REFLEXIONES POLÍTICAS LIBERALES PARA ALCANZAR UNA DEMOCRACIA CONSENSUADA Y COOPERATIVA EN CONTRAPOSICIÓN A NUESTRA ACTUAL DEMOCRACIA MAYORITARIA Y COMPETITIVA.
LIBERAL POLITICS THOUGHTS TO GET A CONSENSUAL AND COOPERATIVE DEMOCRACY AS OPPOSED TO OUR CURRENT MAJORITY AND COMPETITIVE DEMOCRACY
Antonio Escohotado culmina el proyecto ensayístico «Los enemigos del comercio». Una obra imprescindible
Nostálgicos del leninismo en una manifestación en Rusia
«¡Por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz!» Es la definitiva maldición del siglo XX. De esa consigna, formulada por Gorki como epopeya de la Revolución rusa, arranca la intuición central del volumen tercero de la obra magna «Los enemigos del comercio», una historia moral de la propiedad, a la que Antonio Escohotado (Madrid, 1941) ha consagrado su último decenio. El subtítulo de este grueso tomo conclusivo deja poco lugar a ambigüedades: «De Lenin a nuestros días». Y, aunque el autor no eluda recorrer los vericuetos de otros laberintos abiertos por el siglo del cual salimos, todas sus claves se condensan en una intuición hoy irrebasable: la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia de una descomunal tragedia que aún nos hiere. «Lenin no sólo fascina a sus bolcheviques, sino a Mussolini, Hitler y a un hornada de caudillos antiliberales». De ese clima nacerá el tiempo de las grandes matanzas.
Es la consumación, nos recuerda el autor, de un arquetipo aparentemente inagotable en la imaginación humana: el de las grandes finalidades de la Historia, ese sueño mesiánico de los hombres nuevos. Y «entre las sorpresas», escribe Escohotado, que le supuso ya dar curso a los volúmenes precedentes, «estuvo poder comprobar que el cristianismo no se opuso a la esclavitud ni a su transformación en servidumbre; que la alta Edad Media europea practicó consciente e incompartidamente el ideal antimercantil, que las revoluciones igualitarias surgieron en épocas de prosperidad relativa, no de miseria; que hubo numerosos y ejemplares experimentos comunistas en Estados Unidos; que el socialismo siempre fue democrático y cambiante, en contraste con lo invariable y elitista del comunismo; que el retrato de la industrialización hecho por la literatura romántica no es fidedigno; que el movimiento obrero jamás apoyó la Restitución en cuanto tal; que la jornada inglesa de ocho horas fue una iniciativa espontánea de empresarios alemanes y americanos; que la plusvalía o plusvalor no es una magnitud precisa, sino un malentendido sobre costes de producción; que Alemania nunca quiso la Gran Guerra; que el comunismo nunca superó el tercio del voto en unos comicios; que los planes de exterminio y esterilización a gran escala no nacieron con Hitler y Stalin, sino con el Nuevo Imperialismo de la Sociedad Fabiana…».
Quedaba lo que este tercer volumen deja ahora claro. Que si la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia del comunismo no es otra cosa que la Historia del estalinismo.
Matarlos a todos
La transubstanciación de una teoría de la Historia que se quiso materialista en una religión de suplencia asentada sobre el avance incontenible de la Historia hacia el fin de todas las desigualdades, esa fantasmagoría romántica, es una consecución indiscutible de Stalin.
Como profeta, el ciclo en el poder de Lenin fue muy breve. No ha pasado ni un año desde el octubre revolucionario, cuando Fanny Kaplan dispara sobre él. Sobrevive. Pero su degradación será vertiginosa. Hasta su pérdida total de control político en los dos años que preceden a su muerte.
El autor brilla al analizar el talento y la cobardía del mundo pensante en el siglo XX
Stalin es todo lo contrario. Un oscuro burócrata con la prístina certeza de que sólo matar a todos los demás es garantía de supervivencia. Los tres decenios de poder absoluto hacen de él una figura única en la Europa de nuestro siglo. El modelo, de una solidez admirable, sólo falló en un punto: su absoluta incompetencia económica. Y, al fin, la URSS no fue derrotada. Se autodestruyó materialmente, hasta desmoronarse en polvo en 1989. Se asentaba sobre nada.
Hacer la arqueología de ese «siglo de Stalin» es hacer nuestra autobiografía: la de varias generaciones de intelectuales esterilizadas por la religión de las finalidades históricas. Escohotado brilla especialmente en el análisis de esa amalgama de autoengaño, talento, ignorancia y cobardía que se enseñoreó del mundo pensante europeo durante la mayor parte del siglo XX. Los intelectuales que hicieron propaganda de lo peor, sabiéndolo o sin saberlo. Las cabezas portentosas que acabaron sumergidas en la nada por esa apuesta. Los muy pocos -Koestler, el primero- que lograron arrancarse a esa ascética de la mentira y fueron arrojados a los inclementes abismos exteriores. Y analiza los costes de esa herencia. Tan presentes en este inicio del siglo XXI en el cual los peores tópicos de los años de entreguerras toman la forma grotesca de una mala caricatura.
Con su paso tranquilo
En 1953, Paul Éluard, quizá el más grande de los poetas líricos del siglo XX, cantaba la elegía del sagrado Stalin: «Y Stalin para nosotros / está presente mañana. / El horizonte de Stalin es siempre renaciente». Escohotado recoge en su libro las fórmulas paralelas de Pablo Neruda: «Junto a Lenin / Stalin avanzaba / y así, con blusa blanca, / con gorra gris de obrero, / Stalin, / con su paso tranquilo, / entró en la Historia acompañado / de Lenin y del Viento».
En suma, ni la poesía salva de la infamia, ni el talento de la cursilería. Y ambos juntos son la mejor cobertura del crimen. De eso habla la imprescindible obra de Antonio Escohotado.
Podemos afirmar que a raíz de la guerra de la Independencia (1808-1814) nace el liberalismo español. La situación grave que se deriva de la misma y los remedios militares y políticos que son necesarios para solventarla se convierten en el escenario más propicio e ideal para la aparición de un nuevo ideal: el liberalismo.
