Juan J. Molina

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viernes, 3 de mayo de 2013

LA ESPECULACIÓN, ESA GRAN DESCONOCIDA, por Juan J. Molina




Hace unos días oí al líder de la oposición en España, el socialista o socialdemócrata porque depende del día se autocalifica una cosa u otra, Rubalcaba, definiéndose como anticapitalista, acto seguido cuando algún asesor le dijo que se había pasado tres pueblos, él para arreglarlo, ni corto ni perezoso matizó que era anticapitalista del capitalismo especulativo. Como si existiera un capitalismo especulativo y otro que no lo fuera. Esto solo demuestra el desconocimiento en materia económica que tienen los políticos de izquierda en cuanto a la base y funcionamiento del sistema capitalista, desconocimiento que por otra parte no me extraña, viven en una especie de limbo entre el anticapitalismo socialista y marxista y la desazón de saber empíricamente, que el sistema no capitalista es una ruina económica.
La especulación, o dicho de otro modo, la observación que es lo que significa la raíz de dicha palabra, es connatural al capitalismo, sin especulación no existiría el sistema, todos especulamos y además lo hacemos en todos los campos de nuestra existencia. Observamos y decidimos que nos conviene más. Cuando vamos al mercado especulamos sobre qué patatas compraremos, comparamos en los distintos puestos los tamaños, el aspecto y por supuesto, el precio. Una vez terminado dicho proceso especulativo y automático, tomamos la decisión y compramos. Estar en contra del capitalismo especulativo es estar en contra del capitalismo como tal, imagino que un político de izquierdas se refiere al gran especulador, el que hace negocios con millones de euros, de kilos de oro, de materias primas, etc. Pero en realidad, cuando uno sale a comprar con cincuenta euros en el bolsillo no le queda más remedio que especular a ese nivel, con patatas y huevos, pero si sales con un par de millones especulas a otro nivel, con toneladas de mercancías, con acciones, con ladrillos, etc. La especulación no es mala per se, lo malo en todo caso, es que el especulador no cumpla con sus obligaciones fiscales.
Supongamos que queremos acabar con la especulación, para ello empezaríamos por poner el mismo precio a todas las patatas, ya no tendríamos en cuenta el precio, pero empezaríamos  a especular con el aspecto, al mismo precio escojamos las más saludables, como eso también sería una forma de especular, impidamos también tal posibilidad y tapemos las patatas, sabemos que debajo hay patatas y que todas valen lo mismo, ¿se acabaría entonces la especulación? No, ahora seguramente añadiríamos otra variante, si el precio es el mismo para todas y no puedo seleccionarlas por aspecto, compraré las patatas de los puestos más cercanos a mi casa para ahorrarme llevar peso durante más tiempo o, sencillamente discriminaré mis compras eligiendo al tendero más guapo, o al más simpático, etc. Solo hay una forma de acabar con la especulación, los marxistas y los socialistas la encontraron, obligando a la gente a comprar lo que ellos decidieron que era necesario, al precio que ellos impusieron  y en los sitios que ellos establecieron como  obligatorios. Era el sistema soviético que sigue vigente en los países socialistas.
De todo esto podemos establecer dos conclusiones sencillas, la especulación es connatural al capitalismo y a la esencia del comportamiento humano y la única forma de acabar con ella es diciéndole a la gente qué, donde y a que precio tiene que comprar los productos, simplemente, economía socialista. Este tipo de teoría económica se basa en premisas muy claras que se sustentan con una teoría errónea. Las premisas son las del intervencionismo económico y la planificación centralizada.
