento y la cobardía del mundo pensante en el siglo XX
Stalin es todo lo contrario. Un oscuro burócrata con la prístina certeza de que sólo matar a todos los demás es garantía de supervivencia. Los tres decenios de poder absoluto hacen de él una figura única en la Europa de nuestro siglo. El modelo, de una solidez admirable, sólo falló en un punto: su absoluta incompetencia económica. Y, al fin, la URSS no fue derrotada. Se autodestruyó materialmente, hasta desmoronarse en polvo en 1989. Se asentaba sobre nada.
Hacer la arqueología de ese «siglo de Stalin» es hacer nuestra autobiografía: la de varias generaciones de intelectuales esterilizadas por la religión de las finalidades históricas. Escohotado brilla especialmente en el análisis de esa amalgama de autoengaño, talento, ignorancia y cobardía que se enseñoreó del mundo pensante europeo durante la mayor parte del siglo XX. Los intelectuales que hicieron propaganda de lo peor, sabiéndolo o sin saberlo. Las cabezas portentosas que acabaron sumergidas en la nada por esa apuesta. Los muy pocos -Koestler, el primero- que lograron arrancarse a esa ascética de la mentira y fueron arrojados a los inclementes abismos exteriores. Y analiza los costes de esa herencia. Tan presentes en este inicio del siglo XXI en el cual los peores tópicos de los años de entreguerras toman la forma grotesca de una mala caricatura.

Con su paso tranquilo

En 1953, Paul Éluard, quizá el más grande de los poetas líricos del siglo XX, cantaba la elegía del sagrado Stalin: «Y Stalin para nosotros / está presente mañana. / El horizonte de Stalin es siempre renaciente». Escohotado recoge en su libro las fórmulas paralelas de Pablo Neruda: «Junto a Lenin / Stalin avanzaba / y así, con blusa blanca, / con gorra gris de obrero, / Stalin, / con su paso tranquilo, / entró en la Historia acompañado / de Lenin y del Viento».
En suma, ni la poesía salva de la infamia, ni el talento de la cursilería. Y ambos juntos son la mejor cobertura del crimen. De eso habla la imprescindible obra de Antonio Escohotado.

