Juan J. Molina

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Juan J. Molina

viernes, 13 de septiembre de 2013

La gran mascarada. Por Jean-François Revel


«La memoria socialista no sólo está truncada en el ámbito de la criminalidad totalitaria. También lo está en el ámbito económico. Así, el movimiento de la ultraizquierda francesa, bautizado "Droits devant", ve en su libertad de inversión y de circulación internacional de los capitales, inherente a la mundialización (globalización), un ejemplo de "la barbarie liberal" y de un mundo basado en la "tiranía del mercado". Hay que deducir, pues, que para el autor de esta frase, las economías colectivistas han sido civilizaciones refinadas y que, en ellas, la sustitución del mercado por la distribución autoritaria de los recursos ha engendrado regímenes políticos de libertad. Una vez más, la amnesia llega hasta el límite de constituir una provocación. Los enemigos de la economía liberal quieren olvidar que su modelo ha sido experimentado. Que incluso todavía se aplica en algunos países fósiles. ¿Ignoran su resultado? Cuesta creerlo, ¿Saben que la miseria de numerosos países subdesarrollados proviene también de que dirigentes no han puesto en marcha el capitalismo de mercado sino, con frecuencia, el modelo dirigista y colectivista a pesar de que no fueran todos oficialmente comunistas?
La "tiranía del mercado" es como máximo una metáfora, mientras que la tiranía del totalitarismo, en las sociedades que han suprimido el mercado, es una realidad bien concreta y abundantemente documentada. Va incluso más allá del simple despotismo político. Pues, curiosa omisión -¡una más!-, raramente se menciona que las sociedades comunistas son las únicas que, en el periodo contemporáneo, han restablecido la esclavitud de sus propios ciudadanos allí donde había desaparecido desde hacía mucho tiempo. Los nazis restablecieron la esclavitud en tiempos de guerra, en campos de trabajo donde eran deportados los esclavos procedentes de países vencidos. Los comunistas lo han hecho mejor: en todos lados han reducido a la esclavitud a una parte sustancial de su propia población, y ello en tiempos de paz, al servicio de una economía "normal", si se me permite decirlo de este modo. Este aspecto con frecuencia ignorado tiende a demostrar que la economía socialista real, ya de por sí improductiva, lo sería más si no recurriera a la mano de obra servil».

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