Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

miércoles, 29 de febrero de 2012

Principio de Subsidiariedad, CALVANI, A.: Naturaleza y Fines de las Sociedades Intermedias





Principio de la Doctrina Socialcristiana que establece que "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de su autonomía y, en consecuencia, del pleno ejercicio de sus competencias, sino que, por el contrario, su función, en tanto que estructura de orden superior, debe consistir en sostenerle, ayudarle a conseguir sus objetivos y coordinar su acción con la de los demás componentes del cuerpo social a fin de alcanzar más fácilmente los objetivos comunes a todos"(Encíclica Centesimus Annus, 48). Es decir, la sociedad debe dejar a las personas o los grupos que la componen todo lo que ellos puedan realizar responsable y eficazmente, porque "no es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos" (Encíclica Quadragesimo Anno, 79).
Igualmente, este Principio propugna la responsabilidad de los colectivos de orden inferior a colaborar en el sostenimiento y consecución de los objetivos de las estructuras de orden superior. Por otra parte, implica la obligación para la sociedad de que, en el caso de no existir las personas o grupos para realizar determinada actividad necesaria, asumirá la tarea y suplirá su falta, pero sólo transitoriamente en función de su obligación de promover la existencia de las personas o grupos que sean idóneos para dicha actividad.
Aplicado este principio al Estado, podemos decir que el Estado no debe realizar lo que puedan hacer las personas o los organismos intermedios, salvo por supletoriedad y con carácter promocional.
Es importante reseñar que el Principio de Subsidiariedad no se refiere solamente al reparto de competencias entre los diferentes niveles jerárquicos y/o funcionales de una estructura social sino que constituye la expresión de un determinado concepto participativo de todos los grupos de dicha estructura en la vida de la misma. La subsidiariedad supone, en primer término, reconocimiento de la autonomía de cada colectivo de la estructura para establecer sus objetivos y decidir los procesos con que intentar alcanzarlos, pero también implica diálogo y participación de todos los miembros (individuales y colectivos) del grupo social en la definición de los objetivos globales, en el diseño de las estrategias para conseguirlos, en su ejecución y en su evaluación así como el respeto de los instrumentos de autorregulación y correglamentación.
Este principio, de necesaria aplicación en la política social, tiene por objeto el reparto y la limitación de las competencias para la ordenación de los grupos sociales. Además, ordena las relaciones de las sociedades intermedias.
El principio de subsidiariedad se basa en el máximo respeto al derecho de la libre determinación (entendido en el sentido más amplio) de todos y cada uno de los miembros de una estructura social y, a su vez, es el fundamento sobre el que se sustenta todo el edificio de esa dinámica de interacción social que denominamos democracia participativa.

EL FINAL DE LA VERDAD, ( Resumen XII)




“Es significativo que la nacionalización
Del pensamiento ha marchado por doquier
 pari passu con la nacionalización de la industria.”
E. H. Carr