jueves, 21 de julio de 2016

El Bosque – Paginas desde la tumba de Lenin

El golpe del bosque
El coronel Alexander Tretetsky, de la Oficina del Fiscal Militar de la Unión Soviética, llegó un caluroso día de verano a su último lugar de trabajo: una serie de fosas comunes situadas en un bosque de abedules a unos treinta kilómetros de la ciudad de Kalinin. El coronel y sus ayudantes iniciaron la jornada excavando y hurgando la tierra en busca de indicios del régimen totalitario (cráneos perforados por balas, botas carcomidas por los gusanos, restos de uniformes militares polacos).
Esa mañana, antes de partir al trabajo, habían escuchado por la radio y la televisión las alarmantes noticias provenientes de Moscú: Mijail Gorbachov había «renunciado» por «razones de salud». El Comité Estatal para Estados de Emergencia había asumido el poder, prometiendo orden y estabilidad. Pero ¿qué se podía hacer? Kalinin estaba varias horas al norte de Moscú en tren y muy lejos de rumores y noticias. De modo que Tretetsky, como casi todo el mundo en la Unión Soviética esa mañana del 19 de agosto de 1991, fue a trabajar como si fuera un día común y corriente.
La excavación en el bosque situado en las afueras de Kalinin era un proyecto inhumano. Medio siglo atrás, y bajo órdenes directas de Stalin, verdugos del NKVD asesinaron a quince mil militares polacos y arrojaron los cuerpos en hileras de fosas comunes. La operación en Kalinin, Katyn y Starobelsk, que duró un mes, fue parte del intento de Stalin por iniciar la dominación de Polonia. Esos jóvenes oficiales se contaban entre los hombres con el más alto nivel de educación de Polonia, y para Stalin representaban una amenaza potencial; eran futuros enemigos. Durante décadas, Moscú culpó a los nazis de la matanza, afirmando que los alemanes habían llevado a cabo la masacre en 1941, y no el NKVD en 1940. La maquinaria de propaganda del Kremlin sostuvo dicha historia en conferencias, negociaciones diplomáticas y en la literatura, entretejiéndola con la vasta red formada por la ideología y la historia oficiales que sostenían al régimen y su imperio. Para el Kremlin, la historia era un asunto tan serio que creó una gran burocracia para controlarla, para tergiversar su lenguaje y su contenido, de modo que las purgas arbitrarias y asesinas pasaran a ser «triunfos sobre enemigos y espías extranjeros» y el tirano reinante, un «Amigo de Todos los Niños, la Gran Águila de las Montañas». El régimen creó un imperio que semejaba una gran sala, con puertas y ventanas cerradas. Todo libro o periódico permitido en la sala contenía la versión oficial de los acontecimientos, mientras la radio y la televisión propagaban día y noche la línea única. Aquellos que servían lealmente la versión oficial eran proclamados y presentados como «académicos» y «periodistas». En las ciudadelas del Partido Comunista, del Instituto Marxista-Leninista, del Comité Central y de la Escuela Superior del Partido, los sacerdotes de la ideología se apartaban a su antojo de los dogmas. En todas partes había secretos. El KGB fue tan escrupuloso a la hora de mantener sus secretos que edificó sus residencias de vacaciones en la villa de Mednoye, cerca de Kalinin, donde habían sido ejecutados y enterrados en fosas comunes los oficiales polacos; era la mejor manera de vigilar los huesos.
Pero algo había cambiado ahora, y radicalmente. Tras cierta vacilación inicial al comienzo de su mandato, Gorbachov decretó que había llegado el momento de llenar los «espacios en blanco» de la historia. Dijo que ya no sería posible echar la vista atrás utilizando «gafas con cristales tintados de color rosa». Al principio su retórica fue cautelosa. No osó criticar a Lenin, el semidiós del Estado. Pero, a pesar de la vacilación, su decisión más importante sería la recuperación de la memoria histórica, decisión que precedía a cualquier otra, pues sin una completa y descarnada revisión del pasado —la admisión de los crímenes, la represión y la bancarrota—, el verdadero cambio y, mucho más aún, la revolución democrática, resultaban imposibles. El retorno de la historia a la vida personal, intelectual y política significó el comienzo de la gran reforma del siglo xx y, le gustara o no a Gorbachov, el colapso del último imperio sobre la Tierra.
Para los polacos, las matanzas de Kalinin, Starobelsk y Katyn habían representado durante décadas el símbolo de la crueldad y del puño imperial de Moscú. Para un polaco, la simple suposición de que la Unión Soviética fuera responsable de las masacres representaba un acto radical e incluso suicida, pues revelaba claramente su posición. La «amistad de los pueblos», la relación entre Moscú y Varsovia, estaba basada en la violencia, el dominio del invasor sobre su satélite. Incluso Gorbachov sabía que admitir la matanza era debilitar a los comunistas polacos. Pero en 1990, con Solidaridad en el poder, Gorbachov pensó que había poco que perder. Durante una visita del general Wojciech Jaruzelski a Moscú, Gorbachov aceptó finalmente la culpabilidad de Moscú y puso en manos del gobierno polaco un enorme legajo de archivos acerca de las masacres de Katyn, Starobelsk y Kalinin.
Poco tiempo después del mea culpa del Kremlin, comenzaron las excavaciones. Trabajando conjuntamente con soldados del ejército soviético y voluntarios polacos, el coronel Tretetsky inició su trabajo en Mednoye, el 15 de agosto de 1991. Tretetsky, un oficial de carrera cuarentón de bigotes delgados y mejillas rosadas, había pasado ya varios meses descubriendo fosas en Starobelsk. Con cada nueva fosa crecía el sentimiento de haber sido engañado. Él había creído profundamente en el comunismo y en la Unión Soviética. Sirvió primero en la marina, para luego, después de estudiar leyes en Ucrania, enrolarse definitivamente en el ejército. Estuvo destinado casi cuatro años en Alemania Oriental e incluso se ofreció como voluntario para ir a Checoslovaquia en 1968, año en que la Unión Soviética aplastó la «Primavera de Praga».
«Fui un necio —dijo Tretetsky—. Creí en todo eso. A la menor señal, habría dado mi vida por la madre patria.»
Elevó una petición al ejército para ser enviado a Afganistán, donde sirvió desde 1987 hasta 1989. Tretetsky regresó a Moscú tan solo para sentir el sabor amargo de la verdadera historia del país acerca del cual sabía tan poco. Fue asignado a la Oficina del Fiscal Militar, que llevaba a cabo investigaciones masivas para la rehabilitación de gente que hubiera sufrido represión durante los últimos setenta años. Lentamente se fue enterando de los hechos más negros de la historia soviética: las purgas, la matanza de oficiales polacos o el sangriento ataque del ejército contra manifestantes pacíficos en Novocherkassk en 1961.
