Juan J. Molina

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miércoles, 25 de febrero de 2015

Socialismo y Cálculo Económico

Los autores de la escuela Austriaca de Economía como Ludwig Von MIses o Friedrich August Hayek siempre postularon que la propiedad privada era un requisito fundamental a la hora de desarrollar lo que ellos llamaron “el cálculo económico racional” (la idea de que el precio de bienes y servicios no puede determinarse de forma clara y con exactitud sin definir previamente derechos de propiedad). Con esta idea, Mises pretendió atacar la línea principal de pensamiento socialista poniendo en tela de juicio la posibilidad de una sociedad industrial y moderna en un entorno donde el Estado posee todos los medios de producción. En el fondo de esta cuestión, Mises ponía en tela de juicio el hecho de que la economía pudiera ser planificada de forma eficiente por parte del Estado negando los procesos de mercado y centralizando la producción y planificación del mercado.

La idea que impulsó a Mises a adoptar esta perspectiva se encuentra estrechamente relacionada con el mecanismo de precios y la información que este transmite a compradores, vendedores e inversores. Mises se dio cuenta de que era perfectamente posible usar en la producción cualquier tipo de material que fuera comparablemente eficiente con otros materiales igualmente útiles, pero que sólo el uso de los más baratos eran los más idóneos dependiendo del proyecto que se tratara. Por ejemplo, resulta del todo posible construir líneas de tendido eléctrico con plata, que es uno de los mejores conductores del mundo, pero hacerlo sería económicamente ineficiente en relación con otros materiales cuya eficiencia es comparable como el cobre y cuyo precio es mucho menor. Es precisamente gracias al mecanismo de precios (gente que puja al alza el precio de la plata debido a su escasez relativa con el cobre), que tales tipos de juicios pueden desarrollarse.
Lo cierto del asunto es que la mayoría de autores socialista se tomaron este enfoque de la forma más seria posible. Es así que autores como Oskar Lange o Abba Lerner, tras reconocer la aportación de Mises en este sentido, propusieran erigirle una estatua para que nadie olvidara el hecho de que el mecanismo de precios también opera sobre la base de todo sistema socialista. On The Economic Theory of Socialismo publicado en 1936, por ejemplo, Lange trató de aunar la teoría marxista y clásica del mecanismo de precios proponiendo un organismo central que fijara los precios por medio del ensayo y el error al objeto de ajustar posibles carencias y surpluses con las necesidades reales del mercado. La idea de Lange es que el socialismo podría funcionar si se sustituía la planificación socialista por el mecanismo de precios. La idea principal era la de promover la producción auspiciada por el estado hasta que el coste marginal de lo producido se igualara con el precio de mercado de tales productos. Fue también este autor uno de los primeros en reintroducir la idea de Pareto eficiente en la economía y el autor de los dos teoremas de la economía del bienestar (theorems of welfare economics): los equilibrios competitivos o walrasianos llevan a la eficiencia de Pareto (primer teorema) y todos los posibles resultados que son Pareto eficientes pueden lograrse mediante pagos en bulto redistributivos gestionados por el mercado (segundo teorema).
El profesor Huerta de Soto nos recuerda aquí, muy en la línea de pensamiento que Mises y Hayek desarrollaron frente a este enfoque, la imposibilidad de todo sistema central que imite los sistemas de mercado, cosa esta, que imposibilita el socialismo de raíz. El problema con este enfoque reside en la imposibilidad de poder contar con la información adecuada por anticipado en relación con los costes de oportunidad asociados con el uso. De esta manera, es imposible que un organismo central pueda contar con la cantidad ingente de información requerida para determinar los precios de mercado eliminando al mismo tiempo los costes asociados de transacción. Para el profesor Huerta de Soto esto resulta del todo imposible si se eliminan los incentivos individuales que son los que permiten precisamente la eficiencia en el uso de recursos, lo cual, sólo se puede conseguir en un marco privado de posesión y uso de los medios de producción. La idea de Lange de sustituir al subastero walrasiano (modelo de equilibrio clásico) por la figura del funcionario en el contexto de una economía de planificación central y socialista, es del todo imposible.
En Economic Calculation under Socialismo Hayek argumenta en contra de la posición socialista diciendo que la información de la que disponen los individuos para guiarles en su actividad económica es ingente, se encuentra fragmentada y varía de forma continua en función de nuevos descubrimientos y costos de oportunidad que surgen de manera constante en los procesos de mercado. Esta información se haya indisolublemente asociada a los procesos de mercado mismos y se encuentra ligada al proceso de descubrimiento empresarial mismo. Son dinámicas como estas lo que ha hecho precisamente postular al profesor Huerta de Soto que sólo un ejército de empresarios a pie de cañón tengan la posibilidad de realizar semejantes procesos, pues tal información no puede ser consolidada en un organismo único de planificación central. El mercado es un proceso que dispone de mecanismo de retroalimentación donde la información que los actores poseen puede verse obsoleta en los estadios siguientes debido a la nueva información o líneas de actuación que antes no resultaban patentes.
En esencia, pueden citarse dos resultados que hacen de toda economía de planificación central algo indeseable: 1 La ineficiencia a la hora de distribuir los recursos y 2 la supresión del proceso democrático y autogestión. El primero de estos efectos es logístico mientras que el segundo es moral o ético. Si bien por un lado todo sistema de organización central acusa de ineficiencias a la hora de asignar recursos de forma eficiente, lo cual lleva a la escasez y falta de recursos, por el otro la supresión de los procesos de mercado exige de la existencia de un organismo de planificación central que es incompatible con el proceso democrático de toma de decisión por parte del individuo.
Fuente: https://laverdadofende.wordpress.com/2015/02/21/socialismo-y-calculo-economico/

