Juan J. Molina

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martes, 21 de mayo de 2013

La atrofia identitaria, por Eduardo Goligorsky




Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.

Aunque parezca raro, empiezo por elogiar sin reservas un artículo de la panfletista Pilar Rahola. En "Los que marcan la opinión" (LV, 23/3), Rahola contradice a una investigadora que la singularizó "por sus ataques contra el mundo árabe". Y replica:
Debo de ser la articulista que más artículos ha dedicado a hacer visibles a árabes valerosos y heroicos y nunca he dedicado ni una línea, ni una, a atacar a un país árabe o al mundo islámico en general. Sólo he atacado a dictadores e ideologías fanáticas, pero siempre acompañado de una defensa de todos los que, desde el Islam, luchan por sus derechos. Incluso osé decir que el Nelson Mandela actual era una mujer musulmana luchadora.
Imposible explicar más concisamente que una cosa es denunciar la intolerancia política o religiosa que determinadas corrientes ideológicas o individuos autoritarios practican en perjuicio de una comunidad y sus ciudadanos, y otra muy distinta insinuar que dicha denuncia está dirigida contra la comunidad y los ciudadanos víctimas de esas prácticas. Y aquí es donde queda en evidencia la táctica tramposa que Pilar Rahola emplea para desacreditar y difamar a quienes se oponen a la aventura secesionista porque están convencidos de que su éxito implicaría un desastre económico, social y cultural; una ruptura de la convivencia con el resto de España y de Europa; y la exhumación de primitivas atrofias identitarias. Si a ella la acusan, falsamente, de atacar al mundo árabe, ella acusa, falsamente, a quienes no comulgan con sus obsesiones deatacar a Cataluña.

Azote de herejes

La tendencia a identificar la subordinación al régimen imperante con la lealtad a la patria es típica de las mentalidades totalitarias. Y al discrepante, ni agua. Para los comunistas, Solyenitsin era traidor a Rusia; para los nazis, Thomas Mann lo era a Alemania; para los franquistas, Salvador de Madariaga lo era a España; para los peronistas, Jorge Luis Borges lo era a Argentina. Las listas de botiflers que elaboran los secesionistas catalanes son interminables y demuestran que su movimiento dista de ser representativo de la mayoría de la sociedad. Hasta el versátil Josep Antoni Duran Lleida se siente incluido en ellas (LV, 7/5). Repito, y seguiré repitiendo, por su origen y contundencia, lo queescribió el secesionista puro y duro Francesc-Marc Álvaro (LV, 6/5). El soberanismo es
la minoría más activa y organizada. (…) En Catalunya, el 33,7% es partidario de un Estado catalán, lo cual representa que uno de cada tres catalanes ha asumido con normalidad la propuesta independentista.
¡De mayorías, ni hablar! Sin embargo, Pilar Rahola usurpa la representación de "los catalanes", así en masa, para asumir el papel de azote de herejes. Ya que niega, con razón, serlo de los árabes, se complace en desenmascarar apostasías identitarias. Como si la pobre Carme(n) Chacón no se bastara a sí misma para cubrirse de ridículo, la inquisidora Rahola la convierte en una Agustina de Aragón que, siendo catalana, "más ferozmente atacará nuestros intereses como nación" (LV, 7/5). A Mariscal, que "hizo una pasta gansa" gracias a Barcelona, no le perdona que se burlara de la manifestación del 11-S y le reprocha que el Cobi fuera feo (horrible, diría yo) y que tuviera "un padre con el carnet número 13 de la Falange, miembro honroso de la División Azul y galardonado con la Cruz de Hierro" (LV, 4/5). Olvida, Rahola, que con parecidos trofeos Dionisio Ridruejo se hizo acreedor al respeto y la admiración de todos los demócratas, y muy especialmente de los demócratas catalanes, y que las acusaciones de esta índole pueden volverse como un bumerán contra muchos de sus próceres.
La fatua de Rahola castiga, empero, a una apóstata cuyos pecados convierten en travesuras infantiles los que los fundamentalistas islámicos le atribuyen a Salman Rushdie. Sus diatribas llueven sobre Dolores Serrat, consejera de Educación del Gobierno de Aragón, responsable de que se aplique a una variante del catalán la denominación de Lengua Aragonesa Propia del Aragón Oriental. Ya me ocuparé en otra oportunidad de esta innovación. Veamos ahora por qué Rahola se ensaña con Serrat (LV, 12/5).

