Juan J. Molina

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jueves, 21 de julio de 2016

El Bosque – Paginas desde la tumba de Lenin

El golpe del bosque
El coronel Alexander Tretetsky, de la Oficina del Fiscal Militar de la Unión Soviética, llegó un caluroso día de verano a su último lugar de trabajo: una serie de fosas comunes situadas en un bosque de abedules a unos treinta kilómetros de la ciudad de Kalinin. El coronel y sus ayudantes iniciaron la jornada excavando y hurgando la tierra en busca de indicios del régimen totalitario (cráneos perforados por balas, botas carcomidas por los gusanos, restos de uniformes militares polacos).
Esa mañana, antes de partir al trabajo, habían escuchado por la radio y la televisión las alarmantes noticias provenientes de Moscú: Mijail Gorbachov había «renunciado» por «razones de salud». El Comité Estatal para Estados de Emergencia había asumido el poder, prometiendo orden y estabilidad. Pero ¿qué se podía hacer? Kalinin estaba varias horas al norte de Moscú en tren y muy lejos de rumores y noticias. De modo que Tretetsky, como casi todo el mundo en la Unión Soviética esa mañana del 19 de agosto de 1991, fue a trabajar como si fuera un día común y corriente.
La excavación en el bosque situado en las afueras de Kalinin era un proyecto inhumano. Medio siglo atrás, y bajo órdenes directas de Stalin, verdugos del NKVD asesinaron a quince mil militares polacos y arrojaron los cuerpos en hileras de fosas comunes. La operación en Kalinin, Katyn y Starobelsk, que duró un mes, fue parte del intento de Stalin por iniciar la dominación de Polonia. Esos jóvenes oficiales se contaban entre los hombres con el más alto nivel de educación de Polonia, y para Stalin representaban una amenaza potencial; eran futuros enemigos. Durante décadas, Moscú culpó a los nazis de la matanza, afirmando que los alemanes habían llevado a cabo la masacre en 1941, y no el NKVD en 1940. La maquinaria de propaganda del Kremlin sostuvo dicha historia en conferencias, negociaciones diplomáticas y en la literatura, entretejiéndola con la vasta red formada por la ideología y la historia oficiales que sostenían al régimen y su imperio. Para el Kremlin, la historia era un asunto tan serio que creó una gran burocracia para controlarla, para tergiversar su lenguaje y su contenido, de modo que las purgas arbitrarias y asesinas pasaran a ser «triunfos sobre enemigos y espías extranjeros» y el tirano reinante, un «Amigo de Todos los Niños, la Gran Águila de las Montañas». El régimen creó un imperio que semejaba una gran sala, con puertas y ventanas cerradas. Todo libro o periódico permitido en la sala contenía la versión oficial de los acontecimientos, mientras la radio y la televisión propagaban día y noche la línea única. Aquellos que servían lealmente la versión oficial eran proclamados y presentados como «académicos» y «periodistas». En las ciudadelas del Partido Comunista, del Instituto Marxista-Leninista, del Comité Central y de la Escuela Superior del Partido, los sacerdotes de la ideología se apartaban a su antojo de los dogmas. En todas partes había secretos. El KGB fue tan escrupuloso a la hora de mantener sus secretos que edificó sus residencias de vacaciones en la villa de Mednoye, cerca de Kalinin, donde habían sido ejecutados y enterrados en fosas comunes los oficiales polacos; era la mejor manera de vigilar los huesos.
Pero algo había cambiado ahora, y radicalmente. Tras cierta vacilación inicial al comienzo de su mandato, Gorbachov decretó que había llegado el momento de llenar los «espacios en blanco» de la historia. Dijo que ya no sería posible echar la vista atrás utilizando «gafas con cristales tintados de color rosa». Al principio su retórica fue cautelosa. No osó criticar a Lenin, el semidiós del Estado. Pero, a pesar de la vacilación, su decisión más importante sería la recuperación de la memoria histórica, decisión que precedía a cualquier otra, pues sin una completa y descarnada revisión del pasado —la admisión de los crímenes, la represión y la bancarrota—, el verdadero cambio y, mucho más aún, la revolución democrática, resultaban imposibles. El retorno de la historia a la vida personal, intelectual y política significó el comienzo de la gran reforma del siglo xx y, le gustara o no a Gorbachov, el colapso del último imperio sobre la Tierra.
Para los polacos, las matanzas de Kalinin, Starobelsk y Katyn habían representado durante décadas el símbolo de la crueldad y del puño imperial de Moscú. Para un polaco, la simple suposición de que la Unión Soviética fuera responsable de las masacres representaba un acto radical e incluso suicida, pues revelaba claramente su posición. La «amistad de los pueblos», la relación entre Moscú y Varsovia, estaba basada en la violencia, el dominio del invasor sobre su satélite. Incluso Gorbachov sabía que admitir la matanza era debilitar a los comunistas polacos. Pero en 1990, con Solidaridad en el poder, Gorbachov pensó que había poco que perder. Durante una visita del general Wojciech Jaruzelski a Moscú, Gorbachov aceptó finalmente la culpabilidad de Moscú y puso en manos del gobierno polaco un enorme legajo de archivos acerca de las masacres de Katyn, Starobelsk y Kalinin.
Poco tiempo después del mea culpa del Kremlin, comenzaron las excavaciones. Trabajando conjuntamente con soldados del ejército soviético y voluntarios polacos, el coronel Tretetsky inició su trabajo en Mednoye, el 15 de agosto de 1991. Tretetsky, un oficial de carrera cuarentón de bigotes delgados y mejillas rosadas, había pasado ya varios meses descubriendo fosas en Starobelsk. Con cada nueva fosa crecía el sentimiento de haber sido engañado. Él había creído profundamente en el comunismo y en la Unión Soviética. Sirvió primero en la marina, para luego, después de estudiar leyes en Ucrania, enrolarse definitivamente en el ejército. Estuvo destinado casi cuatro años en Alemania Oriental e incluso se ofreció como voluntario para ir a Checoslovaquia en 1968, año en que la Unión Soviética aplastó la «Primavera de Praga».
«Fui un necio —dijo Tretetsky—. Creí en todo eso. A la menor señal, habría dado mi vida por la madre patria.»
Elevó una petición al ejército para ser enviado a Afganistán, donde sirvió desde 1987 hasta 1989. Tretetsky regresó a Moscú tan solo para sentir el sabor amargo de la verdadera historia del país acerca del cual sabía tan poco. Fue asignado a la Oficina del Fiscal Militar, que llevaba a cabo investigaciones masivas para la rehabilitación de gente que hubiera sufrido represión durante los últimos setenta años. Lentamente se fue enterando de los hechos más negros de la historia soviética: las purgas, la matanza de oficiales polacos o el sangriento ataque del ejército contra manifestantes pacíficos en Novocherkassk en 1961.