Una vez a cargo de las excavaciones, primero en Starobelsk y luego en Mednoye, Tretetsky se entregó a su trabajo con pasión y acuciosidad. En Mednoye supo exactamente dónde cavar y qué buscar. Había interrogado ya a un lugareño, un oficial retirado de la policía secreta, que había cooperado en 1940 para hacer cumplir las órdenes de Moscú. Vladimir Tokaryev estaba ciego y tenía ochenta y nueve años de edad cuando la historia fue a su encuentro, pero su memoria estaba fresca. Sentado junto a Tretetsky, y frente a una cámara de vídeo, describió cómo su unidad de la policía secreta tiroteó a oficiales polacos en el bosque cerca de Kalinin; doscientos cincuenta por noche, durante un mes.
Los verdugos, dijo Tokaryev, «trajeron una maleta llena de revólveres alemanes del tipo Walther 2. Se consideró que nuestras armas soviéticas TT no eran suficientemente fiables. Tendían a recalentarse con el sobreuso … Estuve allí la primera noche de las ejecuciones. Blojin fue el verdugo principal junto con otros treinta, chóferes y guardias del NKVD en su mayoría. Mi chófer, Sujarev, por ejemplo, fue uno de ellos. Recuerdo a Blojin diciendo: “Adelante, vamos”. Se puso luego su uniforme especial para la tarea: sombrero, delantal de cuero y guantes de cuero marrón hasta más arriba de los codos. Eran su terrible creación. Me hallaba frente a un verdugo.
»Llevaron uno a uno a los polacos a lo largo del pasillo, doblaron a la izquierda y los introdujeron en el “rincón rojo”, la habitación de descanso del personal de la prisión. A cada hombre se le preguntó el apellido, el nombre y el lugar de nacimiento, lo justo para identificarlo. Se les llevó, individualmente, a la habitación contigua, que estaba aislada acústicamente, y se le disparó en la nuca. No se leyó absolutamente nada, ni sentencia judicial ni de comisión especial alguna.
»Hubo trescientas ejecuciones aquella primera noche. Recuerdo a mi chófer, Sujarev, jactándose de la ardua jornada de trabajo que había tenido. Pero había sido demasiado, pues era ya de día en el momento de finalizar la tarea y existía una disposición que establecía que todo debía llevarse a cabo en la oscuridad. De modo que el número de ejecuciones se redujo a doscientas cincuenta por noche. ¿Cuántas noches duró? Calcúlelo usted mismo: seis mil hombres a razón de doscientos cincuenta por noche. Incluidos los fines de semana, suma alrededor de un mes, todo abril de 1940.
»Yo no participé en los asesinatos. Jamás estuve en la sala de ejecuciones. Pero tuve que poner a mis hombres a disposición de esa gente. Recuerdo a algunos de esos polacos. Un hombre joven, por ejemplo. Sonreía como un niño. Le pregunté cuánto hacía que estaba en la policía fronteriza. Contó con los dedos. Seis meses. ¿Qué hacía allí? Era telefonista.
»Blojin se aseguraba de que a nadie le faltara su provisión de vodka todas las noches al finalizar el trabajo. Cada atardecer lo traía en cajas a la prisión. No bebían absolutamente nada antes o durante las ejecuciones, pero antes de retirarse a casa todos tomaban algunas copas.
»Les pregunté a Blojin y a los otros dos: “¿No se requerirá un equipo de gente para cavar seis mil sepulturas?”. Se rieron de mí. Blojin dijo que había traído un buldózer de Moscú y a dos hombres del NKVD para manejarlo. De modo que los polacos muertos eran sacados por la puerta trasera de la sala de ejecuciones, cargados en camiones cubiertos y trasladados al lugar de sepultura. El sitio fue seleccionado personalmente por Blojin. Era cerca del lugar donde los oficiales del NKVD tenían sus casas de campo, cerca de mi propia casa, cerca del pueblo de Mednoye, a unos treinta kilómetros de Kalinin. Las fosas que cavaban tenían entre ocho y diez metros de largo, lo suficiente para albergar doscientos cincuenta cuerpos cada una. Cuando todo terminó, los tres hombres de Moscú celebraron un gran banquete. Insistieron retiradamente en que asistiera. Rehusé».
Una y otra vez el ciego tendía a culpar a «los otros», negando la importancia de su propia participación; una bestia no menos cruel y gentil que Eichmann en Jerusalén. Pero esta vez la cuestión no era Tokaryev. Como tampoco lo eran los verdugos. Hacía ya mucho que Blojin y tres de los otros se habían suicidado después de enloquecer. La cuestión era que los historiadores, fiscales, archivistas y periodistas, a donde iban, descubrían que el legado del poder soviético era, en el mejor de los casos, tan trágico como todo lo que habían oído de las «voces prohibidas»: El archipiélago gulag de Solzhenitsyn y los Relatos de Kolimá de Shalamov. Ahora no había libros ni voces prohibidas. Recuperar el pasado, ver tal cual las pesadillas de setenta años, era un impacto casi insoportable. Mientras se aceleraba el retorno de la historia, la televisión mostraba constantemente documentales sobre el degollamiento de los Romanov, la colectivización forzosa del campo y los juicios. Las revistas literarias mensuales, los semanarios e incluso los periódicos estaban plagados de reportajes sobre las últimas desgracias históricas: la cantidad de asesinados y encarcelados; el número de iglesias, mezquitas y sinagogas destruidas; cuánto saqueo y despilfarro. Bajo esta avalancha de recuerdos, al cabo de un tiempo la gente se manifestó cansada y hasta aburrida. Era más bien el dolor de recordar, el impacto del reconocimiento, lo que les perseguía. «Imagínese ser adulto y tener que absorber toda la verdad acerca del mundo que le rodea, y aún más, una verdad venida de fuera de su propia tierra, en cosa de uno, dos o tres años —dijo el filósofo Grigori Pomerants—.
El país completo está en un estado de desorientación masiva.»
La gente del Partido Comunista, los dirigentes del KGB, los militares y los millones de funcionarios provinciales que crecieron bajo una historia falsa no podían soportar la verdad. No es que no la creyeran. Conocían los hechos del pasado mejor que cualquier otro. Pero la realidad ponía en tela de juicio su propia existencia, su bienestar, sus privilegios. Su derecho a un despacho decente, a un trozo de carne, el mes de vacaciones en Crimea, todo dependía de un descomunal engaño social, de la ignorancia forzosa de 280 millones de personas. Yegor Ligachov, figura conservadora del Politburó hasta su retiro obligado en 1990, me dijo en tono lastimero que cuando la historia había sido arrancada de las manos del Partido Comunista, cuando los profesores universitarios, los periodistas y los testigos comenzaron a publicar y difundir sus propias versiones del pasado, «en el país se creó una atmósfera sombría. Alteró las emociones de la gente, su genio, su eficiencia en el trabajo. De la noche a la mañana se les arroja encima todo lo negativo del pasado. Los temas patrióticos han sido dejados de lado, han sido agotados. La gente anhela algo positivo, algo destacable; incluso nuestras propias figuras culturales han publicado más mentiras y patrañas antisoviéticas que las que nuestros propios enemigos occidentales publicaron en total durante los últimos setenta años».
