Juan J. Molina

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martes, 27 de enero de 2015

Syriza: no todo es demanda agregada

No hay que olvidar que el progreso humano en los últimos 300 años se debe al capitalismo


RAFAEL RICOY
Wolfgang Munchau, columnista del periódico británico Financial Times, causó un gran revuelo recientemente cuando escribió que la extrema izquierda presentaba la mejor opción para la política económica de la periferia de la Eurozona. Argumentaba que la única forma de evitar el estancamiento de las economías sobreendeudadas de la periferia europea era una política económica que combinara dos elementos: inversión pública y restructuración de la deuda. Y que dado que tanto las opciones de izquierda moderada como las de derecha moderada eran demasiado “razonables” como para hacer la política económica necesaria, la mejor opción de los votantes era el inclinarse por la extrema izquierda —Syriza y Podemos.
El experimento que propone el señor Munchau se va quizás a llevar a cabo antes de lo que él imaginaba. Las encuestas apuntan a que Syriza tiene bastantes posibilidades de ser el primer partido de izquierda radical que llegue al poder en Europa como resultado de la profunda crisis que nuestros países han sufrido.
Ante la posible llegada hoy de Syriza al poder, la mayoría de los observadores externos discuten y se preocupan principalmente con las consecuencias macroeconómicas. ¿Qué le sucederá a un país que decida restructurar la deuda en la eurozona? ¿Será Grecia expulsada del Euro? ¿Podrá renegociar la deuda con la eurozona? Se ha escrito mucho al respecto, y en este momento voy a dejar este tema (crucial por otra parte) de lado, después de notar simplemente que, si bien es cierto que el nivel de deuda en Grecia es excesivamente alto, los bajísimos intereses negociados con los Gobiernos europeos la hacen sostenible.
Pero Syriza no es solo un partido interesado en hacer una política de gestión de demanda diferente; no es un partido socialdemócrata que aspire a conjuntar la gestión de la demanda agregada con el sistema de mercado, la economía social de mercado de la Europa occidental de la posguerra. Syriza, como otros partidos de extrema izquierda, desconfía instintivamente del mercado, y es un partido netamente estatista.
No hay que olvidar que el progreso humano en los últimos 300 años se debe al capitalismo
Estas aspiraciones “microeconómicas” de Syriza nos retrotraen a una controversia histórica que dominó la economía en los años 30 y 40 del pasado siglo. La gran depresión creó una verdadera crisis del capitalismo y de la democracia. Los errores de política económica que se produjeron durante este período llevaron, en la arena política, a respuestas como el fascismo y el comunismo. Pero en la arena de la Economía teórica también se produjo una enorme controversia que ponía en cuestión el papel del capitalismo y su capacidad para llevar al pleno empleo a las economías occidentales.
La alternativa al capitalismo que se planteaba abiertamente era la planificación central. El economista de la Universidad de Chicago Oscar Lange defendió en dos famosos artículos un sistema centralizado que usaría los precios de forma análoga al mercado, pero sin propiedad privada. La respuesta clave a estas propuestas la dió Friedrich Hayek en un famoso artículo de 1945, que introdujo la economía de la información y le sirvió para ganar el premio Nobel de Economía y que tiene tanta relevancia hoy como entonces.
El argumento de Hayek es el siguiente: el sistema de precios cumple dos funciones clave. La primera es conocida desde Adam Smith: da a los individuos los incentivos correctos para actuar por el “bien de los demás”. Usando el famoso ejemplo de Adam Smith, “no confiamos en cenar por la bondad del carnicero, el cervecero o el panadero, sino por su deseo de avanzar su propio interés” El panadero se levanta a las cinco porque quiere él tener el pan listo por la mañana, cuando lleguen los compradores.
La segunda función la describe por primera vez Hayek. Un sistema de planificación central nunca podrá tener la información local que tienen los distintos individuos. El sistema descentralizado de precios es la mejor forma de transmitir y coordinar el conocimiento local de cada individuo.
