Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

domingo, 1 de agosto de 2010

LIBERALISMO Y DEMOCRACIA (XI)


A menudo estas dos palabras forman una pareja confusa, pero en realidad son dos teorías políticas distintas; en una definición sencilla podríamos decir que el liberalismo es la tradición que, frente a la cuestión de si deben gobernar las leyes o los hombres, responde afirmando que deben gobernar las leyes; y la democracia como una teoría relativa al mejor sistema para elegir a los gobernantes.
Ambas tradiciones se consideraron antitéticas hasta el momento de la aparición de la mentalidad totalitaria y la implantación de los regímenes a ella ligados (tanto comunistas como nazi-fascistas) les indujo a hacer frente al común enemigo. Pero cuando el horizonte histórico y teórico quedó despejado de adversarios, las diferencias volvieron a acentuarse. Mientras para los liberales ---tanto los gobernantes como los gobernados--- están sujetos a la soberanía del derecho (rule of law), para un demócrata la soberanía es patrimonio de quien tiene el poder de establecer el derecho; es decir del pueblo mediante sus representantes, los gobiernos.
Desde esta perspectiva se comprende que las diferencias entre ambas tradiciones no estriban tanto en el método con que se elige a los gobernantes, como en los límites de sus atribuciones y competencias. Mientras la tradición liberal sostiene que el orden es un producto posible, lento y a veces también gradual, de una evolución cultural. La tradición democrática considera en cambio que el mejor régimen político es aquel que se atribuye una función ético-política cuyos fines son alcanzables mediante disposiciones legislativas emanadas de las mayorías coyunturales.
Si el liberalismo atribuye al poder político la función de hacer convivir las diferencias naturales entre los hombres, la democracia le atribuye la función de realizar un fin que no es un fin natural.
El problema se convierte así en el de las garantías de los derechos de las minorías y de los límites del poder de la mayoría. El recelo de la tradición liberal al aumento del poder de decisión de los políticos está más que justificado y nos lleva a la duda de si ha sido prudente subestimar la circunstancia de que la lógica política, nos haya llevado a una maximización de los políticos como clase de los gobernantes. En otras palabras ¿ de qué instrumentos disponemos en un régimen democrático, para hacer que los políticos no elijan las opciones que le son más favorables para mejorar sus propios intereses y mantener y reforzar su poder?
Limitando la función del estado a garantizar que todos puedan participar en condiciones de libertad en ese proceso de producción del orden, la solución liberal se presenta como algo diametralmente opuesto al mecanismo democrático basado en la atribución a la mayoría de la potestad de crear certeza mediante la producción de normas y reglamentos que condicionan gravemente las relaciones de intercambio entre los individuos.

Bibliografía, Atlas del liberalismo, Raimondo cubeddu, Unión editorial.
CONTINUACIÓN

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