Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina
Mostrando entradas con la etiqueta LIBERTAD. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LIBERTAD. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de enero de 2017

EL LIBERALISMO PROGRESISTA: SUS IDEAS FUERZA, por ANNA-CLARA MARTÍNEZ

 El socioliberalismo o social liberalismo o liberalismo radical o liberalismo progresista, liberalismo democrático o moderno –aunque en el presente artículo emplearé la denominación de liberalismo radical o progresista- es una versión del tronco común del liberalismo clásico cuyo origen lo encontramos a finales del siglo XVIII con la escisión del mismo liberalismo clásico en dos ramas: liberalismo radical y liberalismo conservador. Los motivos de dicha separación radican en la percepción que tenía cada uno de ellos acerca de la Revolución Francesa; siendo los liberales radicales los que la veían como algo positivo.
A grandes rasgos, los liberales radicales se caracterizan por una gran predisposición a las reformas sociales, por poseer un planteamiento muy racionalista (se consideran los herederos de las ideas-fuerza de la Ilustración) y se basan en el pacto social, es decir, una comunidad de seres racionales, libres y autónomos que deciden dotarse de los instrumentos adecuados para poder ser libres. Asimismo, consideran que el papel del Estado es primordial para garantizar el bienestar de los ciudadanos, ya que es el único que posee la fuerza suficiente para introducir transformaciones sociales.
Admiten en su discurso la libertad; elemento adoptado de la Revolución Francesa. Entienden que los individuos deben ser libres y para lograrlo hay que llegar a una igualdad; conseguir una igualdad de oportunidades que es lo único que legitimará las desigualdades injustas. Es por ello que las reformas sociales y las políticas deben ir encaminadas hacia la consecución de este objetivo.
Además, los liberales radicales comienzan a plantearse la existencia de derechos colectivos, siempre y cuando estos respeten a los individuales: conciencia, reunión, asociación, entre otros. Ello derivará en la introducción de elementos de reforma, tanto socio-económicos como legislativos.
John Stuart Mill.
John Stuart Mill.
El liberalismo radical o progresista defendido por autores federalistas norteamericanos como John Dewey, Alexix de Tocqueville o John Stuart Mill, proviene de Kant y de la Ilustración y de autores como Thomas Paine[1].
Uno de los máximos representantes del liberalismo progresista fue John Stuart Mill.
En su obra “On liberty” and other writings expuso las características y elementos que deberían conformar este liberalismo progresista, (social liberalism o new liberalism). La libertad individual debe ser el ingrediente principal para garantizar el éxito de la humanidad[2].
Su concepción del liberalismo progresista está basada en la combinación de elementos del liberalismo clásico para adaptarlos a las dificultades latentes en la sociedad. Los problemas existentes sólo podrán solucionarse mediante el aumento de la intervención del Estado y es para ello que propone una regulación y una intervención parcial del Estado en la economía. La libertad del individuo no es solamente asegurar que los individuos no interfieran físicamente entre sí, sino que debe garantizarse que cada individuo tenga las mismas posibilidades de éxito.
En este marco ideológico del liberalismo progresista introduce, además, la justicia social y la democracia radical, basadas en el naturalismo racionalista y el humanismo renacentista.
Herbert Henry Asquith.
Herbert Henry Asquith.
Por otro lado, en palabras de H.H. Asquith[3] el liberalismo progresista se concibe como una ideología política cuyo objetivo es alcanzar la libertad individual real, para que de este modo todos los individuos puedan hacer uso de sus facultades, oportunidades, energía y vida. Es decir, se entiende la libertad como una meta-valor, ya que cualquier otro valor necesita de ella para acabar de tener todo su esplendor[4].
Y es justamente en esta visión de la libertad en la que debe encontrar su impulso el gobierno para desarrollar este tipo de liberalismo; mediante la mejora de la educación, el derecho a la una vivienda digna, el entorno social e industrial; de manera que todo ello revierta en una mejora de la eficacia personal.
Otro autor a destacar es John Dewey. Fue un liberal progresista que formó parte del denominado pragmatismo[5]. Sus teorías tuvieron una gran importancia en Estados Unidos; sin embargo, en Europa no fue muy conocido. Defendió la igualdad de la mujer y su derecho al voto; de ahí que lo podamos catalogar como progresista, al enlazar claramente con las ideas de John Stuart Mill.
John Dewey.
John Dewey.
Siguiendo esta línea progresista, apoyó el sindicalismo docente y defendió la idea de la historicidad de las creencias sociales, es decir, que las creencias sociales son fruto de un contexto histórico determinado y que pueden ser avaluadas y cambiarse siguiendo el criterio de la experiencia, la prueba y el error.
Concebía a los hombres como autónomos, libres e iguales. Para llegar a ello la formación del individuo era uno de los pilares más importantes. Dewey afirmaba que el sistema educativo de la época no proporcionaba una preparación adecuada a los ciudadanos; era un sistema que no formaba y no incrementaba la cultura cívica. El papel del maestro debía cambiar y limitarse a enseñar al alumno a resolver problemas, no puede tratarse de una autoridad, y, su objetivo básico más importante debe ser  aumentar la capacidad de reflexión del alumno.
Además, criticaba el comportamiento ostentoso que exhibían las clases acomodadas, caracterizándolo de ofensa al conjunto de la sociedad. Defendía que una adecuada educación de la sociedad comportaría que incluso las clases acomodadas no hicieran ostentación de su riqueza.
Dentro de esta óptica, el liberalismo progresista español se ha venido configurando, como una aspiración a una vida digna y civilizada, sujeta a normas, en la que se respeten los derechos humanos.
Por tanto, podemos afirmar que las ideas-fuerza del liberalismo progresista o liberalismo radical son la garantía de libertad individual a través de la igualdad de oportunidades, el mantenimiento del bienestar de la sociedad en todos los campos (sanidad, educación…) garantizado por la intervención política del Estado y la ampliación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos.