Una vez a cargo de las excavaciones, primero en Starobelsk y luego en Mednoye, Tretetsky se entregó a su trabajo con pasión y acuciosidad. En Mednoye supo exactamente dónde cavar y qué buscar. Había interrogado ya a un lugareño, un oficial retirado de la policía secreta, que había cooperado en 1940 para hacer cumplir las órdenes de Moscú. Vladimir Tokaryev estaba ciego y tenía ochenta y nueve años de edad cuando la historia fue a su encuentro, pero su memoria estaba fresca. Sentado junto a Tretetsky, y frente a una cámara de vídeo, describió cómo su unidad de la policía secreta tiroteó a oficiales polacos en el bosque cerca de Kalinin; doscientos cincuenta por noche, durante un mes.
Los verdugos, dijo Tokaryev, «trajeron una maleta llena de revólveres alemanes del tipo Walther 2. Se consideró que nuestras armas soviéticas TT no eran suficientemente fiables. Tendían a recalentarse con el sobreuso … Estuve allí la primera noche de las ejecuciones. Blojin fue el verdugo principal junto con otros treinta, chóferes y guardias del NKVD en su mayoría. Mi chófer, Sujarev, por ejemplo, fue uno de ellos. Recuerdo a Blojin diciendo: “Adelante, vamos”. Se puso luego su uniforme especial para la tarea: sombrero, delantal de cuero y guantes de cuero marrón hasta más arriba de los codos. Eran su terrible creación. Me hallaba frente a un verdugo.
»Llevaron uno a uno a los polacos a lo largo del pasillo, doblaron a la izquierda y los introdujeron en el “rincón rojo”, la habitación de descanso del personal de la prisión. A cada hombre se le preguntó el apellido, el nombre y el lugar de nacimiento, lo justo para identificarlo. Se les llevó, individualmente, a la habitación contigua, que estaba aislada acústicamente, y se le disparó en la nuca. No se leyó absolutamente nada, ni sentencia judicial ni de comisión especial alguna.
»Hubo trescientas ejecuciones aquella primera noche. Recuerdo a mi chófer, Sujarev, jactándose de la ardua jornada de trabajo que había tenido. Pero había sido demasiado, pues era ya de día en el momento de finalizar la tarea y existía una disposición que establecía que todo debía llevarse a cabo en la oscuridad. De modo que el número de ejecuciones se redujo a doscientas cincuenta por noche. ¿Cuántas noches duró? Calcúlelo usted mismo: seis mil hombres a razón de doscientos cincuenta por noche. Incluidos los fines de semana, suma alrededor de un mes, todo abril de 1940.
»Yo no participé en los asesinatos. Jamás estuve en la sala de ejecuciones. Pero tuve que poner a mis hombres a disposición de esa gente. Recuerdo a algunos de esos polacos. Un hombre joven, por ejemplo. Sonreía como un niño. Le pregunté cuánto hacía que estaba en la policía fronteriza. Contó con los dedos. Seis meses. ¿Qué hacía allí? Era telefonista.
»Blojin se aseguraba de que a nadie le faltara su provisión de vodka todas las noches al finalizar el trabajo. Cada atardecer lo traía en cajas a la prisión. No bebían absolutamente nada antes o durante las ejecuciones, pero antes de retirarse a casa todos tomaban algunas copas.
»Les pregunté a Blojin y a los otros dos: “¿No se requerirá un equipo de gente para cavar seis mil sepulturas?”. Se rieron de mí. Blojin dijo que había traído un buldózer de Moscú y a dos hombres del NKVD para manejarlo. De modo que los polacos muertos eran sacados por la puerta trasera de la sala de ejecuciones, cargados en camiones cubiertos y trasladados al lugar de sepultura. El sitio fue seleccionado personalmente por Blojin. Era cerca del lugar donde los oficiales del NKVD tenían sus casas de campo, cerca de mi propia casa, cerca del pueblo de Mednoye, a unos treinta kilómetros de Kalinin. Las fosas que cavaban tenían entre ocho y diez metros de largo, lo suficiente para albergar doscientos cincuenta cuerpos cada una. Cuando todo terminó, los tres hombres de Moscú celebraron un gran banquete. Insistieron retiradamente en que asistiera. Rehusé».
Una y otra vez el ciego tendía a culpar a «los otros», negando la importancia de su propia participación; una bestia no menos cruel y gentil que Eichmann en Jerusalén. Pero esta vez la cuestión no era Tokaryev. Como tampoco lo eran los verdugos. Hacía ya mucho que Blojin y tres de los otros se habían suicidado después de enloquecer. La cuestión era que los historiadores, fiscales, archivistas y periodistas, a donde iban, descubrían que el legado del poder soviético era, en el mejor de los casos, tan trágico como todo lo que habían oído de las «voces prohibidas»: El archipiélago gulag de Solzhenitsyn y los Relatos de Kolimá de Shalamov. Ahora no había libros ni voces prohibidas. Recuperar el pasado, ver tal cual las pesadillas de setenta años, era un impacto casi insoportable. Mientras se aceleraba el retorno de la historia, la televisión mostraba constantemente documentales sobre el degollamiento de los Romanov, la colectivización forzosa del campo y los juicios. Las revistas literarias mensuales, los semanarios e incluso los periódicos estaban plagados de reportajes sobre las últimas desgracias históricas: la cantidad de asesinados y encarcelados; el número de iglesias, mezquitas y sinagogas destruidas; cuánto saqueo y despilfarro. Bajo esta avalancha de recuerdos, al cabo de un tiempo la gente se manifestó cansada y hasta aburrida. Era más bien el dolor de recordar, el impacto del reconocimiento, lo que les perseguía. «Imagínese ser adulto y tener que absorber toda la verdad acerca del mundo que le rodea, y aún más, una verdad venida de fuera de su propia tierra, en cosa de uno, dos o tres años —dijo el filósofo Grigori Pomerants—.
El país completo está en un estado de desorientación masiva.»
La gente del Partido Comunista, los dirigentes del KGB, los militares y los millones de funcionarios provinciales que crecieron bajo una historia falsa no podían soportar la verdad. No es que no la creyeran. Conocían los hechos del pasado mejor que cualquier otro. Pero la realidad ponía en tela de juicio su propia existencia, su bienestar, sus privilegios. Su derecho a un despacho decente, a un trozo de carne, el mes de vacaciones en Crimea, todo dependía de un descomunal engaño social, de la ignorancia forzosa de 280 millones de personas. Yegor Ligachov, figura conservadora del Politburó hasta su retiro obligado en 1990, me dijo en tono lastimero que cuando la historia había sido arrancada de las manos del Partido Comunista, cuando los profesores universitarios, los periodistas y los testigos comenzaron a publicar y difundir sus propias versiones del pasado, «en el país se creó una atmósfera sombría. Alteró las emociones de la gente, su genio, su eficiencia en el trabajo. De la noche a la mañana se les arroja encima todo lo negativo del pasado. Los temas patrióticos han sido dejados de lado, han sido agotados. La gente anhela algo positivo, algo destacable; incluso nuestras propias figuras culturales han publicado más mentiras y patrañas antisoviéticas que las que nuestros propios enemigos occidentales publicaron en total durante los últimos setenta años».
