Juan J. Molina

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Juan J. Molina

domingo, 31 de octubre de 2010

Nata del polvo y del cementerio...Miguel Hernández


En mitad del cementerio, debajo de tres palmeras, descansan el poeta, el hijo y la mujer, mirando al cielo con los ojos bien abiertos. Los que lo murieron no sabían que los poetas no se dejan morir, no saben morir.
Pastor de cabras y corazones ajados, tu a quien ningún rey coronado tuvo pie, tuvo gana para ver el calzado de tu pobre ventana. Naciste como el toro para el luto y el dolor, y como un toro estás marcado por un hierro infernal en el costado, ¿qué hiciste para que pusieran en tu vida tanta cárcel? Tu cuerpo ya sin tu cuerpo, canal de un palo seco, tendido en una sábana de mármoles y desiertos, creíste que la luz era tuya y precipitado en la sombra te ves. Vendrá la luz más redonda a los almendros más blancos, a inundar tu sepultura, la vida y la luz se ahondan entre muertos y barrancos.
¿Quién llenará este vacío de cielo desalentado?, cuerpos, soles, alboradas, cárceles y cementerios. Todo lo hemos perdido, tierra todo lo has ganado. Dicen que pareces otro. Pero sigues siendo el mismo desde tu vientre remoto.
Muerto mío. Te fuiste con el verano. ¿Sientes frío? Hablas con el silencio, y la fuerza que te arrastra hacia el sur de la tierra es tu sangre primera. Ardes desde allá abajo y alumbras nuestro recuerdo.
Por las calles fuiste dejando algo que vamos recogiendo, pedazos de tu propia vida venidos desde muy lejos, todo está lleno de ti. Tan cercanos, y a veces qué lejos nos sentimos, tú yéndote a los muertos, y nosotros aquí, entre los vivos. Entre las flores te fuiste, entre las flores nos dejas. Ya eres vecino de la muerte, ese patio de vecindad que nadie alquila. Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo…
El cementerio está cerca…entre nopales azules, pitas azules y niños que gritan vívidamente si un muerto nubla el camino. De aquí al cementerio, todo es azul, dorado, límpido. Cuatro pasos, y los muertos. Cuatro pasos, y los vivos. Límpido, azul y dorado, se hace allí remoto el poeta.
Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.

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