El camino más eficaz para hacer que todos los individuos sirvan al sistema único de fines que se propone el plan social consiste en hacer que todos crean en esos fines. Es esencial que la gente acabe por considerarlos como sus fines propios.
Esto se logra, evidentemente, por las diversas formas de la propaganda. En un Estado totalitario toda la propaganda sirve al mismo fin, todos los instrumentos de propaganda se coordinan para influir sobre los individuos en la misma dirección. Las consecuencias morales de la propaganda totalitaria son la destrucción de toda la moral social, porque minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella.
La necesidad de doctrinas oficiales, como instrumento para dirigir y aunar los esfuerzos de la gente, ha sido claramente prevista por los diversos teóricos del sistema totalitario. Las “mentiras nobles” de Platón y los “mitos” de Sorel sirven para la misma finalidad que la doctrina racial de los nazis o la teoría del Estado corporativo de Mussolini. Todos  se basan necesariamente sobre opiniones particulares acerca de los hechos, que se elaboran después como teorías científicas para justificar una opinión preconcebida.
La más eficiente técnica para esta finalidad consiste en usar viejas palabras, pero cambiar su significado. La que más ha sufrido a este respecto es, desde luego, la palabra libertad. Es una palabra que se usa tan desembarazadamente en los Estados totalitarios como en cualquier parte. Allí donde se destruyó la libertad tal como la entendemos, casi siempre se hizo en nombre de alguna nueva libertad prometida a la gente. Cuanto menos libertad hay, más se habla de la “nueva libertad”. Pero esta nueva libertad es una simple palabra que cubre exactamente lo contrario de todo lo que Europa entendió siempre por libertad…La nueva libertad que se predica es, en realidad, el derecho de la mayoría contra el individuo.
No es difícil privar de independencia de pensamiento a la gran mayoría. Pero también es necesario silenciar a la minoría que conservará una inclinación a la crítica. El credo oficial, cuya adhesión se impone, abarcará todas las cuestiones concretas en las que se basa el plan. La crítica pública, y hasta las expresiones de duda, tienen que ser suprimidas porque tienden a debilitar el apoyo público. Todo el aparato para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine, se usaran exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones.
El control totalitario de la opinión se extiende, sin embargo, a dominios que a primera vista parecen no tener significación política. La ciencia por el placer de la ciencia, el gusto del arte por el arte, son igualmente aborrecibles para los nazis, nuestros intelectuales socialistas y los comunistas. Toda actividad debe extraer de un propósito social consciente su justificación. No debe existir actividad espontánea, sin guía, porque pudiera producir resultados imprevisibles sobre los cuales el plan no se ha manifestado. Podría producir algo nuevo, inimaginado por la filosofía del planificador. Como un ministro nazi de justicia explicó, la pregunta que toda nueva teoría científica debe plantearse a sí misma es: “¿Sirvo al nacionalsocialismo, para el mayor beneficio de todos?”.
Quizá el hecho más alarmante sea que el desprecio por la libertad intelectual no es cosa que sólo surja una vez establecido el sistema totalitario, sino algo que puede encontrarse en todas partes entre los intelectuales que han abrazado una fe colectivista y que son aclamados como líderes intelectuales hasta en los países que aún tienen un régimen liberal.
El deseo de imponer a un pueblo un credo que se considera saludable para él, no es, por lo demás, cosa nueva o peculiar de nuestro tiempo. En cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo tendrá, probablemente, significación directa para una pequeña minoría. Pero esto no supone que alguien esté calificado o deba tener poder para elegir a quiénes se les reserva esta libertad. Ello no justifica ciertamente  a ningún grupo de personas para arrogarse el derecho de determinar lo que la gente debe pensar o creer. Impugnar el valor de la libertad intelectual porque nunca significará para todos la misma posibilidad de pensamiento independiente, supone confundir por completo las razones que dan su valor a la libertad intelectual. Lo esencial para que cumpla su función como principio motor del progreso intelectual no es  que todos puedan ser capaces de pensar o escribir cualquier cosa, si no que cualquier causa o idea pueda ser defendida por alguien.
La tragedia del pensamiento colectivista es que, aun partiendo de considerar suprema a la razón, acaba destruyéndola por desconocer el proceso del que depende su desarrollo.

Los políticos comunistas son los hombres más ricos de China, 1.000 MILLONES DE EUROS POR CABEZA, por TONI MASCARÓ






