Juan J. Molina

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jueves, 1 de noviembre de 2012

¡Hasta la estupidez infinita y Mas allá!, Pepe Álvarez


Son muchas las evidencias que incitan a pensar que todos son devotos cumplidores de las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana. 
El Rey Artur, con su sonrisa, su mentón y su barretina, haciendo honor a las teorías de Cipolla.


Albert Einstein, el humanista más que el científico, rubricó una de esas frases que han trascendido los tiempos y las generaciones: «Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy seguro». El historiador económico italiano Carlo Maria Cipolla llegó más allá del infinito de Einstein y escribió todo un tratado,Allegro ma non troppo; una afilada y certera reflexión sobre la estupidez humana (¿existe otra?): «Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son». Ambos genios han vuelto a cobrar un intensísimo sentido de la actualidad en esta España plurinacional que padecemos infinitamente cada día.

Profundicemos en el tratado de Cipolla. El sabio italiano definió cinco categorías fundamentales de personas:Inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos),Incautos (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos), Malvados (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos) y Estúpidos, (perjudican a los demás y a sí mismos). Detengámonos un poco más en estos últimos. Como afirma categóricamente Cipolla en La Quinta Ley Fundamental, «la persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado». Y continúa: «La mayoría de las personas estúpidas son fundamentalmente y firmemente estúpidas (…) Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad no existe explicación -o mejor dicho- solo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida». Y aún añade: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad».

Hay quien piensa que el personaje en cuestión no es estúpido sino malvado, que tiene un plan y lo lleva a cabo con maliciosa precisión. Pero según el maestro Cipolla «las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un ´más´ a su cuenta causando unmenos a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional, y si es racional uno puede preverlo. Con una persona estúpida no existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo, y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado». Y lo que es peor, «el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora». Aterrador.

Por si el lector (o lectora) se encuentra un poco obtuso (u obtusa) con la inminente llegada de las elecciones catalanas, el amigo Carlo María nos ofrece la pista definitiva para reafirmarnos en ese personaje estúpido que usted y yo estamos pensando desde hace rato: «Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente». Pensando incluso que está haciendo un favor a la Humanidad.

Lo más curioso de todo este asunto es que Carlo M. Cipolla publicó su obra en 1998 y murió tan sólo dos años después. Es decir, diez años antes de que Artur Mas se autoproclamara rey Artur de los Paisos Catalans, heroico paladín del derecho a decidir por cuyons, soberano de la soberanía popular, hereu de las alucinaciones nacionalistas más delirantes y, en fin, protagonista absolutista de la Nova Leyenda Artúrica, mentón y ombligo incluidos. Ergo, a pesar de lo que pueda parecer, es imposible que Cipolla se inspirara, a la hora de desarrollar su Teoría de la Estupidez Humana, en nuestro molt honorable y en sus insuperables adláteres (el tonto de los cazas invasores, el tonto del Colón catalán, los eurotontos de la carta, el tonto de los bombardeos a las ciudades catalanas «durante 300 años», y muchos otros tontos más; o Mas). Sin embargo, son muchas (demasiadas) las evidencias que incitan a pensar que todos ellos (y ellas, que alguna hay) son devotos cumplidores de las Leyes Fundamentales y fidelísimos paradigmas de lo que Cipolla definió como el Poder de la Estupidez. Una estupidez que no se merecen los ciudadanos catalanes y mucho menos sus hijos, los futuros ciudadanos catalanes, cuyo futuro se va reduciendo al ritmo que crece la estupidez de sus líderes. Vertiginosamente.

En fin, que todavía nos queda estupidez para rato de aquí a las elecciones catalanas (¿no suponen éstas, por cierto, ejercer su derecho a decidir?). Y después del 25N, todavía más. Hasta el infinito y Mas allá. Por lo menos. 

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