Cuando la historia dejó de ser instrumento del Partido, este quedó condenado al fracaso. La historia demostró precisamente que el Partido estaba podrido hasta el alma. Los ministros, los generales y losapparatchiks que organizaron el golpe militar de agosto de 1991 se reunieron muchas veces de forma secreta en casas de seguridad del KGB, en las afueras de Moscú, para analizar la ruina de su Estado. Se habló de la necesidad de orden, de la necesidad de revertir de algún modo el declive del Partido. Estaban tan engañados acerca de su propio país que creyeron incluso que podrían detener el retorno a la historia. Lo detendrían con un decreto y un par de divisiones de tanques. Las excavaciones en Mednoye y en los demás sitios donde tuvo lugar la matanza de polacos no eran una excepción. Los golpistas harían lo posible por detener el trabajo. Mucho antes del golpe militar, Valery Boldin, el jefe de gabinete de Gorbachov y uno de los principales confabuladores en el golpe de agosto, intentó atenuar el daño transfiriendo secretamente muchos documentos sobre el caso desde la Sexta División de los archivos del Comité Central al «archivo presidencial», que estaba bajo su control. Este pequeño paso no ayudó en nada. Boldin y el resto de los conspiradores estaban ahora preparados para eliminar todo aquello que los comprometiera. Detendrían el retorno de la historia. Harían retroceder el tiempo. Una vez más, el miedo constituiría la esencia del Estado.
El día del golpe, los hombres de Tretetsky, tanto soviéticos como polacos, intentaron concentrarse en el trabajo. Descubrieron viejas sepulturas y lavaron los fragmentos de huesos y cráneos. A medida que les llegaban las noticias del golpe militar, se les hacía más difícil concentrarse. Los soldados de Tretetsky oyeron incluso que las tropas desplegadas en las calles de Moscú pertenecían a su propia división, la División Kantemirovskaya. Encendieron un televisor en una de las carpas cercanas al lugar de trabajo y descubrieron caras familiares. Vieron a sus amigos sentados sobre unidades armadas para el transporte de tropas cerca del Kremlin, fuera del Parlamento ruso y en las principales calles de la capital.
«El clima era pésimo —recuerda Tretetsky—. Llovió casi sin parar, de modo que para secar los fragmentos de uniforme tuvimos que ponerlos en las carpas, encender una estufa y mantener la carpa abierta para que circulara el aire.» El equipo trabajó hasta avanzada la tarde, hasta que Tretetsky les indicó: «Es todo por hoy». Fue todo lo que les dijo.
Durante el día entero, Tretetsky había estado recibiendo llamadas telefónicas del cuartel central del mando del KGB en Kalinin. El general del KGB destacado allí, Viktor Lakontsev, advirtió a Tretetsky de que la excavación «ya no era necesaria», de que el trabajo debía detenerse y de que debía regresar inmediatamente al cuartel general. Tretetsky se negó, diciendo que el trabajo debía continuar según estaba planeado. Afirmó que iría al cuartel general del KGB solo una vez finalizada la jornada. A pesar de su proceder temerario, Tretetsky sentía miedo. «Sabía que había problemas», dijo.
Aquel atardecer, Tretetsky fue conducido bajo custodia del KGB a la oficina de Lakontsev en Kalinin.
El trabajo debía detenerse, insistió Lakontsev. «De no ser así —dijo— no podemos garantizar su seguridad, o la de los trabajadores polacos.»
A Tretetsky no le quedó más que reír. A lo largo de su trabajo en Starobelsk y Mednoye, siempre hubo hombres del KGB en el lugar («observadores», se denominaban a sí mismos). Los trabajadores les llamaban «nuestros observadores de las Naciones Unidas».
Tretetsky no cedería. «Sobre mi cadáver», pensó para sí. Le planteó a Lakontsev su negativa del modo más sutil. Le dijo que si había dudas sobre los polacos, él se responsabilizaría de su seguridad. Los polacos podrían pernoctar en las carpas junto con las tropas del ejército soviético en lugar de hacerlo en la ciudad.
«La investigación no puede detenerse —dijo Tretetsky—. ¿Qué les diría a los polacos? Debo hablar con mi jefe. Esto no es un asunto sencillo.» Para sus adentros, Tretetsky pensó: «Lakontsev es un jefe importante, en cambio, ¿yo quién soy?».
Al regresar al campamento, Tretetsky llamó a Moscú y se le respondió que no existía orden alguna de detener el trabajo. Se sintió aliviado. Exhausto, se fue a dormir a su carpa. No mucho después, sin embargo, fue despertado por el comandante de las tropas del ejército, quien dijo que había llegado una orden de Moscú: los soldados debían regresar a la base de Kantemirovskaya, en la ciudad de Naro-Fominsk, en las afueras de Moscú.
—Escúcheme, Viktor —dijo Tretetsky al comandante—, esta es una orden verbal, ¿cierto?
—Exacto.
—Y para traer a sus hombres aquí usted tenía una orden escrita.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué debe obedecer?
Las tropas permanecieron donde estaban. El KGB había intentado engañar a Tretetsky, pero había fracasado. Jamás existió orden alguna de la Oficina del Fiscal Militar en Moscú.
A las nueve de la mañana del día siguiente, Tretetsky se dirigió a sus hombres y les dijo: «El trabajo continúa. Comencemos. Todos deben trabajar intensamente, con entusiasmo. Y punto».
El KGB saboteó el tractor que los hombres habían estado utilizando en la excavación. Pero Tretetsky tenía ya contactos con la gente del lugar, de modo que una granja colectiva le prestó uno de sus tractores. Los trabajadores polacos estaban especialmente agradecidos y daban palmadas en la espalda a Tretetsky. Durante los dos días siguientes, soviéticos y polacos trabajaron en las fosas comunes mientras escuchaban en la radio las noticias que llegaban de Moscú. Lentamente, las noticias mejoraban. Cuando los hombres oyeron que el golpe militar estaba al borde del fracaso, parecieron trabajar más arduamente. Finalmente, la mañana del 21 de agosto, y tras el fracaso del complot y el posterior regreso desde Moscú a sus bases de las tropas, triunfantes y aliviadas, Tretetsky se dirigió a su gente. No soportaría la mentira un minuto más. Rehusó regresar al pasado, salvo para estudiar sus huesos.
«La investigación penal, ordenada por el presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Mijail Sergeyevich Gorbachov, continúa», gritó. A continuación, el coronel dio la orden y sus hombres comenzaron a cavar.