La tiranía de la cuna

Serrat, nos informa Rahola, nació en Ripoll, y cometió el pecado de no dejarse marcar para siempre por los efluvios telúricos emanados de su terruño. Su boca nació aquí (en Cataluña) y habló el idioma (catalán) desde la infancia, lo cual no le impidió "perpetrar tamañas barbaridades contra el idioma que aprendió en la cuna". Diagnóstico:
El autoodio catalán (…) en nuestra historia siempre hubo catalanes que fueron grandes botiflers.
Aquí tenemos, en apretada síntesis, los elementos de la atrofia identitaria que predica Rahola. Si Serrat hubiera nacido en Tombuctú, debería practicar la ablación del clítoris a sus hijas para ceñirse a las tradiciones heredadas de sus mayores. Hay quienes continúan practicando esta costumbre bárbara aunque hayan emigrado a países civilizados: los domina la tiranía de la cuna que idealiza Rahola. Si la señora Serrat, después de nacer en Ripoll, se educó, leyó, por ejemplo, a Erasmo, a Spinoza, a Voltaire, a Stuart Mill, a Nietzsche, a Russell, a Unamuno, y descubrió que el mundo es ancho y ajeno, difícilmente podría haberse quedado subordinada a atavismos sectarios y dogmáticos como los que seducen a Rahola. En este contexto, el diagnóstico de autoodio –al que Rahola recurre con frecuencia para estigmatizar a quienes rompen con los mitos sobre los que descansa la ideología secesionista– es el gran aporte que algunos psicoanalistas hicieron a los apóstoles del inmovilismo o, peor aun, de la involución hacia modelos medievales.
Los secesionistas no se dan cuenta de que si se les aplicara esta falacia psicoanalítica, también podrían acusarlos de autoodiarse porque se desentienden de las raíces religiosas de su árbol genealógico para irse por las ramas de una frágil quimera profana.

Antídotos para la atrofia

Afortunadamente, hay antídotos para la atrofia identitaria. Siempre recomiendo la lectura de Identidades asesinas (Alianza, 1999), de Amin Maalouf. Explica Maalouf:
Cuando me preguntan qué soy "en lo más hondo de mí mismo" están suponiendo que "en el fondo" de cada persona hay sólo una pertenencia que importe, su “verdad profunda” de alguna manera, su “esencia”, que está determinada para siempre desde el nacimiento y que no se va a modificar nunca; como si lo demás, todo lo demás –su trayectoria de hombre libre, las convicciones que ha ido adquiriendo, sus preferencias, su sensibilidad personal sus afinidades, su vida en suma–, no contara para nada.
Y prosigue más adelante:
De hecho, todos estamos infinitamente más cerca de nuestros contemporáneos que de nuestros antepasados. ¿Estaría exagerando si dijera que tengo muchas más cosas en común con un peatón elegido al azar en una calle de Praga, Seúl o San Francisco que con mi propio bisabuelo? No sólo en el aspecto, en la indumentaria, en los andares, no sólo en la forma de vida, el trabajo, la vivienda, los instrumentos que nos rodean, sino también en los principios morales, en los hábitos mentales.
Arcadi Espada fue menos caritativo cuando escribió (Contra Catalunya, Flor del Viento, 1997):
Siempre pienso de mis antepasados en unos términos poco amables: los imagino cercanos a la animalidad, muy rudimentarios.

Discriminaciones retrógradas

Lógicamente, Pilar Rahola tiene todo el derecho del mundo a encerrarse en su cápsula identitaria y a disfrutar en ella de los placeres de la evocación nostálgica, como lo hace en su artículo "Elogio del país pequeño" (LV, 28/4), pletórico de "tiempos inmemoriales", "mitos del pasado", “los atavismos y la tradición”, “la propia identidad”, “una memoria secular”, “un idioma que lo articula”, “las patrias pequeñas”, “sus mitos, su historia, sus costumbres y esa identidad local”, “su cultura milenaria” y así hasta la saturación. A lo que no tiene derecho es a menospreciar y tildar de traidores a quienes no comparten sus obsesiones, ni a tramar más exclusiones y discriminaciones retrógradas desde el Consell Nacional de la Transició, del que se siente “orgullosa de formar parte” (LV, 13/4). Consell que, además, no representa a la mayoría, sino a "la minoría más activa y organizada" (Francesc-Marc Álvaro dixit).
En fin, es curioso que deba rescatar una frase de Martin Luther King que Rahola esgrime injustamente contra Dolores Serrat, porque me parece que es la que mejor define a todos los cazadores de herejes:
Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.

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