Juan J. Molina

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viernes, 11 de abril de 2014

China sigilosa, Por: Lluís Bassets


La fricción se produce en la frontera occidental, pero la futura correlación de fuerzas se juega en Asia central y la frontera oriental con China. Una de las mayores incógnitas que suscita la crisis de Crimea la ofrece la actitud de Pekín, inicialmente prudente y sigilosa, posteriormente equidistante y siempre objeto de cortejo por parte de todos, tanto de Moscú como de Washington. Vislumbrar la posición china respecto a esta nueva Rusia anexionista es crucial para orientarse respecto al mapa geopolítico que saldrá de la sorda confrontación que tiene lugar sobre el mapa de Ucrania.
Hay un móvil muy directo en la acción de Vladimir Putin, que suscita sin duda la simpatía de Xi Jinping, y es su temor a la expansión desde la vecina Ucrania del modelo de sociedad abierta, elecciones competitivas y libertades públicas que la Unión Europea sigue ofreciendo y exigiendo a quienes se le acercan, a pesar de inquietantes retrocesos como el de la Hungría de Orban. Pero también hay un ensueño imperial que funciona en dirección contraria y evoca la tensión sino-soviética de la guerra fría, cuando China era un país del Tercer Mundo que solo superaba a Rusia en población, en vez de la pujante segunda economía mundial que es ahora.

Y luego están los hechos: Pekín se ha abstenido en dos votaciones en Naciones Unidas, una en el Consejo de Seguridad el 15 de marzo contra la celebración del referéndum de independencia de Crimea, y otra en la Asamblea General el 27, contra la anexión de esa parte del territorio ucranio por Rusia, una forma de escenificar su equidistancia y de subrayar también el aislamiento de Moscú, que tuvo que usar el veto en solitario, aunque luego se deshizo en halagos hacia el comportamiento chino.
China cultiva con habilidad la diplomacia del silencio, pero cuenta con razones poderosas para distanciarse de Putin. Unas son internas: el derecho de autodeterminación, los referéndums y las secesiones no le convienen, sobre todo para que no cunda el ejemplo en casa. Otras son externas: Rusia ha sido un rival estratégico, con el que ha mantenido contenciosos territoriales similares al actual de Ucrania. De método: a China no le gusta el juego de la inestabilidad al que es tan propicia la autocracia rusa; considera sagradas la integridad territorial y la soberanía nacional, con las que Putin ha devuelto la pelota de Kosovo a los occidentales. De ideología: China no cree en una unión euroasiática, de momento aduanera, tal como la sueñan los filósofos neosoviéticos de extrema derecha que inspiran al Kremlin.
Y sobre todo geopolíticas: Pekín no teme a la Unión Europea como la teme Moscú, al contrario, desea que sea fuerte y actúe de contrapeso frente a Rusia y a EE UU; y, en cualquier caso, prefiere mantenerse alejada del desgaste que sufren las grandes potencias cada vez que se enredan en conflictos de su elección, como EE UU en Irak o ahora Rusia en Ucrania, pues son la oportunidad para avanzar posiciones gracias a las derrotas de los adversarios. Sin descuidar la economía: Pekín no tiene interés alguno en una nueva guerra fría, que terminaría con la etapa de enorme prosperidad que ha obtenido de la globalización.

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