jueves, 27 de marzo de 2014

Las raíces psicológicas del antiliberalismo – Ludwig von Mises en “Liberalismo”

Ludwig von Mises


En el presente libro, por supuesto, sólo vamos a abordar el problema de la cooperación social. Sin embargo, la raíz del antiliberalismo no puede ser aprehendida por vía de la razón pura, pues no es de orden racional, Constituye, por el contrario, el fruto de una disposición mental patológica, que brota del resentimiento, de una condición neurasténica, que cabría denominar el complejo de Fourier, en recuerdo del conocido socialista francés.
No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidia. Gran número de los enemigos del capitalismo sabe perfectamente que su situación personal se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Sin embargo, propugnan la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también van a padecer. ¡Cuántas veces oímos decir que la penuria socialista resultará fácilmente soportable porque, bajo ese sistema, nadie va a disfrutar de mayor bienestar!
Cabe, desde luego, combatir el resentimiento con argumentos lógicos. Puede hacérsele ver al resentido que a él lo que le interesa es mejorar su propia situación, independientemente de que los otros prosperen más. El complejo de Fourier, en cambio, resulta más difícil de combatir. Estamos, ahora, ante una grave enfermedad nerviosa, una auténtica neurosis, cuyo tratamiento compete más al psiquiatra que al legislador. Constituye, sin embargo, una circunstancia que debe ser tenida en cuenta al enfrentarse con los problemas de nuestra actual sociedad. La ciencia médica, por desgracia, se ha ocupado muy poco del complejo de Fourier. Se trata de un tema que casi pasó inadvertido a Freud.
En esta vida, es muy difícil alcanzar todo lo que se ambiciona. No lo consigue ni uno en un millón. Los grandiosos proyectos juveniles, aunque la suerte los acompañe, cristalizan muy por debajo de lo previsto. Mil obstáculos destrozan planes y ambiciones y la capacidad personal resulta insuficiente para conseguir aquellas altas cumbres que uno pensó escalar fácilmente. Ese fracaso de las más queridas esperanzas es el drama diario del hombre. Es la percepción de la propia incapacidad para conseguir metas ardientemente ambicionadas. Nos sucede a todos.
Ante esa realidad, se puede reaccionar de dos formas. Goethe, con su sabiduría práctica, nos ofrece una solución: ¿Crees tú, acaso, que deba odiar la vida y refugiarme en el desierto simplemente porque no fructificaron todos mis infantiles sueños?, dice su Prometeo. Y Fausto en «la mayor ocasión », «como sabio resumen», advierte que: No merece disfrutar ni de la libertad ni de la vida quien no sepa reconquistarlas todos los días.
Ninguna desgracia puede mellar ese espíritu. Quien acepte la vida como es en realidad, resistiéndose a que la misma lo avasalle, no necesita recurrir a «piadosas mentiras » que gratifiquen su atormentado ego. Si no llega el triunfo tan largamente añorado, si el destino, en un abrir y cerrar de ojos, desarticula lo que tantos años de duro trabajo costó estructurar, no hay más remedio que seguir laborando como si nada hubiera pasado. Así actúa quien osa mirar cara a cara al desastre y no desesperar jamás.
El neurótico, en cambio, no puede soportar la realidad de la vida. Le resulta demasiado dura, agria, grosera. A diferencia de la persona sana, carece de la capacidad para «seguir adelante, siempre, como si tal cosa”. Su debilidad se lo impide. Prefiere escudarse tras meras ilusiones. La ilusión, según Freud, «es algo deseado, una especie de consolación» que se caracteriza «por su inmunidad ante el ataque de la lógica y de la realidad». Por eso no es posible curar a quien sufre de ese mal apelando a la lógica o a la demostración del error en que aquél se debate. Ha de ser el propio sujeto quien se automedique, llegando a comprender él mismo las razones que le inducen a rehuir la realidad, prefiriendo acogerse a vanas ensoñaciones.