Fuente: https://laverdadofende.wordpress.com/2016/07/05/el-bosque-paginas-desde-la-tumba-de-lenin/

martes, 13 de octubre de 2015

Aquellos hombres duros, por Arturo Pérez Reverte




No siempre estoy de acuerdo con las decisiones colectivas de la Real Academia Española. Mi agradecimiento por pertenecer a esa institución no incluye la lealtad ciega. Contra ciertos aspectos de la última Ortografía, por ejemplo, milito en abierta disidencia, como Javier Marías. Sin embargo, otras cosas me calientan el orgullo. En lo que va de año llevo dos alegrías. Una, el informe con que Ignacio Bosque demolió algunas disparatadas guías de lenguaje no sexista, poniendo en su sitio a ciertos analfabetos, oportunistas y cantamañanas. La otra alegría es la aparición, en la Biblioteca Clásica de la RAE, que dirige el profesor Rico, de uno de los libros más importantes escritos en lengua española; y quizá, junto a la Crónica de Muntaner -los almogávares en Bizancio- el más apasionante de todos: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.
Si les gusta la Historia, si aman los buenos relatos de guerra y aventuras, si quieren asistir a una de las más grandes y terribles hazañas de la Historia, si desean conocer de primera mano el sangriento prodigio que fue la conquista de México por una pequeña tropa de españoles ambiciosos, valientes, crueles y duros como la ingrata tierra que los parió, vayan a una librería y cojan uno de esos volúmenes azules con el emblema de la RAE -éste, el más grueso de todos, cuesta lo que tres entradas de cine-. Luego ábranlo al azar y lean algo. Con suerte darán en el capítulo 86, donde los conquistadores empiezan a abrirse camino desde Cholula; o en el 129, donde comienza el asedio de Tenochtitlán. O en el capítulo anterior, el 128, donde se cuenta cómo en plena noche, bajo la lluvia, los españoles intentan romper el cerco y escapar de la ciudad, peleando con los valerosos aztecas que les caen encima por millares y arrastran a los prisioneros a los templos para sacrificarlos, y cómo el plan original se va al diablo en el caos del combate -«si había algún concierto, maldito aquel»-; y mientras todos pelean en la estrecha calzada, matando y muriendo, Cortés, que va a caballo con el tesoro y las mujeres, escapa y sigue adelante; pero requerido por sus hombres vuelve atrás a socorrer a los rezagados, y ya sólo encuentra a Alvarado, que corre en la oscuridad seguido por cuatro españoles y ocho fieles tlaxcaltecas empapados de lluvia y de sangre; y viendo que tras ellos no vienen más, que de la retaguardia sólo quedan ésos, «se le saltaron las lágrimas de los ojos».
Bernal Díaz del Castillo no era un historiador ni un literato. Era un soldado profesional que había leído libros y tenía el talento, el don magnífico, de juntar palabras con una naturalidad, una limpieza y una honradez envidiables. Escribió sus recuerdos de la conquista de México -«lo que yo vi y me hallé en ello peleando»- muchos años después, viejo y cansado, tras ver cómo los advenedizos, funcionarios y parásitos llegados de España se enriquecían en la tierra que él conquistó y en la que quedó mal pagado y casi pobre. Escribió con asombrosa fidelidad y atención al detalle, sin trompetazos ni alardes, con una sencillez pasmosa; humilde siempre, excepto para revindicar el orgullo legítimo de haber estado allí. De sus sufrimientos y peligros. Harto de versiones de segunda mano y manipulaciones de los hechos que él vivió en carne herida -ciento cuarenta combates durante su larga vida de soldado-, el anciano veterano de Cortés, superviviente de una de las más asombrosas gestas que vieron los siglos, quiso poner las cosas en su sitio. Hacer honor a la memoria de sus compañeros muertos y a la suya propia, porque «soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oír, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes, salvo esta mi verdadera y notable relación».El libro de Bernal Díaz del Castillo es tan fascinante y extraordinario que resulta imprescindible en la memoria y la certeza histórica de cualquier español de honrada casta. Pero no sólo eso. La Historia verdadera cuenta también de modo asombroso el final de un mundo y el terrible crujido que hizo nacer otro nuevo. El retrato minucioso de aquellos hombres increíbles que se abrieron paso por una tierra desconocida y hostil, haciéndola propia a arcabuzazos y cuchilladas, no es sólo una historia española, sino también, y sobre todo, una historia mexicana. Cuando el autor cuenta que tras la toma de Tenochtitlán se hizo el recuento de las mujeres indias que iban con los conquistadores, añade que «algunas de ellas estaban ya preñadas»: para mal y para bien, los primeros nuevos mexicanos estaban a punto de nacer. Por eso Bernal Díaz del Castillo y sus camaradas son hoy más de allí que de aquí. Por la sangre vertida. Por la sangre mezclada.

