Juan J. Molina
Juan J. Molina
domingo, 25 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
Las naciones no vienen de París, por Cristina Losada
No vayamos a hacer como otros países, que conmemoran sus gestas a la menor ocasión, y no vayamos a aprovechar el Bicentenario para proceder a una exaltación de la nación española. Y así ha sido.
Puede que la Constitución de Cádiz fuera un proyecto irrealizable en las circunstancias de la época, pero no hay duda de que estableció el concepto moderno de nación en España. Frente al Antiguo Régimen, donde el vínculo político era la sumisión al soberano común, las Cortes de 1812 confirieron cuerpo jurídico a la nación como conjunto de toda la sociedad integrada por individuos libres y con iguales derechos. En ella y, por tanto, en ellos, se hizo residir la soberanía. Dado su carácter fundacional, el Bicentenario hubiera merecido algo más, pero, claro, estamos en España. No vayamos a hacer como otros países, que conmemoran sus gestas y hasta sus gestos a la menor ocasión y, ante todo, no vayamos a aprovechar el aniversario para proceder a una exaltación de la nación española. De ningún modo. Y el caso es que las celebraciones se han circunscrito de tal manera a la ciudad de Cádiz que se diría que La Pepa es sólo un producto local.
Mucho de lo que sucedió en esos dos siglos que nos separan de los esforzados constituyentes explica ese raro fenómeno nuestro de que cualquier celebración española –que no sea futbolística, of course- se despache con el mínimo empaque y concite pasotismo cuando no hostilidad y aversión. Y es que los cimientos que se pusieron en Cádiz no acabaron de cuajar, durante el XIX, en un Estado sólido fundado en los principios de libertad e igualdad ante la ley. Al contrario de lo que cuentan a los niños los secesionistas, no fue el exceso de centralización y jacobinismo el que estimuló, como legítima reacción, el surgimiento de regionalismos y nacionalismos, sino al revés. Fue por falta de ambos que pudieron mantenerse residuos del Antiguo Régimen y florecer los particularismos. Y si no, échese un vistazo a lo ocurrido durante el mismo arco temporal en Francia.
En su clásico estudio “De campesinos a franceses” (Peasants into Frenchmen, 1976), Eugen Weber documenta cómo un siglo después de la Revolución, había millones de franceses que desconocían que eran ciudadanos de una nación. Muchos de ellos no hablaban francés. Y en cuanto a civilización, parece cierto, aunque hoy suena cruel, lo que Balzac puso en boca de un personaje, un parisino: “No hace falta ir a América para ver salvajes.” La industrialización, las carreteras, los trenes, el servicio militar y la escuela obligatoria convirtieron, sostiene Weber, a aquellos campesinos en franceses. Porque es verdad que las naciones no vienen de París, pero París, es decir, el Estado, ayuda. Y, en nuestro caso, no ayudó. Es una vieja historia, sí, pero continúa.
http://especiales.libertaddigital.com/la-pepa/cristina-losada-las-naciones-no-vienen-de-paris.php
martes, 20 de marzo de 2012
smart working
La manera en que trabajamos está cambiando, pero no suficientemente rápido. En los momentos actuales muchas compañías y organizaciones del sector público están viendo qué hacer y cómo hacerlo.
Ahora es el tiempo para tomar medidas no solo para sobrevivir a la presente crisis, sino también para planear a largo plazo. Llegar a ser más flexible y trabajar de una manera mejor (smart) debería ser el corazón de las transformaciones y el flujo de las organizaciones.
Ahora es el tiempo para tomar medidas no solo para sobrevivir a la presente crisis, sino también para planear a largo plazo. Llegar a ser más flexible y trabajar de una manera mejor (smart) debería ser el corazón de las transformaciones y el flujo de las organizaciones.
El término “Smart Working” se refiere a nuevas vías de trabajar hechas posible por los avances en las tecnologías y esenciales por las presiones económicas, medioambientales y sociales.