Cuando la historia dejó de ser instrumento del Partido, este quedó condenado al fracaso. La historia demostró precisamente que el Partido estaba podrido hasta el alma. Los ministros, los generales y losapparatchiks que organizaron el golpe militar de agosto de 1991 se reunieron muchas veces de forma secreta en casas de seguridad del KGB, en las afueras de Moscú, para analizar la ruina de su Estado. Se habló de la necesidad de orden, de la necesidad de revertir de algún modo el declive del Partido. Estaban tan engañados acerca de su propio país que creyeron incluso que podrían detener el retorno a la historia. Lo detendrían con un decreto y un par de divisiones de tanques. Las excavaciones en Mednoye y en los demás sitios donde tuvo lugar la matanza de polacos no eran una excepción. Los golpistas harían lo posible por detener el trabajo. Mucho antes del golpe militar, Valery Boldin, el jefe de gabinete de Gorbachov y uno de los principales confabuladores en el golpe de agosto, intentó atenuar el daño transfiriendo secretamente muchos documentos sobre el caso desde la Sexta División de los archivos del Comité Central al «archivo presidencial», que estaba bajo su control. Este pequeño paso no ayudó en nada. Boldin y el resto de los conspiradores estaban ahora preparados para eliminar todo aquello que los comprometiera. Detendrían el retorno de la historia. Harían retroceder el tiempo. Una vez más, el miedo constituiría la esencia del Estado.
El día del golpe, los hombres de Tretetsky, tanto soviéticos como polacos, intentaron concentrarse en el trabajo. Descubrieron viejas sepulturas y lavaron los fragmentos de huesos y cráneos. A medida que les llegaban las noticias del golpe militar, se les hacía más difícil concentrarse. Los soldados de Tretetsky oyeron incluso que las tropas desplegadas en las calles de Moscú pertenecían a su propia división, la División Kantemirovskaya. Encendieron un televisor en una de las carpas cercanas al lugar de trabajo y descubrieron caras familiares. Vieron a sus amigos sentados sobre unidades armadas para el transporte de tropas cerca del Kremlin, fuera del Parlamento ruso y en las principales calles de la capital.
«El clima era pésimo —recuerda Tretetsky—. Llovió casi sin parar, de modo que para secar los fragmentos de uniforme tuvimos que ponerlos en las carpas, encender una estufa y mantener la carpa abierta para que circulara el aire.» El equipo trabajó hasta avanzada la tarde, hasta que Tretetsky les indicó: «Es todo por hoy». Fue todo lo que les dijo.
Durante el día entero, Tretetsky había estado recibiendo llamadas telefónicas del cuartel central del mando del KGB en Kalinin. El general del KGB destacado allí, Viktor Lakontsev, advirtió a Tretetsky de que la excavación «ya no era necesaria», de que el trabajo debía detenerse y de que debía regresar inmediatamente al cuartel general. Tretetsky se negó, diciendo que el trabajo debía continuar según estaba planeado. Afirmó que iría al cuartel general del KGB solo una vez finalizada la jornada. A pesar de su proceder temerario, Tretetsky sentía miedo. «Sabía que había problemas», dijo.
Aquel atardecer, Tretetsky fue conducido bajo custodia del KGB a la oficina de Lakontsev en Kalinin.
El trabajo debía detenerse, insistió Lakontsev. «De no ser así —dijo— no podemos garantizar su seguridad, o la de los trabajadores polacos.»
A Tretetsky no le quedó más que reír. A lo largo de su trabajo en Starobelsk y Mednoye, siempre hubo hombres del KGB en el lugar («observadores», se denominaban a sí mismos). Los trabajadores les llamaban «nuestros observadores de las Naciones Unidas».
Tretetsky no cedería. «Sobre mi cadáver», pensó para sí. Le planteó a Lakontsev su negativa del modo más sutil. Le dijo que si había dudas sobre los polacos, él se responsabilizaría de su seguridad. Los polacos podrían pernoctar en las carpas junto con las tropas del ejército soviético en lugar de hacerlo en la ciudad.
«La investigación no puede detenerse —dijo Tretetsky—. ¿Qué les diría a los polacos? Debo hablar con mi jefe. Esto no es un asunto sencillo.» Para sus adentros, Tretetsky pensó: «Lakontsev es un jefe importante, en cambio, ¿yo quién soy?».
Al regresar al campamento, Tretetsky llamó a Moscú y se le respondió que no existía orden alguna de detener el trabajo. Se sintió aliviado. Exhausto, se fue a dormir a su carpa. No mucho después, sin embargo, fue despertado por el comandante de las tropas del ejército, quien dijo que había llegado una orden de Moscú: los soldados debían regresar a la base de Kantemirovskaya, en la ciudad de Naro-Fominsk, en las afueras de Moscú.
—Escúcheme, Viktor —dijo Tretetsky al comandante—, esta es una orden verbal, ¿cierto?
—Exacto.
—Y para traer a sus hombres aquí usted tenía una orden escrita.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué debe obedecer?
Las tropas permanecieron donde estaban. El KGB había intentado engañar a Tretetsky, pero había fracasado. Jamás existió orden alguna de la Oficina del Fiscal Militar en Moscú.
A las nueve de la mañana del día siguiente, Tretetsky se dirigió a sus hombres y les dijo: «El trabajo continúa. Comencemos. Todos deben trabajar intensamente, con entusiasmo. Y punto».
El KGB saboteó el tractor que los hombres habían estado utilizando en la excavación. Pero Tretetsky tenía ya contactos con la gente del lugar, de modo que una granja colectiva le prestó uno de sus tractores. Los trabajadores polacos estaban especialmente agradecidos y daban palmadas en la espalda a Tretetsky. Durante los dos días siguientes, soviéticos y polacos trabajaron en las fosas comunes mientras escuchaban en la radio las noticias que llegaban de Moscú. Lentamente, las noticias mejoraban. Cuando los hombres oyeron que el golpe militar estaba al borde del fracaso, parecieron trabajar más arduamente. Finalmente, la mañana del 21 de agosto, y tras el fracaso del complot y el posterior regreso desde Moscú a sus bases de las tropas, triunfantes y aliviadas, Tretetsky se dirigió a su gente. No soportaría la mentira un minuto más. Rehusó regresar al pasado, salvo para estudiar sus huesos.
«La investigación penal, ordenada por el presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Mijail Sergeyevich Gorbachov, continúa», gritó. A continuación, el coronel dio la orden y sus hombres comenzaron a cavar.



