Juan J. Molina

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Juan J. Molina

domingo, 4 de marzo de 2012

LA ESTRICTA GOBERNANTA, Por Remedios Morales


Danielle Bousquet, maestra y diputada socialista francesa, es una petardilla que ha cogido tirria a las prostitutas y vive entregada a su exterminio. Hay muchas así en España; pero, como la Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, tengo motivos de sobra para cargar contra madame Bousquet. Para que luego diga no se quién que una vez me metí con la Virgen. ¡La lengua se le llague!

El caso es que la francesa quiere alcanzar, si no la solución final, porque está muy feo fumigar putas, sí el incordio máximo. Ella tiene un criterio de tipo moral-feminista de izquierdas según el cual están permitidas todas las cochinadas –pero todas, todas– desde la más tierna adolescencia, siempre que se use condón y no se pague ni se cobre. Porque cuando una mujer cobra por tener sexo está vendiendo su cuerpo. Debe de ser que eso de vender el cuerpo es una cosa capitalista y, en cambio, regalarlo sin ton ni son ya es distinto, porque así queda socializado y de paso se acorta el océano de desigualdad que existe entre los sexos.
Desoyendo a las propias prostitutas que le suplican que no las libere, la diputada sostiene que ninguna mujer quiere ser puta y que la culpa de que exista el oficio la tienen los hombres que se empeñan en pagar para poder refocilarse a sus anchas. Así que, como maestra que es, se declara partidaria de educar al cliente para que deje de esclavizar a las mujeres, y, dado que no puede ponerle las orejas de burro y mandarlo al rincón, se conforma con castigar con una multa al que hable con una prostituta o conteste a un anuncio. Habrá quien piense que eso es discriminatorio, pero merece la pena, ya que, a partir de ese momento, todo puede ir sobre ruedas en Francia. La multa escuece, el cliente se lo piensa dos veces y las periquitas esclavizadas se quedan sin trabajo pero manumitidas, y ya pueden ser pastoreadas hacia el buen camino.
¿Sabe una palabra de economía esta santa? Pues no, porque a pesar de haber dado clases de esta asignatura –¡válgame Dios!– no comprende que el comercio carnal, como cualquier otro, se gobierna por las leyes de la oferta y la demanda, y cuando le haces la puñeta a las partes contratantes lo único que consigues es modificar los precios. Pero ella se empecina en decir que las esclavas sexuales, o sea las putas, son un producto de la sociedad machista. ¿Ha leído algo de biología esta maestra candorosa? No, porque desconoce que llevamos la prostitución en la masa de la sangre y la heredamos de los monos, que ya sabían antes que nosotros que hay un exceso de demanda sexual por parte de los machos y que un regalito a las monas hacía milagros. De donde se deduce que, para bien o para mal, la prostitución siempre ha existido, y eso nos da la tranquilidad de saber que el mundo no se acaba porque haya putas. Desdichadamente, no tenemos la misma certeza de que el mundo resista la proliferación de feministas fanáticas.
¿Y por qué hay exceso de demanda por parte de los machos? Pues porque, aunque se empeñen las diputadas socialistas en igualarlo todo, el sexo no es lo mismo para los machos que para las hembras. Si esta sosa fuera capaz –es un suponer– de acabar con la prostitución, los sexos no se igualarían nada de nada, pero sí que se agotaría una de las formas que tienen las mujeres de sacar la pasta a los hombres.
A propósito, ¿tiene la excelsa ésta algún plan para acabar con la prostitución sin engrosar las listas del paro femenino? Porque, vamos a ver, putas o no, es imposible meter a todas las mujeres a diputadas de izquierdas. Podrían fregar váteres, que ese, como sabe todo el mundo, no es un trabajo de esclavas; pero los váteres son habas contadas y además se gana una miseria. Lo ideal sería meterlas a liberadas sindicales; pero, lamentablemente, las cosas ya no son como antes, ni siquiera en Francia.
¿Y por qué demonios en vez de poner vallas al campo no se legaliza la prostitución? Así se cobrarían impuestos, se daría de alta a las trabajadoras del sexo en la seguridad social y se acabaría con las mafias. Pero, claro, esta iluminada no lo hace porque contempla el mundo desde una perspectiva políticamente correcta. (Caca, nena).
Yo me imagino a esta honesta madre de familia que, poseída por ese tipo de bondad furibunda que no atiende a razones, no puede creer realmente que la libertad sexual venga siendo, por ejemplo, la capacidad que tiene una mujer para decidir si quiere morir virgen, ser una buena madre y esposa o vivir del comercio carnal. Es decir, que no cree en la madurez y pericia de las personas para tomar iniciativas sobre los asuntos relacionados con su propio sexo, y ella, que lo sabe todo, se siente llamada a meter mano en el sexo de los demás. Por eso sentencia: "La no comercialización del cuerpo humano es un principio no negociable".
¡Qué mandona! Pues a mí me toca una oreja lo que diga, hasta tal punto que estoy tentada de abrir un meublé para hacerla rabiar.
Oh, queridos, cuánta confusión. Todavía hay muchos mentecatos que dicen que la propiedad privada fue una consecuencia de la agricultura o del patriarcado y que antes de que existiera se compartía todo y éramos una barbaridad de felices. Pero lo cierto es que la propiedad privada siempre existió. La prueba es que el cuerpo de cada cual es una propiedad inequívocamente privada. Cuando yo me metí a feminista –Franco aún resollaba a buen ritmo– decíamos eso de que "mi cuerpo es mío" porque no queríamos que nos lo gestionaran las autoridades. Pero ahora, en Francia, la gente deberá hacer dejación de los derechos sobre su cuerpo en favor de la diputada Bousquet.
Este ángel exterminador tampoco cree que la prostitución preste un servicio público, tal como se consideraba en otros tiempos, y pienso, apesadumbrada, qué pasará con mi primo el francés, que pese a accidentarse con el coche y perder toda la galanura que lo caracterizaba conservó milagrosamente intactos y operativos sus colgajos varoniles, con la salvedad de que ya ninguna conocida quiere atenderlos como sucedía en tiempos más felices.
¿Y qué será de la amiga de mi peluquera, que, al quedar sin trabajo a sus cincuenta años, vive de charlar por los codos en una línea erótica? ¿Y qué será de los viejos verdes sin ningún desahogo? Igual en vez de dar miguitas de pan a las palomas del parque acaban llevándoselas detrás de un matorral.
Así que, en nombre de ellos y de todos los que quieren conservar el libre albedrío sexual, no me queda más remedio que tomar cartas en el asunto y declarar que la diputada Bousquet es perfectamente punible por ser una plasta infumable. Así que ahora mismo la castigo a ser aspergida con perfume canallesco y a reflexionar a la puerta de una mancebía cutre, disfrazada de puta antigua y con un billete doblado en el canalillo, mientras desde una tasca vecina se escapan los compases de "El pollero se va de putas". Hala, a chincharse.

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