Juan J. Molina

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Juan J. Molina

miércoles, 29 de febrero de 2012

EL FINAL DE LA VERDAD, ( Resumen XII)




“Es significativo que la nacionalización
Del pensamiento ha marchado por doquier
 pari passu con la nacionalización de la industria.”
E. H. Carr

El camino más eficaz para hacer que todos los individuos sirvan al sistema único de fines que se propone el plan social consiste en hacer que todos crean en esos fines. Es esencial que la gente acabe por considerarlos como sus fines propios.
Esto se logra, evidentemente, por las diversas formas de la propaganda. En un Estado totalitario toda la propaganda sirve al mismo fin, todos los instrumentos de propaganda se coordinan para influir sobre los individuos en la misma dirección. Las consecuencias morales de la propaganda totalitaria son la destrucción de toda la moral social, porque minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella.
La necesidad de doctrinas oficiales, como instrumento para dirigir y aunar los esfuerzos de la gente, ha sido claramente prevista por los diversos teóricos del sistema totalitario. Las “mentiras nobles” de Platón y los “mitos” de Sorel sirven para la misma finalidad que la doctrina racial de los nazis o la teoría del Estado corporativo de Mussolini. Todos  se basan necesariamente sobre opiniones particulares acerca de los hechos, que se elaboran después como teorías científicas para justificar una opinión preconcebida.
La más eficiente técnica para esta finalidad consiste en usar viejas palabras, pero cambiar su significado. La que más ha sufrido a este respecto es, desde luego, la palabra libertad. Es una palabra que se usa tan desembarazadamente en los Estados totalitarios como en cualquier parte. Allí donde se destruyó la libertad tal como la entendemos, casi siempre se hizo en nombre de alguna nueva libertad prometida a la gente. Cuanto menos libertad hay, más se habla de la “nueva libertad”. Pero esta nueva libertad es una simple palabra que cubre exactamente lo contrario de todo lo que Europa entendió siempre por libertad…La nueva libertad que se predica es, en realidad, el derecho de la mayoría contra el individuo.
No es difícil privar de independencia de pensamiento a la gran mayoría. Pero también es necesario silenciar a la minoría que conservará una inclinación a la crítica. El credo oficial, cuya adhesión se impone, abarcará todas las cuestiones concretas en las que se basa el plan. La crítica pública, y hasta las expresiones de duda, tienen que ser suprimidas porque tienden a debilitar el apoyo público. Todo el aparato para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine, se usaran exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones.
El control totalitario de la opinión se extiende, sin embargo, a dominios que a primera vista parecen no tener significación política. La ciencia por el placer de la ciencia, el gusto del arte por el arte, son igualmente aborrecibles para los nazis, nuestros intelectuales socialistas y los comunistas. Toda actividad debe extraer de un propósito social consciente su justificación. No debe existir actividad espontánea, sin guía, porque pudiera producir resultados imprevisibles sobre los cuales el plan no se ha manifestado. Podría producir algo nuevo, inimaginado por la filosofía del planificador. Como un ministro nazi de justicia explicó, la pregunta que toda nueva teoría científica debe plantearse a sí misma es: “¿Sirvo al nacionalsocialismo, para el mayor beneficio de todos?”.
Quizá el hecho más alarmante sea que el desprecio por la libertad intelectual no es cosa que sólo surja una vez establecido el sistema totalitario, sino algo que puede encontrarse en todas partes entre los intelectuales que han abrazado una fe colectivista y que son aclamados como líderes intelectuales hasta en los países que aún tienen un régimen liberal.
El deseo de imponer a un pueblo un credo que se considera saludable para él, no es, por lo demás, cosa nueva o peculiar de nuestro tiempo. En cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo tendrá, probablemente, significación directa para una pequeña minoría. Pero esto no supone que alguien esté calificado o deba tener poder para elegir a quiénes se les reserva esta libertad. Ello no justifica ciertamente  a ningún grupo de personas para arrogarse el derecho de determinar lo que la gente debe pensar o creer. Impugnar el valor de la libertad intelectual porque nunca significará para todos la misma posibilidad de pensamiento independiente, supone confundir por completo las razones que dan su valor a la libertad intelectual. Lo esencial para que cumpla su función como principio motor del progreso intelectual no es  que todos puedan ser capaces de pensar o escribir cualquier cosa, si no que cualquier causa o idea pueda ser defendida por alguien.
La tragedia del pensamiento colectivista es que, aun partiendo de considerar suprema a la razón, acaba destruyéndola por desconocer el proceso del que depende su desarrollo.

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