Fuente: https://laverdadofende.wordpress.com/2016/07/05/el-bosque-paginas-desde-la-tumba-de-lenin/

martes, 28 de junio de 2016

AMAR LA LIBERTAD, por Juan J. Molina






Siempre me he preguntado por qué los socialistas y los comunistas no predican con el ejemplo. Probablemente no existe un hábitat más propicio para experimentar estas ideologías, sin riesgo, que una democracia liberal. Nadie te obliga a no socializar tus ganancias con tus camaradas, ya sean familia, amigos, compañeros de partido o afines a esta forma de organización. Puedes compartir tus ganancias con el grupo y decidir de forma democrática, ya sea con asambleas o con otro tipo de método, cómo gastar los fondos priorizando aquellos objetivos que más importen a la mayoría, esto sería la versión socialista, existe la propiedad privada pero los medios de producción y los réditos serían colectivos. Pero se puede dar un paso más, también se pueden colectivizar las propiedades de manera que todo sea de todos y no exista la propiedad individual.
Por qué quienes predican esta forma de organización, absolutamente respetable siempre que no te obliguen a asumirla, sin embargo no la practican. Yo soy liberal y vivo como un liberal, gracias a que vivo en un sistema basado en los principios liberales donde la libertad individual es el eje sobre el que se vertebra la vida social, política y un poco la económica. Yo soy el dueño de mis medios de producción, de las riquezas que obtengo y de las propiedades que compro y les puedo asegurar que si vivo así, es porque las otras organizaciones sociales no me seducen. Si yo viera grupos sociales, a mis vecinos por ejemplo, viviendo en colectividad y les fuera como “Dios” no lo duden, yo sería el primero en pedir cita para entrar en el grupo. ¿Quién se resiste a vivir mejor? O a entrar en un club que mejora tus condiciones de vida de forma clara y contundente.
Se imaginan un mundo de países socialistas o comunistas vallados para evitar la entrada masiva de ciudadanos del mundo capitalista buscando esa sociedad colectivizada, donde todo es de todos y a nadie le falta de nada. Ese mundo podría ser tan real como el que tenemos ahora, esas formas de organización social podrían haber triunfado como lo han hecho, en buena medida, las formas basadas en la libertad del libre mercado y la propiedad privada. Pero la realidad es tozuda, las teorías que soportan todo sobre el papel, son en la práctica del día a día mucho más débiles. Algunos siguen creyendo hoy que es el mundo el que tiene que adaptarse a la teoría, craso error, la vida tiene sus propias reglas.

