Juan J. Molina

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lunes, 16 de septiembre de 2013

Un silencio elocuente, por Elvira Lindo

VIENDO LA TELEVISIÓN CATALANA HE ESCUCHADO PERSONAJES INDEPENDENTISTAS ¿ES QUE LOS QUE DISIENTEN NO SALEN A DAR SU OPINIÓN?



Artículo de Elvira Lindo publicado por 'El País' el domingo 15 de septiembre.
Me escribe un escritor. Me escribe y me confiesa que, superado por los acontecimientos, está pensando en irse a vivir fuera de España. O por concretar, fuera de Cataluña, para regresar si acaso en ese futuro quién sabe si cercano en que la vida haya dejado de convertirse en un referéndum permanente y no se le exija al ciudadano una definición sustancial, no ya como votante, sino como ser humano obligado a indagar en los sentimientos que le unen a esta o a otra tierra. Me escribe una actriz. He visto en su red social que ha ido colgando fotos de exaltación independentista y me extraña, me extraña de corazón, porque sé que al menos hasta antes de ayer eso no cuadraba ni con su vida ni con su forma de pensar. De tal forma que le pregunto (porque sé que hay independentistas de última hora), le digo: “¿Y eso?”, y me contesta en un mensaje privado que se percibe como un hilo de voz que no se siente capaz de situarse frontalmente en contra de su gente. Y yo reconozco algo que se ha repetido a lo largo de la historia de los pueblos, si es que existe tal cosa: suele ser “tu” gente la que no te permite disentir.
Pero siento que es más raro aún la significativa ausencia de aquellos que no me escriben, que no se expresan; todos aquellos que conozco de unas tierras que tanto hemos frecuentado: escritores, músicos, actores, directores de escena, agentes literarios, editores, directores de colecciones, periodistas, toda esa gente con la que con frecuencia nuestros caminos se han cruzado y sería casi imposible que no se volvieran a cruzar. No sé bien lo que piensan, ya no, y eso en España, o en lo que todavía se llama España, es raro. Rarísimo. Porque no hay país en el que la opinión sea tan inmediata y tan impositiva como en el nuestro. ¿No será que no quieren disentir del fervor mayoritario? ¿No será que quieren permanecer agazapados hasta que la tempestad amaine, hasta que la historia otorgue la razón a unos o a otros?
Es extraordinario. Porque vivimos en un país en el que continuamente se hacen encuestillas, por razones de Estado o por boberías, entre intelectuales y artistas. Con frecuencia nos encontramos con dos páginas en los periódicos que nos informan de lo que piensa hasta el último escritor de la nota exigida para las becas universitarias, o tal columnista de su repulsa o defensa de la fiesta taurina, o el otro de la ley del tabaco, o del intelectual que abomina de Eurovegas, del actor que habla del IVA, de la escritora que apoya la sanidad pública, o la escuela, o la investigación, o de ese lazo petardil que han constituido Marina Abramovic y Lady Gaga. Con tanta columna y tanta tertulia, cómo no saber: lo sabemos todo de todos. Sabemos incluso más, en muchas ocasiones, de lo que quisiéramos. Pero, de pronto, en este país, que seguramente es tan misterioso como todos los países, pero, como es el nuestro, nos parece de una complejidad insoportable, hay asuntos que no se tratan, o que solo los tratan unos mientras los otros callan. Pasó un tiempo con el terrorismo.
¿No se acuerdan? Iba uno al País Vasco y sentía esa espesura. Se sentaba uno a una mesa y se hablaba de todo con esa gran cordialidad propia del norte hasta que llegaba el momento en que a cada comensal se le perdía la mirada por tener en mente algo de lo que no se podía hablar. Ocurre ahora con el asunto catalán. ¿Qué piensan nuestros amigos? A los de allí, me refiero. Porque finalmente son los que callan con más finura. ¿Qué piensan? Viendo la televisión catalana este verano he podido escuchar a algunos personajes públicos y tenían en común su postura independentista. O al menos no coincidió que yo diera con un entrevistado que tuviera una voz discrepante. ¿Es que los que disienten no quieren salir a dar su opinión, que no la tienen clara?, ¿o es que no les invitan a los programas?
Quien creía que con el fin de una dictadura la libertad de expresión ya sería sagrada iba de cráneo. Ya no podemos caer en esa ingenuidad. La presión social puede ser tan impositiva como la represión organizada. Más te vale pensar como piensan aquellos que entre los tuyos marcan el signo de los tiempos. De cualquier manera, no creo que se pueda construir un debate sin permitir la discrepancia. No hay debate si se abruma al adversario. Ni patria que se construya en falso. Por otra parte, tenemos la tentación de pensar que se trata de un mal endémico español, pero basta darse una vuelta por el mundo para comprobar que el silencio también se instala entre los argentinos cuando se trata de defender o denostar a Kirchner o incluso entre los mismos disidentes cubanos.
Quiero pensar que no somos tan distintos o que no pesa sobre nosotros una maldición que nos impida ejercer sosegadamente la democracia. Detestaría que fuéramos peculiares en ese sentido. En todas partes surgen en determinado momento tendencias sociales que provocan un entusiasmo que acogota al que no lo experimenta. Pero es desesperanzador comprobar que los que ayer intercambiaban opiniones hoy intercambian silencios. Hablo de voces que están presentes en la vida pública del país y que enmudecen de pronto. Quisiera escucharlos. Simplemente. Aunque en esta ocasión no deseo poner mi voz a lo que piensan otros, que cada palo aguante su vela. 

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