A medida que se fue extendiendo la insurrección surgieron las denominadas “Juntas” en las distintas ciudades y/o pueblos, cuya misión inicial era la organización de la resistencia, así como ocuparse de la conducción de la guerra, garantizar la administración y mantener el orden público. No obstante, al haber sido constituidas voluntariamente desde el pueblo, y no proceder de una imposición por parte de la Corona, su misión de trasfondo era controlar las masas populares mediante el ejercicio de la soberanía de facto, es decir, procurar que la población tuviese acceso a todas sus necesidades básicas y asegurarles una cierta calidad de vida.
El deseo y la necesidad de una unificación política del país se hacen palpables y es en 1808 cuando se crea la Junta Central que se encargará de alcanzar la unificación mencionada.
Constitución Española de 1812.
Y es precisamente ese mismo año cuando varios ciudadanos reivindican la convocatoria de Cortes que, finalmente, en 1810 es la Junta Central quien las convoca. La revolución política había comenzado: la asamblea que se constituye adopta ciertas modernidades entre las cuales destaca la prohibición de participación de aquellos que están vinculados con el rey José I Bonaparte y el sistema de votación pasa a ser “un diputado, un voto”; y no “un voto, un estamento”. Las Cortes progresaran en distintos aspectos: declaración de la libertad de expresión, 1810; abolición de los señoríos, 1811; promulgación de la Constitución de Cádiz, 1812; abolición de la Inquisición, 1813.
Sin embargo, todos los avances obtenidos quedan en vano pues la Constitución de Cádiz nunca llegará a cumplirse y, en 1814, regresará el rey Fernando VII al trono mediante un golpe de estado. Ello supondrá el retorno al absolutismo.
No será hasta el periodo del Trienio Liberal, de 1820 a 1823, durante el cual debido al pronunciamiento militar de Riego que se restaurará la Constitución de 1812 y se producirá una división de los liberales en las Cortes: doceañistas o moderados y veinteañistas o exaltados.
Por el momento, en ninguno de ambos periodos, de 1812 a 1814 y de 1820 a 1823, se había producido una Revolución liberal completa ya que no se había logrado todavía la consolidación del régimen liberal.
Durante el reinado de Isabel II, proliferaron dos escuelas liberales distintas en relación a la solución de los problemas que provocaban la latiente estabilidad constitucional.
Por un lado, los liberales conservadores culpaban la inexistencia de un sistema de partidos de gobierno como causa principal de la inestabilidad política. Proponían en respuesta a ello la creación de una alianza de la Corona con los liberales y así culminar el proceso de Revolución con la creación de una monarquía constitucional. De esta manera, ello facilitaría a la Corona el ejercicio de las prerrogativas constitucionales.
Por otro lado, los liberales progresistas, herederos de los “exaltados” del Trienio Liberal, discrepaban con los conservadores en la medida en que el pacto Corona-Estado debía resultar de un acuerdo entre ambos en el que la nación recuperara sus libertades y la Corona viese disminuidas sus prerrogativas. El proceso de Revolución debería culminar con la creación de un gobierno representativo en el que el binomio nación-representantes se encargaran de la vigilancia de las instituciones y de desempeñar los poderes del Estado y llegaría a su fin con la instauración de un régimen que se sustentara en la soberanía nacional.
Juan Álvarez Mendizabal.
Los liberales progresistas durante esta etapa ya afirmaban que el individuo poseería más derechos a medida que fuese reduciéndose la participación de la Corona en la política. Además, en la soberanía nacional defendida, debía permanecer una clara separación entre el Poder Legislativo (las Cortes) del Ejecutivo y de la Corona.
De aquí deriva, precisamente, la constitución del Partido Progresista en 1834, como principal opositor liberal al régimen instaurado por María Cristina de Borbón, que perduraría hasta la Restauración en 1874, y que defendía las reformas que había puesto en marcha el gobierno del “exaltado” Juan Álvarez Mendizábal.
Asimismo, los liberales progresistas lograron acceder al gobierno en determinadas ocasiones, derivadas todas ellas de pronunciamientos militares: Motín de la Granja de San Idelfonso (1836), durante la Regencia de Espartero (1840-1843) y durante el bienio progresista (1854-1856).
En 1868, fruto de la ausencia de libertad a causa de la corrupción y violación de las leyes y a raíz de la tergiversación de las instituciones por parte de los moderados, el país se hallaba en una situación de estancamiento. López de Ayala, Prim, Sagasta, Figuerola y Ruiz Zorrilla condujeron la revolución de 1868, expulsando a la reina del poder e instaurando un gobierno provisional formado por una coalición de partidos con el objetivo de que todos pudiesen identificarse y reivindicar libremente los deseos la de la opinión pública. Esta revolución supuso el inicio del Sexenio Democrático, entre 1868 y 1874, hasta su fracaso y la posterior vuelta al poder de los moderados.
Durante la Restauración española de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX (1874-1931), los únicos brotes de liberalismo progresista los hallamos en el Partido Liberal, creado por Sagasta, y que constituyó la alternancia al Partido Conservador (Cánovas) en el marco del sistema bipartidista existente.
José Ortega y Gasset.
A lo largo del siglo XX, en España, parece ser que el liberalismo progresista fue perdiendo fuerza pues, durante la I República se autodenominan progresistas liberales tanto a partidos dinásticos como a partidos no dinásticos. Aún así, la Agrupación al Servicio de la República (que al final terminó constituyendo un partido político) fue creada por tres liberales progresistas: José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, con el objetivo de construir un nuevo estado. Contrariamente a la I República, en la II República ningún partido político se define como tal.
Durante la dictadura franquista, el liberalismo estuvo mal visto y el vocablo liberal se emplea despectivamente para designar a aquellos contrarios al régimen. Por su parte, el vocablo progresismo adoptó un significado que distaba del que tenía hasta entonces.
Durante la transición y la etapa posterior destacan pocos personajes liberales progresistas. Aún así, cabe destacar la figura de Eduard Punset, que formó parte de UCD y más tarde pasó a integrarse en el CDS. Asimismo, durante la transición también se constituyó el Partido Progresista Liberal, en 1977. Sin embargo, en 1978 terminó fusionándose con Acción Ciudadana Liberal.
Actualmente, podemos enmarcar a UPyD como partido que se nutre del liberalismo-progresista, fundado por Rosa Díez, Fernando Savater y Carlos M. Gorriarán, y a Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, presidido por Albert Rivera, que apela a “los liberales de Cádiz” para presentarse como alternativa de gobierno en España.
En el resto de Europa y también fuera de ella, las políticas liberales progresistas o socio liberales han sido adoptadas por un importante número de países, sobre todo tras la II Guerra Mundial. Los partidos políticos que han seguido este tipo de ideologías han tendido a ser considerados de centro o centro-izquierda.