Smart working es una aproximación estratégica y exhaustiva para implementar:
- un rango de opciones laborales flexibles
- medioambientes que permiten una gran flexibilidad
- tecnologías que apoyan la práctica y gestión del trabajo flexible
- nuevas formas de colaboración (por ejemplo, por medio de equipos virtuales) que reducen la necesidad de encuentros físicos y viajes
- un cambio cultural que permita una mayor agilidad organizacional e innovación
Así, el smart working es un mandato para modernizar las prácticas laborales, avanzando desde las asunciones de “comando y control” del estilo tradicional de trabajar de las factorías hacia donde, cuando y como debería ser hecho el trabajo. Es sobre hacer más con menos, trabajando donde sea, cuando sea y como sea más apropiado para tener el trabajo hecho.
Smart working es sobre tomar una aproximación exhaustiva y estratégica para modernizar las prácticas laborales. Y se basa en los siguientes principios (entre otros):
- el trabajo se realiza en las localizaciones más efectivas, y en los tiempos más efectivos.
- la flexibilidad es la norma en vez de la excepción.
- los empleados tienen más opciones sobre donde y cuando trabajan, sujeto a las consideraciones de negocio.
- el espacio es para localizar actividades, no individuos, y no con base en un “señorío”.
- gestionar el rendimiento se centra en los resultados, y no en la presencia.
- un énfasis en trabajar en espacios compartidos y con recursos compartidos, en vez de territoriales y personalizados.
Todo ello para potenciar la realización de los tres deseos más importantes de los empleados:
- horarios flexibles
- trabajar 1 o 2 días de la semana desde casa
- realizar una semana de trabajo “comprimida”.
La verdad es que llevar a cabo estos tres puntos funciona tanto para los empleados como para los empleadores.
1812: cuando España inventó el liberalismo, por Antonio España
Como ustedes saben, ayer se celebró el bicentenario de la Constitución de 1812, apodada 'la Pepa' por haber sido proclamada por las Cortes de Cádiz precisamente en el día de la festividad de San José -hay quien sostiene que la fecha fue elegida con sorna gaditana por llamarse así el rey Bonaparte impuesto por su hermano Napoleón-.
Pues bien, llama la atención que la palabra “liberal” que, por cierto, España cedió generosamente al acervo político occidental, no aparezca ni una sola vez en los discursos oficiales pronunciados durante el día de ayer. No vaya a ser que nos demos cuenta de que el liberalismo no es el demonio que los amantes de la injerencia estatal en la vida privada quieren hacernos ver, sino que representa un conjunto de valores que merecen la pena.
Porque si hay una palabra que define aquel texto constitucional, ésa es precisamente la de “liberal”. Tanto es así que la utilización de este término como sustantivo para referirse al conjunto de valores que encarnaba la Constitución de 1812 tuvo su origen precisamente en las discusiones de aquellas Cortes reunidas inicialmente en lo que hoy es San Fernando -antigua Isla de León- y que fueron trasladas después a la ciudad de Cádiz, en pleno asedio de las tropas napoleónicas.
Pues “liberales” era como se hacían llamar los partidarios de la libertad individual y de la limitación de los poderes del Rey, frente a los que defendían el statu quo del Antiguo Régimen y que recibían el gráfico apelativo de “serviles”. Curiosamente, hasta entonces la palabra liberal era un adjetivo asociado a la generosidad y el desprendimiento. Significado que aún permanece en el diccionario de la Real Academia Española. No en vano, Ortega y Gasset llegó a decir que «el liberalismo es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta».
Y es que a 'la Pepa', pese a su corta vigencia -fue derogada a los dos años por Fernando VII nada más volver a España tras la derrota de los franceses-, se le atribuye el mérito de haber marcado varios hitos, todos ellos ligados a la doctrina del liberalismo político -reconocimiento de la soberanía de la nación, respeto a la libertad individual, instauración de la separación de poderes, eliminación de privilegios e institución de la igualdad ante la ley, proclamación de la libertad de prensa, etc.- y económico -defensa de la propiedad privada, establecimiento de la libertad de industria y de movimiento interior de bienes y servicios, etc-.
Por desgracia, aquello duró poco y el mismo pueblo que acogió con entusiasmo el espíritu liberal de 1812, recibió, con no menos entusiasmo, a Fernando VII El Deseado en 1814 al grito de “¡vivan las caenas!”. Fue el triunfo de los serviles.
