Juan J. Molina

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martes, 26 de julio de 2016

Necesitamos una epidemia global de confianza, por GUILLERMO DORRONSORO

El capitalismo global está enfermo. Acaban de salir los datos del último informe “JPMorgan Global Manufacturing PMI” que muestran una vez más la tendencia hacia el encefalograma plano que parece arrastrarnos inexorablemente a una economía que no crece (o como dice Larry Summers, al “estancamiento secular”).
Complejidad y confianza
No se puede echar ya la culpa a Lehman Brothers, o a las políticas de austeridad, por fortuna pasadas de moda. Y por eso cada mes aparecen sospechosos habituales a las rondas de reconocimiento de los informes de coyuntura: “los desequilibrios geoestratégicos” (como si hubiese habido equilibrio alguna vez en ese apartado), la bajada de precios del petróleo y otras materias primas (¿es causa, o consecuencia?), el “elevado endeudamiento” en países avanzados y ahora también en los emergentes (¿a quién diablos le debe el mundo ese dinero, si todos los estados están ya endeudados?)
Achacamos a cada crisis local la responsabilidad de los problemas globales. Cuando no es la deuda griega, es el Brexit… Después de abrir la espita, tendremos un nuevo estado en Europa haciendo referéndums cada seis meses, al que podremos culpar del lento crecimiento de la economía global. No te digo nada si Trump llega a ganar las elecciones de finales de este año en USA: la diversión está garantizada.
JPMorganPMI
Leo los informes del FMI, la OCDE y el World Economic Forum, sigo con interés las reuniones del G7, G8, G20 y demás foros multilaterales. Hace tiempo que no tienen ni idea de la enfermedad que aqueja a la economía global, y mucho menos de sus posibles remedios. Aplican políticas monetarias para bajar la fiebre al enfermo, sin acabar de entender qué dolencia es la raíz de sus males.
Sigo también a los grandes analistas de la economía global, a los Premios Nobel, y tampoco es que arrojen mucha más luz. Aunque en varios de sus artículos proponen una receta común para curar al enfermo: es preciso recuperar la inversión a largo plazo. Y es en esa coincidencia en el único lugar donde encuentro sentido común. No es preciso dominar la macroeconomía, ni la historia del pensamiento económico, para entender esa gran verdad. Sin inversión a largo plazo, no habrá crecimiento robusto.
UNDebt
Los Estados, entre Escila y Caribdis, entre el endeudamiento y los gastos de sostenimiento del estado del bienestar y del propio aparato funcionarial, no son capaces de rascar en los presupuestos inversiones a largo plazo, y se dedican a administrar políticas de redistribución (en la medida que les dejan los lobbies). Aparecen populismos que prometen librarse de esos lobbies, pero son incapaces de explicar cómo van a crear más riqueza.
Las grandes empresas, dominadas por inversores encerrados en una espiral de cortoplacismo, en el que lo único que se mide son los resultados del “next quarter”. Las pequeñas, incapaces de gestionar la creciente incertidumbre y la falta de crecimiento vigoroso de la demanda.
Jarabe para la crisis global
Y los ciudadanos, sometidos a esa misma incertidumbre, y cada vez más convencidos de que el colchón es el lugar más seguro para nuestros ahorros (lo de los tipos negativos para el ahorro, es muy Kafka…). Por no hablar del impacto en la demografía, sin duda la inversión a largo plazo por excelencia es crear una nueva vida. Malos tiempos para la lírica, que diría Golpes Bajos…
Así que viene ahora la pregunta del millón, el cascabel que tenemos que poner al gato que se está comiendo nuestro futuro ¿cómo recuperar la capacidad de invertir a largo plazo?
Invertir en políticas demográficas, invertir en educación, invertir en ciencia y tecnología. Recuperar una mirada de largo en la industria, en el sector financiero. Hacer apuestas audaces, que nos devuelvan la ilusión de que podemos crear otro mundo. Apostar con ambición por ideales como una Europa unida, una Europa social que vaya abriendo camino en la construcción de sociedades justas. Un mundo mejor para las personas, recuperar la mirada humanista que encuentra en la prosperidad de las generaciones futuras la razón de ser de nuestro paso por este planeta.
Solo hay una medicina que obraría el milagro de sanar este enfermo en que se ha convertido la economía global, que nos permitiría volver a invertir a largo plazo. Se llama confianza, y el único problema para conseguir la dosis precisa es que está encerrada en el corazón de cada uno de nosotros. Los líderes de la economía global no encuentran la salida del laberinto porque son incapaces de despertar en nosotros la confianza, han olvidado las verdades más sencillas que nos devuelven la ilusión a las personas.
Futuro Global
Una solución es desmontar todas esas instituciones y empezar de cero. En la Historia lo hemos hecho otras veces, y la experiencia nos dice que suele llevar tiempo y algunos disgustos. La otra solución es que seamos capaces de recuperar la confianza, la confianza en nuestro futuro, en nosotros mismos, y hagamos los cambios que son necesarios en esas instituciones para que pueda volver la inversión a largo plazo.
La confianza es un acto de voluntad. Y puedes elegir confiar aunque el contexto no invite a ello. Y lo mismo que la desconfianza es contagiosa, la confianza también lo es. Solo hay un camino para salvar al enfermo, para salvar la economía global: un epidemia de confianza.
Fuente: http://www.sintetia.com/necesitamos-una-epidemia-global-de-confianza/

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