Un ejemplo de ello, a nivel Europeo, lo encontramos en la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa, constituida tras las elecciones europeas de 2004, mediante la coalición del Partido Europeo Liberal Demócrata Reformista y el Partido Demócrata Europeo.
En Reino Unido, por su parte, tenemos el Partido Liberal Demócrata, el cual defiende las ideas de John Stuart Mill, así como la descentralización y el estado del bienestar.
Otros partidos liberales progresistas europeos son: Radicales Italianos (Italia), Partido del Centro (Finlandia), Partido Popular Liberal (Suecia), Partido Social Liberal Danés (Dinamarca), Partido del Centro (Estonia), Demócratas 66 (Países Bajos) y Movimiento Demócrata (Francia), entre otros.
Finalmente, fuera de Europa encontramos el Partido Demócrata de Estados Unidos, el Partido Democrático de Japón y el Partido Liberal de Canadá.
Bibliografía
GIL, A.: Guerra, revolución y liberalismo en los orígenes de la España contemporánea. Capítulo correspondiente al libro de ROBLEDO, R., CASTELLS, I., ROMERO, M.C.: Orígenes del liberalismo. Universidad, política, economía. Ediciones Universidad de Salamanca, 2003. Salamanca. Páginas 223 y siguientes.
VILCHES, J.: Progreso y libertad. El partido progresista en la revolución liberal española. Alianza Editorial, 2001. Madrid. Páginas 24 y 25.
El socioliberalismo o social liberalismo o liberalismo radical o liberalismo progresista, liberalismo democrático o moderno –aunque en el presente artículo emplearé la denominación de liberalismo radical o progresista- es una versión del tronco común del liberalismo clásico cuyo origen lo encontramos a finales del siglo XVIII con la escisión del mismo liberalismo clásico en dos ramas: liberalismo radical y liberalismo conservador. Los motivos de dicha separación radican en la percepción que tenía cada uno de ellos acerca de la Revolución Francesa; siendo los liberales radicales los que la veían como algo positivo.
A grandes rasgos, los liberales radicales se caracterizan por una gran predisposición a las reformas sociales, por poseer un planteamiento muy racionalista (se consideran los herederos de las ideas-fuerza de la Ilustración) y se basan en el pacto social, es decir, una comunidad de seres racionales, libres y autónomos que deciden dotarse de los instrumentos adecuados para poder ser libres. Asimismo, consideran que el papel del Estado es primordial para garantizar el bienestar de los ciudadanos, ya que es el único que posee la fuerza suficiente para introducir transformaciones sociales.
Admiten en su discurso la libertad; elemento adoptado de la Revolución Francesa. Entienden que los individuos deben ser libres y para lograrlo hay que llegar a una igualdad; conseguir una igualdad de oportunidades que es lo único que legitimará las desigualdades injustas. Es por ello que las reformas sociales y las políticas deben ir encaminadas hacia la consecución de este objetivo.
Además, los liberales radicales comienzan a plantearse la existencia de derechos colectivos, siempre y cuando estos respeten a los individuales: conciencia, reunión, asociación, entre otros. Ello derivará en la introducción de elementos de reforma, tanto socio-económicos como legislativos.
John Stuart Mill.
El liberalismo radical o progresista defendido por autores federalistas norteamericanos como John Dewey, Alexix de Tocqueville o John Stuart Mill, proviene de Kant y de la Ilustración y de autores como Thomas Paine[1].
Uno de los máximos representantes del liberalismo progresista fue John Stuart Mill.
En su obra “On liberty” and other writings expuso las características y elementos que deberían conformar este liberalismo progresista, (social liberalism o new liberalism). La libertad individual debe ser el ingrediente principal para garantizar el éxito de la humanidad[2].
Su concepción del liberalismo progresista está basada en la combinación de elementos del liberalismo clásico para adaptarlos a las dificultades latentes en la sociedad. Los problemas existentes sólo podrán solucionarse mediante el aumento de la intervención del Estado y es para ello que propone una regulación y una intervención parcial del Estado en la economía. La libertad del individuo no es solamente asegurar que los individuos no interfieran físicamente entre sí, sino que debe garantizarse que cada individuo tenga las mismas posibilidades de éxito.
En este marco ideológico del liberalismo progresista introduce, además, la justicia social y la democracia radical, basadas en el naturalismo racionalista y el humanismo renacentista.
Herbert Henry Asquith.
Por otro lado, en palabras de H.H. Asquith[3] el liberalismo progresista se concibe como una ideología política cuyo objetivo es alcanzar la libertad individual real, para que de este modo todos los individuos puedan hacer uso de sus facultades, oportunidades, energía y vida. Es decir, se entiende la libertad como una meta-valor, ya que cualquier otro valor necesita de ella para acabar de tener todo su esplendor[4].
Y es justamente en esta visión de la libertad en la que debe encontrar su impulso el gobierno para desarrollar este tipo de liberalismo; mediante la mejora de la educación, el derecho a la una vivienda digna, el entorno social e industrial; de manera que todo ello revierta en una mejora de la eficacia personal.
Otro autor a destacar es John Dewey. Fue un liberal progresista que formó parte del denominado pragmatismo[5]. Sus teorías tuvieron una gran importancia en Estados Unidos; sin embargo, en Europa no fue muy conocido. Defendió la igualdad de la mujer y su derecho al voto; de ahí que lo podamos catalogar como progresista, al enlazar claramente con las ideas de John Stuart Mill.
John Dewey.
Siguiendo esta línea progresista, apoyó el sindicalismo docente y defendió la idea de la historicidad de las creencias sociales, es decir, que las creencias sociales son fruto de un contexto histórico determinado y que pueden ser avaluadas y cambiarse siguiendo el criterio de la experiencia, la prueba y el error.
Concebía a los hombres como autónomos, libres e iguales. Para llegar a ello la formación del individuo era uno de los pilares más importantes. Dewey afirmaba que el sistema educativo de la época no proporcionaba una preparación adecuada a los ciudadanos; era un sistema que no formaba y no incrementaba la cultura cívica. El papel del maestro debía cambiar y limitarse a enseñar al alumno a resolver problemas, no puede tratarse de una autoridad, y, su objetivo básico más importante debe ser aumentar la capacidad de reflexión del alumno.