Repasando aquel episodio y la evolución posterior hasta el día de hoy, en el que el liberalismo es rechazado -o ignorado, como acabamos de ver- por los socialistas de todos los partidos, cabe preguntarse qué es lo que nos hace temer la libertad. Tanto como para que no sólo no nos importe cederle cada vez más espacio de nuestra esfera personal de acción a eso que llamamos Estado, encarnado en una combinación de políticos y burócratas adictos al poder, sino que nos parezca bien hacerlo. Quizás sea porque el Estado es, como lo denominó Bastiat, esa gran ficción por la que todo el mundo pretende vivir a costa de todo el mundo.
Porque el que sean los políticos quienes muestren poco aprecio por la libertad no debe sorprendernos, en tanto en cuanto menos libertad para nosotros, significa inmediatamente más poder para ellos. No olvidemos que el objetivo vital de todo gobernante es mandar, cuanto más y durante más tiempo, mejor. Luego, podrá utilizar ese poder para lograr un programa político bienintencionado, o para lucrarse personalmente a costa de los contribuyentes pero sobre todo, lo primero es mandar más. Lo de mejor ya se verá.
¿Pero qué ocurre con el ciudadano de a pie? La persona normal y corriente que, lejos de la moqueta del despacho y el coche oficial, se afana cada día por mejorar su propia condición y la de los suyos, se emplea duro cada día en ganarse el sustento y el de su familia e intenta que le quede un poco para disfrutarlo en su ocio y, si es posible, otro poco para ahorrarlo. ¿Qué es lo que le hace tenerle esa aprensión a la libertad?
¿Qué es lo que nos hace albergar el convencimiento de que nuestro dinero está mejor administrado por extraños, que el Gobierno va a velar más por nuestra salud y bienestar, o que el Estado se va a preocupar más y mejor por la educación de nuestros hijos que nosotros mismos? En definitiva, ¿por qué pensamos que los políticos nos van a sacar las castañas del fuego, un fuego por cierto, que nos han vendido que hemos provocado nosotros mismos cuando nos han dejado sueltos?
Porque efectivamente, aunque algunos tengamos claro que es preferible la peligrosa libertad a una pacífica servidumbre, y que no la vendamos ni por todo el oro del mundo, otros, sin embargo, parecen sentirse más a gusto viviendo en lo que Ortega y Gasset describió como la termitera humana.
Decía el filósofo que quien cede de esta manera a la seducción del Estado debe ser porque «lo ve, lo admira, sabe que está ahí, asegurando su vida; pero no tiene conciencia de que es una creación humana inventada por ciertos hombres y que puede evaporarse mañana (...) ve en el Estado un poder anónimo, y como él se siente a sí mismo anónimo -vulgo-, cree que el Estado es cosa suya. Imagínese que sobreviene en la vida pública de un país cualquier dificultad, conflicto o problema (...) tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el Estado, que se encargue directamente de resolverlo con sus gigantescos e incontables medios».
¿No resulta dolorosamente cierta la última frase en estos días en los que la crisis económica nos aflige? ¿No es significativo cuánta gente torna estos días su mirada al Estado para que le resuelva la papeleta?
http://www.elconfidencial.com/opinion/monetae-mutatione/2012/03/20/1812-cuando-espana-invento-el-liberalismo-8903/#
domingo, 18 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
La lengua de La Pepa, por Amando de Miguel
La claridad y la sencillez se demuestra que hay muy pocas palabras con mayúscula inicial. Una de ellas es "Nación", que tantas veces se repite como sujeto de la soberanía nacional.
La Constitución de 1812 (popularmente conocida como "la Pepa" por haberse promulgado el 19 de marzo) es la primera cronológicamente de las españolas. Apenas estuvo vigente, pero influyó mucho en otros textos posteriores de España, América y otros países. Es un texto tan básico, tan rompedor, que su lenguaje nos parece hoy plenamente actual. Según la última expresión del Discurso Preliminar se trata de "una Constitución liberal". Ese nuevo término pasará a todos los idiomas modernos. Tiene un sentido político más que económico.