Supongamos que hay una helada en Brasil y la cosecha de café global se reduce a la mitad. En un sistema centralizado, tenemos que decidir qué personas no van a consumir café y deberán beber té, qué camiones, barcos y trenes no se usarán para llevar café, y para que se usarán en su lugar, qué fábricas de café deberán cerrar, etc. Podríamos ir a preguntar a los individuos (¿le gusta el té?) , pero todos nos dirán que ellos quieren café.
Por el contrario, en un sistema de mercado, nadie tiene que saber nada de Brasil. Cada ciudadano va al supermercado, ve que el café está caro, y decide si le merece o no la pena comprar. Cada camionero (o empresa de transporte) decide qué hacer con su camión —algunos seguirán transportando café, otros no.
Es como cuando nuestros hijos nos dan toda la guerra del mundo con un juego que quieren comprar, hasta que les damos un dinero y les decimos: si quieres gástalo en el juego, si no ahórralo para otro. En muchos casos, de repente, el juego ya no les gusta lo suficiente para gastarse ese dinero. Solo cuando hay precios se revela esta información sobre lo que valoran de verdad y lo que no.
El ejemplo parece remoto, pero existen en nuestras sociedades infinidad de áreas donde el sistema de precios no existe, ni la iniciativa privada. En la universidad española, por ejemplo, todos los profesores, los que trabajan mucho y los que no hacen nada, ganan prácticamente lo mismo. En este caso, contrariamente al panadero de Smith, sí que debemos esperar de la bondad de un profesor que dé una buena clase, porque no hay ningún incentivo económico para que así lo haga. Y tampoco hay mecanismos que transmitan las preferencias, o el conocimiento local de los alumnos al sistema. Si una carrera no tiene demanda porque los estudiantes no la ven útil o interesante, en el mercado los precios caerían, y los profesores se reciclarían hacia otras áreas con mayor demanda. En esta economía centralizada, con precios y salarios fijados desde arriba, todo sigue igual.
Pues bien, es cierto que las economías del sur de Europa tienen un problema “macro” de exceso de endeudamiento, y que tratar de reducir este problema requiere reducir deudas públicas y privadas. Europa debe tener interés en facilitar soluciones a este problema. Pero nuestras economías también tienen enormes rigideces, enormes segmentos protegidos de la competencia donde los que proveen un servicio viven fuera del mundo real, sin información sobre lo que este desea, ni incentivos para responder a ella.
Cuando el mercado funciona, nuestras economías y nuestros trabajadores son tan buenos como los mejores del mundo. Por ejemplo, los restaurantes españoles tienen una productividad y una calidad excelente: los camareros trabajan bien y deprisa, los cocineros son fantásticos, y el resultado es inmejorable. Pero en otros sectores, como el educativo, no se adaptan al mundo en que vivimos más que a ritmo de real decreto y de huelgas y contra huelgas.
Syriza, y otros partidos similares que quieren abandonar las reformas, imaginan un maravilloso pasado estatista al que desean volver. En vez de tratar, como en los países del norte de Europa, de combinar la flexibilidad necesaria para que nuestras economías se puedan adaptar al cambio tecnológico con un sistema de protección social que dé seguridad a los ciudadanos, buscan anquilosar, proteger y regular. Más allá del impacto de Syriza a corto plazo sobre la deuda y el euro, que puede ser dramático o no, dependiendo de cuánto adapten sus expectativas, su impacto mayor vendrá del olvido de una lección crucial: que el progreso que hemos conseguido en los últimos 300 años se debe a nuestra capacidad para inventar un mecanismo que canaliza toda la competitividad, toda la agresividad, todo el deseo humano de mejorar para uno mismo y su familia, en la dirección que beneficia a todos.
Luis Garicano es Catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics.
Fuente:http://economia.elpais.com/economia/2015/01/22/actualidad/1421947584_823500.html