[1] MELLÓN, J.: El liberalismo. Capítulo correspondiente al manual de CAMINAL, M. (editor): Manual de ciencia política. Tecnos, 2006. Madrid. Página 115.
[2] STUART MILL, J.: On liberty and other essays. Oxford University Press, 1992. Oxford. Página XXV.
[3] EATWELL, R., WRIGHT, A.: Contemporary political ideologies. Pinter editorial, 1996. London. Página 32.
[4] QUINTANA, M.: Liberalismo progresista (o por qué no es del todo aconsejable apellidar “liberal” a cualquiera que ansíe titularse como tal. 2009. [En línea].http://www.miguelangelquintana.com/liberalismo_progresista.pdf
[5] A grandes rasgos: el pragmatismo se opone a la mera especulación. Toda especulación filosófica que no tiene una aplicación práctica es absurda. En última instancia, el pragmatismo reduce lo verdadero a lo útil, por lo tanto, estaríamos frente una variante del utilitarismo.
Fuente: http://debate21.es/2016/02/22/liberalismo-progresista-sus-ideas/

domingo, 1 de enero de 2017

Las paradojas del progreso: datos para el optimismo A pesar de que los políticos populistas se aprovechan del pesimismo de la población, estamos mejorando en casi todos los parámetros

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/12/29/actualidad/1483020328_085937.html?id_externo_rsoc=FB_CM

Los datos señalan que la humanidad está en la mejor situación de su historia y, sin embargo, la mayoría cree que el mundo empeora. Los políticos populistas están aprovechando esta percepción ignorando que estamos mejorando en todos los parámetros. El 81% de los votantes de Donald Trump creen que, hace 50 años, se vivía mejor, que el mundo era un lugar mejor. Una opinión que podría definirse como reaccionaria: cree que los cambios están empeorando las cosas.