Quizás sea por eso que no encontramos socialistas o comunistas de verdad, en la casa de al lado, puerta con puerta que puedan demostrarnos lo bueno de su forma de organización y que terminen convenciéndonos de que los que estamos equivocados somos los demás, los que amamos la libertad con todas sus consecuencias. Y conste que la mayoría de nosotros, yo al menos, somos liberales con paracaídas, que buscamos la libertad pero con red abajo por si nos caemos. Son otros tiempos y los aventureros de la libertad se extinguieron cuando alguien mató a Dios y lo sustituyó por el Estado, pero cuidado, si ya nos costó siglos y sangre poner a la religión en su sitio, no cometamos el error de permitir que “Papa Estado” ocupe su lugar y nos tiranice de nuevo.

lunes, 20 de junio de 2016

EL ASALTO AL PODER

Dado que el “pueblo” es incapaz de hacer la revolución por sí mismo y que las “revoluciones” no ocurren solas, corresponde a la vanguardia —al partido-secta— preparar la toma del poder día a día con el fin de completarla tan pronto se den las condiciones propicias para ello.
Son esos principios básicos los que inspiran la actividad subversiva. El término revolución debe entenderse en un sentido amplio. La toma del poder político valiéndose de la insurrección armada o del golpe de estado son solamente dos entre una más amplia gama de métodos disponibles. Formas alternativas o complementarias de las anteriores van a ser la infiltración en instituciones gubernamentales para ponerlas al servicio de la conspiración, la victoria electoral “democrática” y la “transición pacífica” al socialismo, la ocupación militar del país o cualquier otra que sirva para alcanzar el poder.
Ahora bien. Para asaltar el poder es necesaria una degradación previa, constante y progresiva del tejido social. Una ocupación creciente de pequeños puntos que vayan extendiéndose como la gangrena. El objetivo es convertir una sociedad sana, fuerte e inexpugnable en un cuerpo enfermo, cansado y sin ánimos de resistir.
Clara está pues la tarea a realizar. Erosionar la sociedad por cualquier medio posible. Legal o ilegal, pacífico o violento, “político” o “militar”. Agitación y propaganda, infiltración, terrorismo, actividad política, organización partidaria y sindical, encuadramiento de la masa, organizaciones fachada… Resumida la actividad en tres palabras, se trata de separar, desarticular y encuadrar.
De acuerdo con el manual de A. Neuberg, Der Bewaffnete Aufstand (La Insurrección Armada) que sirvió durante el período de entreguerras a la formación de cuadros comunistas por la KOMINTERN —la Internacional Comunista creada por Lenin para extender la revolución comunista por todo el mundo— cuatro son los factores necesarios para estimar una situación como pre-revolucionaria.
El primer factor tiene que ver con la pérdida de la capacidad de mando por parte del gobierno puesto que los dos principales objetivos en toda contienda son la voluntad y la capacidad de lucha del enemigo. La merma de capacidad de mando gubernamental vendría manifestada por un gran deterioro tanto de los medios para la defensa como de la autoridad para imponer la legalidad y el orden público. Propia de esta situación es la pusilanimidad de los gobernantes para hacer frente a las amenazas que se ciernen —por ejemplo, la huida de Batista de Cuba en 1959—, la existencia de motines, insurrecciones y deserciones en las Fuerzas Armadas y en la policía —Rusia, 1917—, el establecimiento de guerrillas controlando partes del territorio, etc.
La segunda característica de una situación pre-revolucionaria aparece cuando el gobierno ha perdido su legitimidad entre amplias capas de la población. Existe coincidencia entre la opinión pública de que la situación es insostenible con un deseo generalizado de cambios radicales. Los ciudadanos están separados del gobierno.
Neuberg apuntaba como tercer factor la presencia de una grave crisis económica y social que afecte a una mayoría de gente. Esta crisis puede venir propiciada por la derrota en una guerra; por una depresión económica con cierres bancarios, altísimo desempleo y quiebras; por el brutal desajuste de las cuentas públicas que desemboque en devaluaciones, hiperinflación, controles de precios y el desabastecimiento de núcleos urbanos a veces acompañado con saqueos.; por el continuo hostigamiento de grupos terroristas, de la violencia callejera o de una imparable delincuencia, etc. La sociedad ha sido desarticulada.
Todo esto es inútil en términos de asaltar el poder si no se da el cuarto y último factor: La existencia de fuerzas insurgentes organizadas y preparadas para la toma del poder. En la jerga leninista, el encuadramiento de la masa está listo.
Para subvertir la sociedad todo vale. Tanto las actividades “legales” amparadas en las libertades democráticas —participación en elecciones y en cargos de representación política, propaganda y agitación legal, libertad de expresión, prensa y reunión— como las ilegales —terrorismo, espionaje, sabotaje, desinformación, bandolerismo— sirven a un mismo fin. En el leninismo los cambios que se produzcan en la línea del partido son meramente cambios tácticos. El fin último de dominación política completa no varía jamás. El ataque es a la vez legal e ilegal, ofensivo y defensivo, abierto y oculto.
Las principales actividades legales quedarían resumidas por el director del FBI J. E. Hoover en su libro Masters of Deceit (Maestros del engaño) en tres grandes epígrafes: campañas de agitación de masas, técnicas de infiltración y frentes amplios a través de organizaciones fachada. La organización del entramado ilegal la abordaremos en el siguiente artículo de la serie.
La función de la agitación sería explotar los agravios (reales o ficticios), esperanzas, aspiraciones, prejuicios, miedos e ideales de todos y cada uno de los grupos que conforman la sociedad desde el punto de vista religioso, económico, político o racial. La estrategia básica era que personas e instituciones no revolucionarias, bajo influencia conocida o no conocida de expertas manos comunistas, fueran ampliando la influencia del leninismo en el mundo. Cualesquiera intereses fragmentarios, no articulados, vagos debían ser convertidos bajo la guía del partido en un común denominador: apoyo a la línea del partido. La agitación siempre tenía preferencia frente a la propaganda. La propaganda, aunque valiosa, servía para debilitar al enemigo a largo plazo, y había de ser llevada a cabo principalmente en el ámbito de la “inteligentsia”. La agitación debía ser inmediata, inflamatoria, conducente a hacer crecer el descontento y quedaba en manos del activista organizador de campo. El propagandista tenía que hablar de la naturaleza capitalista de cada problema. El agitador selecciona un aspecto conocido del problema.
La agitación debía comenzar a través de la prensa afín —propia o infiltrada. Esta se encargaba de sacar un caso con entrevistas, historias familiares, muchos sentimentalismos y escasa atención a otras consideraciones que pudieran. Se debía hacer hincapié en cualquier característica que le convirtiese en miembro de alguna minoría “desfavorecida”: padre de familia numerosa, negro o emigrante, trabajador humilde, cualquier cosa que ampliase las posibilidades de que la agitación tuviera más atractivo.
A los pocos días había que decidir si debe continuar la campaña. El partido tenía que convertirse en el auto designado recolector de “víctimas”, “agravios”, “linchamientos”, “cazas de brujas”, “brutalidad policial con minorías”, “guerras injustas”. Los cánones que iban a utilizarse para decidir si se continuaba con un determinada campaña eran los siguientes: ¿era posible influenciar a un gran número de personas a través de la misma?; ¿estaba implicada alguna autoridad —mejor cuanto más importante y opuesta al comunismo fuera— que pudiera ser debilitada o calumniada?, ¿podían salir fortalecidos otros proyectos comunistas que estaban siendo llevados a cabo en ese momento?, ¿podía el partido conseguir reclutamiento a través de esta campaña?, ¿podían obtenerse fondos para el Partido?
Si se optaba por la continuación de la campaña, el siguiente paso solía la creación del Comité o Plataforma XYZ: un frente comunista recién creado comenzaba una febril actividad. Se daba así la sensación de intereses organizados y peticiones concretas, enmascarándose la participación comunista. Para atraer la atención se utilizaban diversas fórmulas: testimonios de solidaridad, declaraciones de prominentes simpatizantes (declarados y no declarados) con “títulos” importantes. La agitación de masas siempre ha sido la forma más efectiva de conseguir el apoyo de los no comunistas. “Si fulano (por ejemplo un religioso) apoya a esta organización (una ONG) es que debe de ser buena”. El primo o infiltrado de turno se convierte en una estación trasmisora de control de pensamiento para el partido leninista. Por ello los comunistas siempre han estado ansiosos por conseguir el apoyo de doctores, profesores, clérigos y demás personas que puedan gozar de respeto moral o intelectual. Cuanto más conocida sea la persona, mejor. Otra técnica favorita es la de peticiones firmadas, cartas a los mandatarios o a los periódicos, mítines o concierto de apoyo y solidaridad.
Toda campaña iba destinada a presentar a los revolucionarios dentro de amplios frentes como “adalides” de las aspiraciones y reivindicaciones de la gente, como seres “progresistas”, “ilustrados” y “humanitarios”. La ilusión debía de ser: “Defendemos la libertad y la justicia allí donde nadie más está interesado en hacerlo”. El objetivo real era por el contrario preparar al partido y al resto de la sociedad para la toma del poder. Los miembros del partido ganaban experiencia en la guía de masas, se conseguía la radicalización de una parte de la sociedad al ir sembrando las semillas del descontento, así como debilitar, dividir y neutralizar la oposición y la capacidad defensiva institucional (judicial, militar, policial) del estado.
La infiltración consistía en introducir a miembros del Partido en organizaciones no-partidistas con el fin de utilizarlas para ejercer influencia a favor de la subversión. Las organizaciones infiltradas pasaban a formar parte de un amplío frente que incluía, además del partido, al resto de organizaciones fachada. El Caballo de Troya fue el modelo que citó Dimitroff en su alocución ante la séptima edición de la KOMINTERN.
Los objetivos de infiltración más importantes tenían como destino los sindicatos, la función pública, el gobierno, el ejército, las asociaciones civiles, científicas y religiosas y los medios de comunicación. El objetivo último es poner a todos ellos al servicio de la intriga. En todo caso se trataba de que la organización infiltrada acabase sirviendo —total o parcialmente— a los intereses del partido en fines tales como: declaraciones públicas de apoyo de la organización a candidatos políticos afines, implicar a la organización en las campañas de agitación y propaganda, destinar-desviar fondos de la organización para miembros o causas apoyadas por el partido, apoderarse del boletín o periódico de la organización, enviar delegados comunistas bajo la fachada de la organización a convenciones, sínodos y a atender a medios de comunicación que requieren la opinión de la “prestigiosa” organización en algún asunto de actualidad.
Las organizaciones completamente infiltradas y las creadas por los comunistas con pretextos fachadas acabarían constituyendo todo un amplio frente de organizaciones-fachada. Las organizaciones-fachada han constituido probablemente la táctica comunista de más éxito a la hora de captar el apoyo de los no comunistas desde que el finlandés Otto Kuusinen propusiese su creación a gran escala a comienzos de los años 20. Ha sido la vía idónea para influenciar el pensamiento y el comportamiento de millones de no-comunistas.
El número de organizaciones-fachada creados y controlados por el comunismo siempre ha sido impresionante. Los servicios que esas organizaciones acaban prestando al comunismo son incalculables. Desde apoyar las campañas de agitación y recaudar fondos para el movimiento hasta aportar ponentes, contertulios o entrevistables para toda clase de organizaciones no comunistas y medios de comunicación. Verdaderamente es asombroso el número de solicitudes e invitaciones de conferenciantes y “expertos” que siempre han recibido estas organizaciones fachada, especialmente en cuestiones de “derechos civiles”, “paz”, “cooperación internacional y subdesarrollo” o “temas de “medio ambiente”.
Las organizaciones-fachada también utilizan sus publicaciones para hacer avanzar la causa leninista dándole cobertura y avalándola con su aura de prestigio, ceden sus locales y sus presupuestos para la realización de reuniones, conferencias, jornadas, mítines. Presionan para que se apruebe determinada legislación o para oponerse a otra que va a discutirse. Consiguen influenciar a personas que desempeñan puestos importantes y a las que el partido no puede llegar por otras vías, etc.
Las organizaciones-fachada no operan de forma aislada, sino como parte integrante de un enorme frente amplio interconectado. Una de las principales “virtudes” del frente y de sus organizaciones fachada es su alto grado de flexibilidad. Igualmente las organizaciones fachada pueden integrarse en macro frentes y también rebautizarse. Por ejemplo las “Asociaciones contra el Fascismo” pasaron a ser “Asociaciones por la Paz” (¿les suena el nombre?) tras el pacto nazi-comunista para repartirse Polonia.
Fuente: https://laverdadofende.wordpress.com/2016/06/11/el-asalto-al-poder/