El intervencionismo consiste en corregir las decisiones especulativas del mercado con leyes estatales, por ejemplo, poner un sueldo base mínimo y obligatorio, subvencionar a determinadas empresas con dinero público para que no se hundan por su falta de competitividad, crear empresas con capital público que compiten ventajosamente con las empresas de capital privado, etc. La lista de intervenciones estatales en una economía de “libre mercado” que no es tal debido a esas injerencias, es infinita, cuando hablamos de estados socialistas toda la economía es dirigida y planificada desde el propio estado con lo que se crea el peor enemigo del mercado libre, el súper monopolio, en este caso estatal. Esta forma de intervención permite a sus defensores creer que controlan la situación porque son capaces de prever los cambios a corto plazo, si yo creo una empresa estatal que fabrica alpargatas a precios por debajo del mercado, bajará el precio de las alpargatas, cierto, pero eso solo es la consecuencia inmediata. A medio y largo plazo, se van sucediendo consecuencias imprevisibles que son fruto de esa intervención, probablemente algunos productores abandonaran el negocio por falta de beneficios, otros buscaran productos alternativos a las alpargatas que les sean más rentables, otros, los más creativos inventaran otro tipo de alpargata que quizás se ponga de moda y las alpargatas de siempre, que el gobierno se ha puesto a fabricar ya no las quiera nadie. Lo que en un principio estuvo pensado para generar una consecuencia previsible, bajar el precio de las alpargatas, generó muchas más que no eran en absoluto previsibles.  Toda la economía se vio arrastrada a cambios producidos por una medida intervencionista ajena al devenir normal del mercado, gente que tuvo que cambiar de trabajos, proveedores que vieron como ya no hacía falta la materia prima que ellos negociaban, trabajadores de una fábrica estatal que producían algo que el mercado ya no quiere y que se convierten en una carga para la sociedad haciendo algo que ya no es competitivo. Sin la injerencia estatal el propio mercado se hubiera corregido, si las alpargatas son caras, la gente se hubiera tirado a comprar sandalias o chanclas, los productores de alpargatas habrían tenido que bajar precios sin coacciones, habrían salido nuevos competidores que fabricarían con materiales más baratos, las correcciones naturales del mercado son infinitas. Estas intervenciones estatales desembocan irremediablemente en la planificación centralizada de toda la economía. Cada intervención para producir  “efectos controlados” termina produciendo “efectos incontrolados e incontrolables” que obligan al estado a llevar a cabo nuevas intervenciones, que a su vez, provocan más y más efectos incontrolados, de manera que al final el estado se ve inmerso en un plan gigantesco de intervenciones para controlar una economía que no se ajusta a sus previsiones, nos encontramos ante la utopía socialista de la economía planificada y centralizada en manos del estado. Imagínense intentando decidir qué hay que producir, en qué cantidad y a qué precio para abastecer a toda la población de un país. Si habláramos de grupos humanos pequeños como una familia la economía colectiva es factible y aun en estos casos dificultosa, todos sabemos que lo primero que hacen los hijos cuando adquieren financiación propia es independizarse, quieren tomar sus propias decisiones y vivir su vida sin que el poder económico de una colectividad, en este caso la familia, les imponga las prioridades y con ellas los límites de sus sueños. Cuánto más complicado e inaceptable es que un gobierno imponga los límites a las legítimas aspiraciones y sueños de la población de todo un pueblo o un país. Controlar la economía es controlar la libertad. Las personas no trabajamos para enriquecernos, lo hacemos para poder llevar a cabo nuestros planes, una casa mejor, viajar, darles una vida mejor a nuestros seres queridos, tener más tiempo libre, etc. Quien pueda decidir sobre nuestra economía se está arrogando el poder de decidir sobre nuestros sueños también.
No es casualidad que el mundo libre sea aquel en el que existe el capitalismo y el libre mercado y el mundo no libre sea aquel en el impera el anticapitalismo y el colectivismo. La libertad económica es consustancial a la libertad individual. Cuando todo está planificado y controlado desde un gobierno ya no caben resquicios para las decisiones individuales, el plan solo funciona si todos van a una y los que se apartan o se niegan a seguir la hoja de ruta, son herejes, traidores a la causa común y por ello susceptibles de ser castigados.
