Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

viernes, 22 de febrero de 2013

LA SOCIEDAD DEL BIENESTAR Y EL ESTADO SOLIDARIO




Existen dos posturas antagónicas en la forma de usar el mal llamado estado del bienestar, y digo mal llamado, porque no es el estado el que produce el bienestar sino los ciudadanos que individualmente entregan, de forma voluntaria o no, una parte de sus riquezas para que las gestionen los gobernantes a través de las instituciones estatales. Por lo tanto, no debería llamarse estado del bienestar sino, en todo caso sociedad del bienestar que es, en definitiva, la productora de la riqueza.
Una de esas dos formas consiste en considerar al estado como un proveedor de servicios y al mismo tiempo como una empresa en sí mismo, una empresa multidisciplinar, que en vez de contratar a empresas privadas para que hagan determinados trabajos o fabriquen determinados productos, lo que hace es contratar funcionarios y crear empresas estatales que realizan esos trabajos o producen esos productos. Esta es la postura antiliberal o anticapitalista, en su versión más extrema todo está en manos del estado y no existe el libre mercado. Este tipo de estado es defendido por la izquierda  que considera lo público, es decir, lo gestionado por el estado como lo mejor y más recomendable.
En general, este tipo de estados a lo largo de la historia han fracasado con el tiempo debido a diversos motivos. Económicamente la planificación centralizada, propia de este tipo de sistemas, es infinitamente más pobre que una economía libre basada en la oferta y la demanda, es imposible prever qué va a ser demandado por la población y en qué cantidad en cada momento. Todas las economías centralizadas tipo marxismo o socialismo han terminado arruinando a los países donde se han puesto en práctica. Si bien la idea de la distribución de la riqueza es loable, ésta no sirve para nada si al mismo tiempo se destruye el sistema que producía esa riqueza que no era otro que el capitalismo. Se da por sentado y probado que el capitalismo produce mucha más riqueza que el anticapitalismo, aunque también está probado que la distribución de la riqueza en este sistema es muy desigual.
La otra forma de usar el estado es, no como proveedor de servicios o productos, sino como garantizador de tales servicios o productos. El estado no tiene necesariamente que dar los servicios o producirlos  él mismo, basta con que garantice a los ciudadanos que tendrán acceso a esos servicios o productos que consideramos como básicos o necesarios para llevar a cabo un proyecto de vida digno. En este sistema lo público, entendido como gestionado y ofrecido por el estado, es un complemento que funciona en cooperación con lo privado. El fin no es dar aquellos servicios o productos básicos obligatoriamente a través del estado, sino garantizar que aquellos ciudadanos que no puedan conseguir por sus propios medios tales cosas, las puedan  conseguir con independencia de quien se las provea. Aquellos servicios o productos que no puedan ser dados o producidos por el ámbito privado, debido a su coste o especialización, serán gestionados y producidos por el estado y al contrario, aquellos que puedan ser ofrecidos a través de la gestión privada, porque supongan un ahorro y a la vez, una mejora en su calidad, serán ofrecidos por el ámbito privado.
Público y privado no son dos mundos antagónicos o enfrentados, pueden y deben cooperar para que los ciudadanos podamos tener acceso a aquellos servicios o productos que son absolutamente necesarios para llevar a cabo nuestro proyecto de vida. El liberalismo solidario defiende este tipo de estado, que conjuga la riqueza que produce el capitalismo con la solidaridad que emana de los ciudadanos en su conjunto y que se canaliza a través de las instituciones estatales, garantizando que todos los ciudadanos y especialmente aquellos menos favorecidos por la economía, consigan disfrutar de esos servicios y bienes básicos.

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