Juan J. Molina

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Juan J. Molina

lunes, 29 de noviembre de 2010

El haza de los lobos por FRANCISCO MASSO.- Psicólogo


Así de recio, suena por dentro el trajín de un partido político, donde el cruce de navajas con la sonrisa en los labios no es una eventualidad, sino el ritual cotidiano, la habilidad ordinaria para ganarse el pan de hoy y mañana.

Desde el siglo XVII, Tomás Hobbes asentó el egoísmo como principio ético fundamental: el hombre, encerrado en sí mismo, está en lucha permanente con todos sus semejantes, de ahí su afirmación rotunda homo homini lupus. Como si trabajar prioritariamente en provecho propio fuera una ley inexorable, inherente a la condición humana.

En el caso de los partidos políticos, la conclusión de Hobbes se queda pequeña. Entre correligionarios, la afirmación correcta sería homo homini lupissimus, si fuera admisible el disparate lingüístico.

La paradoja se presenta desde el momento que el político dice venir a servir al prójimo, que su afán persigue la Justicia y que toda su pretensión se cifra en proteger el bien común. Ante semejante declaración sólo cabe prosternarse, sentir admiración y considerar el quehacer político como una misión, un sacerdocio al que el político, puro altruismo, rinde sus intereses y entrega su vida. Ya tenemos al lobo, disfrazado con la piel de cordero, buscando rebaño al que cuidar, y abuelos y “caperucitos” a los que zamparse.

La historia de cada lobo, que se repite en todas las madrigueras, parte de un alevín, unas veces bisoño y otras veces iluminado, que viene a ordenar el mundo, arreglar cualquier problema y hacer la carrera que, tal vez no haya podido completar en las aulas universitarias, o ha hecho a trancas y barrancas y a duras y largas penas.

Generalmente, el lobezno entra en la manada de un gran lobo resabiado, maestro y capo, que sabe mucho por viejo, aún alberga poder o goza de halo de poderoso. El jefe de manada es un personaje bragado, que ha encallecido a base de dar y recibir dentelladas: las da con elegancia y el mejor eufemismo, pero con la contundencia del juez que se considera en posesión de la verdad; si ha de encajar alguna, lo hace impasible, con la altanería de quien se sabe superior y no puede permitir mostrarse afectado, aunque tome venganza en cuanto pueda.

El consorcio se hace para prosperar, digo, para ganar adeptos para la causa noble. No se trata de confabulaciones aviesas, mete-saca de rumores y sementera de bulos, sino lucha en buena lid para demostrar bravura, lealtad a la misión y hacerse acreedores a la confianza del electorado, al que se halaga con la suavidad y ternura que exige la piel del disfraz.

Cuando una manada vigila o espía a otra, lo hace para tener información fiable y segura. Hay una responsabilidad in vigilando que no ha de descuidarse nunca, porque el ataque desde la retaguardia, puede resultar mortal e imperdonable.

Si alguien filtra algún trapo sucio, escondiendo la mano después de tirar la piedra, lo hace para depurar la situación y que la noble causa no resulte dañada. Aunque, de paso, también hay que saber desechar al enemigo interior: juicio sumarísimo y fusilamiento al amanecer, sin que haya lugar a la duda, ni tiempo para la piedad. Esta carrera siempre es a muerte y sobreviven los peores, bueno, quiero decir, los mejor dotados para la brega.

El lobo-discípulo aprende a urdir trampas, mentir, crear mistificaciones que seduzcan o aseguren la fidelidad del electorado. Salpica su discurso con algunos tópicos, congruentes con la ideología que dice defender, aunque resulten increíbles e incoherentes con su propio estilo de vida. Aún recuerdo el acaloramiento con que, en un mitin electoral, una joven loba de izquierdas defendía las excelencias de la enseñanza pública, mientras sus hijos asistían a un colegio privado y terminaron sus estudios universitarios también en universidad de pago. Si éste fuera el único renuncio con que pillar a nuestra clase política, seríamos afortunados.

El eslogan de vida política del aprendiz es algo así como: trepa como sea. No importa el medio, ni las víctimas que haya que dejar en la cuneta, el objetivo es ir siempre hacia adelante, hasta conseguir el poder. Sólo éste, como si fuera un talismán mágico, permitirá la felicidad, resarcirse de tanto esfuerzo y colmar las ambiciones de toda índole. No, esto último no. El político no puede ser un comisionista, ni viene a lucrarse, ni a crearse una sinecura vitalicia, ni pretende practicar nepotismo, ni hacer clientelismo. Ni siquiera es venal, ni se va a dejar manejar por algún que otro regalito o fruslería insignificante.

Él y ella, los políticos, son honrados y siempre tratan (sólo tratan y tratan) de contribuir a la causa noble, mejorar la humanidad y resolver problemas para que todo fluya mejor que mejor.

Como quiera que el egoísmo, como motor, puede resultar universalmente dañino, sigue diciendo Hobbes, se hace necesario establecer un contrato y reconocer a un soberano. Aquí podemos sustituir el término soberano, por el de secretario general, presidente, coordinador, o así. Hobbes estaba al servicio de los Estuardos ingleses y en aquellos tiempos se estilaba el absolutismo. Ahora no es lo mismo, qué va, ni comparación.

Mediando el contrato, el soberano-presidente-secretario general-coordinador-o así, tiene potestad ilimitada, irrevocable y plena para ordenar, regular y conformar según su criterio y buen entender. Hoy te pongo, que me interesa congraciar, o entretenerte, o hacer una finta y mañana te quito, por haberme replicado, o no haberme incensado suficientemente, o porque me han dicho que no me fíe de ti, porque vas conspirando por ahí.

Un tejemaneje de tal naturaleza sólo puede atraer a personas mediocres, ambiciosos de buena planta y pocos escrúpulos, engreídos de ego inflado y mismidad hueca, virtuosos del regate en busca de atajo, capitostes de aquí y de allá encaramados al poder como sea.

Afortunadamente, la sociedad civil no tiene por referente a esta clase política. La sufre, como en la antigüedad convivió con el atropello de las castas -las gens romanas- y la esclavitud; luego, en el Medievo, soportó al feudal, civil y religioso; después, aguantó el absolutismo de reyes tan eximios como los que conocemos; más tarde, esta sociedad sufrida ha sido humillada por dictaduras fascistas y comunistas, que tanto da. Y, aún hay casos peores: en otras latitudes, han optado por regresar, o los han regresado, a la teocracia.

Toda crisis es una criba, un crisol, que permite depurar un criterio. ¡Bonita familia de palabras, todas hijas de la misma madre! Para establecer un criterio hay que cribar, retirar el granzón de las corruptelas, del similiquitruqui, de las fullerías y del dar gato por liebre.

Al final, podrá quedar la intrahistoria, la obra bien hecha, el trabajo sensato, la competencia personal labrada en el tajo de cada día, el orgullo de haber hecho, en lo inmediato, aquello que cada uno cree que debe hacer.

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