Además, criticaba el comportamiento ostentoso que exhibían las clases acomodadas, caracterizándolo de ofensa al conjunto de la sociedad. Defendía que una adecuada educación de la sociedad comportaría que incluso las clases acomodadas no hicieran ostentación de su riqueza.
Dentro de esta óptica, el liberalismo progresista español se ha venido configurando, como una aspiración a una vida digna y civilizada, sujeta a normas, en la que se respeten los derechos humanos.
Por tanto, podemos afirmar que las ideas-fuerza del liberalismo progresista o liberalismo radical son la garantía de libertad individual a través de la igualdad de oportunidades, el mantenimiento del bienestar de la sociedad en todos los campos (sanidad, educación…) garantizado por la intervención política del Estado y la ampliación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos.
[1] MELLÓN, J.: El liberalismo. Capítulo correspondiente al manual de CAMINAL, M. (editor): Manual de ciencia política. Tecnos, 2006. Madrid. Página 115.
[2] STUART MILL, J.: On liberty and other essays. Oxford University Press, 1992. Oxford. Página XXV.
[3] EATWELL, R., WRIGHT, A.: Contemporary political ideologies. Pinter editorial, 1996. London. Página 32.
[5] A grandes rasgos: el pragmatismo se opone a la mera especulación. Toda especulación filosófica que no tiene una aplicación práctica es absurda. En última instancia, el pragmatismo reduce lo verdadero a lo útil, por lo tanto, estaríamos frente una variante del utilitarismo.
Los coches del futuro se conducirán solos, tendrán puertas que se abren hacia arriba y un asistente personal, para darle todas las órdenes que puedas imaginar mientras disfrutas de un viaje sin preocupaciones y, además, solo tendrás que cargarlo, como a un móvil, para poder usarlo. Un momento, esto último no es una realidad tan lejana o eso defiende Bloomberg, que cree que los vehículos eléctricos llegarán a ser tan populares que causarán una crisis del petróleo.
Mucho se ha hablado de cómo afecta el auge de las energías renovables al petróleo, y al revés. Es decir, qué pasa cuando el precio del petróleo cae y no es necesario depender de fuentes alternativas. Sin embargo, el crudo no juega en la misma liga que la energía solar y la eólica, cumplen papeles diferentes: el oro negro se utiliza para el transporte y las energías verdes para generar electricidad.
En algún momento los expertos pensaron que el petróleo se estaba acabando (teoría del pico del petróleo) y, más allá de factores medioambientales, vieron la urgencia de conseguir fuentes de energía alternativas. Nada más alejado de la realidad: el fracking, las zonas de aguas profundas y las arenas bituminosas han creado momentos de sobreabundancia en los últimos meses. Resulta que hay mucho más crudo del que los expertos pensaban, solo hay que saber buscar.
Entonces… que pasaría si en vez de quedarnos sin petróleo empezásemos a prescindir de él por voluntad propia. Según las cifras de Bloomberg, en todo el mundo hay 1,200 millones de coches en circulación y, de momento, esta cifra no para de aumentar, impulsada por las economías en desarrollo y los países emergentes, como China. Por su parte, Estados Unidos y Europa se reparten la mitad del parque de automóviles del mundo, liderando el mercado.
Este escenario, sin embargo, podría cambiar de forma radical en menos tiempo del que imaginamos, 2022 es el año de la revolución, cuando los coches eléctricos llegarán para quedarse. En 2015 el precio de las baterías -que supone entre el 30% y el 50% del coste total del vehículo- cayó un 35% y parece que la tendencia seguirá a la baja, hasta que los vehículos eléctricos sean igual de asequibles que los de gasolina en los próximos seis años, según un nuevo análisis del mercado de los coches eléctricos; ya en 2040 estos vehículos costarán alrededor de 22,000 dólares y el 35% de los coches serán eléctricos.
La industria del petróleo no parece tener la más mínimo preocupación y no podemos culparles, los coches eléctricos solo representan en la actualidad un 0,001 del total de vehículos que circulan por las carreteras de todo el mundo. Los gigantes de los automóviles (Tesla, Toyota, Volkswagen) están haciendo un esfuerzo por crear, fabricar y diseñar cada vez mejores modelos, sobre todo con más autonomía, impulsando así la venta de coches respetuosos con el medio ambiente.
Y esto está ayudando al sector, que el año pasado creció un 60%, cifra de la que parten los cálculos de Bloomberg que afirma que, si ese crecimiento anual se mantiene, en 2023 los coches eléctricos podrían reducir la demanda de barriles de petróleo hasta en dos millones al día, causando una crisis parecida a la que se originó en 2014. Buenas noticias para los inversores de petróleo porque las fluctuaciones que se pueden producir en el precio del crudo podrían jugar a favor de los inversores y, así como aumentaría su volatilidad, lo haría también el potencial de ganancias.
¿La energía y el petróleo se dirigen, entonces, a un futuro incierto? Los expertos han hablado. Recientemente tuvo lugar en Estambul el 23º Congreso Mundial de la Energía, donde Jefes de Estado, ministros de Energía e importantes empresas se dieron cita para llegar a la conclusión de que la transición energética no tendrá nada que ver con el fin del petróleo. En la cumbre desarrollaron tres escenarios sobre la evolución del mundo en los próximos 50 años. El primero de ellos plantea un crecimiento económico mundial sostenible, solo porque ese cambio resulta favorable. En el segundo supuesto la fuerza que llevaría al cambio ya no es la conveniencia, sino una coordinación global. Por último, el tercer caso presenta un escenario donde los países no cooperan y solo cumplen con los objetivos de desarrollo sostenible si les interesa.
El mundo se dirige hacia un cambio de rumbo -influido por los constantes avances en tecnología- y los coches eléctricos forman parte de él. Ya lo hemos visto antes con la llegada de los ordenadores, la televisión y tantos otros inventos que parecían sacados de la ciencia ficción y que acabaron formando parte de la vida diaria de las personas. La transición hacia las energías limpias no será radical, pero sin duda afectará a otras fuentes más contaminantes, de igual forma que los coches eléctricos obligarán al petróleo a buscar una nueva razón de ser.
En este artículo intentaré hacer un breve catálogo de algunas de las falacias del
nacionalismo, no tanto para apear a los nacionalistas de sus delirios, tarea que supera
con creces mis modestas dotes de convicción, como para aclarar las ideas de quienes
piensan que oponerse a los nacionalismos o al derecho a decidir es ser poco de
izquierdas, o poco amigo de la libertad, o poco algo. Convencer a quienes creen en el
derecho a decidir pero dicen que en un referéndum de secesión votarían negativamente.