La Asamblea Popular Nacional (APN), el máximo órgano legislativo de la República Popular China y el mayor parlamento del mundo con 2.987 miembros, tiene prevista su próxima reunión la primera semana de marzo. El patrimonio neto de los 70 delegados más ricos en la APN, alcanzó los 565.800 millones de yuanes (66.700 millones de euros) el año pasado, según el último informe de Hurun, una empresa de Shanghái especializada en revistas para los consumidores chinos de productos de lujo.
En promedio, estos 70 políticos comunistas tienen una riqueza de 953 millones de euros cada uno. Cifra que contrasta, y mucho, con los 1.800 euros de renta per cápitade la población china, según datos de 2010. Es decir, el patrimonio neto promedio de estos 70 aristócratas comunistas es medio millón de veces superior a la renta per cápita del país.
La crisis, claramente, no les está afectando demasiado últimamente, ya que desde 2010 estos delegados del pueblo han visto aumentado su patrimonio neto conjunto en 8.500 millones de euros. El patrimonio neto de cada uno, en promedio, ha mejorado en 121 millones de euros en tan sólo un año; esto es, diez millones al mes. Un incremento patrimonial del 13% anual.
En comparación, los 660 máximos dirigentes de Estados Unidos sólo consiguen acumular un patrimonio neto conjunto de 7.500 millones de dólares (5.572 millones de euros). Se incluyen aquí todos los miembros del Congreso, el Tribunal Supremo y el propio Presidente. Su patrimonio neto promedio, que no llega a los ocho millones y medio de dólares, es más de cien veces inferior al de los setenta comunistas chinos más ricos.
Aunque, a distancia astronómica del pelotón de cabeza chino, los miembros del Congreso norteamericano también progresan adecuadamente. Entre 2009 y 2010, su riqueza promedio aumentó un 22%, mientras el Índice 500 de Standard and Poor’s no alcanzaba el 13%, según Bloomberg.
Comunistas de lujo
Suele atribuirse, sin pruebas, al que fuera máximo líder de la República Popular China hasta 1989, Deng Xiaoping, la cita "enriquecerse es glorioso". Apócrifa o auténtica, la máxima ha sido seguida a rajatabla por varios miembros del politburó de Pekín.
Entre los gloriosos enriquecidos comunistas, destaca Zong Qinghou, la segunda persona más rica de todo el país y presidente del fabricante de bebidas Hangzhou Wahaha Group. La fortuna familiar de este delegado de la Asamblea asciende a 68.000 millones de yuanes (8.000 millones de euros). Sin embargo, se dice que supervisa todos los gastos de su oficina y, rizando el rizo de los extremos increíbles, que vive con un modesto presupuesto de 20 dólares diarios (15 euros), según Independent.
Wu Yajun tampoco encaja demasiado bien en la idea que Marx y Engels tenían del proletariado. Con una fortuna familiar superior a los 40.000 millones de yuanes (casi 5.000 millones de euros), es la mujer más rica del país y presidenta del gigante inmobiliario Longfor Properties, que fundó con su esposo Cai Kui.
La tercera persona más rica de la Asamblea es Lu Guanqiu, presidente del conglomerado Wanxiang del sector automovilístico. El 14 de febrero, Lu viajó junto al vicepresidente Xi Jinping a los Estados Unidos en una visita oficial de un mes de duración, donde mantuvo reuniones con el vicepresidente Biden y el Secretario del Tesoro, Tim Geithner.
Fue el expresidente Jiang Zemin quien, hace una década, favoreció la entrada de los empresarios privados adinerados en el Partido Comunista. No es de extrañar que tras este tipo de reformas, la Asamblea Popular Nacional se haya ganado el mote de Club de los Millonarios.

