Juan J. Molina

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jueves, 14 de julio de 2011

3. INDIVIDUALISMO Y COLECTIVISMO (Resumen IV)


FRIEDERICH HAYEK (Austria 1899-1992) Premio nobel de Economía en 1974

La tesis central del libro es que los avances de la planificación económica van necesariamente unidos a la pérdida de libertades y al progreso del totalitarismo.

“Los socialistas creen en dos cosas que son
Absolutamente diferentes y hasta quizá
Contradictorias: libertad y planificación”
                                           Elie Halévy
Aclaremos la confusión que se cierne sobre el término socialismo. Puede éste tan solo significar, y a menudo se usa para describir, los ideales de justicia social, mayor igualdad y seguridad, que son los fines últimos del socialismo. Pero significa también el método particular por el que la mayoría de los socialistas esperan alcanzar estos fines. En este sentido, socialismo significa abolición de la empresa privada y de la propiedad privada de los medios de producción y creación de un sistema de “economía planificada”, en el cual el empresario que actúa en busca de beneficio es reemplazado por un organismo central de planificación.
La discusión sobre el socialismo se ha convertido así principalmente en una discusión sobre los medios y no sobre los fines. Propugnan la “planificación”, por consiguiente, todos aquellos que demandan que la “producción para el uso” sustituya a la producción para el beneficio. Casi todas las cuestiones que se discuten entre socialistas y liberales atañen a los métodos comunes a todas las formas del colectivismo y no a los fines particulares a los que desean aplicarlos los socialistas.
El significado del término colectivismo gana cierta precisión si hacemos constar que para nosotros designa aquella clase de planificación que es necesaria para realizar cualquier ideal distributivo determinado. De acuerdo con los modernos planificadores, y para sus fines, no basta llamar así a la más permanente y racional estructura, dentro de la cual las diferentes personas conducirían las diversas actividades de acuerdo con sus planes individuales. Este plan liberal no es, según ellos, un plan; lo que nuestros planificadores demandan es la dirección centralizada de toda la actividad económica según un plan único que determine la “dirección explícita” de los recursos de la sociedad para servir a particulares fines por una vía determinada.
La cuestión está en si es mejor para este propósito que el portador del poder coercitivo se limite en general a crear las condiciones bajo las cuales el conocimiento y la iniciativa de los individuos encuentren el mejor campo para que ellos puedan componer de la manera más afortunada sus planes, o si una utilización racional de nuestros recursos requiere la dirección y organización centralizada de todas nuestras actividades, de acuerdo con algún “modelo” construido expresamente.
Es importante no confundir la oposición contra la planificación de esta clase con una dogmática actitud de laissez faire.
La argumentación liberal considera superior la competencia no solo porque en la mayor parte de las circunstancias es el método más eficiente conocido, sino, más aún, porque es el único método que permite a nuestras actividades ajustarse a las de cada uno de los demás sin intervención coercitiva o arbitraria de la autoridad. En realidad, uno de los principales argumentos a favor de la competencia estriba en que ésta evita la necesidad de un “control social explícito” y da a los individuos una oportunidad para decidir si las perspectivas de una ocupación son suficientes para compensar las desventajas y los riesgos que lleva consigo.
El funcionamiento de la competencia no solo exige una adecuada organización de ciertas instituciones como el dinero, los mercados y los canales de información –algunas de las cuales nunca pueden ser provistas adecuadamente por la empresa privada-, sino que depende, sobre todo, de la existencia de un sistema legal apropiado, de un sistema legal dirigido, a la vez, a preservar la competencia y a lograr que esta opere de la manera más beneficiosa posible. Tampoco son incompatibles el mantenimiento de la competencia y un extenso sistema de servicios sociales, en tanto que la organización de estos servicios no se dirija a hacer inefectiva en campos extensos la competencia.
Crear las condiciones en que la competencia actuará con toda la eficacia posible, complementarla allí donde no pueda ser eficaz, suministra los servicios que, según las palabras de Adam Smith, “aunque puedan ser ventajosas en el más alto grado para una gran sociedad, son, sin embargo, de tal naturaleza que el beneficio nunca podría compensar el gasto a un individuo o un pequeño número de ellos”, son tareas que ofrecen un amplio e indiscutible ámbito para la actividad del estado.
Lo que en realidad une a los socialistas de la izquierda y la derecha es la común hostilidad a la competencia y su común deseo de reemplazarla por una economía dirigida.
Competencia y dirección centralizada resultan instrumentos pobres e ineficientes si son incompletos; son principios alternativos para la resolución del mismo problema, y una mezcal de los dos significa que ninguno operará verdaderamente, y el resultado será peor que si se hubiese confiado solo en uno de ambos sistemas. O, para expresarlo de otro modo, la planificación y la competencia solo pueden combinarse para la planificación de la competencia, pero no para planificar contra la competencia.

CONTINUACIÓN 

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