M

Esta visión está lejos de limitarse a los votantes de Trump. La percepción de que el mundo retrocede, de que nos dirigimos hacia una suerte de caos, es amplia. Según un estudio del Instituto Motivaction, el 87% de la población mundial cree que, en los últimos 20 años, la pobreza global ha permanecido igual o ha empeorado.
La paradoja es que los datos dejan claro que esta es una idea falsa. El mundo no empeora, mejora.
No significa esto —vaya por delante— que el mundo sea un lugar perfecto. Ni siquiera un buen lugar. Padecemos injusticias, guerras, hambre y violencia. Una minoría de la población posee la mayor parte de la riqueza, mientras 760 millones —el 11% más pobre— sobreviven con menos de 2 dólares al día. La pobreza es cotidiana. Pero de todos los escenarios globales que hemos conocido (no imaginado o deseado, sino conocido) este es el mejor.
"La gente es más rica, goza de mayor salud, es más libre, dispone de mayor educación, es más pacífica", explica Steven Pinker
El científico cognitivo y profesor de Harvard, Steven Pinker, es uno de los autores que han aportado más datos en defensa de esta tesis. Su libro Los ángeles que llevamos dentro trata de demostrar que vivimos en la época más pacífica y próspera de la historia. “La gente a lo largo y ancho del mundo es más rica, goza de mayor salud, es más libre, tiene mayor educación, es más pacífica y goza de mayor igualdad que nunca antes”, señala Pinker a EL PAÍS. “Todas las estadísticas señalan que mejoramos. En general, la humanidad se encuentra mejor que nunca”.
El escritor e historiador sueco Johan Norberg es otra de las voces destacadas de esta corriente de pensamiento. Defiende en su libro Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future (Progreso: diez motivos para mirar hacia adelante) que el capitalismo es el sistema que más ha hecho progresar al ser humano y que vivimos en el mejor momento de nuestra historia. “El mundo está mejorando rápidamente. De hecho, nunca antes el mundo mejoró así de rápido. Por cada minuto de esta conversación, cien personas salen de la pobreza”, explica.
Los datos respaldan estas afirmaciones.
Nos muestran, por ejemplo, que los adultos disfrutan en la de vidas más largas y que la mortalidad infantil se ha dividido entre cuatro. En 1960, según datos de la OMS y el Banco Mundial, de cada cinco niños uno se moría antes de cumplir cinco años; ahora sobreviven 19 de cada 20.
La riqueza también se ha multiplicado. Desde 1980 el porcentaje de personas que viven en la pobreza extrema se ha reducido a una cuarta parte. En el sur de Asia la sufrían el 50% y ahora el 15%. En el este de Asia y el Pacífico, la pobreza extrema pasó de afectar al 80% (cuatro de cada cinco personas) a apenas el 3,5%.
La alfabetización va camino de ser universal: en 1980 todavía el 44% de las personas sobre el planeta no sabían leer y escribir; ahora son sólo el 15%, según datos de la OCDE y la UNESCO. Además se está cerrando la brecha entre la educación que reciben los hombres y las mujeres de todo el mundo. En España cicatrizó en 2005. Muchos de estos datos provienen de la web Our World in Data, un proyecto que recopila indicadores para mostrar cómo están cambiando las condiciones de vida de las personas en todo el mundo.
Desde los años ochenta se han reducido las guerras. La violencia retrocede: en las sociedades agrícolas causaba alrededor del 15% de todas las muertes, según el pensador israelí Yuval Harari, autor de Sapiens. De animales a dioses. Durante el siglo XX provocó el 5% y hoy sólo es responsable del 1% de la mortalidad global.

Por qué no vemos este progreso

Si los datos muestran mejora, ¿por qué existe la percepción de que empeoramos? Hay muchas respuestas. Todas correctas y ninguna completa. La primera es que somos más críticos, mucho menos tolerantes ante los errores e injusticias del sistema. Nunca antes la humanidad había sido tan exigente consigo misma. Cosas que hoy nos parecen intolerables eran la norma: en 1980, el 54% de los españoles pensaba que ser homosexual era injustificable (esa cifra ha bajado hasta el 8%). Esta exigencia nos hace sentir que no mejoramos (o que, al menos, no mejoramos lo suficiente).
"Nos enteramos de una mala noticia cada minuto. Por eso creemos que son más frecuentes", dice Norgerg
Johan Norberg añade otra respuesta: “Tenemos mejor acceso a las noticias y a la comunicación que nunca. Y en los medios, las malas noticias son las que venden. Nos enteramos de alguna mala noticia o algún nuevo incidente cada minuto. Los desastres y las tragedias no son algo nuevo, pero los móviles y las cámaras sí lo son. Y esto hace que nos dé la impresión de que esos horrores son más frecuentes de lo que eran”.
Steven Pinker coincide: “Mientras el número de incidentes o desastres no baje hasta cero, siempre habrá alguno para publicar. Cada cosa que sucede es tremendamente visible hoy en día”. Así, las crisis económicas y de migrantes, los horrores del ISIS o el yihadismo (París, Bruselas, Estambul…) han entrado casi a diario en nuestros hogares a través de muchos y muy diversos canales. Hoy en día seguimos al minuto un golpe de Estado en Turquía mientras terminamos la cena. La percepción, el poso final que queda por culpa de estas tragedias, es que hemos alcanzado cotas de horror inéditas. Los datos —que dicen lo contrario— quedan sepultados bajo la oleada de malas noticias.
A todo esto cabe sumar otro factor: la nostalgia. “Cuando la gente piensa en ‘los buenos tiempos’, se retrotrae a la época en la que crecieron, una época en la que no tenían que pagar facturas, no tenían hijos ni responsabilidades”, explica Norberg. Quizás lo que añoramos no es el mundo de nuestra juventud sino nuestra juventud misma.
Hay una última teoría planteada por algunos científicos y que, grosso modo, defiende que no estamos hechos para ser felices. La evolución nos dotó de una biología que nos impide estar absolutamente satisfechos, porque así nos mantiene activos, curiosos, despiertos y ambiciosos.