La primera de estas falacias sería la de “¿quién tiene miedo a las urnas?”, o “la
última palabra en democracia la tienen las urnas”. Evidentemente, la democracia es lo
que da legitimidad a una ley, sea porque se ha aprobado en un referéndum, sea porque
ha emanado de un parlamento que a su vez ha sido elegido democráticamente. Pero
esto, con ser condición necesaria, no es suficiente. Y es esta la razón por la cual los
países se dotan de constituciones: para dejar claro cuáles son las cosas que ni las urnas
pueden justificar. Si en una cierta comunidad autónoma aumenta tanto la inseguridad
que deciden reimplantar la pena capital, esa ley no sería democrática, aunque fuera
sancionada mediante un referéndum por aplastante mayoría. ¿Por qué? Porque un
referéndum de mayor rango aprobó en su momento una constitución que declaraba
abolida la pena de muerte. Y quien sea partidario de ella, habrá de reunir los apoyos
suficientes para cambiar la constitución. Y si no lo consigue ¡qué le vamos a hacer!
tendrá que aguantarse. Del mismo modo, una victoria arrolladora de un partido
confesional no autorizaría a imponer una religión oficial. Y si alguien “no se encuentra
cómodo” en una constitución aconfesional porque se siente más cristiano que español,
que se aguante también. Sentirse cristiano antes que catalán, catalán antes que español o
español antes que cristiano es políticamente irrelevante, porque los sentimientos son
privados, y la política trata de la cosa pública.
Una segunda falacia consiste en despreciar la Carta Magna porque “por mi edad, yo
no pude votar la constitución”. Este argumento se ha oído incluso en el parlamento.
Uno, en su ingenuidad y candor, presuponía un mínimo de cultura política en nuestros
representantes. Es cierto, ningún español con menos de cincuenta y seis años ha votado
la constitución, igual que ningún francés con menos de setenta y seis ha votado la suya,
del mismo modo que ningún norteamericano vivo ha podido votar la suya. ¿Significa
esto que más o menos cada cuarenta años un país ha de cuestionar de arriba a abajo su
constitución para que puedan votar todos los que no lo hicieron en su momento? Un
poco de cordura, por favor. Las constituciones están hechas para durar, y quien quiera
reformarlas habrá de convencer a sus conciudadanos de que el cambio que propone es
una mejora, pero decir “yo no pude votar cuando se aprobó” no argumenta ni en contra
ni a favor de su propuesta.
Dejando claro que todo intento de alterar la constitución fuera de los mecanismos
previstos para ello es inadmisible (así sea a través de las urnas), y que la constitución
obliga a todos, incluso a quienes no nacieron a tiempo de votarla, vamos a ver qué
cambio podría permitir el “derecho a decidir”. La soberanía nacional reside en todo el
pueblo español, lo cual significa que todos los españoles somos dueños de toda España,
lo que a su vez significa que nadie puede independizarse sin más por la misma razón
que los vecinos de un barrio no pueden cerrar su calle a quienes no vivan en ella y tomar
decisiones que competen al ayuntamiento. Éste es el artículo que habría que modificar.
Pero entonces se abre un enorme abanico de posibilidades. ¿Dónde residiría la
soberanía? ¿En las comunidades autónomas? ¿Y por qué no en las provincias? ¿Y por
qué no en los municipios? ¿Podría Tarragona separase de Cataluña si así lo decidieran
sus habitantes? Ante esto, los nacionalistas acuden a una tercera falacia, la que
podríamos llamar la “falacia semántica”: es que Tarragona no es una nación. Esta
falacia es uno de tantos parentescos entre el nacionalismo y la religión. Cuando se
legalizó el matrimonio homosexual, el argumento de algunos obispos que se oponían a
él era sostener que un matrimonio es por esencia la unión de un hombre y una mujer.
Pero sucede que las instituciones profanas no tienen esencias eternas, y si es cuestión de
significados, la palabra “matrimonio” ha ampliado su campo semántico, y esto es un
fenómeno lingüístico muy corriente. Si la política trata de la convivencia en prosperidad
y libertad de los ciudadanos, sería más operativa (una vez hurtada la soberanía a todos
los españoles) la siguiente definición de nación: cualquier trozo de terreno cuyos
habitantes opinen mayoritariamente que serían más libres y prósperos constituyéndose
como estado. Si nos parece inadmisible que los homosexuales no puedan disfrutar de la
condición del matrimonio porque el significado de la palabra matrimonio se ha decidido
de una vez y para siempre, sería igualmente inadmisible que los tarraconenses no
puedan gozar de la condición de ser un estado porque algunos nacionalistas han
decidido de una vez y para siempre el significado de la palabra nación. Entonces,
quienes enarbolan el derecho a decidir tendrán que consentirlo sin reservas, y habrán de
admitir la disparatada definición de nación dada un poco más arriba. Y esto nos llevaría
directamente a la horda y a la tribu, porque en ninguna ciudad, pueblo o pedanía habría
de faltar algún demagogo dispuesto a conseguir la independencia. El “derecho a
decidir” es algo que suena muy bonito y muy libertario, pero erigir fronteras siempre
crea frustraciones entre quienes no han quedado del lado que hubieran querido, lo cual a
su vez provoca odio entre vecinos que hasta entonces se entendían bien,
desplazamientos de población, sangre, sudor y lágrimas.
Una cuarta falacia consiste en sostener que, explícita o solapadamente, todos somos
nacionalistas. Cuando criticas el nacionalismo catalán, te acusan de ser nacionalista
español, con lo cual, sin necesidad de argumentar, te atribuyen las mismas tonterías que
dicen ellos pero cambiadas de signo. Y es cierto que también puede haber nacionalismo
español, pero entre uno y otro nacionalismo hay un amplio espacio para la cordura y la
sensatez. Aquí hay otra semejanza con las religiones, porque razones parecidas he
escuchado: si no tienes fe, tienes una fe al revés. O estás conmigo o contra mí. No, ni
estoy contigo ni contra ti: me eres indiferente. Pero la asimetría entre nacionalistas y no
nacionalistas es clara: los primeros desean erigir fronteras, los segundos prefieren
derribarlas. Los no nacionalistas se consideran ciudadanos y administradores de su
comunidad, los nacionalistas se consideran propietarios de la suya. Los no nacionalistas
aman su cultura y su lengua como un bien del que todos pueden disfrutar, los
nacionalistas usan ambas cosas como ariete.