domingo, 19 de octubre de 2014

Dos siglos de capitalismo resumidos en diez gráficos

Más riqueza, mejor salud, más educación. La libertad económica ha generado beneficios que van mucho más allá de los ingresos

Oyendo hablar a algunos comentaristas españoles parecería que vivimos en el peor de los mundos posibles. No sólo eso, es que vamos a peor. Escuchando su discurso, uno creería que no sólo la humanidad no progresa, sino que ha abandonado un paraíso de felicidad para introducirse en el infierno del consumismo, la desigualdad o la mala alimentación. Además, según ellos, esto tiene un culpable, la libertad económica o el capitalismo, que habrían desatado las peores plagas inimaginables sobre el género humano.
El problema es que todos estos argumentos no se sostienen a menos que uno esté ciego y no quiera ver la realidad que le rodea.Prácticamente todos los parámetros que miden la calidad de vida en el planeta muestran una constante mejoría en los últimos dos siglos. Y aunque ahora nos pueda parecer algo baladí, no lo es. Entre el comienzo de nuestra era y el año 1500, los progresos de la humanidad habían sido mínimos, tanto si se mide en esperanza de vida como en términos de riqueza.
Sin embargo, algo cambió durante la Edad Media. Europa despegó. El Viejo Continente empezó a desarrollar una serie de instituciones políticas y económicas que hicieron que las condiciones de vida de sus ciudadanos se alejaran de las del resto de la humanidad. Y a partir del siglo XVIII, esa tendencia se aceleró. La revolución industrial generó las condiciones para que cientos de millones de personas mejoraran de forma radical su situación.
Todos los países que se unieron a esa corriente se beneficiaron del mismo impulso. No hay en la historia de la humanidad ninguna sociedad que, habiendo adoptado las instituciones económicas de una sociedad libre (propiedad privada, mercado, respeto a los contratos,…), no haya conseguido incrementar su bienestar. Tampoco es un proceso irreversible. Países ricos vieron cómo su riqueza se estancaba o retrocedía cuando cambiaron de modelo.
Hace unos días, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, el club que reúne a los países más ricos del mundo) presentaba su informe How was life? en el que mide las condiciones de vida en todo el mundo en los últimos dos siglos. El punto de partida es 1820 y las conclusiones son evidentes: el capitalismo ha generado una oleada de prosperidad como nunca se había conocido.
Vivimos más, nuestra salud es mejor y tenemos acceso a muchos más bienes que nuestros antepasados. Tampoco hacían falta tantos gráficos. En realidad, es una evidencia. Los países más libres son también los más prósperos. Y gracias a que cada vez más regiones se han unido al capitalismo, estos beneficios se han extendido en las últimas décadas a prácticamente todos los rincones del planeta. Éste es el resumen en diez gráficos:
1. Población: el mundo ha visto como su población crecía de poco más de mil millones de habitantes a casi siete mil millones. En este proceso, además, no se han cumplido las profecías malthusianas sobre la escasez de los recursos. La ingesta de calorías por cabeza también ha mantenido un constante incremento. Más allá de las terribles noticias que a veces nos llegan sobre la carestía en determinadas regiones, lo cierto es que el hambre ya no es un problema generalizado, como ocurrió durante la mayor parte de la historia, cuando un par de malas cosechas podían llevar la devastación a todo un continente.
Las causas de este incremento en la población son claras: reducción en la tasa de mortalidad (especialmente infantil) y aumento de la esperanza de vida. Por cierto, para los catastrofistas, en las últimas décadas la tasa de incremento se ha reducido, incluso se ha estancado en las regiones más ricas. Es una consecuencia inesperada de la prosperidad: las familias ya saben que no necesitan tener muchos hijos para asegurarse el futuro o para mantener su nivel de ingresos durante su vejez.
Población mundial 1820-2010
2. PIB per cápita: uno de los indicadores que más llama la atención. El PIB per cápita, medido en dólares de 1990, ha pasado de 605 dólares a 7.890 dólares. Todas las regiones del mundo, incluso el África Subsahariana han mejorado sus números. Evidentemente, Europa y el resto del mundo occidental son los más beneficiados. Por ejemplo, para la región que la OCDE llama Western Offshots (EEUU, Canadá, Nueva Zelanda y Australia) el nivel de riqueza medio llegaba en el año 2010 a los 29.581 dólares por habitante. También es significativo el salto adelante del este asiático. En 1960 su renta per cápita era de apenas 1.082 dólares, inferior a la europea en 1820. Medio siglo después roza los 10.000 dólares. Probablemente no haya ningún otro ejemplo de la capacidad creadora del capitalismo que el último medio siglo de Japón y Corea del Sur (y en los últimos años, incluso, China).
PIB per cápita 1820-2000
3. Salarios reales: quizás la ratio que más importe al ciudadano medio. Mide la capacidad de compra del salario medio diario en términos de una cesta de la compra de subsistencia. En 1820, por ejemplo, la remuneración media por una jornada de trabajo en Europa daba para comprar 12,6 de esas cestas de productos básicos. En el año 2000, se había disparado hasta los 163. Esto se debe tanto al incremento en la renta disponible como por la caída en los precios relativos. La división del trabajo, el comercio y el mercado han generado un círculo virtuoso: no sólo nuestros sueldos son superiores a los de nuestros ancestros, sino que con ellos también tenemos un poder de compra superior.