La pieza magistral de la Constitución es el Discurso Preliminar, debido fundamentalmente a la pluma de Agustín Argüelles. Conviene advertir que el Discurso Preliminar, a pesar de su nombre, no es un preámbulo de la Constitución. Es más bien el documento doctrinal en el que se inspiran los debates. Se dice en ese documento que el texto articulado "es breve, claro y sencillo". En realidad, se trate de uno de los textos constitucionales más largos que se conocen. Son 384 artículos más las 120 páginas en octavo del Discurso Preliminar. Ciertamente es claro y sencillo, solo que con muchas novedades políticas. No obstante el Discurso Preliminar contiene un punto de oscuridad deliberado: el intento de legitimar una Constitución liberal novedosa en el fundamento de la tradición histórica medieval. Hoy diríamos que era la búsqueda del consenso, del equilibrio entre liberales y serviles.
La claridad y la sencillez se demuestran en que hay muy pocas palabras con mayúscula inicial. Una de ellas es "Nación", que tantas veces se repite como sujeto de la soberanía nacional. Así pues, el Rey ya no va a ser más el soberano. Es un salto conceptual de gran significación. Un adjetivo heredado de los ilustrados del siglo XVIII es "feliz". Se aplica, por ejemplo, a las "provincias vascongadas" (quizá porque siempre han pagado menos impuestos) o a los países de ultramar. Nunca fueron colonias. Por eso se habla reiteradamente de "las Españas", no solo de "España" (la europea). Como es natural, se habla en muchos artículos de "los españoles", de los "hijos de los españoles" y de los "hombres libres". Algún lector actual e ignaro podría deducir que las mujeres quedaban excluidas de esa abstracción. Nada de eso. Se trata de masculinos genéricos perfectamente castizos.
La novedad política más eminente es la declaración de la "libertad de imprenta" para que "los españoles sean libres y dichosos", se dice en el Discurso Preliminar. El artículo 371 declara enfáticamente la "libertad de escribir, imprimir y publicar las ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión o aprobación alguna". Fue un ideal que tantas veces se iba a conculcar en los dos siglos siguientes. Esa declaración de la libertad de imprenta resulta muy destacada porque el texto de Cádiz no se plantea una declaración de derechos al estilo de otras Constituciones posteriores. Ahí es donde se ve que la libertad de imprenta va a ser, históricamente, el hontanar de las otras libertades.
El idealismo de la expresión anterior llega a su plenitud en el artículo 6, cuando proclama: "El amor a la patria es una de los principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos". Son términos de la tradición religiosa. Por cierto, la Constitución empieza invocando el nombre de Dios. Es otra forma de poner de acuerdo a liberales y serviles mediante una invocación a la utopía.
Algunos avances de los constituyentes de Cádiz nos resultan hoy ingenuos, pero en su día fueron revolucionarios, como el fin de la tortura. No se emplea esa palabra sino "tormento y apremios" (art. 303). Más enjundioso nos parece hoy el principio del artículo 339: "Las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno". Ni qué decir que se trataba de una declaración utópica, como tantas otras del texto constitucional.
Los autores del texto de Cádiz tratan de mantener un difícil equilibrio entre la tradición, incluso medieval, la continuidad de la dinastía borbónica y las exigencias del constitucionalismo. Ese equilibro queda definido como "Monarquía moderada". El objetivo no es tanto la continuidad monárquica como "el bien estar de los individuos" (art. 13). En el Discurso Preliminar se contrapone sabiamente la "libertad política de la Nación" (es decir, las instituciones) con la "libertad civil" (esto es, la de los ciudadanos). Echaba a andar el liberalismo, una tortuosa historia para los españoles.
viernes, 16 de marzo de 2012
Sobre la conveniencia del triunvirato, por Alberto Benegas Lynch
Hay muy pocas personas que no se quejan (algunos están indignados) con los sucesos del momento en diferentes países tradicionalmente considerados del mundo libre. En otros lugares las cosas parecen distintas debido a que se han debatido en las pobrezas más espeluznantes y hace relativamente poco han prosperado con lo que están aparentemente distraídos, por ejemplo, Singapur, Malasia, Tailandia, Indonesia, Corea del Sur y Taiwán.
En Grecia, Portugal, España, Irlanda e incluso Francia y EE.UU. las cosas son distintas: gozaron de prosperidad y ahora se encuentran atrapados en las garras del llamado “estado benefactor” con el consiguiente endeudamiento mayúsculo. Las demoliciones de las monarquías absolutas ha sido sin duda una conquista colosal pero la democracia como método de alternancia en el poder sobre la base del respeto a las minorías está haciendo agua por los cuatro costados, es imperioso el pensar sobre posibles diques adicionales para contener los atropellos inauditos del Leviatán.