Arma para los políticos

El debate entre percepción y datos no pasaría de eso, de un debate, si no fuera porque la creencia de que el mundo empeora se usa con fines políticos. Si el mundo empeora, mejorarlo exige cambiar el sistema (aunque el sistema, o partes del mismo, siempre según los datos, nos hacen ir a mejor). Quien se oponga a cambiarlo todo será alguien que se opone a frenar el empeoramiento del mundo. Es decir, un egoísta, un inmoral, o un irresponsable. O todo a la vez. “Los políticos populistas nos quieren asustados y difunden mitos sobre amenazas inmediatas para nuestra supervivencia y modo de vida. Porque saben que la gente asustada quiere construir muros y votar a hombres fuertes que prometen mantenernos a salvo”, reflexiona Norberg.
España ha retrocedido debido a la crisis, pero pocos indicadores nos llevan más allá del año 2000
¿Qué pasa con la crisis? Muchos políticos esgrimen la crisis como evidencia de que vamos a peor. Y, en cierto modo, tienen razón. En España parece aventurado decir que vivimos mejor que en el año 2005. Este país atraviesa la crisis más grave en décadas y ha retrocedido en los últimos años debido al bache económico. Pero eso no implica que, en términos generales y a largo plazo, estamos empeorando. El PIB por habitante está al nivel de 2004. Pocos indicadores nos han devuelto más allá de 2000 y muchos no han dejado de mejorar. Se trata de alteraciones puntuales —que provocan sufrimiento a miles de individuos, claro—, pero que forman parte de un proceso que abarca siglos.
Lo explica Pinker: “Hay periodos de subidas y bajadas, que, en general, no llegan a alterar una progresión sostenida. Por ejemplo, la tasa de crimen en Estados Unidos creció un poco el año pasado con respecto al anterior, pero en general la tendencia en global es de descenso. Otro ejemplo: la cifra de muertos por guerras aumentó tras 2011, debido a la guerra de Siria, pero siguió siendo mucho más baja que en los 50, los 60, los 70, los 80 y los 90”.
Al pensar en la crisis, además, solemos olvidar que el mundo no es sólo Occidente. Mientras Europa y Estados Unidos padecían la recesión, en otras partes el progreso no sólo no se detuvo sino que se aceleró. Entre 2005 y 2013, en el conjunto del planeta, la pobreza extrema se redujo a la mitad. La esperanza de vida aumentó en 3 años y se redujo la mortalidad infantil en todos los continentes.