Salarios reales 1820-2000
4. Educación: otra relación de ida y vuelta. A más riqueza, más nivel educativo y a más nivel educativo, más riqueza. De nuevo, puede apreciarse como, según los países se han ido integrando en la red económica mundial e integrándose en el capitalismo de corte occidental, ha mejorado su porcentaje de alfabetización, el número de años de escolarización y la cifra de sus titulados. Hablamos de tendencias a largo plazo (más allá de posibles problemas con tal o cual ley educativa en uno u otro país), pero en esta cuestión también estamos de enhorabuena.
Población con al menos educación básica
5. Esperanza de vida: esto es evidente, aunque a veces se olvide. La riqueza no sólo se materializa en mejores casas o en la cesta de la compra. El PIB trae asociada una mejor salud. Y luego, la mejoría en las condiciones de vida se traduce en el PIB, porque vivimos más y tenemos más años productivos. Por eso, la esperanza de vida en Europa occidental ha pasado de apenas 33 años en 1830 a casi 80 en los 2000. No es un incremento menor y no deberíamos olvidar que mientras para nuestros antepasados la vejez comenzaba en los 40, para nosotros ésa es la edad en la que se terminan los programas de ayuda para jóvenes.
Esperanza de vida 1820-2000
6. Seguridad personal: probablemente la tabla más polémica. Los autores del informe aseguran que “la ratio de homicidios por cada cien personas está en general correlacionada negativamente con el PIB per cápita”. Pero hay excepciones, por ejemplo, “EEUU tiene una tasa elevada de homicidios”, mientras hay países africanos, como Nigeria o Egipto (y hablamos con datos del año 2000) con niveles relativamente bajos. También es cierto que otro tipo de violencia, como la que se genera en las guerras (civiles y con enemigos externos) sí tiende a caer con mucha más fuerza según crece la riqueza y la prosperidad.
Homicidios 1820-2000
7. Instituciones políticas: es la pregunta del millón, ¿es inevitable que el desarrollo económico lleve aparejada la construcción democrática? ¿Son los estados autoritarios capaces de generar crecimiento? Evidentemente, los países occidentales no sólo fueron los que antes y más rápido se desarrollaron, sino que también fueron los que vieron nacer la democracia moderna. El problema es que hay situaciones en las que estados autoritarios han conseguido mantener el crecimiento económico durante un período prolongado de tiempo. Eso sí, en el índice construido por los autores (de -10 a 10 siendo esta última la nota para las democracias consolidadas), las regiones más ricas son las que mejor calificación obtienen. Alguna relación parece que sí que existe.
Democracia 1820-2000
8. Calidad medioambiental: el único gráfico malo del informe. Y con matices. Los autores se centran en las mediciones de dos gases (SO2 y CO2) en la atmósfera para medir la calidad del medioambiente y concluyen que los países más ricos también son los que más contaminan. El problema es si podemos hacer una equivalencia entre una cosa y la otra. ¿Sólo por emitir más gases ya se tiene un medioambiente peor? ¿De verdad se puede comparar (para mal) la salubridad de una ciudad europea de principios del siglo XIX con la de la actualidad? Todos los demás datos que hemos visto, especialmente los relacionados con la salud, desmienten esta aparente contradicción. Parece lógico que los países más industrializados consuman más energía. De hecho, hasta hace unos años nada malo parecía haber en ello. Y por cierto, un dato que debería hacer reflexionar hasta a los más críticos: en los últimos años, las regiones más ricas también están reduciendo su huella energética. Somos más ricos y también más limpios.
Emisiones SO2
9. Desigualdad: es la palabra de moda. Según algunos, el lado malo del crecimiento es la desigualdad. El problema es que tampoco es cierto, al menos no en términos absolutos. En un principio, sí que se produce este fenómeno. Cuando los países comienzan su desarrollo, se incrementa la desigualdad dentro de los mismos. En Occidente, pasó entre 1820 y 1910. Sin embargo, a partir de ese momento, cambia la tendencia. La correlación muestra que en el siglo XX, las regiones con un PIB per cápita más elevado también eran las menos desiguales.
Desigualdad 1820-2000
10. Mujeres y desarrollo: otra de esas cuestiones sobre las que se da un discurso catastrofista, cuando la realidad es que la mejoría es enorme en los últimos dos siglos. Las mujeres han experimentado un salto cualitativo en sus condiciones de vida y sus derechos, no sólo en términos absolutos sino también en comparación con el sexo contrario. En todo el mundo y todas las regiones, la situación de las mujeres es mejor ahora que hace doscientos años. Pero es en el mundo occidental en el que antes se produjo y donde más alcance ha tenido. Quizás los mapas sobre sufragio femenino a lo largo de la historia sean los que de forma más clara expliquen qué regiones han sido más favorables para la integración plena de derechos del sexo femenino.
Sufragio femenino 1913
Sufragio femenino 1950-2000