Una quinta falacia consiste en sostener que hay que dialogar, que hay que cambiar la
constitución para conseguir que los catalanes se “sientan cómodos”, que se ha de
reconocer su singularidad, el estatuto de nación, y otras cuestiones que no salen del
ámbito de las palabras porque no se sabe exactamente cómo se plasmarían en los
hechos. Y no resolverían nada. En primer lugar, porque si una de las funciones de una
constitución consiste precisamente en garantizar la igualdad de todos, no debe reconocer
la singularidad de nadie. Si alguien se siente muy singular, mejor para él, que no tendrá
problemas de autoestima, pero no por ello habrá de tener más derechos que quienes nos
consideramos vulgares, insignificantes y prescindibles. Y si se ha de cambiar la
constitución ha de ser pensando en el bienestar de todos, no en la singularidad de
algunos. En segundo lugar, porque por mucho que se reforme la constitución, el
quejarse está en la esencia misma del nacionalismo, y es una ingenuidad pensar que
dejarán de hacerlo por mucho que se les dé, lo mismo que un niño malcriado no dejará
de dar la lata por mucho que se vaya cediendo a sus caprichos. Incluso si se
independizara Cataluña, seguirían dando la monserga por sus hermanos de los Países
Catalanes que gimen bajo la opresión española.
La única solución está en estudiar qué competencias han funcionado mejor al ser
transferidas y cuáles no, volver a centralizar las segundas y no dar la más mínima
cancha al nacionalismo. Nunca más volver a apoyarse en ellos para gobernar España,
para lo cual los partidos constitucionalistas han de abandonar su cainismo para poder
colaborar unos con otros sin hacer concesiones que no benefician a nadie y solo
contribuyen a alimentar la voracidad de los nacionalistas.
Dos ejemplos pueden ilustrar esto. Uno, el problema de las relaciones con la Iglesia,
y otro, el problema del ejército. El primero no se ha resuelto porque, a semejanza de los
nacionalistas, los obispos se van a quejar por mucho que se les dé, y seguirán
oponiéndose al divorcio, al matrimonio homosexual y a todo aquello que suponga un
mayor gobierno de cada ciudadano sobre su vida privada. El segundo se resolvió
porque, a diferencia de lo que se hace con el nacionalismo y la iglesia, no se hicieron
concesiones. Es evidente que el ejército salido del franquismo no se sentía cómodo con
la constitución, y muy probablemente la mayoría de sus miembros votaron en contra.
Pero a los intentos de golpismo se respondió con toda la firmeza permitida por la ley, y
ni al más lerdo se le ocurrió plantear un cambio de constitución que pudiera contentar a
las fuerzas armadas, ni hacerlas sentir más cómodas. Y tampoco nadie se atrevió a decir
que llevar a los golpistas ante los tribunales era “judicializar la política”. El resultado
está a la vista: un ejército ejemplar y absolutamente respetuoso con la legalidad vigente.
Si algún militar recuerda lo que hicieron algunos de sus predecesores, lo hará
probablemente con bochorno, y los españoles ya no vivimos en permanente zozobra por
culpa de unas fuerzas armadas con ganas y posibilidades de sublevarse. Si la firmeza
funcionó para resolver uno de los tres problemas seculares que envenenaron la historia
de España ¿no podría funcionar para resolver los otros dos?
Llevo semanas leyendo una biografía de Stalin. Voy despacio, no solo porque es voluminosa (cerca de ochocientas páginas), sino porque lo que cuenta es tan aterradoramente inverosímil que a veces tengo que releer varias veces de pura perplejidad. No hablaré aquí de los veinte a cuarenta millones de víctimas que se le atribuyen. Tampoco de cómo con él se cumple, inexorable, ese refrán que dice que de «buenas intenciones está empedrado el camino del infierno». ¿Sabían, por ejemplo, que la colectivización, es decir, su programa para optimizar la producción agrícola reemplazando las granjas de propiedad individual por koljoses comunales, provocó tal hambruna que los campesinos desesperados devoraban los cadáveres de sus hijos muertos de inanición? Descuiden, no voy a arruinarles la mañana de domingo con estas u otras atrocidades, sino que me gustaría reflexionar sobre esta curiosa frase del tío Josif, como a él le gustaba que lo llamasen: «El mundo es de los mediocres», aseguraba, y lo hacía con conocimiento de causa. «Mediocre y oscuro», así lo definió Trotsky al poco de conocerlo, sin sospechar que a no mucho andar Stalin lograría no solo eclipsar su rutilante estrella, sino hacer que palideciera también al astro rey de la revolución, el mismísimo Lenin. ¿Cómo un hombre poco elocuente, con una inteligencia rústica y cerrado acento georgiano logró abrirse paso entre camaradas mucho más brillantes que él y convertirse en uno de los hombres más poderosos y temidos de la Tierra? Precisamente por una para él venturosa conjunción de mediocridad y crueldad a partes iguales. Mediocridad para, en el comienzo de su andadura política, no levantar suspicacias. Una muy útil grisura que le permitió infiltrarse en las esferas dominantes hasta situarse, para asombro de todos, a la par de Lenin. Y crueldad para, primero, convertirse en imprescindible ocupándose del trabajo sucio y, más adelante, una vez alcanzado el poder, utilizándola como implacable arma política hasta hacer tristemente cierta esa otra frase suya que seguro conocen: «Una muerte es una tragedia, pero un millón de muertes es solo estadística». Siempre me han fascinado los mediocres. ¿Qué especial talento tienen para estar siempre en el lugar adecuado en el momento preciso? ¿Cómo consiguen alcanzar metas más elevadas que otras personas más inteligentes, más preparadas, más interesantes? Observando casos notables como el de Stalin pueden sacarse algunas conclusiones. A diferencia de los brillantes, que inevitablemente levantan envidias y recelo, los mediocres vuelan bajo el radar y poco a poco procuran hacerse imprescindibles. Incansables pelotas, los mediocres son tenaces, y cuentan con otra poderosa arma, su propio resentimiento, motor tanto o más útil que el entusiasmo, el idealismo, la inteligencia incluso. Los mediocres no serían tan peligrosos si, una vez alcanzada su meta, dejaran de pensar como mediocres. Pero no, cuando tienen éxito, y para proteger la situación que tanto les ha costado alcanzar y que tan grande les queda, se vuelven despóticos, dan órdenes absurdas, caprichosas, injustas. ¿De quién se rodea un mediocre cuando está arriba? Obviamente no de personas que puedan hacerle sombra. Por eso en su corte celestial abundan los necios, los tontos útiles y, por supuesto, más mediocres. Otra de sus tácticas es, puesto que no pueden hacerse admirar, hacerse temer. Y bien que lo logran practicando el «divide y vencerás», la arbitrariedad y hasta la crueldad más refinada. Paradójicamente, y por fortuna, la vida a veces se toma sus curiosas revanchas. En el caso de Stalin, por ejemplo, era tal el pavor que inspiraba que, al final de sus días, la parca le tenía reservada una sorpresa. Una noche le sobrevino un ataque cerebrovascular. Durante casi cuarenta y ocho horas estuvo agonizando sobre sus propios orines y excrementos sin que nadie se atreviera a abrir su puerta. Cuando por fin lo hicieron, los médicos no querían tocarlo siquiera (meses atrás había mandado fusilar a su galeno de cabecera). Su agonía se alargó durante días. No podía hablar ni mover un músculo, pero sí ver la cara de satisfacción de sus herederos políticos rodeando su cama. Un fin a la medida de tan cruel mediocre.