La paradoja de la desigualdad

Por supuesto hay peros, asteriscos que poner al progreso sostenido de la humanidad. Uno es la desigualdad. Las diferencias han aumentado en muchos países ricos, como Estados Unidos, Alemania o Suecia. En el caso de España, ese aumento ha hecho que sea uno de los países con rentas más desiguales de la UE.
Pero de nuevo se antoja necesario mirar fuera de nuestras fronteras. Si lo hacemos veremos que la desigualdad global no crece, sino que se reduce. El motivo es que millones de personas en China, India y otros países han escapado de la pobreza. “Los pobres se están enriqueciendo más rápido que los ricos”, explica Pinker. Según cálculos de Tomas Hellebrandt y Paolo Mauro, en un trabajo para el Peterson Institute for International Economics, la desigualdad de renta se ha reducido de 69 a 65 puntos entre 2003 y 2013. Las diferencias entre ricos y pobres globales son muy grandes, pero se están estrechando.
Además la relación entre desigualdad y pobreza ha cambiado. “La desigualdad aumenta porque los ricos tienen más sin que esto —y por primera vez en la historia de la humanidad— suponga que los pobres tengan menos”, explica el economista Branko Milanovic, autor de Los que tienen y los que no tienen (Alianza Editorial) y Global inequality: A new approach for the age of globalization. “La riqueza puede crecer sin que afecte a la subsistencia de gran parte de la población”. Durante siglos no hubo crecimiento y, por tanto, la riqueza de unos era la pobreza de otros. Esto ya no es así.
“Hay otro punto”, añade Johan Norberg. “La desigualdad se suele medir sólo en dinero, pero hay más ángulos. Bill Gates es diez millones de veces más rico que tú, ¿pero su vida es diez millones de veces mejor que la tuya? No lo creo. Sí, tiene un avión privado, pero probablemente use el mismo móvil que tú y el mismo ordenador que tú. Y seguramente no vivirá 30 años más que tú y no tiene un 99% menos de probabilidades que tú de que sus hijos mueran antes de los 5 años. En cosas no económicas es posible que haya más igualdad. Por ejemplo en educación o acceso sanitario”.
Pinker aún va más lejos: “La desigualdad económica no es un un problema fundamental; la pobreza lo es. Si las personas están más sanas, bien alimentadas, y disfrutan sus vidas, no importa cómo de grande sea la casa de J. K. Rowling. Y las tasas de pobreza global están cayendo”.

Pero ¿qué es mejorar?

Pongamos el ejemplo de una tribu del Amazonas que hace 100 años vivía en medio de la jungla sin que nadie ni nada perturbara su existencia. El año pasado una empresa maderera acabó con su hábitat. El mundo, tal y como lo conocían, ha acabado de forma traumática para ellos. ¿Cómo aseverar que para esta tribu el mundo ha progresado? No existe una concepción irrefutable sobre lo que se considera progresar. Es indudable que vivimos más, hay menos pobreza, más confort y menos violencia. ¿Pero somos más felices?
Algunos pensadores como Yuval Harari plantean este debate. ¿Es más feliz hoy un minero de Siberia que un cazador-recolector de hace veinte mil años? Resulta imposible saberlo. Un acuerdo para medir si la humanidad ha progresado es saber si hemos mejorado en los parámetros que exigimos para ser felices. Es decir, si nuestros gobiernos nos van concediendo lo que les llevamos siglos pidiendo: buena salud, educación, confort, tiempo de ocio, libertad. Sucesivos estudios han observado que, en general, los países donde tienen estas cosas las personas se dicen más felices, consideran que han progresado.
Como especie, como civilización, como mundo, hemos avanzado hacia lo que consideramos progreso, hacia lo que hemos perseguido y entendemos como un mundo mejor. Seguimos lejos de un mundo perfecto o ideal, si es que existe. Pero los datos nos dicen que, a pesar de percepciones —interesadas o no—, avanzamos por el buen camino. Aunque cueste creerlo, aunque falte mucho por andar.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Libertad Económica… y mucho más (Índice Sintetia 2016)

 0

economic-freedom
En mayo del año 2014 se nos ocurrió efectuar en esta casa un pasatiempo analítico que luego resultó tener bastante repercusión. Tratábamos entonces de poner en perspectiva el concepto de libertad económica que se define, valora y ordena en el ranking que regularmente publica la Fundación Heritage.  Para ello, nos propusimos contrastar, de manera sencilla y poco académica, los 50 primeros países de dicha clasificación con los del ranking libertad de prensa y los del Índice de Desarrollo Humano. Construimos un sencillo índice sintético constituido por la suma de los respectivos rankings de cada nación en las dimensiones consideradas, y ordenamos los países de menor a mayor puntuación (cuanto menor, mejor).
Pretendíamos con ello corroborar nuestra intuición sobre lo que debería constituir una verdadera libertad económica: aquella en la que no sólo las transacciones económicas están libres de trabas y aseguradas jurídicamente, sino donde el resto de libertades civiles disfrutan de un elevado grado de madurez en su ejercicio, materializándose todo ello en una ciudadanía próspera, longeva, saludable y bien educada.
Posteriormente, la muy enriquecedora interacción con los lectores, y en especial con Javier Poveda y Lorenzo Gianninoni (@LorenzTrader en Twitter y coautor de esta entrada) propició un refinamiento de ese índice sintético mediante la inclusión de nuevas dimensiones, recogidas en los rankings Doing Business, PISA, Corrupción, Salud y Contaminación, que en esta edición hemos sustituido por el Environmental Performance Index de Yale. El top 10 final de aquel experimento analítico fue el siguiente:
top-10-2014