martes, 28 de febrero de 2012

La teatralización del poder, por Alberto Benegas Lynch




Se ha escrito mucho sobre los vericuetos y artimañas del poder. Tal vez la obra más completa en este sentido sea la de Bertrand de Jouveneltitulada, precisamente, El poder y el dictum más famoso y difundido es el de Lord Acton en cuanto al correlato entre la corrupción y el poder. Pero me parece que quien diseca con más profundidad las entrañas de los manipuladores del aparato político es Erich Fromm, paradójicamente una persona que no comparte ciertos fundamentos de la sociedad abierta pero que con una pluma magistral y con un análisis soberbio en no pocos aspectos, apunta en El miedo a la libertad que “Millones de hombres se dejan impresionar por la victoria de un poder superior y lo toman como una señal de fuerza […] Pero en sentido psicológico, el deseo de poder no se arraiga en la fuerza sino en la debilidad” puesto que, como había escrito antes en la misma obra “El individuo aterrorizado busca algo o alguien a quien encadenar su yo; ya no puede soportar más su propia personalidad” debido a su tremendo vacío existencial.
Guglielmo Ferrero en Il Potere se alarma de los avances del Leviatán, Herbert Spencer enMan Versus the State, Tocqueville en La democracia en América, Benjamin Constant en su colección editada bajo el título de Curso de política constitucional, advierten reiteradamente acerca de los peligros de las mayorías ilimitadas patrocinadas por Rosseau en El contrato socialy sus numerosos discípulos, y mucho antes que eso, en El tratado de la república, Cicerónsostuvo que “El imperio de la multitud no es menos tiránica que la de un hombre solo, y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y el nombre del pueblo”.
A pesar de que muchos creen que Maquiavelo era perverso, en El Príncipe se limitó a describir los pasillos del poder. Son innumerables los autores antiguos y modernos que han mostrado una y otra vez los descalabros del abuso del poder y, sin embargo, la infección sigue su curso como si las experiencias del pasado no hubieran causado suficientes estragos.
Hoy en día, lo que comenzó en algunos países africanos y latinoamericanos se ha extendido a EE.UU. y a ciertas naciones europeas: la teatralización del poder, que como dice Georges Balandier en El poder en escenas ha inaugurado “la teatrocracia” de nuestra época, es el “Estado-espectáculo”, es la “movilización festiva”, todo para “adornar la mediocridad” y “la desmesura”, es un “decorado destinado a provocar veneración y temor”, y concluye este autor al afirmar que “el mandatario oficia; el pueblo —coro inmutable— responde con una ¡viva! a cada una de sus fórmulas” todo montado y fabricado para subordinar “al individuo por completo a lo colectivo”, lo cual indefectiblemente termina en una tragedia para todos los hombres de buena voluntad y para los distraídos que se dejaron atropellar, primero en minucias y luego, cuando ya es tarde, en lo sustancial. Primero “pan y circo”, luego circo solamente y, en la última etapa, se derrumban también los payasos y todo el escenario se transforma en campo arrasado.
En parte, esta desgraciada vivencia se debe a que muchos se dejan encandilar por el síndrome del producto bruto, sin ver que si no puede utilizarse como le venga en gana al titular se transforma en un producto para brutos debido a que no pueden decidir el destino de lo suyo porque ya no le pertenece puesto que les fue arrebatada la libertad en todos los campos.
Si uno tiene la paciencia (y el estómago) y se puede abstraer del espectáculo farandulesco y contiene sus carcajadas en vista del drama vivido y mira y escucha a ciertos gobernantes, no puede menos que quedar atónito. En lugar de recato y sobriedad para centrar sus funciones en garantizar justicia y seguridad, estos energúmenos se lanzan a parlotear sobre el modo y la forma en que deberían desarrollarse todas y cada una de las actividades las que pretenden reemplazar con sus directivas por la experiencia y el conocimiento necesariamente fraccionado y disperso entre millones de personas. Manejan el país como si se tratara de su chacra personal (sin perjuicio de ser muy celosos en la administración de sus patrimonios individuales). En lugar de dejar paso a las energías creativas, estos gobernantes megalómanos concentran ignorancia en medio de aplausos de los “más estúpidos y abyectos de los serviles” como diría Erasmo de Rotterdam.
Lo más patético es que en sus incontinencias verbales intercalan lo que estiman es gracioso que siempre es festejado por los corifeos de turno por más que se trate de gansadas y tilinguerías asombrosamente ridículas, siempre mezcladas con anécdotas personales fruto del narcisismo exacerbado de quien lanza palabras sin la menor consideración por el decoro y la prudencia elemental. Y todo este despilfarro de palabras  procede de mequetrefes cuya característica central es ser ordinarios hasta el tuétano tanto en el hacer, en el vestir como en el decir (por más que en países latinoamericanos algunos gobernantes traten de encajar palabras en inglés siempre mal pronunciadas y peor ubicadas).
En EE.UU. el cow-boy G. W. Bush dejó una deuda astronómica luego de pedir cinco veces autorización al Congreso para elevarla, convirtió el superávit que le dejó su antecesor en un colosal déficit fiscal, estimuló la burbuja inmobiliaria a través de empresas paraestatales y con legislación que empujaba a préstamos hipotecarios sin las suficientes garantías y terminó otorgando masivos “salvatajes” con recursos de los trabajadores sin poder de lobby para entregarlos a muchos de los privilegiados financistas de Wall Street, en el contexto de guerras como la patraña de Irak. Ahora Obama incrementa notablemente el Leviatán financiado con llamativas monetizaciones de la nuevamente incrementada deuda (recordemos que cuando Jefferson revisó la Constitución estadounidense en su embajada en Paris, manifestó que si hubiera podido agregar un artículo sería para prohibir la deuda pública por ser incompatible con la democracia ya que compromete el patrimonio de futuras generaciones que no participaron en el proceso electoral para elegir al gobierno que contrajo la deuda).
Por su parte, muchos países europeos se encuentran en crisis debido a promesas anteriores de imposible cumplimiento, también financiadas con cuantiosas deudas gubernamentales, en el contexto de legislaciones laborales que expulsan a los que más necesitan trabajar. Estas políticas socialistas no se corrigen con medidas de sus primos hermanos: gobiernos de derecha siempre de escasa imaginación que apuntan a equilibrar las cuentas públicas elevando aún más la succión de recursos a los esquilmados contribuyentes, en el contexto fascista del manotazo al flujo de fondos en lugar de estatizar.    
En todo caso, estos personajes de opereta (sin vestigio de poesía) sean de izquierda o de derecha pero siempre enemigos del liberalismo, se enojan hasta el paroxismo cuando alguien osa contradecirlos y, especialmente ciertos caudillos en Latinoamérica y en África, estiman que la libertad de prensa consiste en una manada de alcahuetes que apoyan todo cuanto se diga desde el atril. Tienen una idea tan desfigurada de la división horizontal de poderes que la asimilan a la subordinación al jefe del ejecutivo. Se burlan de la democracia convirtiéndola en pura cleptocracia.
Por eso es que hemos sugerido —y a ahora insistimos—  que resulta fértil prestar debida atención a Montesquieu, que en el segundo capítulo del Segundo Libro de El espíritu de las leyes afirma que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia”, lo cual, dado que cualquiera podría gobernar, haría que la gente centre su atención en defenderse de lo que podría hacer el gobernante con sus vidas y haciendas, ergo el tema prioritario se convertiría en limitar el poder que es precisamente lo que se requiere para mitigar sus desbarranques.
También hemos sugerido repasar los jugosos debates en la Asamblea Constituyente estadounidense en donde se propuso el establecimiento de un Triunvirato en el Poder Ejecutivo “al efecto de moderar los peligros de los caudillos” enquistados en el poder. A su vez, es de interés debatir la posibilidad de que allí donde hay arreglos contractuales, las partes establezcan las respectivas instancias para la resolución de posibles conflictos. Si no se proponen otras miradas para preservar las autonomías individuales, los resultados responderán a los incentivos de alianzas y coaliciones de mayorías dirigidas a explotar las minorías en el Congreso, el cual podría adaptarse a las extensas consideraciones que presenta Friedrich Hayek en Law, Legislation and Liberty al efecto de retomar el espíritu original de la democracia. No es posible esperar resultados distintos aplicando las mismas recetas. Hay que trabajar las neuronas si se pretende cambiar el rumbo… y no esperar milagros.
Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Argentina) el 27 de febrero de 2012.

