Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

martes, 13 de abril de 2010

Democracia y sociedad de la información


Se me ha indicado que aborde la cuestión de "la democracia y la sociedad de la información". Hemos empezado a manejar este concepto de otra sociedad con Daniel Bell. Comenzamos con la sociedad postindustrial, ¿recuerdan? El gran descubrimiento en los 50, al menos en EU, fue que la mitad del proceso económico ya no era un proceso de manufactura, y así se había creado la sociedad postindustrial. Ahora bien, si algo ha quedado superado, si algo se convierte en pasado, ¿qué lo reemplaza? ¿Qué toma su lugar? En Bell era la sociedad del conocimiento pero eso es, por supuesto, un sesgo de profesores. Les gusta ampliar su propia profesión. Pero, además, era una predilección llena de esperanza: la sociedad del futuro reposa sobre el conocimiento, la comprensión, la inteligencia, gentes capaces, bien formadas. De hecho, es el tipo de predicciones que apoyo porque se pueden autocumplir. Esa era en parte la intención de Bell, que creía en la sociedad del conocimiento.

Básicamente, lo que sustituye a una sociedad de manufactura es, en realidad, una sociedad burocrática. La gente no trabaja para producir bienes; se sientan a sus mesas, en oficinas. Por tanto, el acontecimiento importante es el advenimiento de la sociedad burocrática. Está por verse que sea una sociedad de conocimiento u otra cosa. El hecho es que tenemos muchas oficinas, más de 50%. La sociedad de la información en los 60 cobró un tinte elitista. Eso, ya se sabe, es un pecado grave, y como de hecho la tecnología se ha desarrollado en la forma que sabemos, hemos encontrado la fórmula, el concepto último, la sociedad de la información.

La sociedad de la información no suena a algo tan pomposo como la sociedad del conocimiento; pero es importante. La sociedad de la información contiene una parte de verdad en su propio nombre, en el sentido de que la tecnología permite una cada vez mayor transmisión de la información. La cuestión es si esto hace que la sociedad, después de todo, piense algo al respecto y con qué propósito.

Llegamos así inmediatamente a comprender la noción de información. ¿Qué significa? Para la sociedad de la información, la información es cualquier cosa que esté en la red. De esta forma, si uno produce mucho ruido y lo pone en la red, para algunos eso es información. Así se ve lo fácilmente que la sociedad de la información se saca a sí misma de su propio apuro. A veces me gustaría que fuese sólo ruido, pues siempre que entro en una de estas redes, oigo muchas estupideces que se multiplican. Es una multiplicación de estupideces. Si se pone una estupidez en la red, se multiplica por mil, y por ello desearía que fuese sólo ruido. Por desgracia, no lo es, y contiene mucha estupidez. Así pues, en mi opinión, la información es la transmisión de un contenido con noticias. News (noticias) es una palabra inglesa retorcida porque noticias es "lo que es nuevo". En español, en italiano, la palabra da una mejor sensación de qué tipo de información se va a transmitir.

Entremos ya en la relación que existe entre este concepto de sociedad de la información y la democracia. Tenemos una tecnología que nos puede mantener despiertos 28 horas al día recibiendo o emitiendo noticias. ¿Qué tipo de noticias y qué resulta interesante para la democracia? Evidentemente, lo que interesa al sistema político, al ciudadano en su verdadero sentido, es la información sobre asuntos públicos de interés público. Si recibo información sobre bailarines o futbol, puede resultar estupendo para entretenerme, pero no sirve a ningún propósito para una sociedad democrática. Información pues, sobre asuntos públicos, res publica, de interés público, y que afecta al interés general o, en cualquier caso, debería interesar a casi todo el mundo. Mi queja se centra en que, cada vez más, el medio que transmite las noticias es la televisión, y menos los periódicos. Crecientemente, sacamos de la televisión lo que llamo subinformación y desinformación. Exactamente lo que no deberíamos desear y que no ayuda en modo alguno a la democracia. Subinformación significa información insuficiente; y desinformación, información distorsionada. En términos analíticos, la diferencia es clara; en la práctica se solapa.

Quiero recalcar también la relación muy próxima entre el tipo de subinformación que recibimos de la televisión y, por implicación, también de los periódicos que siguen el modelo de la televisión, con un desinterés en la política, que es de nuevo una tendencia en todos los países occidentales y quizá también en otras partes.