Nuevos chicos en el barrio
Transcurridos dos años desde aquel experimento, hace unas semanas creímos llegado el momento de actualizar los rankings con los últimos datos disponibles y ampliar el espectro, siguiendo el mismo sistema. Decidimos incorporar a las mencionadas clasificaciones una dimensión económica adicional, a través de un ranking de deuda pública per capita; una dimensión geopolítica, mediante el índice Soft Power, así como tres indicadores de bienestar socioeconómico como son el World Happinness Index, el ranking Expat que mantiene HSBC y el State of the Internet Report 2016. En total, partiendo del último informe de Libertad Económica, hemos construido un índice sintético de 12 componentes, bastante completo.
En este punto, conviene recordar el disclaimer que hicimos en nuestra primera entrega: esto no es un artículo académico, sino un sencillo ejercicio destinado a reflexionar y que puede ofrecer (así lo esperamos) interesantes conclusiones. Somos conscientes que algunos de los índices que proponemos son a su vez compuestos y pueden incluir algunas de las dimensiones contempladas en otros indicadores. Hemos renunciado asimismo a ponderar los diferentes elementos, con el fin de no introducir más subjetividad que la de la propia elección de rankings. Que conste en acta.
Aclarado este punto, la tabla con los primeros países del ranking pueden descargarla haciendo clic en este enlace. El resultado resumido del Top 25 es el siguiente:
top-25-indice-sintetia

Analizando el ranking de 2016
Los datos actualizados más las nuevas dimensiones incorporadas no han introducido sustanciales cambios en la clasificación con respecto 2014, como por otra parte era de esperar. En la parte superior del ranking siguen figurando prácticamente las mismas naciones, aunque con algunos cambios de posiciones. Noruega (32ª en libertad económica) sube siete puestos para alcanzar lo más alto del podio, sustituyendo a Nueva Zelanda, que pierde 3. Entre los países que más mejoran del top 25 destacan Suecia (sube 9 puestos), la República Checa (+7) y España (+7). Entre los que más descienden, Japón (-12 puestos) y Estonia (-12), seguidos de Finlandia (-6) y Australia (-6). Insistimos: son movimientos entre líderes globales.
Hay dos excepciones notables: desaparecen del top 25 Hong Kong (número 1 en el Índice de Libertad Económica) y Lituania (13), para dar paso a Francia y Polonia. Estos dos países no destacan en sus respectivos puestos de libertad económica (75 y 39), pero escalan posiciones gracias a su fortaleza en otros indicadores. Se trata, no obstante, de un fenómeno aislado. De manera general, podemos comprobar como una elevada libertad económica convive con altos niveles de desarrollo humano, calidad institucional, educación, libertades civiles, posicionamiento global y bienestar social. Expresado con otras palabras: libertad económica, sin duda… pero mucho más.
Aunque debemos ser muy prudentes con las correlaciones, estamos convencidos que hay un potente entramado de causalidades que realimentan positivamente estos resultados. Así, de los primeros 25 países de nuestro ranking:
  • 22 forman parte de los 25 países del mundo con mejores resultados en PISA
  • 21 forman parte de los 25 países del mundo con más desarrollo humano
  • 21 forman parte de los 25 países del mundo con menor percepción de corrupción
  • 21 forman parte de los 25 países del mundo mejor posicionados en soft power
  • 17 forman parte de los 25 países del mundo con más libertad económica
  • 17 forman parte de los 25 países del mundo con mayor libertad de prensa
  • 16 forman parte de los 25 mejores países del mundo países para hacer negocios
  • 15 forman parte de los 25 países del mundo más felices
  • 15 forman parte de los 25 países del mundo con mejor equilibrio medioambiental
  • 15 forman parte de los 25 mejores países del mundo para los expatriados
  • 15 forman parte de los 25 países del mundo con más calidad de Internet
La relación sigue siendo significativa, aunque algo menos robusta, cuando entramos en el terreno de la salud (12/25) y deuda per capita (9/17). De ahí la importancia de considerar todos los indicadores en su conjunto: estar liderando el ranking global no es casualidad, y se debe a multitud de factores interconectados, sin olvidar los históricos, políticos y geográficos.
Por ejemplo, es destacable que en ese grupo de 25 naciones no haya ningún país latinoamericano (Chile aparece en el puesto 29) ni africano, y que grandes potencias como Rusia y China anden lejos de la cabeza. De hecho, antiguas repúblicas soviéticas como Estonia (22), Lituania (28) y Letonia (31) superan a Rusia (35) en nuestro índice, al igual que otros miembros recientes de la Unión Europea, como son Polonia (25), Eslovenia (27), Hungría (33) y Croacia (34). Nos parece un hecho muy significativo, al igual que 15 de los 25 primeros países del ranking pertenezcan a la UE. Digno de reseñar en estos tiempos de euroescepticismo pertinaz.
Finalmente, no debemos olvidar la buena posición de España, 18 en nuestro top 25, con un avance notable con respecto 2014, como ya hemos comentado. Los españoles tendemos a ser derrotistas y a fustigarnos en extremo, con mucho dramatismo, sin darnos cuenta de que nuestro país resiste con robustez comparaciones globales en muy diversas áreas. A las pruebas nos remitimos.
Animamos a los lectores a reflexionar sobre todo ello y a aportar, como en la edición anterior, su grano de arena.
grass-is-greener