lunes, 12 de octubre de 2015

La gran mentira del genocidio español en América




De todas las mentiras que he escuchado a lo largo de mi vida sobre asuntos históricos, quizá entre las que más me molestan estén las relativas al papel ejercido por España en América. Las que conforman la “
Leyenda Negra” que acusa a España de genocida y esclavizadora de los pueblos americanos durante la Conquista. Y me molestan porque son acusaciones falsas e infundadas, que a base de ser repetidas e introducidas con calzador en el ideario popular, hemos acabado por creérnoslas hasta los propios españoles.
Todo proceso histórico conquistador o colonizador conlleva el uso de la violencia y de las armas. Si bien el Imperio Romano invadió y conquistó España desde el siglo III A.C., arrasando y aniquilando a nuestros antepasados celtíberos, lusitanos, astures o cántabros, a nadie con un mínimo de inteligencia se le ocurriría hoy decir que Roma es la culpable de “la aniquilación de España” y del “sometimiento injusto” de nuestro pueblo. Más bien, los españoles mantendremos una deuda eterna con Roma por habernos dejado un legado inigualable tras su paso, latinizándonos y regalándonos su influencia y su organización. Algo parecido, o quizá de superior magnitud, sucedió en lo que respecta a la transmisión de riqueza a América tras nuestra llegada. La diferencia, sin embargo, es que el Imperio Romano no tuvo la mala suerte de contar con un enemigo anglosajón que volcara sobre él durante siglos infinitas mentiras y leyendas destinadas a diezmar su legitimidad y grandeza incontestables.
También los propios Tlaxcaltecas ayudaron a Hernán Cortés a derrotar a sus enemigos deTenochtitlán (los Aztecas de Moctezuma), y los Aztecas, a su vez, combatieron junto a los españoles en posteriores colonizaciones…La historia, como vemos, es al final una sucesión de conquistas, y si bien se cometieron algunos casos aislados de maltrato durante los periodos de introducción y de Conquista (inevitables teniendo en cuenta las gentes, las circunstancias y la época) España no ejerció sobre los nativos americanos ningún tipo de genocidio ni esclavitud generalizado. Muy al contrario, podemos decir (y avalarlo con documentación y hechos contrastados de la historia), que España fue el único país de Europa que siempre protegió en su Conquista a los nativos de todos nuestros territorios de Ultramar, garantizándoles una vida digna y unos derechos integrales.
Pocos años después de nuestra llegada a tierras americanas, y en virtud de nuestra condición de Reino católico (clave en nuestra posterior relación con los indígenas), y del impulso de nuestros frailes Franciscanos y Jesuitas, fuimos los propios españoles quienes dictamos multitud de normas, leyes y decretos oficiales que protegían a los indígenas de cualquier abuso. Y fue la propia Reina Isabel la Católica quien determinó tras el primer viaje de Colón, que los indios nativos no debían ser considerados esclavos, ni siquiera gentes colonizadas, sino súbditos de pleno derecho de la Corona Española, como habitantes de las nuevas provincias recién descubiertas.
Llegada de Cristóbal Colón a América
Y nos tomamos tan en serio los españoles la aplicación de justicia sobre los indígenas del Nuevo Mundo, que la Monarquía Hispánica inmediatamente acometió las reformas necesarias para regular su trato de forma oficial. De esta manera, nada más dos décadas después de iniciarse el Descubrimiento (el 27 de diciembre de 1512), España abolió la esclavitud indígena mediante las “Leyes de Burgos”, en las cuales se emitieron las ordenanzas necesarias “para el gobierno con mayor justicia de los naturales, indios o indígenas” y se estableció que el Rey de España tenía derecho a “justos títulos” de dominio del Nuevo Mundo, pero sin derecho a explotar al indio, que era hombre libre y podía tener propiedades, pero que como súbdito debía trabajar a favor de la Corona sin mediar la esclavitud, retribuido y con libertades garantizadas, a través de los españoles allí asentados. España anteponía la evangelización de los nativos a cualquier otra materia, nativos a quienes consideraba hermanos cristianos, dejando a un lado las excepciones salvajes que efectivamente se pudieran dar y de las que de ninguna manera fue culpable España como unidad.
Pero las “Leyes de Burgos” no fueron unas leyes aisladas en lo referente al trato a los indígenas, y treinta años más tarde (1542), España emitía las “Leyes Nuevas” (o Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por Su Majestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios), en las que entre otras cosas se regulaba aún más en detalle el trato a los nativos, proclamando de nuevo su libertad y suprimiendo igualmente las encomiendas. Eran normas emitidas por los propios españoles y que restaban derechos a los pobladores españoles en beneficio de los indígenas, algo inédito en aquel momento y digno de asombrosa admiración…En esas “Leyes Nuevas”, el Emperador Carlos V mandó constituir una comisión que determinara la limitación de los derechos de los españoles en sus encomiendas y el sistema y forma en que se llevaban a cabo las Conquistas (no podían violarse los derechos indígenas en ese proceso). En dichas leyes, también se regulaban los tributos que los indígenas debían aportar al Estado, como súbditos del Rey que eran y no como esclavos.
En resumen, en lo relativo al trato a los indígenas, las “Leyes Nuevas” aportaban lo siguiente:
- Sobre la esclavitud:
* Cuidar la conservación y gobierno y buen trato de los indios
* Que no hubiera causa ni motivo alguno para hacer esclavos, ni por guerra, ni por rebeldía, ni por rescate, ni de otra manera alguna.
* Que los esclavos existentes fueran puestos en libertad, si no se mostraba el pleno derecho jurídico a mantenerlos en ese estado.
* Que se acabara la mala costumbre de hacer que los indios sirvieran de cargadores (tamemes), sin su propia voluntad y con la debida retribución.
* Que no fueran llevados a regiones remotas con el pretexto de la pesca de perlas.
* Se dictó orden a la armada española para la persecución y castigo de las naves esclavistas inglesas, holandesas y portuguesas que infectaban el caribe con destino a las colonias anglosajonas y a Brasil.
- Sobre las encomiendas:
* Que los oficiales reales, del virrey para abajo, no tuvieran derecho a la encomienda de indios, lo mismo que las órdenes religiosas, hospitales, obras comunales o cofradías.
* Que el repartimiento dado a los primeros Conquistadores cesara totalmente a la muerte de ellos y los indios fueran puestos bajo la real Corona, sin que nadie pudiera heredar su tenencia y dominio.
Y es que, como decía el historiador e hispanista estadounidense Lewis Hanke, uno de los mayores expertos sobre Hispanoamérica: “Ninguna nación europea se responsabilizó de su deber cristiano hacia los pueblos nativos tan seriamente como lo hizo España”. Y no solo cuidamos más que ningún otro país nuestra relación con aquellos nuevos compatriotas, sino que el nacimiento del Imperio Español en América supuso, de facto, en inicio de uno de los periodos más prósperos de la historia universal. Un periodo en el cual la ciudad de México llegó a convertirse en la urbe más grande y rica del planeta, o en el que cuando llegaron las independencias, España había creado un legado que convertía a Hispanoamérica en la región más próspera del planeta, con un nivel de vida y una economía incluso superiores a las de la Europa de entonces y con unas ciudades (como Lima, Santa Fe de Bogotá o México), mucho más importantes que Londres, París o la Roma de aquel momento…Y fuimos quizá tan respetuosos y precavidos, que podemos afirmar que los problemas reales de las independencias americanas no fueron causados por España, sino por los trágicos y mal llamados “libertadores”, que en nombre de una falsa igualdad arrebataron a los indios sus derechos y sus tierras comunales, amparadas por las leyes y los derechos que los españoles habíamos decretado siglos antes.
Nuestra labor en América no tuvo absolutamente nada que ver con genocidios o esclavitudes, y sin embargo sí mucho que ver con el florecimiento en América de una nueva cultura que venía a cambiar para mejor la que nos encontramos al llegar. Descubrimos sociedades tecnológica y humanamente 3000 años atrasadas, generalmente inconexas entre ellas, que en su práctica totalidad practicaban el canibalismo y los sacrificios humanos, y a las cuales situamos a la cabeza del mundo en pocos siglos. Y es España la responsable de haber trasladado a América el urbanismo, el derecho, las economías estructuradas, la agricultura, las universidades, las catedrales, las técnicas arquitectónicas, la influencia del Renacimiento, la imprenta, la rueda, la escritura, la música o la fe, entre otras infinitas cosas. Fundamos 23 universidades en América que daban educación a casi200.000 alumnos de todas las clases sociales y razas (Portugal no fundó ninguna en Brasildurante su periodo colonial, mientras que la Inglaterra colonial de entonces, por ejemplo, hasta ese momento se había preocupado más bien poco por educar a sus indígenas), y a través de la península, hacíamos llegar a América todas las corrientes intelectuales y las artes que la grandiosa España de entonces absorbía.
CAPITULO XII del testamento de ISABEL LA CATOLICA: «Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas e tierra firme del mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro sexto de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir e traer los pueblos de ellas e los convertir a nuestra Santa Fe católica, e enviar a las dichas islas e tierra firme del mar Océano perlados e religiosos e clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas en la Fe católica, e les enseñar e doctrinar buenas costumbres e poner en elfo la diligencia debida, según como más largamente en las Letras de la dicha concesión se contiene, por ende suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente, e encargo e mando a la dicha Princesa mi hija e al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan e den lugar que los indios vecinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados. E si algún agravio han recibido, lo remedien e provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concesión nos es infundido y mandado».
¿Qué se cometieron atrocidades e injusticias? Sin duda, sí. ¿Qué hubo quienes utilizaron su poder personal para esclavizar a veces a los indígenas? También. Pero el 95% de las muertes acaecidas por aquel tiempo en América no son producto de las armas españolas, sino de los virus y enfermedades (como la gripe, la viruela, la escarlatina o el sarampión), que inevitablemente se transmitieron de España a América y de América a España entre dos mundos que hasta ese momento habían estado permanentemente aislados entre sí.
Por todo ello, creo que es deber de toda la comunidad Hispanoamericana conocer estos hechos, para no dejarnos seguir engañando por la leyenda negra creada por el mundo anglosajón y por quienes encabezaron las distintas independencias e hicieron creer a algunos que la bellísima historia común que tenemos no fue sino una vulgar y cruel escabechina. Con un poco de rigor histórico y cultura, descubrimos que lejos de ser aquello que esos dicen, la historia de España en América es uno de los periodos más hermosos y prósperos de la historia universal, porque España no fue a América para irse sino para quedarse, para construir y para fusionarse. Y fruto de ese aporte y de esa fusión son sus ciudades y sus gentes de hoy, que son el mejor ejemplo vivo de aquella gesta sin igual que hermanó para siempre a una comunidad de naciones que hoy engloba a 450 millones de personas.
FUENTE: “Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental”, adaptación española basada en: The Politically Incorrect Guide to Western Civilization. Anthony Esolen y José Javier Esparza Torres. Ciudadela Libros.

domingo, 12 de julio de 2015

Los Tercios de Flandes: Origen de la camaradería. Por Miguel Ortego

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Camaradería puede ser una de las palabras más recurridas de la historia y, como tantas otras aquilatadas en lances de armas, también ésta es española. El término que designa universalmente la fraternidad entre soldados, nace como institución única y ejemplar hace cuatro siglos: “las camaradas” de los Tercios Viejos.
 
