Juan J. Molina

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Juan J. Molina

martes, 13 de noviembre de 2012

DOMANDO AL CAPITALISMO, por Juan J. Molina


“El mejor límite para el dinero es el que no permite caer en la pobreza ni alejarse mucho de ella.”
 Séneca


Todas las cosas de este mundo, abandonadas y sin cuidados tienden al crecimiento descontrolado o a la degradación. Basta con comprobar lo que ocurre con un jardín abandonado, pronto las malas hierbas colonizan toda la parcela y lo mismo ocurre con una casa, las paredes se agrietan, los muros y techos terminan cayendo y la ruina se hace dueña de todo.
Algo parecido podríamos decir del sistema capitalista, si no le damos los cuidados que necesita y las correcciones adecuadas, tenderá, como un jardín abandonado a descontrolarse y arruinarlo todo, las malas hierbas crecerán por doquier, porque saben como adaptarse y sacar el mejor partido, pero las flores y los árboles más delicados, los más valiosos para el deleite, terminaran sucumbiendo por falta de ayuda y de una mano vigilante y protectora.
El sistema capitalista no es el culpable de sus males, su vitalidad y fuerza son su mayor cualidad, pero también, su mayor peligro. La destrucción creativa que bulle en su interior es el sistema inmunológico que limpia las impurezas del día a día, que arranca las raíces más débiles para dar paso a otras más fuertes, pero no olvidemos que estas raíces son seres humanos que son arrancados de la tierra fértil y arrojados como despojos a las escombreras de una existencia, muchas veces, indigna.
Sin duda, nadie tiene la potestad de decidir quién tiene que ganar y quien tiene que perder, quien debe sobrevivir y quien no. Nadie debe erigirse en el jardinero de todo el jardín, haciéndolo a su gusto y complacencia, pero al menos, si debe haber alguien que recoja a los perdedores y les de una segunda oportunidad, un poco de tierra fértil aunque sea en un tiesto, donde poder volver a echar raíces y empezar de nuevo, desde donde, cuando vuelvan a ser fuertes, puedan ser trasplantados otra vez al jardín de donde fueron expulsados.
El capitalismo no tiene maldad, si acaso, como el hombre de hojalata, lo que no tiene es corazón. La solidaridad es el corazón que necesita y como Dorothy, en el Mago de Oz, tendremos que vencer a la bruja del egoísmo para conseguir alcanzar ese deseo, darle un corazón al capitalismo.   

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