Bajando de las nubes.
“El césped del vecino siempre es más verde”.
O casi siempre nos lo parece, pero en este artículo no hemos querido contemplar ese césped sin saber el trabajo que hay detrás de su verdor. ¿Qué determina que existan culturas más libres, más ricas, más atractivas? ¿Son mejores porque son más ricas o son más ricas porque son mejores? ¿Cómo se puede cambiar o mejorar un país entero?  Nuestro ranking nos da algunas pistas sobre ello, aunque no pensamos que sea sencillo replicar los mismos ingredientes con idéntico éxito. No se trata de envidiar a quien está mejor, sino de entender, aprender y, en la medida de nuestras posibilidades, implantar.
Vivimos en un tiempo donde un notable porcentaje de quienes nacieron en paz y crecieron con sus necesidades cubiertas pretenden desmontar, con etéreos planteamientos o vetustas medidas repetidamente fracasadas, aquellos principios en los que se cimentó su bienestar. Si todo nos parece debido y desconocemos los mecanismos básicos que generan (o hacen desaparecer) los recursos necesarios para vivir con dignidad; si la prosperidad es un derecho sin deberes; si la riqueza justamente ganada es objeto de culpabilización y escarnio público, corremos el riesgo de que triunfen aquellos que buscan explotar ese sentimiento de culpa, silenciando de paso nuestras opiniones y libertades.
Cuando nos dedicamos a soñar un lugar ideal para nosotros, lo hacemos por muchas razones. Pero no lo hacemos sin lógica. Sabemos perfectamente que si existen naciones con mejor nivel de vida que el nuestro suele ser porque, como hemos visto, sus ciudadanos comparten unos valores fundamentales y los disfrutan con libertad, responsabilidad, seguridad, salud, educación, trabajo y ocio.
También sabemos, pero nos cuesta mucho más reconocerlo, que tales mejoras no se logran sólo a golpe de Real Decreto, sino que implican esfuerzo, sacrificio y compromiso personal.  Nuestros mayores nos lo enseñaron: nadie va a hacer las cosas por nosotros. El buen o mal proceder, por modesto que sea, está en nuestras manos, incluso en medio de las mayores dificultades.
Dicho esto, ¿nos ponemos ya manos a la obra?

Fuente: http://www.sintetia.com/libertad-economica-y-mucho-mas-indice-sintetia-2016/ Y