A diferencia del “contubernio” romano –al que no dejaban de emular– las camaradas carecían de carácter orgánico, pero sin la ligazón transversal de estas agrupaciones para hacer rancho común sin más criterio que el azar o el paisanaje, aquella infantería nunca hubiera llegado a funcionar con la eficacia y combatividad que la hizo legendaria.
Las camaradas fueron un poderosísimo factor de cohesión interna que diferenciaba a nuestros Tercios de otros ejércitos de la época. No respondían a ningún requisito de formación o destino y su dimensión era antes emocional que táctica, pues llegarían a significar mucho más que un mero acuerdo de logística gregaria, prevaleciendo su legado hasta nuestros días. Ocho o diez compañeros de armas compartían la misma “cámara” o habitación alquilada, contribuyendo a los gastos comunes. En campaña, la camarada se mantenía adaptándose a las nuevas circunstancias desde el esfuerzo solidario de cada uno de sus miembros, estableciéndose cometidos de interés: uno hacía de despensero, otro tesorero, otro buscaba leña, otro cocinaba, otro trapicheaba…etc.
Así daba cuenta a su respectiva “Signoria” un embajador veneciano informando, a principios del XVII, de una de las razones de la fortaleza de los Tercios Viejos.
“Hacen la “camareta”, esto es, se unen ocho o diez para vivir juntos dándose entre ellos fé y juramento de sustentarse en la necesidad y en la enfermedad como hermanos. Ponen en esa camareta las pagas reunidas y proveyendo primero a su vivir y después se van vistiendo con el mismo tenor, el cual da satisfacción y lustre a toda la compañía”
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Cuando era necesario distribuir paño, víveres o cualquier otro socorro o pertrecho que asistiera la penuria de las tropas, sargentos y sargentos mayores de compañía daban la instrucción “repártase por camaradas” para que fuera ecuánime. Ante las camaradas no cabían argucias de acaparadores… por la cuenta que a estos traía. No obstante las situaciones de campaña, en el contexto general de nomadismo militar en el que debe entenderse el despliegue de los Tercios, ya fuera a lo largo del Camino Español, en las galeras del Mediterráneo o en las plazas fuertes, fortalezas y presidios que jalonaban las fronteras de los Habsburgo, mayoritariamente los soldados no estaban acuartelados, sino que vivían en “régimen de camaradas”.
 
 
De la raigambre de la institución da idea el que oficiales y Maestres de Campo tenían también sus propias camaradas. La del capitán, formada por soldados viejos bien acreditados y poco pendencieros, añadía la ventaja de mantenerle al tanto de la moral y estado de ánimo de la tropa al mando de la compañía. La del alférez actuaba como una suerte de guarda privada que le protegía de los muchos peligros que implicaba su cometido de portar la enseña durante el combate. Los más modernos estudios de psicología del combate coinciden en que la motivación profunda del soldado, más allá de los espacios comunes de la patria, los grandes ideales o incluso la bandera, vinculan la implicación en la lucha y la aceptación de los sufrimientos y penalidades a algo mucho más tangible y próximo. En este sentido las camaradas refrendaban a cada combatiente la convicción, constatada en la práctica, de formar parte de algo más grande que ellos mismos.
Las camaradas podían asumir también un carácter benéfico o, más en terminología de nuestros tiempos, de “protección social”. Así se “sugería” que los oficiales asumieran en sus camaradas aquellos soldados con menos posibles para que recuperar sus maltrechas haciendas o completar su equipo con el dinero que ahorraban, siendo relevados de la mesa por otros compañeros necesitados una vez superado el mal momento. Todo un ejemplo de solidaridad para aquellos para aquellos soldados profesionales, sin el que resulta impensable concebir situaciones como las que cita Quatrefages en la carta que los soldados de Flandes dirigen a los amotinados de Alost pidiéndoles que, pese a haberse salido de disciplina por el prolongadísimo impago de haberes y otras penurias acumuladas, retomasen las armas para socorrer a los sitiados en Gante por los herejes:
“Siendo como somos… en la afición propios de hermanos… prometemos como Españoles y juramos como cristianos… de morir por ellos… porque Españoles pelear tienen por gloria y vencer por costumbre. Pues vamos señores por amor de Díos a socorrer el castillo de Gante donde están nuestros amigos y hermanos.”
Ni que decir tiene que a los amotinados les faltó tiempo para tomar toledanas, vizcaínas, picas y arcabuces partiendo con la mayor diligencia en socorro de Gante para, una vez liberada la plaza, tornar a su amotinamiento en reivindicación de haberes y compromisos incumplidos. Esta situación habría sido absolutamente impensable –lo es aún hoy en día, o quizá más hoy en día – en otra Infantería que no fuera la Española de aquellos siglos terribles y maravillosos.
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Pues esto es, señores, lo que eran y deberían seguir siendo “las camaradas”, como forja y crisol de lo que hoy entendemos por camaradería. Más allá del preciso origen y significado de ambos términos, a todos consta que han sido asimilados por fuerzas armadas de muchos otros países y aún como jerga de aproximación en partidos políticos, sindicatos, y regímenes afines. Huelga decir que toda semejanza de estas acepciones con la camaradería inspirada por nuestros antepasados españoles en la profesión de las armas, no es tanto mera coincidencia como oportunista y espuria apropiación indebida.
Así les ruego que tengan todo esto muy en consideración, tanto por el homenaje a nuestros antepasados como por honrar el contenido profundo de tan hermosa palabra para que sea administrada conforme a su dignidad, reservándola así para quienes realmente sean merecedores de ella.
 

viernes, 10 de julio de 2015

El aragonés que logró petróleo sintético y desapareció en una cárcel republicana – Rocio P. Benavente

