Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

miércoles, 21 de julio de 2010

¿GOBIERNO DE LOS HOMBRES O GOBIERNO DE LAS LEYES? (VI)




El liberalismo se desarrolla como respuesta a dicha pregunta elaborando una teoría de la relación entre libertad individual y ley; su objetivo es hacer que la libertad individual (consecuencia de que los hombres sean distintos por naturaleza, cultura e inclinaciones) pueda convivir con la exigencia del orden.
Desde un punto de vista complementario se podría observar que el fundamento del liberalismo es la convicción de que los derechos naturales --- idea de una ley natural, propia de la filosofía clásica, como algo que hay que descubrir e imitar, en contraposición a la idea cristiana de una ley revelada— son anteriores al estado y que la función de este es garantizarlos. La misma acción del gobierno, por consiguiente, tiene como criterio actuar tratando de maximizar las condiciones y posibilidades de las libertades individuales.
La democracia, por el contrario, se ha desarrollado como una respuesta a la pregunta: ¿a qué hombres hay que confiar el poder? Y los más sabios han llegado a la conclusión de que estos deben ser los que representen a la mayoría.
Para la tradición liberal, más que el poder de la política de crear el derecho, la soberanía reside en el derecho (el imperio de la ley), y por lo tanto a él están sometidos incluso quienes tienen el poder y sus acciones. La función del estado, pues, no será crear un derecho que coincida con los proyectos e intereses de quien tenga el poder, sino de hacer que se observe.
No es casual ---por poner un ejemplo--- que en los debates constitucionales los liberales sean favorables a una neta distinción entre ejecutivo y legislativo, mientras que el resto de fuerzas políticas tiendan a identificar al jefe del ejecutivo con el jefe de la mayoría parlamentaria, sin percatarse de que de este modo la función legislativa y de control acaba identificándose con la gubernativa.
¿Quién debe gobernar? Según Popper, el problema fundamental de la política no consiste en si deben mandar los más sabios, los mejores, los más honestos, o también la raza mejor o el pueblo; sino en el de ser capaces de diseñar instituciones que impidan incluso a los malos gobernantes hacer mucho daño. Al imponerse las teorías rusonianas en las que las mayorías ostentaban tanto el poder ejecutivo como legislativo, se acabó por descuidar o hacer imposible, un control real de los gobernantes.
La filosofía política actual se ha centrado demasiado en el modo de elegir a los mejores a quienes confiar el gobierno, con lo que se ha conseguido identificar el problema del mejor régimen político con la adopción del mejor sistema electoral. Al eludir la cuestión del control de los gobernantes en cuanto se hace depender la solución del sistema electoral, se ha creado una casta política de gobernantes con el mismo poder de que disponían los regímenes no democráticos, solo parcialmente denostada por la existencia de las constituciones que también puede ser modificada por los mismos políticos. Un ejemplo claro de esta aberración lo tenemos actualmente con la aprobación del estatuto catalán, como no es constitucional en algunos aspectos ahora la pretensión de los nacionalistas es cambiar la constitución para que sea ésta la que adapte al estatuto.
El problema de la corrupción y la incapacidad mental de los gobernantes (como hombres falibles), mal endémico de toda época y tipo de régimen político, no podrá resolverse con la elección ni aún del mejor sistema electoral posible, sino con la reducción del poder de que disponen los políticos para imponer tributos y redistribuir los recursos.

Bibliografía, atlas del liberalismo, Raimondo Cubeddu, Unión editorial.
CONTINUACIÓN

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