Los datos señalan que la humanidad está en la mejor situación de su historia y, sin embargo, la mayoría cree que el mundo empeora. Los políticos populistas están aprovechando esta percepción ignorando que estamos mejorando en todos los parámetros. El 81% de los votantes de Donald Trump creen que, hace 50 años, se vivía mejor, que el mundo era un lugar mejor. Una opinión que podría definirse como reaccionaria: cree que los cambios están empeorando las cosas.
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Esta visión está lejos de limitarse a los votantes de Trump. La percepción de que el mundo retrocede, de que nos dirigimos hacia una suerte de caos, es amplia. Según un estudio del Instituto Motivaction, el 87% de la población mundial cree que, en los últimos 20 años, la pobreza global ha permanecido igual o ha empeorado.
La paradoja es que los datos dejan claro que esta es una idea falsa. El mundo no empeora, mejora.
No significa esto —vaya por delante— que el mundo sea un lugar perfecto. Ni siquiera un buen lugar. Padecemos injusticias, guerras, hambre y violencia. Una minoría de la población posee la mayor parte de la riqueza, mientras 760 millones —el 11% más pobre— sobreviven con menos de 2 dólares al día. La pobreza es cotidiana. Pero de todos los escenarios globales que hemos conocido (no imaginado o deseado, sino conocido) este es el mejor.
"La gente es más rica, goza de mayor salud, es más libre, dispone de mayor educación, es más pacífica", explica Steven Pinker
El científico cognitivo y profesor de Harvard, Steven Pinker, es uno de los autores que han aportado más datos en defensa de esta tesis. Su libro Los ángeles que llevamos dentro trata de demostrar que vivimos en la época más pacífica y próspera de la historia. “La gente a lo largo y ancho del mundo es más rica, goza de mayor salud, es más libre, tiene mayor educación, es más pacífica y goza de mayor igualdad que nunca antes”, señala Pinker a EL PAÍS. “Todas las estadísticas señalan que mejoramos. En general, la humanidad se encuentra mejor que nunca”.
El escritor e historiador sueco Johan Norberg es otra de las voces destacadas de esta corriente de pensamiento. Defiende en su libro Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future (Progreso: diez motivos para mirar hacia adelante) que el capitalismo es el sistema que más ha hecho progresar al ser humano y que vivimos en el mejor momento de nuestra historia. “El mundo está mejorando rápidamente. De hecho, nunca antes el mundo mejoró así de rápido. Por cada minuto de esta conversación, cien personas salen de la pobreza”, explica.
Los datos respaldan estas afirmaciones.
Nos muestran, por ejemplo, que los adultos disfrutan en la de vidas más largas y que la mortalidad infantil se ha dividido entre cuatro. En 1960, según datos de la OMS y el Banco Mundial, de cada cinco niños uno se moría antes de cumplir cinco años; ahora sobreviven 19 de cada 20.
La riqueza también se ha multiplicado. Desde 1980 el porcentaje de personas que viven en la pobreza extrema se ha reducido a una cuarta parte. En el sur de Asia la sufrían el 50% y ahora el 15%. En el este de Asia y el Pacífico, la pobreza extrema pasó de afectar al 80% (cuatro de cada cinco personas) a apenas el 3,5%.
La alfabetización va camino de ser universal: en 1980 todavía el 44% de las personas sobre el planeta no sabían leer y escribir; ahora son sólo el 15%, según datos de la OCDE y la UNESCO. Además se está cerrando la brecha entre la educación que reciben los hombres y las mujeres de todo el mundo. En España cicatrizó en 2005. Muchos de estos datos provienen de la web Our World in Data, un proyecto que recopila indicadores para mostrar cómo están cambiando las condiciones de vida de las personas en todo el mundo.
Desde los años ochenta se han reducido las guerras. La violencia retrocede: en las sociedades agrícolas causaba alrededor del 15% de todas las muertes, según el pensador israelí Yuval Harari, autor de Sapiens. De animales a dioses. Durante el siglo XX provocó el 5% y hoy sólo es responsable del 1% de la mortalidad global.
Por qué no vemos este progreso
Si los datos muestran mejora, ¿por qué existe la percepción de que empeoramos? Hay muchas respuestas. Todas correctas y ninguna completa. La primera es que somos más críticos, mucho menos tolerantes ante los errores e injusticias del sistema. Nunca antes la humanidad había sido tan exigente consigo misma. Cosas que hoy nos parecen intolerables eran la norma: en 1980, el 54% de los españoles pensaba que ser homosexual era injustificable (esa cifra ha bajado hasta el 8%). Esta exigencia nos hace sentir que no mejoramos (o que, al menos, no mejoramos lo suficiente).
"Nos enteramos de una mala noticia cada minuto. Por eso creemos que son más frecuentes", dice Norgerg
Johan Norberg añade otra respuesta: “Tenemos mejor acceso a las noticias y a la comunicación que nunca. Y en los medios, las malas noticias son las que venden. Nos enteramos de alguna mala noticia o algún nuevo incidente cada minuto. Los desastres y las tragedias no son algo nuevo, pero los móviles y las cámaras sí lo son. Y esto hace que nos dé la impresión de que esos horrores son más frecuentes de lo que eran”.