Comparación entre las hipotecas islandesas y las españolas

lunes, 27 de febrero de 2012

THE THREATENED DEMOCRACY, by Juan José Molina



 
 
 
 
 
Although some don't know it, it not only democracy  is minority government's system if not that it is also fragile. Not to mention that democracy is not the panacea and it has in their own breast your deficiencies besides perfectly camouflaged enemies. I would like to speak in short of this last aspect, the camouflaged enemy.
The liberal democracies that are those that supposedly we have in the free wold,  they only have an ideology that really defends them, as their own qualifying adjective it indicates, this ideology is the liberalism. So alone from the strictest respect to the laws, better or worse, and from the individual freedom or of minority groups it can understand a political system that is based on the defense of the human rights and freedom.
So much the conservatives or groups of right that struggle to conserve their economic privileges or power positios or from the left that puts above the rights and  the individual freedom a “porpose” common to the one everybody should adhere for the good ones or for the bad ones, the democracy is beaten without blush by both sides. For that reason, we see how every day depending on the matter in question, wether it is a judicial sentence or a new law, supporters of one or another side to protest against the other ones specting to have the reason and attacking without shame even to the own institutions of the state as the Justice.
We adopt the democracy like a system of being alternated in the power without spilling of blood but the players of this game are altering the rules of the game irresponsibly, although they admit their defeat in the urns, then they are not able to wait their turn patiently and to try to win the game in the next hand, very on the contrary, they boycott rightfully in all the possible one the government's action elected and in the limit of the irresponsibility, they shake their partisans in the streets to coerce, when not to demolish, to those that democratically have the responsibility of governing.
This absurdity is a vicious circle that can take us to the one bigger of the disasters, so much the one that wins as the one that loses they leave to be simple political opponents and  become enemies, when the dirty game enters of full  the legal rules no longer work, to each nut turn the litigants become more twisted and they are more radical. It is not new, if to arrive democratically to the power is not enough guarantee to be able to govern in peace, the following step is to finish with  the enemy because otherwise he will be who will finish with you, every time the most scrupulous and with  higher humans values are discarded and separated by new less scrupulous leaders willing to do anithing in order  to get the proposed objective.
The dictatorships are gestated in this way, the revolutions and generally the biggest social disasters, to the scream of “the street is our” the freedom and the common sense and the own democracy are kicked without pity and the worst achieve the power.

