Juan J. Molina

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Juan J. Molina

lunes, 26 de mayo de 2014

ELECCIONES EUROPEAS: LA MONTAÑA Y LA LLANURA, por Juan J. Molina




Ayer, 25 de mayo,  tuve la oportunidad y la obligación de ejercer como presidente de un colegio electoral en una pedanía de una ciudad mediana tirando a grande en España, no importa el nombre porque creo que es un exponente válido de lo que podría haber constatado en cualquier otro sitio del país, por mucho que se empeñen algunos, no somos tan diferentes en esta piel de toro.
Tuve como vocales a dos tipos estupendos, sinceramente lo digo, cara y cruz de la sociedad de este tiempo. Un chaval joven, veintitrés años, ni ni de profesión, sin estudios ni trabajo, y por otro lado, un emprendedor de mediana edad hecho a sí mismo y trabajando desde los catorce años. Después de más de doce horas juntos te da tiempo de indagar en sus realidades y sacar unas cuantas conclusiones.
Respecto al ni ni, descubrí a un chaval perdido, sin idea de qué rumbo tomar y con la cabeza llena de pájaros. Lo mismo quería poner en marcha un huerto propiedad de su padre, para no se sabe qué objetivo, que soñaba con ser “promotor”, ahí es “na”, sin un euro debajo del brazo y con la que está cayendo. Un híbrido entre ecología y pelotazo sin ningún cimiento sólido, fruto de lo que ha visto por la tele, que hoy por hoy, es el único libro de texto que leen. Al final, todas sus expectativas acababan con el mismo razonamiento: es que todo es muy difícil. Y tiene razón, se lo hemos puesto todo muy difícil. Por cierto, su conocimiento y preocupación por la política era cero y estaba cargado de la rumorología dominante: políticos corruptos, ladrones, vividores, etc. Al final del día, no votó. 
El emprendedor era el caso opuesto, entusiasta del día a día, buscándose las habichuelas mata a mata. Despedido de una empresa en la que había trabajado veinte años, ahora se había hecho autónomo para hacer lo mismo, lo que sabe hacer, pero por su cuenta. A pesar de lo dificultoso del momento, se mostraba optimista y decía que empezaba a haber más trabajo. Tenía las ideas claras, levantarse cada mañana y salir al mercado a vender sus servicios y sus productos dando lo mejor de sí, y soñando que alguna vez, hubiera un gobierno que supiera valorar el esfuerzo que hacen y los tratara de una manera más justa sin asfixiarlos a impuestos y burocracia. Solo tenía una característica común con su compañero vocal, su desconocimiento absoluto de la política y la misma carga de rumorología sobre la corrupción, etc., etc. Al final del día, votó.
Con estos ingredientes predominantes en la clase media y la juventud y con una pizca de estos otros que ahora describiré, no podemos extrañarnos del potaje que se está cociendo en el panorama político de este país. Los otros aderezos son: una tercera edad acongojada con perder sus pensiones, que bien se merecen por cierto, y que votaban con una mezcla de miedo, lejanía e incertidumbre. Muchos de ellos cuando votaban decían: a ver si tenemos suerte, como si la política fuera una rifa de tómbola y las papeletas de voto los números de una suerte gobernada solo por el azar. A todo esto, por el colegio electoral pululaban de aquí para allá toda la corte de carguillos políticos, interventores y apoderados de los partidos políticos, afanados en controlarse entre ellos para que nadie tape sus respectivas papeletas, para ponerlas en los sitios más visibles, para acompañar “desinteresadamente” al cualquier despistado que no tuviera muy claro cómo o qué votar, absolutamente ocupados en sus cábalas estadísticas y, tradición española, en criticar a los otros en cuanto se daban la vuelta.
Ante este panorama, basta que alguien clame desde la montaña cualquier cosa para que todos se giren y muchos, caigan en la trampa. Y hablo de montaña porque los que hayan leído algo sobre la revolución francesa sabrán que allí se acuñó lo de la derecha y la izquierda y lo de la montaña y la llanura. En la parte de arriba de la asamblea “la montaña” se colocaron los radicales jacobinos y en la parte baja (la llanura) los girondinos más partidarios de un proceso tranquilo. Al final los de la montaña terminaron por exterminar a los de la llanura y en una orgía de sangre aterradora, terminaron por exterminarse a sí mismos. Hoy de nuevo hay líderes y partidarios en la parte alta que claman sus consignas revolucionarias, radicales de izquierda y de derechas a los que mucha gente, esos ni ni y esa clase media desencantada, están prestando atención y apoyando con sus votos. Mucho me temo, porque la historia  así nos lo demuestra, que estos montañeses nos pueden llevar de nuevo a un desastre como tantas otras veces ya lo han hecho. Mientras tanto en la llanura, expectantes y algo desasosegados  aguardamos los “girondinos” de este tiempo, liberales de un centro político que preferimos la evolución a la revolución. Dios quiera que no terminemos en la guillotina “políticamente” hablando y tengamos que ver, sin poder hacer nada, como los “jacobinos” del siglo XXI revientan la sociedad, el sistema y a ellos mismos de paso.

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