Fuente: http://laverdadofende.wordpress.com/2014/10/19/dos-siglos-de-capitalismo-resumidos-en-diez-graficos/

domingo, 12 de mayo de 2013

El empresario no explota al trabajador, por Juan Ramón Rallo


La propaganda socialista ha popularizado la idea de que el capitalista explota el trabajador para arrebatarle una parte de su salario. De acuerdo con semejante estampa, el obrero constituye un elemento esencial del proceso de generación de riqueza al que se le adosa un improductivo parásito que le impide retener la totalidad del “fruto de su trabajo”. La realidad, sin embargo, es más bien la opuesta.

El trabajo por el trabajo, la simple aplicación de esfuerzo en cualquier actividad, no genera en sí mismo riqueza. Si lo hiciera, los centenares de miles de viviendas construidas en España durante la burbuja o los aeropuertos vacíos e innecesarios paridos del trabajo humano se erigirían como monumentos a la prosperidad universal. Pero no lo hacen: al contrario, todos coincidimos en la magna dilapidación de recursos que han supuesto. Digamos que el trabajo allí dedicado fue una completa pérdida de tiempo: si los trabajadores que se ocuparon y retuvieron en tan disparatados proyectos hubiesen sido empleados en otras finalidades más útiles, toda la sociedad –empezando por los propios trabajadores– se habría visto beneficiada por esta buena dirección de los esfuerzos.
Que el trabajo sea en muchos casos una condición necesaria para generar riqueza no lo convierte en una condición suficiente. Es verdad que en un orden social extremadamente simple y primitivo casi cualquier trabajo permitía generar riqueza: las necesidades urgentes no satisfechas (alimentación, vestimenta, cobijo, ornamentación…) eran tantas y los medios potenciales para lograrlas eran tan poco variados (fuerza bruta) que, en efecto, lo único que se requería era esfuerzo físico; la coordinación de ese trabajo, sin carecer de importancia, apenas tenía un rol meramente técnico, de modo que era fácil confundir el esfuerzo humano con una condición suficiente para alumbrar bienestar.
Pero, por el contrario, en un orden social altamente complejo, las necesidades no urgentes por ser satisfechas y los medios disponibles para alcanzarlas son de tal enormidad que la función de seleccionar dónde y cómo maximizar en cada momento la creación de riqueza resulta de una importancia básica: no en vano, invertir los recursos de un modo significa no poder invertirlos de otro; es decir, seguir determinados cursos de acción bloquea la posibilidad de seguir otros. He ahí, precisamente, la labor fundamental que realiza el capitalista en su papel de promotor-empresario: seleccionar, bajo su propia responsabilidad y riesgo, aquellos planes de negocio que sí generan valor para los consumidores y a los que, una vez confeccionados, se incorporarán los distintos trabajadores. De la misma manera que para encontrar la salida de un extenso bosque es preferible contar con un buen guía que esforzarse en dar vueltas circulares, a la hora de coordinar a miles de millones de personas en generar riqueza resulta esencial contar con buenos capitanes del navío que eviten que naufrague ese proceso de coordinación social (la famosa “división del trabajo”).
Es entonces, cuando ya conocemos el destino hacia el que debemos dirigirnos –cuando el buen plan de negocios ha sido confeccionado por algún habilidoso empresario–, cuando ese plan puede comenzar a tomar forma contratando a los factores productivos necesarios para implementarlo, entre ellos los trabajadores. Pero fijémonos que el trabajador es sólo un relevante compañero de viaje una vez éste viaje ya se ha iniciado. Si de alguna forma fuese posible prescindir del trabajador (por ejemplo, robotizando su ocupación), el empresario seguiría generando riqueza con su plan de negocios; en cambio, el obrero sería incapaz de hacerlo prescindiendo del plan empresarial de negocios (a menos que él ejerciera de empresario exitoso vía empleo autónomo o cooperativas y confeccionara un plan de negocios tan bueno o mejor que el de sus rivales).
Por consiguiente, es el empresario el que cede al trabajador parte de la riqueza que su plan de negocios crea: lejos de rapiñar la plusvalía del proletario, es el trabajador el que toma parte de la plusvalía que le correspondería al empresario. Marx, por consiguiente, entendió el proceso social del capitalismo justo al revés: no se extraía el valor del proletario al capitalista sino, más bien, del capitalista al proletario. Claro que, también a diferencia de la propaganda marxista, en ningún caso puede decirse que todo ello suponga una explotación del trabajador al empresario: las relaciones laborales son acuerdos voluntarios donde ambas partes salen ganando y por tanto donde no existe parasitismo y sí simbiosis.
En suma. el capitalista proporciona la financiación, el empresario elabora el plan de negocios, el trabajador lo ejecuta en colaboración con muchos otros factores de producción y el consumidor disfruta de los masivos bienes así producidos. Capitalismo de libre mercado, se llama.