Sobre democracia consensual, En torno a ideas de Kwasi Wiredu, por Luis Villoro


This article follows up parallels between Kwasi Wiredu's suggestion of a democracy based on consensus in Africa and similar movements in indigenous America. In view of the processes of transition from traditional communities in pluralist societies and the resulting problems for a form of government based on consensus, some programmatic ideas are sketched out to counter the latter. Thereby, a recognition of all differences proves crucial, as a basis for supplementing representational democracy with participatory elements of direct democracy.
Alternativas de la democracia



Kwasi Wiredu:
"Democracia y consenso en la política tradicional africana. Defensa de una institucionalidad política sin partidos".
En este número.
Artículo
  El modelo occidental de democracia representativa parece imponerse actualmente en el mundo. En muchos países ha servido para liberarse de un sistema totalitario, pero también, en otros, ha llevado a la destrucción de formas colectivas de vida de comunidades tradicionales. Ha sido el caso en muchas regiones de Africa. Kwasi Wiredu, en un sugerente artículo,  1  propuso una alternativa. La tradición africana anterior a la colonización desarrolló, en varios pueblos, formas de democracia diferentes a la occidental. En lugar de la imposición de las mayorías, el diálogo entre todos, que conduce a un consenso; en el acuerdo final nadie queda excluido; en vez de la lucha entre varios partidos o la predominancia de uno solo, el diálogo razonado entre todos los miembros de la comunidad.
  Es notable que esas formas de democracia consensual presentan una analogía con prácticas semejantes en muchos pueblos indígenas de América, que se remontan a un pasado anterior a la conquista europea. En muchas comunidades indígenas persiste el ideal del consenso, al que se llega por la participación de todo el pueblo en asambleas. La asamblea designa también, para cargos dirigentes, a personas que destaquen por su edad avanzada y su sabiduría. Los gobernantes están sujetos al control de los miembros de la comunidad, como proclama un lema común: deben "servir obedeciendo". Estos procedimientos intentan preservar las relaciones de comunidad; por ello chocan a menudo con el régimen de partidos políticos que la dividen.
»En la asamblea todos toman la palabra y discuten; al final de la discusión un anciano interpreta y resume la decisión a que se ha llegado. Anuncia: 'nosotros pensamos y decimos ...'.«

Carlos Lenkersdorf
(Nota 2)
  Un etnolingüista, Carlos Lenkersdorf, describe así la práctica de una asamblea en una comunidad tojolabal (pueblo de ascendencia maya) en México: »En la asamblea todos toman la palabra y discuten; al final de la discusión un anciano interpreta y resume la decisión a que se ha llegado. Anuncia: 'nosotros pensamos y decimos ...' Es decir – escribeLenkersdorf – gracias al hecho de tener corazón ya, intuye nuestro pensar comunitario y lo anuncia. Se ha logrado un consenso expresado por la palabra 'nosotros'. Esta clase de asambleas nos demuestran la intersubjetividad en acto. Es la comunidad que vive gracias a la participación de todos y de cada uno.«  2 
  Este espíritu tradicional anima un movimiento renovado en favor de los derechos de los pueblos indígenas, en varios países de América Latina: México, Guatemala, Ecuador, Bolivia. Mediante la defensa de su autonomía, intentan preservar y renovar las formas de vida comunitaria amenazadas por la sociedad individualista moderna.
  Es notable comprobar cómo el retorno a las fuentes africanas de la democracia es paralelo a un renuevo de ciertas tradiciones indias similares en América. ¿No indica este hecho que se trata de un proyecto de alcance universal – como el mismo Wiredu no deja de sugerir – que rebasa con mucho las fronteras de un pueblo?
  La democracia representativa restringe la participación del elector a ciertos actos puntuales; terminando éstos, el ciudadano se ausenta, pierde el control de sus representantes quienes deciden por él. La democracia representativa es un procedimiento para substituir el poder de los ciudadanos; crea un estamento social ligado a los partidos y a las funciones públicas, el cual es el verdadero detentador del poder; está constituido por una burocracia política y sostenido por el poder económico. La democracia representativa se funda en el principio de la competencia; igual que la burocracia del partido triunfante ha descartado a sus electores; una vez llegado al poder hace un lado también a las minorías perdedoras. Un rasgo necesario del procedimiento democrático es la exclusión.
»Frente al individualismo competitivo de la democracia liberal, esta alternativa de democracia consolidaría los lazos que constituyen una comunidad.«
  La democracia consensual, ideal de muchas comunidades no occidentales, se puede presentar como un correctivo a esas fallas inherentes a la democracia representativa. Tendría el mismo sentido que las propuestas de una democracia "radical" o "participativa" de otros autores. Pondría énfasis en procedimientos que aseguraran la participación en las decisiones que les conciernen de todas las personas situadas en una sociedad y su control sobre quienes las representen. No se basaría en la competencia partidista sino en el principio del acuerdo. Su idea regulativa sería evitar la exclusión. Frente al individualismo competitivo de la democracia liberal, esta alternativa de democracia consolidaría los lazos que constituyen una comunidad.