En distintos trabajos me he referido a los aportes de Montesquieu y Hayek al efecto de lograr esos cometidos y reencauzar el espíritu democrático. A raíz de un artículo de mi autoría en “La Nación” de Buenos Aires el 27 de febrero último titulado “La teatralización del poder”, he recibido algunas consultas especialmente vinculadas a mi mención en esa columna periodística del conveniente establecimiento de un eventual Triunvirato en la rama ejecutiva de gobierno en lugar de ser ejercida por una sola persona como viene ocurriendo hasta el momento. En este sentido, ahora escribo las presentes líneas ampliando la referida idea.
Tres personas votando por mayoría logran aplacar los ímpetus de caudillos y permiten tamizar las decisiones ya que el republicanismo exige que la función de esta rama del gobierno es ejecutar lo resuelto por el Poder Legislativo básicamente respecto a la administración de los fondos públicos, y el Judicial en lo referente al descubrimiento del derecho en un proceso fallos en competencia. En otras oportunidades hemos comentado la naturaleza y las funciones de estos dos últimos poderes, ahora, como queda dicho, nos limitamos a comentar sobre el ejecutivo tripartito.
Se podrá decir que las decisiones serán más lentas y meditadas, lo cual se confunde con la ponderación y la mesura que requiere un sistema republicano donde las instituciones tienen prelación respecto a las personas que ocupan cargos. Para el caso de un conflicto bélico, sería de interés que las tres personas se roten en la responsabilidad de comandantes en jefe.
Desafortunadamente la degradación de la democracia como sistema para preservar la libertad se ha producido debido a la errada noción de que el presidente o primer ministro deben resolver todos los asuntos que conciernen a la ciudadanía. Se autoproclaman gerentes de una especie de empresa que es el país y en lugar de ocuparse de la seguridad y la justicia, se inmiscuyen en los recovecos más increíbles de la vida de las personas.
Desconocen el hecho de que el conocimiento está fraccionado y es por su naturaleza disperso entre millones de personas y que los precios coordinan las muy diversas actividades, los cuales constituyen las señales imprescindibles para operar en un sentido o en otro. El cuadro de resultados muestra el éxito o el fracaso en la asignación de los siempre escasos factores productivos. Por el contrario, cuando el aparato estatal interviene en áreas que no le competen desarticula todo el sistema y aparecen faltantes y desajustes puesto que los indicadores necesariamente quedan alterados como consecuencia de haber dañado los derechos de propiedad.
La degradada noción de la ley la convierte en pretenciosas y absurdas reglamentaciones contrarias al derecho cuya inflación invade la privacidad y destruye las autonomías individuales. En esta instancia de la evolución cultural el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno debiera ser mucho más modesto en sus aspiraciones grandilocuentes y limitarse a funciones muy acotadas a su misión específica de garantizar derechos de todos y abstenerse de pronunciar discursos como si estuviera inventando la pólvora.
Uno de los antecedentes más fértiles del triunvirato se encuentra en los debates oficiales y no oficiales conectados a la Asamblea Constituyente de los EE.UU. Según la recopilación de los respectivos debates por James Madison que constan en la publicación de sus minuciosos manuscritos, el viernes primero de junio de 1787 Benjamin Franklin sugirió debatir el tema del ejecutivo unipersonal o tripartito. A esto último se opuso el constituyente James Wison quien fue rebatido por Elbridge Gerry (luego vicepresidente del propio Madison) al explicar las ventajas del triunvirato para “otorgar más peso e inspirar confianza”. Edmund Randolph (gobernador de Virginia, procurador general del estado designado por Washington y el segundo secretario de estado de la nación) “se opuso vehementemente alejecutivo unipersonal. Lo consideró el embrión de la monarquía. No tenemos, dijo, motivo para ser gobernados por el gobierno británico como nuestro prototipo […] El genio del pueblo de EE.UU. requiere una forma diferente de gobierno. Estimó que no hay razón para que los requisitos del departamento ejecutivo —vigor, despacho y responsabilidad—no puedan llevarse a cabo con tres hombres del mismo modo que con uno. El ejecutivo debe ser independiente. Por tanto, para sostener su independencia debe consistir en más de una persona”. Luego de la continuación del debate Madison propuso posponer la discusión de si el ejecutivo debiera estar formando por un triunvirato (“a three men council”) o debiera ser unipersonal hasta tanto no se hayan definido con precisión las funciones del ejecutivo.