viernes, 8 de abril de 2016

16 cosas que no podías hacer en la URSS

 
1- Criticar al partido comunista o a alguno de sus líderes
2- Irte de la URSS o hacer turismo por las repúblicas soviéticas: Lo primero imposible. Lo segundo muy limitado.
3- Protestar porque padre de la patria os mandase a todos los de vuestra étnia o cultura a otra parte del país.
4- Fundar un partido político
5- Crear una empresa, vender tus servicios o el producto de tus manos. Ser capitalista, la economía privada, estaba prohibida.
6- Vivir donde quieras: Tenías que pedir permiso para empadronarte, pudiéndosete denegar. A veces tenías que recurrir al soborno (y no especialmente barato).
7- Comprar un piso: no había mercado de la vivienda. Te dejaban una casa de 30m2 para 5 y si érais más a lo mejor con suerte al cabo de 10 años de vivir apiñados te dejaban una casa de 50m2. A los afortunados les dejaban un trozo de tierra para que se construyesen una dacha o un chamizo con sus ahorros. Por cierto, te dejaban la casa en usufructo. A la caida del Comunismo, estas casas fueron cedidas en propiedad a sus usufructuarios. También había una gran corrupción: para poder acceder a una casa te tenías que empadronar y muchas veces no te dejaban empadronarte si no sobornabas a los funcionarios (ver punto 6).
8- Tener un dormitorio: las casas eran tan pequeñas que no existía (y todavía no existe) el concepto de dormitorio, o habitación para dormir, por lo que el 99% de los rusos dormía (y todavía duerme) en sofás cama o en un colchón tirado en el suelo.
9- Comprar papel higiénico: por alguna extraña razón y pese a ser un producto de primera necesidad casi nunca había, así que se reciclaban periódicos y manuscritos tirados a la papelera para usarlos como papel higiénico. También el poco papel higiénico que había se guardaba como tesoro por si algún día no hubiese en la tienda.
10- Comprar un coche: los últimos planes quiquenales, orientados a los bienes de consumo incluían coches. Si tenías unos cuantos rublos ahorrados, podías comprarte un coche o una televisión.
Comprar productos diferentes: casi toda la producción estaba destinada a lo básico, así que habría dos marcas de leche, dos de zapatos, etc. Había pocos productos, de baja calidad y muy básicos.
11- Comprar ropa o productos de calidad: normalmente la ropa, armarios y otros productos de calidad venían de la RDA, Checoslovaquia o Hungría. La producción rusa era muy pobre.
12- Creerte las noticias: todo estaba manipulado.
13- Reclamar derechos individuales: El individuo no cuenta. Tus derechos no cuentan. Lo que cuenta es la mayoría, la masa. Si para el bien de la mayoría tú tienes que ir andando, tendrás que ir andando. No tienes derecho a tener más que unas pocas propiedades (ropa, ahorros, etc.) y no puedes quejarte. Olvídate de tener derechos.
14- Dejar tu trabajo: en Koljoses y Sovjoses no podías dejar tu trabajo e irte a la ciudad a trabajar de otra cosa sin permiso de la autoridad, convirtiéndote técnicamente en un esclavo. Los movimientos de otros tipos de trabajadores también estaban controlados y para ir a trabajar a otra ciudad te tenían que dejar empadronar (ver punto 6), y si no te dejaban, no podías trabajar allí.
15- Vestir ropas coloridas: podrías pero llamarías la atención. El mundo soviético era casi monocromático, tonalidades de gris, rojo. Vestir con algo amarillo, rojo, azul o naranja llamaría la atención. Diría tres cosas de tí: a) eras extranjero, b) la ropa era importada o c) eras alguien importante.
16- Cambiar u ocultar tu vida laboral: Toda tu vida laboral está escrita en la Трудовая книжка (trudovaya snishka) por lo que si alguna vez llegaste tarde, te peleaste con tu compañero, bebiste o robaste, eso ya estára de por vida en tu historial y no lo podrás cambiar. La “trudovaya snishka” es un librito que tu empleador guarda y en él escribe cositas como cuando en el colegio tus profesores escribían en tu cartilla las notas, el comportamiento y el progreso. Bueno, pues aquí lo mismo. En la “trudovaya snishka”, que todavía existe en Rusia (un vestigio que quieren eliminar), el empleador escribe los ascensos, descensos, faltas, despidos, etc.
Cuando cambias de trabajo tienes que pedirle la “trudovaya snishka” a tu empleador y dársela a tu nuevo empleador. Afortunadamente, en la entrevista no te la piden, pero cuando vayan a contratarte si que te la pedirán y entonces ahí descubren que hace 10 años te despidieron de tal trabajo, o que esa experiencia que dijiste que fueron 2 años no existe, o que ese puesto que dijiste que habías ocupado no lo has ocupado.
En definitiva, un ejemplo de cómo el Estado tutelaba a los trabajadores. Es decir, si hace 10 años tú tuviste un problema de alcoholismo y te despidieron, aunque te hayas rehabilitado esa falta pesará para toda la vida en tu historial. Y lo peor de todo: no podrás mentir para empezar una nueva vida.
FUENTE: https://laverdadofende.wordpress.com/2016/04/04/16-cosas-que-no-podias-hacer-en-la-urss/

sábado, 19 de marzo de 2016

La gran pieza de artillería contra el comunismo, por CARLOS ALBERTO MONTANER

Hace 40 años el disidente ruso Aleksandr Solzhenitsyn visitó España. Concedió una entrevista memorable, en la que describió los horrores del Gulag.