 Problemas de una democracia consensual

»En una democracia participativa actual, el consenso buscaría su legitimidad en el acuerdo entre libertades personales. Sería producto de la decisión autónoma de todos los ciudadanos.«
  La democracia consensual forma parte de una concepción anterior al pensamiento moderno. Es propia de sociedades fundadas en la necesidad del trabajo colectivo; se trata, por lo general, de sociedades agrarias o ganaderas, donde permanecen formas comunitarias de vida. El trabajo colectivo en el campo exige cooperación, ayuda mutua, decisiones compartidas. Por otra parte, esos procedimientos de consenso no se ponen nunca en cuestión; remiten a una tradición comúnmente aceptada; forman parte de costumbres establecidas.
  Pero las comunidades tradicionales se rompen al pasar a formas de vida "modernas". La democracia pretende ser ahora el resultado de la voluntad concertada de individuos autónomos; ya no se funda en las costumbres transmitidas por la tradición sino en el ordenamiento legal decidido por los ciudadanos individuales. Debemos entonces preguntar: ¿acaso podrían las concepciones de comunidades premodernas transpasarse a las sociedades individualistas modernas? No es posible regresar al pasado; no podemos resucitar en una sociedad diferente formas de vida propias de sociedades agrarias menos complejas. Sin embargo éstas podrían ofrecernos una vía para superar el individualismo y la falta de participación política de las personas situadas, propios de las democracias liberales actuales. Para ello sería menester levantar (en el sentido del Aufheben hegeliano: conservar y superar) los principios de la democracia liberal a la altura de una democracia comunitaria renovada.
  Esta propuesta suscita problemas teóricos. Señalaré los dos que me parecen más importantes.
  1. Los procedimientos para llegar a consensos en las comunidades mencionadas fundan su legitimidad en una sabiduría colectiva heredada, que a menudo se expresa en mitos seculares; forman parte de las convenciones de la moralidad social vigente. Su aceptación expresa una actitud reiterativa de formas de vida y concepciones tradicionales. El disenso de un grupo o de un individuo cae fuera de esa moralidad social; es disruptivo de la vida comunitaria; no puede considerarse legítimo. En una democracia participativa actual, en cambio, el consenso buscaría su legitimidad en el acuerdo entre libertades personales. Sería producto de la decisión autónoma de todos los ciudadanos. Tendría que aceptar como legítimo, por lo tanto, el disenso frente a cualquier forma de tradición o de costumbre consensuada anteriormente. Supone una norma previa a la aceptación de la tradición colectiva: el respeto a la autonomía de todo miembro de la colectividad y, por ende, de su derecho a disentir.
»Los seres humanos tienen la capacidad de abrirse paso entre sus diferencias hasta tocar fondo en la identidad de intereses.«