En 1935, Rafael Suñén estaba poniendo en marcha una industria para crear petróleo a partir de carbón vegetal. Su invento pudo cambiar el equilibrio energético en Europa, pero nunca lo sabremos
Foto: Rafael Suñén Beneded (Foto: Revista Aragón, 1935)
La búsqueda de fuentes de energía alternativas al petróleo no es nada nuevo. Aunque hoy para muchos prima la preocupación medioambiental, en las convulsas primeras décadas del siglo XX era una cuestión geostratégica y militar fundamental. Por entonces, las potencias europeas trataban de encontrar un procedimiento que las hiciese energéticamente independientes. En ese escenario, un inventor aragonés, Rafael Suñén Beneded, logró dar con la clave: ideó un sistema para fabricar petróleo sintético.
Aunque despertó el interés de países como Francia, Inglaterra o Italia, su intención nunca fue otra que utilizar su invento en España: “[Mi invento] representa la mayor conquista que España haya hecho en los tiempos modernos. Las materias características del suelo español serán vendidas en Europa como una materia prima, y eso representa una inyección de riqueza en la economía patria, transformando la nación en todos los aspectos dentro de breves años”, declaraba el inventor en una entrevista publicada en el diarioLa Libertad en noviembre de 1934.
Nacido alrededor de 1894 en la localidad de Layana, al noroeste de Zaragoza, la vida de Suñén estuvo marcada por sus innovadores inventos y por sus inclinaciones políticas hasta que en 1936 se lo tragó la tierra. O mejor dicho, la guerra. Nunca se volvió a saber de él, y su gran invento desapareció sin llegar a causar el impacto económico que él esperaba.
Fragmento de la entrevista a Rafael Suñén en La Libertad el 11 de noviembre de 1934
Fragmento de la entrevista a Rafael Suñén en La Libertad el 11 de noviembre de 1934
“Era un ‘devoralibros'”
De familia acomodada, los padres de Suñén murieron cuando aún era joven, de forma que él y su hermano quedaron bajo el cuidado de un familiar que les llevó a uno de los mejores colegios de Barcelona, donde vivió desde pequeño. Según relata este artículo del Heraldo de Aragón, no está claro qué decidió estudiar, “pero seguro que destacó sobre los demás. Era un devoralibros, un hombre muy inteligente con una enorme capacidad de trabajo”, cuenta uno de sus nietos, que lleva su nombre.
Siendo aún muy joven se alistó como aviador para ir de voluntario a África. De sus tiempos entre aviones nació su primer invento, patentado en 1921: unas alas que daban a las aeronaves más estabilidad que las tradicionales. Evaristo Fábregas actuó como mecenas, construyendo un prototipo que superó todas las pruebas de la Escuela Catalana de Aviación. A pesar de su éxito, nunca llegó a fabricarse con intenciones comerciales.
Solo un año después diseñó un fuselaje especial que mantenía la presurización de los aviones, permitiendo que la tripulación trabajase sin problema a miles de metros de altura. Hizo llegar su invento a las autoridades militares, que también lo evaluaron y le dieron su visto bueno.
Actividad política y exilio a París
De la misma época data su interés por la política. Suñén mantuvo una intensa actividad política, siempre ligado a opciones conservadoras, monárquicas y de derechas. En 1927 recogió firmas para solicitar la retirada de una estatua que representaba a una mujer desnuda, y contribuyó a crear las Juventudes Recreativas Patrióticas, una entidad tradicional y españolista que terminó integrándose en Unión Patriótica. Era recibido a menudo por Primo de Rivera, y sirvió durante los primeros años de la dictadura como censor del gobierno en Barcelona.
Cuando en 1931 se declaró la Segunda República, prefirió emigrar a París, donde conoció a otro español que sería clave en su trayectoria: Juan Jaime Puig, dueño de un taller de coches. Fue de esa relación de donde surgió la idea de crear un nuevo combustible. Aunque no fue el primero que lo intentó, ya que en Alemania ya se trabajaba en extraer hidrocarburos a partir del carbón, la idea de Suñén contemplaba partir de vegetales y de materiales de desecho, lo que aseguraría unos precios mucho más bajos que los del petróleo normal.
Suñén realizó pruebas en la Academia de Ciencias de París, y tanto el jefe del Estado Mayor francés como el Foreign Office británico y delegados de Mussolini se interesaron por sus desarrollos. En una época de tensas relaciones internacionales en Europa, con la Segunda Guerra Mundial en ciernes, alcanzar la independencia energética y hacerlo a bajo coste era un objetivo más que deseable para todas las potencias. Y eso era precisamente lo que el zaragozano prometía.
Protagonista en la prensa
Los periódicos de la época se hacen eco de su logro. Explicaron que había conseguido “la destilación de algunos vegetales”, y que trabajaba “con los desperdicios que van al pudridero de lo inservible”. La revista La Industria Nacional habló de su invento bajo el siguiente titular: “Petróleo de madera a diez céntimos el litro. En la Universidad de Zaragoza se ensaya el invento de un español”. En ese artículo, publicado el 31 de enero de 1935, se podía leer que “de dar buen resultado, como se espera, el invento producirá una gran revolución en el mercado de carburantes, ya que según ha manifestado su inventor, el precio no excedería de 10 céntimos el litro”.
‘De dar buen resultado el invento producirá una gran revolución en el mercado de carburantes, ya que el precio no excedería de 10 céntimos el litro’
Según cuenta al Heraldo el investigador Javier Abrego, del Grupo de Procesos Termoquímicos de la Universidad de Zaragoza, el procedimiento ideado por Suñén se basaba en crear un gas de síntesis a partir de carbonato (por ejemplo caliza), cualquier forma de carbono (carbón vegetal en este caso) y vapor. Aplicando ciertos procesos químicos a ese gas se podía sintetizar combustible líquido. Esta última fase, llamado proceso Fischer-Tropsch, había sido patentada en los años 20 en Alemania y probada en un programa piloto en 1934. Que Suñén la conociese y emplease en 1935 demostraba que estaba a la última en el desarrollo científico y tecnológico en su campo.
Un pariente le convenció de que volviese a España y mostrase su invento, que despertó suficiente atención como para que el 19 de junio de 1934 el Gobierno aprobase una comisión para analizarlo. Gonzalo Calamita, decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza dirigió las pruebas, que al parecer se desarrollaron con éxito. Tras contactar con CEPSA, se instaló en un laboratorio en Madrid y comenzaron los preparativos para montar una planta industrial que sacase partido de su invento, además “todas las industrias anexas de derivados: lubrificantes, explosivos, colorantes, abonos agrícolas…”, se puede leer en la revista Aragón, en su número de febrero de 1935.
“¡Yo soy así!”
Según sus propias palabras, recogidas en La Libertad, con su invento quería traer una fuente de riqueza a España: “España es débil porque es pobre. Se despobló porque buscó el oro en otras latitudes. Para repoblarla es necesario que haya otra vez ese oro líquido en Espala, y el destino parece que se lo proporciona”. Aunque aseguraba haber recibido “tentadoras ofertas” de “dos grupos de naciones”, él quería dar a España la ventaja que supondría su invento, “a sabiendas de que yo pierda en los otros países lo que tengo derecho por divulgación forzada… ¡Pero yo soy así”.
‘Antes de este invento hice otros, dándolos todos desinteresadamente al Estado español del régimen caído, que seguramente dormirán en algún archivo’
En esa entrevista, reflejaba, con algo de teatralidad, lo que suponía ser un inventor en nuestro país en aquella época. “Antes de este invento hice otros, dándolos todos desinteresadamente al Estado español del régimen caído, que seguramente dormirán en algún archivo: el ala autoestable, el fuselaje neumático, la introcoilita (un explosivo que que puede ser nacional algún día), amén de otros trabajos de laboratorio que no han tenido otro valor para mí hasta hoy que de entretenimiento y juguete, sin haberme reportado ni una peseta, a pesar de haber sufrido mucho”.
Sin embargo, todo quedó en nada con el estallido de la Guerra Civil. Fuertemente significado los años anteriores, Suñén pasó varias semanas escondido en Madrid, hasta que, más tranquilo, decidió entregarse. Su familia recibió una carta suya explicándole que estaba en la cárcel Modelo (situada en el mismo lugar que hoy ocupa el Cuartel General del Ejército del Aire), pero cuando acudieron a llevarle ropa y algunas pertenencias, les aseguraron que no había ningún Rafael Suñén en sus archivos. Nunca se volvió a saber de él. Allí terminó la historia de un inventor que pudo revolucionar el equilibrio energético de la Europa de entreguerras pero del que nunca se volvió a saber y cuyos desarrollos se perdieron con él durante la guerra.
Fuente: http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2015-07-08/el-aragones-que-logro-petroleo-sintetico-y-desaparecio-en-una-carcel-republicana_918448/

martes, 9 de diciembre de 2014

“Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra Ya hablaremos de capitulación después de muertos” Francisco Arias de Bobadilla