La argumentación, in vitro, es la siguiente: si recibo información sobre algo que no comprendo, no me interesa. Si recibo información, o veo un partido de futbol y no lo comprendo, inmediatamente apago el televisor, porque mi comprensión de esta entidad es nula. Cualquier información recibida y escuchada resulta interesante para la persona presente sólo si tiene la suficiente información para comprenderla. No tiene ningún sentido emplear 30 segundos para decir: "El señor tal ha ganado las elecciones en Lituania con 40%". ¿Qué más da? ¿Por qué debería escuchar eso? O se explica el problema diciendo por qué es importante lo que ocurre y qué significa, o se convierte en información sin interés. Y lo que produce en la actualidad la llamada "sociedad de la información", al menos en asuntos públicos, es un cierto tipo de información de las noticias que sólo puede provocar rechazo y desinterés. Sólo veo la televisión porque profesionalmente tengo que hacerlo para decir lo horrorosa que es, pero no encuentro en ella ni interés ni claridad. No comprendo nada de las noticias políticas que se dan en la televisión italiana o en las grandes cadenas estadounidenses.
Estamos en un círculo vicioso. Tenemos una sociedad de la información que nos inunda con información absolutamente trivial e insuficiente, que no despierta interés porque no se entiende. Es un círculo vicioso que debemos afrontar. Las últimas estadísticas de que dispongo sobre la sociedad política italiana indican que 60% de la gente nunca lee una sola línea sobre política en un periódico ni atiende a lo que se dice en televisión sobre cuestiones políticas. Por lo que el destino de la democracia, en esta simple consideración, descansa sobre 40%.

(...) Ahora quisiera diferenciar claramente información y conocimiento. Tendemos con demasiada facilidad a confundirlos porque nos resulta fácil, aunque son diferentes. La información es la acumulación de conceptos. El conocimiento, en su sentido adecuado, es el control cognitivo de las cosas. En la época final de la Segunda Guerra Mundial, un amigo mío tuvo que esconderse durante dos años en una habitación. ¿Qué hizo? Leer, sin saltarse una línea, los primeros dos volúmenes de la Enciclopedia Italiana. Al final tenía más información que antes, al menos sobre las letras A y B, pero era el mismo imbécil que antes. Eso es la acumulación de conceptos, que creo importante. En la escuela, se dice, hay que dar conceptos a los alumnos. No es un gran conocimiento, pero es información importante. Sin embargo, el conocimiento como lo defino consiste en la capacidad no sólo de comprender un problema, sino también de buscar maneras de resolverlo. Eso es el control cognitivo. Son dos cosas diferentes. Yo no diría que demasiada información produce menor conocimiento. Una información excesiva simplemente nos inunda de información estúpida y trivial. Resulta dañina, pero no en el sentido de que reduzca el conocimiento. Si una persona está interesada en la cognición, el conocimiento cognitivo, el control cognitivo, entonces lo primero que hará será evitar un exceso de información. Es evidente, pero ése es asunto distinto.

En cuanto a la democracia electrónica, mi argumentación es precisamente que cuanta más responsabilidad en la toma de decisiones y más poder de decisión se le da al ciudadano, más hay que mejorar al ciudadano porque, de otro modo, perderemos la carrera. Y precisamente esto es lo que está ocurriendo: estamos dando más poder a ciudadanos menos informados, menos competentes y, en realidad, menos ciudadanos. Los llamo "hipnociudadanos" o "subciudadanos". Estamos creando un subciudadano, incluso peor de lo que lo era en el pasado, entre el final del siglo pasado y la primera parte de éste; un ciudadano totalmente desinformado, no interesado e increíblemente ignorante. En la última edición de mi libro Homo videns he recogido, a modo ilustrativo, respuestas a algunas preguntas. Antes, al menos, la gente contestaba: "No lo sé". Ahora, una persona, ante la pregunta sobre qué es el Plan Marshall contesta: "Es un plan para introducir opio en Francia". Ahora no sólo no saben nada, sino que incluso son imprudentes, y esto puede ser una regresión a lo peor. Tal como la veo, la ecuación es la siguiente: si se quiere más demo-poder, hay que tener más demo-competencia; y sin embargo, hay menos demo-poder y más demo-incompetencia. No podemos resolver este problema con la televisión, con Internet. Podemos tratar de resolverlo en términos de democracia deliberativa y en términos de minipopulus de Dahl.



Giovanni Sartori

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