Steven Pinker coincide: “Mientras el número de incidentes o desastres no baje hasta cero, siempre habrá alguno para publicar. Cada cosa que sucede es tremendamente visible hoy en día”. Así, las crisis económicas y de migrantes, los horrores del ISIS o el yihadismo (París, Bruselas, Estambul…) han entrado casi a diario en nuestros hogares a través de muchos y muy diversos canales. Hoy en día seguimos al minuto un golpe de Estado en Turquía mientras terminamos la cena. La percepción, el poso final que queda por culpa de estas tragedias, es que hemos alcanzado cotas de horror inéditas. Los datos —que dicen lo contrario— quedan sepultados bajo la oleada de malas noticias.
A todo esto cabe sumar otro factor: la nostalgia. “Cuando la gente piensa en ‘los buenos tiempos’, se retrotrae a la época en la que crecieron, una época en la que no tenían que pagar facturas, no tenían hijos ni responsabilidades”, explica Norberg. Quizás lo que añoramos no es el mundo de nuestra juventud sino nuestra juventud misma.
Hay una última teoría planteada por algunos científicos y que, grosso modo, defiende que no estamos hechos para ser felices. La evolución nos dotó de una biología que nos impide estar absolutamente satisfechos, porque así nos mantiene activos, curiosos, despiertos y ambiciosos.
Arma para los políticos
El debate entre percepción y datos no pasaría de eso, de un debate, si no fuera porque la creencia de que el mundo empeora se usa con fines políticos. Si el mundo empeora, mejorarlo exige cambiar el sistema (aunque el sistema, o partes del mismo, siempre según los datos, nos hacen ir a mejor). Quien se oponga a cambiarlo todo será alguien que se opone a frenar el empeoramiento del mundo. Es decir, un egoísta, un inmoral, o un irresponsable. O todo a la vez. “Los políticos populistas nos quieren asustados y difunden mitos sobre amenazas inmediatas para nuestra supervivencia y modo de vida. Porque saben que la gente asustada quiere construir muros y votar a hombres fuertes que prometen mantenernos a salvo”, reflexiona Norberg.
España ha retrocedido debido a la crisis, pero pocos indicadores nos llevan más allá del año 2000
¿Qué pasa con la crisis? Muchos políticos esgrimen la crisis como evidencia de que vamos a peor. Y, en cierto modo, tienen razón. En España parece aventurado decir que vivimos mejor que en el año 2005. Este país atraviesa la crisis más grave en décadas y ha retrocedido en los últimos años debido al bache económico. Pero eso no implica que, en términos generales y a largo plazo, estamos empeorando. El PIB por habitante está al nivel de 2004. Pocos indicadores nos han devuelto más allá de 2000 y muchos no han dejado de mejorar. Se trata de alteraciones puntuales —que provocan sufrimiento a miles de individuos, claro—, pero que forman parte de un proceso que abarca siglos.
Al pensar en la crisis, además, solemos olvidar que el mundo no es sólo Occidente. Mientras Europa y Estados Unidos padecían la recesión, en otras partes el progreso no sólo no se detuvo sino que se aceleró. Entre 2005 y 2013, en el conjunto del planeta, la pobreza extrema se redujo a la mitad. La esperanza de vida aumentó en 3 años y se redujo la mortalidad infantil en todos los continentes.
Pero de nuevo se antoja necesario mirar fuera de nuestras fronteras. Si lo hacemos veremos que la desigualdad global no crece, sino que se reduce. El motivo es que millones de personas en China, India y otros países han escapado de la pobreza. “Los pobres se están enriqueciendo más rápido que los ricos”, explica Pinker. Según cálculos de Tomas Hellebrandt y Paolo Mauro, en un trabajo para el Peterson Institute for International Economics, la desigualdad de renta se ha reducido de 69 a 65 puntos entre 2003 y 2013. Las diferencias entre ricos y pobres globales son muy grandes, pero se están estrechando.
Además la relación entre desigualdad y pobreza ha cambiado. “La desigualdad aumenta porque los ricos tienen más sin que esto —y por primera vez en la historia de la humanidad— suponga que los pobres tengan menos”, explica el economista Branko Milanovic, autor de Los que tienen y los que no tienen (Alianza Editorial) y Global inequality: A new approach for the age of globalization. “La riqueza puede crecer sin que afecte a la subsistencia de gran parte de la población”. Durante siglos no hubo crecimiento y, por tanto, la riqueza de unos era la pobreza de otros. Esto ya no es así.
“Hay otro punto”, añade Johan Norberg. “La desigualdad se suele medir sólo en dinero, pero hay más ángulos. Bill Gates es diez millones de veces más rico que tú, ¿pero su vida es diez millones de veces mejor que la tuya? No lo creo. Sí, tiene un avión privado, pero probablemente use el mismo móvil que tú y el mismo ordenador que tú. Y seguramente no vivirá 30 años más que tú y no tiene un 99% menos de probabilidades que tú de que sus hijos mueran antes de los 5 años. En cosas no económicas es posible que haya más igualdad. Por ejemplo en educación o acceso sanitario”.
Pinker aún va más lejos: “La desigualdad económica no es un un problema fundamental; la pobreza lo es. Si las personas están más sanas, bien alimentadas, y disfrutan sus vidas, no importa cómo de grande sea la casa de J. K. Rowling. Y las tasas de pobreza global están cayendo”.
Algunos pensadores como Yuval Harari plantean este debate. ¿Es más feliz hoy un minero de Siberia que un cazador-recolector de hace veinte mil años? Resulta imposible saberlo. Un acuerdo para medir si la humanidad ha progresado es saber si hemos mejorado en los parámetros que exigimos para ser felices. Es decir, si nuestros gobiernos nos van concediendo lo que les llevamos siglos pidiendo: buena salud, educación, confort, tiempo de ocio, libertad. Sucesivos estudios han observado que, en general, los países donde tienen estas cosas las personas se dicen más felices, consideran que han progresado.
Como especie, como civilización, como mundo, hemos avanzado hacia lo que consideramos progreso, hacia lo que hemos perseguido y entendemos como un mundo mejor. Seguimos lejos de un mundo perfecto o ideal, si es que existe. Pero los datos nos dicen que, a pesar de percepciones —interesadas o no—, avanzamos por el buen camino. Aunque cueste creerlo, aunque falte mucho por andar.