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El milagro de Empel fue un suceso acaecido entre 7 y el 9 de diciembre de 1585 cerca del pueblo de Empel, municipio de Hertogenbosch en Holanda. En aquel tiempo un tercio español el denominado Tercio Viejo de Zamora dotado de 5.000 soldados se salva de una destrucción mas que segura, propiciando la declaración de La Inmaculada Concepción como patrona de los Tercios españoles y de la actual infanter­ia española.
Los soldados reclutados para este tercio eran de Zamora y provincia, formaron parte del tercio viejo de Zamora (de ahi­ su nombre) y el maestre de campo Francisco Arias Davila de Bobadilla IV Conde de PuñonRostro fue su Comandante en jefe. El Tercio de Zamora o de Bobadilla son enviados el lunes 2 de diciembre a tomar el llamado Bommelerwaard (al norte de is-Hertogenbosch), un terreno de 25 km de este a oeste y 9 km de norte a sur delimitado por el ri­o Mosa, Waal y canales afluentes. Pese a lo rico de la tierra, el invierno golpeaba fuerte y los campesinos habi­an guardado su ganado.Para empeorar la situacion de hambruna y desabastecimiento del tercio, una poderosa flota rebelde holandesa de 100 barcos  al mando del conde de Holak (Felipe de Hohenlohe-Neuenstein) aparece en el horizonte, y bloquea a los españoles por las vi­as fluviales.
Es asi­ como a principios de diciembre de 1585 el Maestre de campo Francisco Arias de Bobadilla se ve sumido en una grave situacion de asedio. El comandante de las fuerzas holandesas propuso entonces una rendicion honrosa pero la respuesta española fue clara: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulacion despues de muertos”. Tal jjustificación fue muy popular en la infanteri­a española, y es también conocida por haber sido empleada en el segundo cerco de Zaragoza (1808-1809). Ante tal respuesta, el comandante holandés Holak recurrió a un método harto utilizado en ese conflicto en aquellas tierras tan llanas y bajas: intentar abrir los diques de los rios para inundar el campamento enemigo, cosa que solo consiguio en parte pues Bobadilla tenia a sus fuerzas protegiendo todos los flancos. Pronto el campo quedo totalmente inundado, salvo pequeñas isletas y Bobadilla ordena replegarse a un montículo de tierra firme, el montículo de Empel.
Los españoles fueron aquella noche cañoneados con fuego de artilleri­a y arcabuceria rebelde, cosa que aguantaron estoicamente durante horas. Sin embargo, con la llegada de la noche, los decididos españoles devolvieron el fuego (contaban con algunas piezas de artilleri­a) y pusieron en fuga a sus enemigos. Desesperado, Francisco de Bobadilla ordeno al capitán Bartolome Torralva y a un acompañante flamenco atravesar el bloqueo en una pequeña barca (pleyta) con varias cartas de auxilio. Entre ellas, se podía distinguir una que tenia como destinatario a Mansfeld, el que mas cerca se hallaba del lugar de los hechos, otra a Juan de Águila y otra a la cercana guarnición de Bolduque.
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El di­a 7 de diciembre, de acuerdo con la tradición, un soldado del tercio cavando una trinchera cerca de la iglesia o cementerio para guarecerse del aire y la artilleri­a, tropezó con un objeto de madera alli enterrado. Era una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepcion. Anunciado el hallazgo, colocaron la imagen en un improvisado altar y el Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal de la protección divina, insta a sus soldados a luchar encomendandose a la Virgen Inmaculada y a cantar la Salve. Este tesoro tan rico que descubrieron debajo de la tierra fue un divino nuncio del bien, que por intercesion de la Virgen Mari­a, esperaban en su bendito día. Segun indica la citada tradicion, un viento completamente inusual e intensamente frio se desato aquella noche, helando las aguas del rio Mosa, lo cual era bastante inusual incluso en esta Ãpoca del año.
La «aparición» la relata el capitán toledano Alonso Vázquez, coetáneo de aquellas lides, del siguiente modo en su libro «Los sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese»:
” En ésto, estando un devoto soldado español haciendo un hoyo en el dique para guardarse debajo de la tierra del mucho aire que hacía junto a su tienda y cerca de la iglesia de Empel, a las primeras azadonadas que comenzó a dar para cavar la tierra saltó una imagen de la limpísima y pura Concepción de Nuestra Señora, pintada en una tabla, tan vivos y limpios los colores y matices como si se hubiera acabado de hacer. Como si hubiera descubierto un tesoro acuden de las tiendas cercanas. Vuela allá el mismo Maestre de Campo Bobadilla .Llevanla pues como en procesión al templo entre las banderas la adoran pecho por tierra todos: y ruegan a la Madre de los Ejércitos que pues es la que solo podía hacerlo, quiera librar a sus soldados de aquella asechanzas de elementos y enemigos: que tenían por prenda de su libertad cercana su imagen entregada piadosamente cuando menos imaginaban y más necesidad tenían, que prosiguiese y llevase a cabo su beneficio. Pusieron la tabla en una pared de la iglesia, frontero de las banderas, y el Padre Fray García de Santisteban hizo luego que todos los soldados le digesen una salve, y lo continuaban muy de ordinario. Este tesoro tan rico que descubrieron debajo de la tierra fue un divino nuncio del bien, que por intercesión de la Virgen Maria, esperaban en su bendito día”.
Al amanecer del día 8 de diciembre, Holak se vio obligado a ordenar retirada a sus barcos en busca de aguas saladas, para no quedar con ella varado o atrapado en el hielo a merced de los españoles. El lunes 9 de diciembre, el grueso de la flota habi­a abandonado las inmediaciones del dique y los campos anegados, pero los rebeldes ocupaban todavi­a sus fuertes de las isletas apoyados por seis navi­os a sus inmediaciones. Los españoles de Bobadilla, envalentonados por aquel cambio de acontecimientos sacaron algunas barcazas (pleytas) y cayeron sobre los holandeses rezagados, algunas versiones dicen que llegaron a asaltar y capturar 10 navi­os enemigos y a hacer un cierto numero de prisioneros, sin contar embarcaciones holandesas hundidas. Rescatados con ayuda de este milagro, y tras 8 dias de asedio, el tercio de Zamora de Bobadilla se habi­a salvado. Con ayuda de la caridad de los vecinos católicos de Bolduque y los hombres de Mansfeld, se atendieron a los heridos y se alimentaron a los hambrientos. Los españoles obtuvieron una victoria tan completa que el almirante Holak, mientras huia llega a decir: “Tal parece que Dios es español al obrar, para mi­, tan grande milagro”.
«Cuando los rebeldes iban pasando con sus navíos río abajo les decían a los españoles, en lengua castellana, que no era posible sino que Dios fuera español, pues había usado con ellos un gran milagro» (escribió el capitán Vázquez)
Cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos. Aquel mismo dia, entre vi­tores y aclamaciones, la Inmaculada Concepcion es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia. Ese patronazgo perdura asi­ en la infanteri­a española hasta nuestros di­as!
Fuente: http://laverdadofende.wordpress.com/2014/12/08/los-infants-espanoles-prefieren-la-muerte-a-la-deshonra-ya-hablaremos-de-capitulacion-despues-de-muertos-fernandez-de-bobadilla/