Ambas premisas, intervención y planificación, están basadas en una teoría falsa: la de que la economía es previsible. La prueba irrefutable de que esta teoría es errónea la tenemos en que todas las sociedades socialistas han fracasado económicamente, lo que significa que o eran muy malos adivinando el futuro o sencillamente, no se puede predecir lo que va a pasar. Si fuera posible adivinar lo que va a ocurrir alguno de los experimentos socialistas hubiera salido bien, pero no es así, y si lo que ocurre es que aunque sea posible adivinar lo que va a pasar los hombres no son capaces de hallar la fórmula para conseguirlo, tampoco merece la pena seguir equivocándose por ese camino. Ante una teoría, la socialista que nos dice que se puede planificar la economía y prever lo que ocurrirá y otra, la liberal, que dice que no es posible predecir el futuro y que por ello es mejor actuar con cautela y guardar algo para los malos tiempos, que quieren que les diga, no hay color, y más después de ver los resultados obtenidos por los pitonisos socialistas.
Cada vez que un país a caído en manos de un gobierno socialista, ya sea durante décadas en el caso de dictaduras o por periodos cortos de tiempo, en el caso de democracias, el resultado ha sido el mismo, ruina económica. La diferencia entre uno y otro caso estriba en que de una dictadura es muy difícil librarse, mientras que en una democracia al menos, cada x tiempo se puede echar a la calle al gobierno de turno. Toda la extinta URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se derrumbó por la corrosión de una economía incapaz de dar a sus ciudadanos un soplo de esperanza en alcanzar unas cotas de progreso y bienestar que sin embargo, detrás de las fronteras, en el demoníaco y perverso mundo capitalista las gozaban una gran mayoría de la población. Comparar los estándares de vida del mundo capitalista y del socialista a través de las imágenes de la televisión o el cine o físicamente visitando esos países, era como retroceder cuarenta años en el tiempo. Colas para el abastecimiento de productos básicos, coches de estética gótica y en estados de uso lamentables, electrodomésticos viejos y cochambrosos, uniformidad en la vestimenta, salarios esclavistas, por donde quiera que echaras la vista todo era un desastre, un experimento fallido y lamentable a nivel económico. La gran utopía socialista no se hundió porque no se hizo bien como argumentan los nostálgicos marxistas y socialistas, se hundió porque es a nivel teórico y práctico, unos de los mayores errores que se han cometido como sistema político y económico.
De modo que especular, al contrario de lo que opinan muchos, no es malo. Lo malo es que muchos de esos especuladores se amparan en artimañas financieras, creadas en connivencia con los políticos,  para no cumplir con sus obligaciones fiscales y cooperar con una parte de las riquezas fruto de esas especulaciones, en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos que no son capaces de alcanzar por si mismos unos mínimos ingresos para llevar a cabo un proyecto de vida digno. El capitalismo, a diferencia del colectivismo, produce riqueza en grandes cantidades pero al mismo tiempo produce avariciosos, gente egoísta que no quiere cooperar y busca la forma de zafarse de sus obligaciones solidarias con el resto de sus congéneres. No es contra el capitalismo contra lo que hay que luchar, no hay que matar a la gallina de los huevos de oro, hay que luchar contra los defraudadores, los corruptos y los avariciosos. Es una pérdida de tiempo seguir en el dilema de capitalismo sí, capitalismo no, como hace la izquierda,  está claro que el anticapitalismo es una ruina, aprovechemos la riqueza del libre mercado para crear un mundo más solidario, acabemos con los insolidarios, con los que acaparan toda la cosecha escondiendo también la parte que deben entregar a la sociedad.
Tanto la izquierda como la derecha política responden al símil de los dos agricultores idiotas. La izquierda se afana en absorber del árbol toda la riqueza que éste pueda proporcionarle, los frutos, la sabia del tronco y las raíces para hacerse un caldito, resultado: el árbol se seca y se muere. Es lo que ha ocurrido y ocurre en todas las economías colectivistas, la economía se muere. La derecha se afana en quedarse con toda la cosecha, el árbol sigue dando frutos pero prácticamente solo puede comérselos el dueño del árbol, los que no tienen árbol ven las manzanas y no las catan, hasta que un día cuelgan del mismo árbol al dueño y se reparten las manzanas. La economía funciona pero la paz social revienta por avaricia de unos pocos. La política de este mundo se desenvuelve en el día de la marmota de este huerto cultivado por dos agricultores idiotas, uno sucede a otro en una espiral de idiotez infinita.



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