Este debate suspendido continuó informalmente fuera del recinto según los antes mencionado constituyentes Wilson y Gerry pero con argumentaciones de tenor equivalente a los manifestados en la Asamblea con el agregado por parte de los partidarios de la tesis de Randolph-Gerry de la conveniencia del triunvirato “al efecto de moderar los peligros de los caudillos”. El historiador Forrest Mc Donald escribe (en E Pluribus Unum. The Formation of the American Republic, 1776-1790) que “Algunos de los delegados más republicanos […] desconfiaban tanto del poder ejecutivo que insistieron en que solamente podía ser establecido con seguridad en una cabeza plural, preferentemente con tres hombres”.
Sin duda alguna que la perfección no está al alcance de los mortales, de lo que se trata es de minimizar costos para lo cual debe tenerse presente que, en esta materia y en ninguna otra, se puede llegar a un punto final en un proceso continuo de prueba y error. En este contexto debe saberse que, como diría Benedetto Croce, la historia es “la hazaña de la libertad” y como apuntó George Mason “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”. Herbert Spencer en las últimas líneas de El hombre contra el estado celebra el derrocamiento de las antes aludidas monarquías absolutas pero advierte de los peligros de las mayorías parlamentarias. Es hora de reconocer que los esfuerzos por limitar el poder no han dado los frutos esperados tal como hemos dicho antes lo consigna Hayek en las primeras doce líneas de edición original de Law, Legislation and Liberty (Ley, Legislación y Libertad), no es posible esperar resultados distintos recurriendo a las mismas recetas. Es hora de proponer otras variantes para lograr el objetivo de preservar la libertad.
En otros lugares se establecieron triunviratos pero sin la suficiente perseverancia. Tal es el caso, por ejemplo, en lo que después fue la Argentina, en cuyo caso las respectiva disposición plasmada en el decreto del 23 de septiembre de 1811, establecía en la parte pertinente que “Teniendo consideración a la celeridad y energía con que deben girar los negocios de la patria […] la Junta ha acordado constituir un Poder Ejecutivo compuesto de 3 vocales”. En medio de tensiones varias, el 23 de noviembre Bernardino Rivadavia redacta una disposición del nuevo gobierno denominada Decreto sobre Seguridad Personal en cuyo Preámbulo se lee que “Todo ciudadano tiene un derecho sagrado a la protección de su vida, de su honor, de su libertad y de sus propiedades” seguido de nueve artículos sobre las libertades civiles que más adelante sirvieron de base para la Constitución liberal de 1853 sugerida principalmente por Juan Bautista Alberdi. El 23 de enero de 1812 se promulgó elReglamento de Justicia sustituyendo la Real Audiencia por una Cámara de Apelaciones local, y por decreto del 19 de abril del mismo año se extendieron las libertades al comercio exterior abriendo las aduanas y el 8 de octubre se sustituye este Primer Triunvirato por un Segundo Triunvirato mientras se suscitaban debates sobre esta forma de gobierno apoyada decididamente por José de San Martín. Sin embargo, finalmente prosperó la idea opuesta, principalmente esgrimida por Carlos María de Alvear y, posteriormente, en el seno de lo que se conoció como la Asamblea del año xiii, se dispuso que el ejecutivo sería a partir de entonces unipersonal.
En una nota periodística no puede discutirse todo a la vez. Tenemos que ir por pasos. La pretensión de resolver todo es un buen método para no resolver nada. El Triunvirato por lo menos mitigará los desvaríos de tantos megalómanos que pululan por los pasillos del poder de nuestra atribulada época, problema que ya viene arrastrándose de tiempos anteriores pero los impostores ahora aparecen en lapsos de tiempo que se están tornando cada vez más cortos y asfixiantes.
Este artículo fue publicado originalmente en Diario de América (EE.UU.) el 8 de marzo de 2012.
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