En marzo de 1976 el Premio Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn aterrizaba en España. Pasó aquí diez días, dos de ellos en Madrid. El día 20 visitó el plató de "Directísimo" para ser entrevistado por el periodistaJosé María Iñigo, que también le había llevado a ver una corrida de toros a la Plaza de las Ventas. Solzhenitsyn no tuvo dudas en afirmar que prefería el franquismo al comunismo. Sabía de lo que hablaba, había estado preso en un gulag, un campo de concentración ruso, durante ocho años y luego desterrado.
En el año 1980 el escritor y periodista cubano Carlos Alberto Montaner publicó el libro De la literatura considerada como una forma de urticaria (Playor), una polémica, apasionada y apasionante visión de las letras y la cultura de España y América Latina. En este libro hay un capítulo dedicado a los "Disidentes"; el primero de ellos, a Solzhenitsyn. A continuación reproducimos parte de ese texto, una lección magistral sobre el modus operandi del cominismo y sus consecuencias.
I
¿Por qué Solzhenitsyn?
Reflexionemos un instante:¿por qué la Unión Soviética paga el terrible descrédito de expulsar a Solzhenitsyn?¿Existía la más remota posibilidad de que el régimen o el sistema se perjudicasen con las publicaciones en el extranjero del escritor ruso? Supongamos que, efectivamente, sus obras servían de propaganda anticomunista: ¿no es infinitamente más negativo acosarlo primero y luego desterrarlo? ¿No es esa la más formidable campaña anticomunista?¿Son tan torpes realmente losmarxistas, o será para que responden a las inexorables consecuencias de la lógica interna del sistema?
Los tiros van por esta última hipótesis. Hay sistemas que no puedenaceptar que se denuncien sus contradicciones y señalen sus defectos. ¿Por qué los comunistas o los fascistas se sienten precisados a silenciar a los disidentes? ¿Qué fuerza interna lo obliga perseguir a los "herejes", aplastarlos y esconder sus cadáveres bajo la alfombra?
¿Por qué Rusia deporta a Solzhenitsyn y Cuba humilla y doblega a Padilla? ¿Por qué la Inquisición católica -cuando el cristianismo era cosa de este mundo- aterroriza a Galileo y la protestante incinera a Servet? No se trata, simplemente, de la brutalidad del sistema. La brutalidad es sólo la herramienta -utilizada, a veces, con una vergonzosa mala conciencia- que las urgencias íntimas del sistema. Lo que está incurablemente enfermo es el sistema mismo, es decir, su aberrada dialéctica interna. Hoy es Solzhenitsyn, ayer fue Mayakovsky.
El comunismo y el fascismo postulan una interpretación total del hombre. Son ideologías absolutas. Cosmovisiones exclusivas y excluyentes montadas sobre ciertas creencias que no pueden ponerse en duda so pena de desarticular toda la armazón teórica. Estas creencias -todo el cuerpo doctrinal- pretenden derivarse científicamente del análisis correcto de la realidad, y no dejan, por lo tanto, margen al error. Note el lector -esos hipotéticos y escasos lectores con quienes gusta monologar todo escritor- dónde comienza a trabarse el mecanismo y por qué luego no permite otra opción que la fuerza bruta: marxistas y fascistas han descubierto la Verdad, con mayúscula.
Pero luego se percatan de que las cosas no ocurren de acuerdo con los libros. Pese a Santo Tomás -es decir, pese Aristóteles-, la Tierra sí gira alrededor del Sol, y cuando Copérnico y Galileo lo señalan, los inquisidores, acosados por la evidencia, no ven otra salida que amenazar el segundo con asarlo a la brasa si no se retracta. Cuando Solzhenitsyn muestra que en la patria de los trabajadores se mata y tortura con más rigor que en la propia época del Zar, cuando anota las tremendas contradicciones del sistema, cuando mide la distancia sideral entre la teoría y la práctica comunista, ocho policías lo montan en un avión -no podían, dada su fama, barrer el cadáver bajo la alfombra- y lo expulsan del país. Había pisado la zona prohibida, la franja intocable de las ideologías absolutas, delincuentes que cuando son sorprendidos en los lugares de las contradicciones matan para poder escapar. La realidad tieneque adaptarse los presupuestos teóricos, y si un espíritu observador nota alguna incongruencia, hay que liquidarlo en el acto. Sobre esta inversión monstruosa de la secuencia observación-análisis esta montada la necesidad del terror.
En los sistemas totalitarios hay que impedir, por todos los medios, que asomen las contradicciones. Por una parte, una espesa cortina de propaganda: los obreros son felices y bien remunerados; los niños, radiantes y saludables; las autoridades, eficientes y corteses; las fábricas producen a pasto y el sistema demuestra, a cada minuto, sus infalibles bondades. El sistema se autoverifica constantemente. Por la otra -mal "necesario"- aplasta a la oposición, se desmiente e insulta a los inconformes, se les silencia y se les humilla. Porque, claro, no sólo no tienen razón, sino además son agentes del enemigo, saboteadores a sueldo, locos que deben ingresar en manicomios y mentes sucias enfermas. ¿No es obvio que la demencial propaganda a favor de las virtudes del sistema, y la implacable persecución del que las niegue, demuestra el desesperado esfuerzo por ocultar el divorcio entre la realidad y la teoría?¿A qué viene ese incesante, monótono martilleo en los logros del sistema? ¿Por qué el cine, las artes plásticas, la educación, la literatura, tienen que dedicarse a verificar los textos sagrados?¿Por qué esa pasión neurótica? Pues, precisamente, porque hay que ocultar el fracaso, aunque sea matando.
II
Solzhenitsyn en Europa
Sus ojitos profundos, la gesticulación exagerada, la cabellera larga y despoblada, acentuaron el signo religioso en su discurso. Se ha dicho: Solzhenitsyn es un místico. Un apóstol con trompeta y carro de fuego. Es Jeremías, que nos viene con la muy factible historia de que el lobo está cerca. Y está tan cerca que los italianos y los franceses a lo mejor tienen que contar con él para gobernar.
Solzhenitsyn se ha convertido en el cañón Berta de las democracias europeas. La gran pieza de artillería contra el comunismo. Hace una semanas, en Francia, electrizó a los televidentes con una emocionara comparecencia. Después le tocó el turno a España. Llegó cargado de arrugas, de penas, de fuego patriótico, y les contó a los españoles de viva voz, débilmente traducido por un murmullo indigno de su pasión, la tragedia inmensa de su país. No convenció.Los árboles antifranquistas impidieron que se viera el bosque. Fue un error afirmar que los españoles, comparados con los rusos, no saben lo que es una dictadura. Aunque sea cierto, esto jamás aceptarán los españoles por una simple y biológica razón de que la única muela que puede doler es la propia.
No existe mayor dolor que el propio, puesto que el ajeno es siempre figurado, simulado, distante. Pura imaginación. Al español convencido de que el franquismo ha sido una horrenda pesadilla de palo y tentetieso, no le cabe en la cabeza que Franco era una monja clarisa comprado con Stalin. Y si no le cabe en la cabeza, lo político es no compararlos porque las comparaciones -como decían nuestras abuelas- son odiosas. Y más si se compara con metros de alambres de púas y el peso de grilletes. No hay grillete mayor que el que lastima mi tobillo.
Fuente: http://www.libertaddigital.com/cultura/libros/2016-03-19/carlos-alberto-montaner-sobre-aleksandr-solzhenitsyn-en-espana-la-gran-pieza-de-artilleria-contra-el-comunismo-1276570172/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook