Juan J. Molina

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Juan J. Molina

martes, 11 de noviembre de 2014

“La decadencia de España no existió en verdad”

JOSEPH PÉREZ

Historiador. Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2014

"La decadencia de España no existió en verdad"
Lo que podría, y debería, ser un banquete dialéctico de tres o cuatro horas, porque la cultura de Joseph Pérez (Laroque-d’Olmes, Francia, 1931) sólo es comparable a su locuacidad, se convierte en apenas una tapa, un chupito de la portentosa mente de este historiador francés hijo de valencianos. Las apreturas de su agenda en esta semana de Premios Príncipe sólo dejan libre un cuarto de hora. El tema escogido para llenar esos quince minutos en el Hotel Reconquista podría ser cualquiera de los que Pérez ha tratado en sus libros: Carlos V, el cardenal Cisneros, Teresa de Jesús, Fray Luis de LeónLope de Vega, la revuelta comunera, la Inquisición, el judaísmo español, etcétera, pero la microentrevista acaba por decantarse hacia la largamente debatida decadencia española de los siglos XVII y XVIII, que Pérez cree que no existió.
Pablo Batalla Cueto
Pablo Batalla Cueto
Jueves23 de octubre de 2014
En Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, el personaje Zabalita se hace la pregunta de en qué momento se jodió el Perú. ¿En qué momento se jodió España?
Le contesto con otra pregunta: ¿realmente se jodió España?
Históricamente parece evidente que sí.
Eso le parece evidente a usted; a mí no me lo parece. No estoy seguro de que España se haya jodido, por lo que no puedo decirle un momento concreto. ¿Por qué le parece evidente que España sí se jodió?
Porque los indicadores de desarrollo de España, a partir del siglo XVII y más profundamente en el XIX y durante casi todo el XX, no resisten la comparación con los de otras potencias europeas.
Eso dicen, pero la España del siglo XVIII no es de ningún modo una España decadente. Eso lo cuenta la leyenda negra, pero no es forzosamente la verdad. ¿Entra España en decadencia en el siglo XVII? Eso lo dicen algunos y lo dicen porque España perdió una batalla o dos o tres o cuatro, pero una nación que es capaz de hacer guerras a toda Europa durante un siglo tiene que ser una nación que no está completamente decadente, porque se agotaría enseguida. Hasta finales del siglo XVII, España se mantiene fuerte. Yo estoy convencido de que lo que se llama decadencia no existió verdaderamente. Lo que pudo haber en el siglo XVII, y lo hubo ciertamente, es impresión de decadencia.
¿Por qué sólo impresión?
Porque es cierto que muchos españoles, o, mejor dicho, castellanos, tuvieron en el siglo XVII la impresión de que si se comparaba la situación del país con la de un siglo antes se constataba un cambio a peor. Pero, ¿estaban en lo cierto? Sí y no. Estaban en lo cierto en el sentido de que, efectivamente, el centro castellano de la monarquía se viene abajo. Pero al mismo tiempo crece la periferia. Crece la provincia de Cádiz con el comercio americano, crece Sevilla, crece Valencia, crece Cataluña, crece el Cantábrico… La característica de la época de los Reyes Católicos y de los Austrias era que la pujanza de la monarquía estaba en el centro de la península, en una especie de corredor que va desde Bilbao hasta Sevilla pasando por: Burgos, sede del consulado de Burgos y capital del gran comercio internacional; Medina del Campo, ciudad financiera y de los mercados; Valladolid, capital administrativa y sede de la Chancillería; Salamanca y Alcalá, las dos grandes universidades; Toledo, gran ciudad industrial lo mismo que Segovia, Cuenca, etcétera; y Córdoba. Ciudades como Segovia, o no ya Segovia, sino pueblos como Peñaranda de Duero o Medina de Rioseco, piénsese ahora en lo que son y piénsese en lo que debían de ser en aquella época con la riqueza monumental, arquitectónica, que todavía ostentan. Medina de Rioseco tenía tres o cuatro iglesias dignas cada una de ellas de ser catedrales. Por las mismas fechas, Cataluña se hunde. En el siglo XVII, Cataluña no tiene ninguna pujanza económica; ha perdido el poderío económico que había tenido hasta principios o mediados del siglo XV. En fin, lo que se llama decadencia no es más que un cambio de equilibrio. Todo hay que relativizarlo.
Hay quien dice que en Trento nos equivocamos de Dios y en 1808 de rey. ¿Cuál es su parecer al respecto?
Eso forma parte de lo que ha venido llamándose leyenda negra, que tiene tres aspectos. El primer aspecto le toca a España por haber sido, en tiempos de Felipe II, la nación hegemónica. No se le perdonaba el poderío militar y diplomático que tenía en aquel momento. Lo mismo que hoy se ataca duramente el imperialismo norteamericano, entonces se hablaba con dureza del imperialismo filipino: ¿qué se ha creído esta nación para considerar que debe regir los destinos del mundo? Esto termina con el siglo XVII: cuando España deja de ser la nación hegemónica, desaparece esta parte de la leyenda negra. Pero entonces aparecen otros dos aspectos. En primer lugar, se empieza a decir que el progreso económico, la tolerancia, la técnica, la ciencia, nacen en las naciones protestantes, y algunos llegan a pensar que el protestantismo es la religión del progreso.
¿Cuándo surge esa idea?
A principios del siglo XX con Max Weber, que establece una relación entre el protestantismo y el capitalismo basada en su impresión de que el capitalismo había nacido en zonas preferentemente protestantes, y es cierto que las naciones que en Trento siguieron fieles al catolicismo romano cayeron en el atraso. Esto le toca a España, pero no como tal España, sino como nación católica. Lo mismo se dice de Francia, de Italia y de Portugal: son naciones católicas y, por lo tanto, naciones atrasadas. Pero, mire, en los años veinte Earl J. Hamilton, un historiador estadounidense de la economía, escribió un enorme tratado sobre la economía española desde la Edad Media hasta finales del siglo XVIII, gracias al cual es considerado uno de los mejores especialistas en la materia. Pues bien, si uno lee esa obra, descubre que no hay ninguna alusión ni a la Inquisición, ni a los judíos, ni a Trento, ni al catolicismo, igual que no la hay en el clásico de Julius Klein sobre la Mesta. Es decir: se puede escribir una historia económica de España sin aludir para nada a temas religiosos. La respuesta que Hamilton se da a la pregunta de por qué no hubo capitalismo moderno en España es que ello tuvo que ver con la diferencia entre la curva de los precios y la curva de los salarios.
Extiéndase en esa explicación.
Para que haya capitalismo es necesario que haya acumulación de capital, y la acumulación de capital es la diferencia entre la curva de los salarios y la de los precios, pero en España esas curvas se superponen. En España, en el siglo XVI, los precios son muy elevados, pero también lo son los salarios. Se paga muy bien. Se paga tan bien que los españoles no es que no quieran trabajar, sino que no quieren trabajar por salarios bajos, y como los empresarios españoles no están dispuestos a pagar salarios altos acuden a los moriscos o a inmigrantes franceses que ganan tres o cuatro veces lo que ganarían en Francia. En el siglo XVII sucede lo contrario que en el XX, cuando los españoles emigran a Bélgica, Suiza o Alemania. Los franceses venían a ganarse la vida a España, donde antes faltaban jornaleros que jornales. Como usted ve, en todo este análisis no entra ni la religión, ni Trento, ni la misa, ni el confesionario. Lo que interesa a los empresarios es ganar dinero, y si haciéndose protestantes hubieran ganado más lo hubieran hecho. La codicia es, desgraciadamente, muy superior a cualquier otra consideración.
¿Cuál es el tercer aspecto de la leyenda negra?
El tercer aspecto, que todavía no ha desaparecido completamente, es que se da la casualidad de que las naciones en las que aparentemente nace el progreso, la civilización, la ciencia, la técnica, la crítica, etcétera, no sólo son protestantes, sino también germánicas o anglosajonas. De ahí surge la idea racista de que las naciones latinas del Mediterráneo son naciones decadentes. ¿Ha desaparecido esto? Cuando yo leo en la prensa alemana ciertos comentarios sobre Grecia, España o Portugal, tengo mis dudas. Hay resabios. En fin, respecto a lo que usted me preguntaba de si en Trento España se equivocó de Dios, opino que no es un hecho histórico, sino lo que han forjado ciertos ideólogos. Ningún científico digno de este nombre, ningún historiador, puede sostener hoy que la religión protestante es la religión del progreso. ¿Dónde nació el capitalismo? A ver, ¿dónde nació el capitalismo?
¿Dónde nació, pues?
En Italia, en la Edad Media, en el siglo XIV. En Florencia, en Venecia, en lugares en los que no había un solo luterano y en los que sin embargo nacen las casas de cambio, las compañías de comercio, el gran movimiento de capital y de crédito. Por lo que no se puede decir que una nación católica, por ser católica, quede perjudicada desde el punto de vista económico. En cuanto a que sea la raza latina, mediterránea, la que se hunde a partir de cierto momento, eso está claro.
¿Lo está?
Sí, es evidente que a finales del siglo XVI y principios del XVII, el eje de la civilización se traslada del Mediterráneo al Atlántico. Es una circunstancia que nadie ha sido capaz de explicar. No es el catolicismo el que se hunde: por las mismas fechas, el Imperio Otomano también se hunde, y los turcos, como usted sabrá, no son católicos. No es una cuestión religiosa. Estamos ante algo inexplicable. Un historiador francés de finales del siglo XIX, muy anticlerical por cierto, Ernest Lavisse, decía que la fuerza de la civilización no estaba reservada a un país o una región, porque durante muchos siglos la había tenido el Mediterráneo, pero la había perdido. Hubo una profecía a la que se hizo mucho caso en el Antiguo Régimen, la profecía bíblica de Daniel, según la cual el imperio del mundo, el foco civilizador, va traslandándose de este a oeste siguiendo el curso del sol. Primero fueron los asirios, luego los fenicios, luego los macedonios, luego los romanos, luego los españoles… Y en el siglo XVI parecía que el imperio del mundo había llegado al finisterre, a La Coruña, y ya no podía pasar de allá porque no había nada. Hay algo cierto en ello, en esa idea del trasvase paulatino de la civilización de este a oeste: en el siglo XIX pasó al otro lado del Atlántico, a los Estados Unidos o mejor dicho a la fachada atlántica de los Estados Unidos, y luego al Pacífico. ¿Cómo se explica esto? Nadie es capaz de hacerlo.

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