Juan J. Molina

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Juan J. Molina

martes, 22 de septiembre de 2015

Cataluña: ¡Es la historia, estúpido!



Veamos más de cerca a la Unión Europea y veamos por qué hay razones, más allá de las estrictamente jurídicas, por las que los actuales Estados miembros no solo rechazarán la acogida de Cataluña sino que serán adversarios implacables de sus esfuerzos por integrarse en ella.LAS VOCES que estos días se están oyendo desde Europa (e incluso desde los Estados Unidos) sobre el desafío de la independencia de Cataluña son muy esclarecedoras y deberían hacer meditar al votante del próximo día 27 de septiembre. Cataluña quedaría inmediatamente fuera de la Unión por las razones esgrimidas y por la más sencilla de que el Estado signatario de los Tratados es el Reino de España que seguiría siendo por supuesto miembro de la Unión solo que reducida su dimensión territorial. Cataluña, como nuevo Estado, tendría que empinarse y ponerse a hacer los deberes de quien llega de nuevas, lo que significa activar todas sus habilidades para ser reconocida internacionalmente e ingresar en los clubes donde se discuten y deciden los grandes problemas del mundo: la propia Unión Europea, la ONU, la OTAN, los diferentes Gs, el Consejo de Europa, la Organización Mundial del Comercio... y un largo etcétera: trabajo no va a faltar ciertamente a los diplomáticos del nuevo Estado.
Recordemos que el espacio conformado por la Unión ha vivido en paz varios decenios después de haber sufrido permanentes conflictos civiles incluso antes de las dos guerras mundiales. Pero, cuando se desmorona el Muro y empieza una nueva era, en el Este resurgen las reclamaciones nacionales de sus minorías provocando numerosas crisis y ocho graves conflictos armados: Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Chechenia, Georgia, Moldavia, Kosovo y, al final, Ucrania.
En todos los Estados balcánicos sigue habiendo minorías, así en Macedonia, en Bosnia y en Croacia. En Kosovo hay albaneses pero además hay serbios en Mitrovica. Estos lugares saben que, si no quieren enredarse en los horrores y en los errores del pasado, la mejor solución pasa por la integración en Europa. Y en ello están, desplegando todos los esfuerzos con los que cuentan.
No es casualidad que hasta ahora los casos de desintegración de Estados ocurridos a finales del pasado siglo hayan ocurrido fuera de la Unión Europea (así Checoslovaquia o Yugoeslavia).
El problema, y aquí se halla el nudo de la cuestión, es que esto podría empezar a cambiar.
Cuando ganó el no a la independencia en Escocia hubo un suspiro de alivio en Bruselas. Ahora hay un intento de secesión en Cataluña. De tener éxito, nadie garantiza que estos ejemplos constituyan excepciones.





¿Por qué? Veamos el mapa y coloreemos poblaciones, minorías, etnias, religiones, fronteras... La minoría húngara en Eslovaquia (600.000 en un país con 5.400.000 habitantes) tiene aspiraciones secesionistas o de volver a la madre Hungría que, a su vez, mantiene reivindicaciones históricas en la Voivodina y en el Banato. Lo mismo ocurre con Bulgaria respecto de los territorios fronterizos que perdió con Serbia tras la Primera Guerra Mundial. Por su parte, Rumanía acoge minorías húngaras.
En el Alto Adige italiano vive una mayoría étnica alemana, la Liga Norte anima tensiones separatistas bien conocidas, después contamos con Irlanda del Norte, Córcega, Flandes, con bretones, con galeses... Y, si nos entregamos al festival de rehacer fronteras, Alemania puede desempolvar las reivindicaciones territoriales de las suyas anteriores a 1937: sépase que los problemas que podría crear Alemania serían imposibles de asimilar si un día, animada porque sus vecinos han cogido el lápiz de rediseñar fronteras, decidiera reclamar territorios perdidos y que no se contraerían a las regiones de Alsacia y Lorena.
Pero Alemania no fue la única obligada a encogerse tras la Segunda Guerra: Finlandia cedió parte de su territorio a Rusia, pago del pecado de su alianza con un tal Adolf Hitler. Rumanía cedió la Besarabia a la URSS y, a cambio, recuperó la Transilvania que había pasado a Hungría. Bulgaria perdió su salida al mar en beneficio de Grecia y Checoslovaquia cedió a la URSS la región de Rutenia.
¿Se advierte la dimensión de los problemas que crearía aceptar la ocurrencia de Artur Mas? Aquí no se trata solo de aplicar tal o cual artículo de los Tratados: estamos hablando de preservar el frágil milagro de la Unión Europea que estallaría en mil pedazos si se accediera a abrir la caja de Pandora que significaría discutir sobre las aspiraciones de múltiples y eternos irredentismos (que, a su vez, crearían otros en una espiral infinita). Ni más ni menos. "Es la historia, estúpido", podríamos decirle al presidente catalán parafraseando a Bill Clinton.
En una obra de Alexander Lernet-Holenia, Die Standarte, novela con barones, sirvientes fieles, oficiales rigurosos del Ejército y algún amorío, aparecida en 1934, cuando ya se sabía dolorosamente quién era Dollfuss y se intuía que Hitler no andaba lejos, aparece un personaje que asegura con la voz quejosa de quien trata de borrar la historia: "A veces los hombres destruyen edificios que han construido las generaciones anteriores como si no fueran nada. Son capaces de quemar palacios tan solo para calentarse las manos".
Unas manos -las del nacionalismo catalán- que vienen por cierto ya calentitas con el magno trapicheo de tantos por ciento, comisiones, cuentas por aquí, dineros de luto por allá ...
Para algunos nacionalistas la construcción europea es un aliado destinado a desmontar los Estados que hoy dan forma a la Unión Europea y sustituirlos por su modelo. Llevadas sus ambiciones a sus últimas consecuencias darían como resultado una Europa formada por tantos micro-Estados que haría inviable el funcionamiento diario de sus instituciones. De ahí la reaccionaria aberración que suponen los Estaditos, los poderes públicos enanos, las Administraciones públicas bonsais, con competencias falsamente blindadas, fáciles de manipular y de conducir al huerto de los intereses de los grandes conglomerados económicos mundiales.
Respeto, pues, a lo que hemos construido porque es la historia la que nos enseña que la Unión Europea nació precisamente para superar ese pasado ominoso y hacerlo sobre la convicción de que no existen identidades inmaculadas ni fronteras perfectas, de que el reino de la pureza, si existe, se halla más allá de los espacios por los que transita el hombre mortal y de que, al cabo, la tal pureza es lo más cercano a la infecundidad.
Tocar las fronteras generaría tales conflictos que destruiría el prodigio que es la Unión Europea actual, la única capaz de dotar un día de verdadero contenido a la palabra ciudadanía.
Autores:
Francisco Sosa Wagner es catedrático de Universidad y Jacobo de Regoyos es periodista y corresponsal en Bruselas.

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