La teoría de las neurosis es la única que puede explicar el éxito de las ideas de Fourier. No vale la pena transcribir aquí pasajes de sus escritos para demostrar su locura. Eso sólo interesa al psiquiatra. Pero recordemos que el marxismo no añade nada nuevo a lo que Fourier, el «utópico», ya dijera. Al igual que Fourier, el marxismo parte de dos suposiciones contradichas tanto por la lógica como por la realidad experimental. El escritor socialista supone, en efecto, que el «substrato material» de la producción «ofrecido por la naturaleza, sin necesidad de la intervención del esfuerzo humano», es tan abundante que no precisa ser economizado y de ahí la confianza marxista en un «crecimiento prácticamente ilimitado de la producción” . Supone, por el otro lado, que en la comunidad socialista el trabajo «dejará de ser una carga para transformarse en un placer, hasta el punto de que «llegará a constituir la principal exigencia vital ». Estamos, desde luego, en el reino de Jauja, donde todos los bienes son superabundantes y el trabajo constituye pura diversión.
El marxista, desde las olímpicas alturas de su «socialismo científico », desprecia el romanticismo. Sus procedimientos, sin embargo, son los mismos. En vez de hallar la forma de superar los obstáculos que le impiden alcanzar los fines apetecidos, los escamotea, perdiéndolos de vista entre las brumas de la fantasía. La «mentira piadosa » tiene doble utilidad para el neurótico. Lo consuela, por un lado, de sus pasados fracasos, abriéndole, por otro, la perspectiva de futuros éxitos. En el caso del problema social, el único que en estos momentos nos interesa, lo consuela la idea de que, si no pudo alcanzar las doradas cumbres ambicionadas, no fue culpa suya sino del defectuoso orden social imperante. El descontento confía en que la desaparición del sistema social le deparará el éxito que anteriormente no consiguiera. Por eso, resulta inútil demostrarle que la soñada utopía es imposible. El neurótico se aferra a su tan querida «mentira piadosa y, en el trance de renunciar a ésta o a la lógica, sacrifica la segunda. Su vida, sin el consuelo del ideario socialista le resultaría insoportable porque, como decíamos, el marxismo le asegura que no es responsable de su propio fracaso; la responsabilidad es de la sociedad. Eso lo libera del sentimiento de inferioridad.
El socialismo, para nuestros contemporáneos, constituye un divino elixir frente a la adversidad; algo de lo que le pasaba al cristiano de otrora, que soportaba mejor las penas terrenales confiando en un feliz mundo ulterior, donde los últimos serían los primeros. Sin embargo, la promesa socialista tiene consecuencias muy distintas. La cristiana inducía a las gentes a llevar una conducta virtuosa. El partido, en cambio, le exige a sus seguidores una disciplina política absoluta, para acabar pagándole con esperanzas fallidas e inalcanzables promesas.
Este es el eterno hechizo de la promesa socialista. Sus partidarios están convencidos de que, tan pronto como el socialismo se implante, conseguirán todo lo que hasta entonces no habían logrado. Los escritos socialistas no sólo prometen riqueza para todos, sino también amor, felicidad conyugal, pleno desarrollo físico, espiritual y la aparición por doquier de grandes talentos artísticos y científicos. Trotsky aseguraba no hace mucho que en la sociedad socialista, «el hombre medio llegará a igualarse a un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y, por encima de tales cumbres, se alzarán otras aún mayores». El paraíso socialista será el reino de la perfección, poblado por superhombres totalmente felices. Esas son las idioteces que rezuma la literatura socialista. Pero es precisamente ese desvarío lo que atrae y convence a la mayoría.
No hay, desde luego, en el mundo, psiquiatras suficientes para atender a todos los infectados por el complejo de Fourier. Su número es excesivo. Tienen que tratar de curarse ellos mismos, reconociendo la realidad de la vida. Cada uno de nosotros tiene que afrontar su propio destino, es indigno buscar chivos expiatorios y es necesario comprender las inconmovibles leyes de la cooperación social (*).