Kwasi Wiredu
(Nota 3)
  2. Como señala acertadamente Wiredu, la democracia consensual supone que todos los miembros de la comunidad pueden llegar, por el diálogo, a descubrir un bien común sustantivo. »Los seres humanos tienen la capacidad de abrirse paso entre sus diferencias hasta tocar fondo en la identidad de intereses.«  3  En efecto, en las comunidades premodernas, el pueblo puede coincidir en los fines y valores superiores, aceptados por la tradición, que presentan unidad a la comunidad. En cambio, las sociedades democráticas modernas y complejas no comparten necesariamente ese supuesto. La concepción liberal de la democracia se levanta sobre el supuesto contrario; es una manera de responder a la multiplicidad de concepciones del bien común que responden a intereses divergentes. Si el Estado aceptara una concepción sustantiva del bien común, sería por la imposición de un sector de la sociedad sobre los demás. De hecho, eso es lo que puede suceder, en la realidad, si se sigue con rigidez el principio del gobierno de la mayoría.
  ¿Podría modificarse esa práctica para promover el principio del consenso? Me parece que la respuesta sería diferente según el ámbito de decisiones de que se trate. En los espacios locales, comunidades, municipios y aún pueblos autónomos, donde los ciudadanos pueden mantener un contacto personal y donde, bajo las discrepancias, puede haber conciencia de necesidades comunes es posible preservar o recrear procedimientos para llegar a consensos. Estos versarían sobre la solución de problemas locales, los que afectan a todos los miembros de esa comunidad particular.
»Sólo cabe un consenso básico que reflejara unaidentidad de intereses: el respeto a la pluralidad de puntos de vista sobre el bien común, el reconocimiento de las diferencias.«
  En el espacio amplio de un país complejo, en cambio, la comunicación interpersonal, así como el conocimiento recíproco de los problemas comunes, son escasos. En ese nivel subsiste de hecho una pluralidad de grupos con puntos de vista e intereses que no se comunican. Sólo cabe, por lo tanto, un consenso básico que reflejara una identidad de intereses: el respeto a la pluralidad de puntos de vista sobre el bien común, el reconocimiento de las diferencias. Esto es un valor de segundo nivel, por así decirlo; consiste en la igual consideración de los valores sustantivos que elijan los distintos grupos de la sociedad. No es inocuo. El reconocimiento de las diferencias implica dar a cada quien lo suyo, vieja definición de la justicia. La justicia es equidad en el trato de todas las diferencias.
  Dada la ausencia de una sola concepción del bien común, previamente consensuada por la tradición, en la democracia moderna sólo puede establecerse un consenso sobre los puntos en que coincidieran parcialmente concepciones y programas diferentes, al modo deloverlapping consensus del que habla John Rawls. Para lograrlo sería necesario que el diálogo racional se acompañara de la voluntad de cooperación. El principio de igualdad en el reconocimiento de las diferencias guiaría la obtención de ese consenso racional parcial.
  La democracia consensual, creo, tendría que dar soluciones institucionales a esos dos problemas.


 El Estado plural

»En los espacios en que la gente puede intercomunicar para llegar a decisiones consensuadas, fomentaría la renovación de la comunidad.«
  Propondría las siguientes ideas programáticas para hacer frente a los problemas anteriores; coincidirían tal vez con las que imaginaría Wiredu.
  La propuesta de una democracia radical o participativa sólo podría realizarse cabalmente si pasáramos de un Estado nacional homogéneo a un Estado plural, basado en el reconocimiento de todas las diferencias. Tendrían que armonizarse en él los procedimientos de una democracia representativa con formas institucionales que aseguraran el desarrollo de una democracia participativa. En los espacios en que la gente puede intercomunicar para llegar a decisiones consensuadas, fomentaría la renovación de la comunidad. Se constituiría sobre pactos de autonomía del Estado con los distintos pueblos (nacionalidades, etnias, tribus) que constituyen el Estado plural. Cada región autónoma delegaría, a su vez, gran parte del poder administrativo y político a los ámbitos locales, donde el pueblo real vive y trabaja: comunidades, municipios y delegaciones, pero también lugares de trabajo: cooperativas, universidades, industrias. En esos espacios podrían desarrolarse decisiones consensuadas.
Luis Villoro
ha sido durante casi 50 años profesor de materias filosóficas en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Autónoma Metropolitana (México). Vive y trabaja en la Ciudad de México.
  Tendrían que establecerse, en un segundo nivel, relaciones intercomunitarias. Estarían dirigidas por la idea regulativa del igual reconocimiento de todas las regiones autónomas y, en ellas, de las comunidades que las integran. En ese nivel, tendría que mantenerse un poder federal, a partir de los procedimientos de una democracia representativa. Sin embargo, en asuntos de particular importancia y de competencia del común de los ciudadanos, podría asegurarse una participación de todos mediante las figuras establecidas de la consulta, el referendum y el plebiscito.
  Todo ello no implica la disolución de la democracia representativa sino su complementariedad con formas de democracia directa que permitan acercarse a consensos. Tampoco implica la eliminación de los partidos políticos sino la restricción de sus facultades. En los ámbitos regionales y locales no serían útiles para propiciar consensos; estarían ausentes. En el ámbito nacional, en cambio, serían necesarios; pero su función estaría limitada a las cuestiones intercomunitarias.
  Me parece que el renuevo de formas de democracia consensuada, común a un movimiento importante de Africa y de la América india, puede abrir una alternativa para superar las limitaciones de una democracia liberal de tipo occidental. Sobre todo, puede ser el inicio de una forma aún inédita de comunidad renovada.

Notas
 1   
Kwasi WireduDemocracia y consenso en la política tradicional africana. Defensa de una institucionalidad política sin partidos. En este número
 2   
Carlos LenkersdorfLos hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales. México: Siglo XXI, 1997, 80. 
 3   
Kwasi Wiredu12