Juan J. Molina

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jueves, 31 de marzo de 2016

"Vivimos en la mejor época de la historia de España", por Javier Gomá



SERGIO ENRÍQUEZ

Su obra: "Tetralogía de la ejempleralidad", fue reunida hace un par de años en Taurus
Galaxia Gutenberg acaba de compilar sus dos volúmenes de microensayos ('Todo a mil' y 'Razón: portería')


El filósofo dirige la Fundación March desde hace más de 10 años, y su despacho en ese oasis de excelencia cultural es amplio y luminoso, eficazmente dispuesto para el trabajo tranquilo y para el diálogo, con su mesa de reuniones y su zona de sofás. Tres chillidas cuelgan de las paredes, en las que domina un gran cuadro de Luis Feito de un rojo intenso. Gomá disfruta de un pequeño gabinete anexo, propicio al recogimiento, en el que los libros más personales pugnan por alcanzar el desorden que les es propio. Javier Gomá, sonriente, elegante y de aspecto juvenil, exhibe cierto aire británico, que no es sorprendente en un natural de Bilbao y que es coherente con su vocación por un cosmopolitismo contagioso. Sus maneras también ayudan a difundir su intención de abordar la realidad y el presente con un ánimo optimista y positivo, pese a reconocer y manifestarse empático con el sufrimiento y la incertidumbre que, a no dudar, son inseparables de los tiempos que corren. Los libros de Gomá, tan curtidos primero en la prensa, tienen una fuerte impronta literaria, como si la literatura fuera la fuente originaria de un humanista formado universitariamente en la triple pista de la Filosofía, la Filología Clásica y el Derecho, disciplinas que amueblan su cabeza y dan lugar a un discurso verbal preciso y sistematizado.

Y si ahora fuese estudiante de Bachillerato, ¿cree que recibiría en el colegio los mismos estímulos hacia las Humanidades que usted encontró?
La enseñanza reglada consiste en formar profesionales competentes capaces de generar mercancías a las que la sociedad pone precio y con renta suficiente para consumirlas y en formar ciudadanos críticos y dignos que se resisten al precio. Esos dos objetivos generan una tensión lógica y difícil de resolver. Hoy la enseñanza está más orientada hacia el primer objetivo, en detrimento del segundo, el que se satisface con un mayor cultivo de las Humanidades, el que conduce a la aventura hacia uno mismo, a la reflexión, al progreso interior y personal.
¿Es exagerado decir que estamos en el momento más bajo en la difusión de las Humanidades desde hace al menos un siglo?
Estamos en un momento de incertidumbre general y de transformaciones colosales, con el concurso de novedades tecnológicas que añaden más complejidad al panorama. La cultura era hasta hace poco aristocrática, elitista y autoritaria, y ahora se empieza a regir por un principio igualitario, de universalización. Sean muchos o pocos, nunca tanta gente leyó El Quijote, por ejemplo, como ahora. No se debe, por otra parte, confundir el cultivo de las Humanidades con el conocimiento y manejo de un montón de nombres y datos de creadores ilustres, con la cultura codificada. Eso, más que cultura, es Historia de la Cultura, y algunos encuentran en ella un refugio contra la vulgaridad.
Luego, hay vulgaridad...
Por supuesto que hay vulgaridad, pero, sobre todo, es un momento caótico, magmático, de primeros pasos... Hay que ir viendo hacia dónde va, hay que esperar a ver cuáles son las mejores formas que produce y tomar la actitud de contribuir a producirlas, sin reaccionar con una fuga consoladora, como refugio, a la cultura antigua. No podemos caer en el error de comparar a un chico tuitero o rapero con Shakespeare.
No vamos a peor entonces, buena noticia...
Karl Jaspers habló de un «tiempo-eje», que situó en el siglo V a.C., época en la que concurrieron en Occidente y Oriente grandes filósofos, pensadores y artistas. Estoy persuadido de que vivimos en otro «tiempo-eje», incluso de mayor envergadura, pendiente de decantarse y dar sus frutos mayores. Suelo decir que soy hijo gozoso de mi época, que me gusta, la asumo y, por supuesto, quiero mejorarla.
Uno de sus libros se titula Necesario pero imposible (2013). Juguemos con esas palabras. ¿Qué considera usted necesario, pero imposible, para España ahora y qué juzga necesario, pero posible?
Imposible es reescribir nuestro pasado. A España le hubiera sido necesario otro pasado. Dimos un tremendo rodeo, un rodeo de siglos, para llegar a la modernidad. La modernidad llegó a Europa por el norte y nos pilló en el sur, donde ciertamente radicaba la antigua cultura. Nos pasamos, además, demasiado tiempo montados a caballo, defendiendo con armas el Imperio, mientras otros países creaban instituciones cívicas, separaban poderes, definían derechos, hacían revoluciones... En España no hubo durante siglos el universo simbólico propio de la modernización y de la ilustración: educación, ciencia, novela, ópera, instituciones liberales, burguesía y clases medias, ciudadanos libres y con subjetividad autoconsciente... Todo eso llegó muy tarde, con la Transición.
¿La Transición fue para tanto, reparó males y carencias de siglos?
En gran medida. En unos pocos años saldamos muchas deudas que teníamos pendientes con nosotros mismos, muchas de las que he citado antes. Pero como nos faltaban dos siglos, como poco, de educación y de educación para la libertad, hubo una ebriedad de la libertad, que nos llegó sin instrucciones de uso. Fuimos libres, sí, pero no supimos ser siempre elegantes. Elegantes, en el sentido de elegir -que para eso está la libertad-, de elegir bien, lo bueno. Llegaron los excesos y la vulgaridad. Llegó el dinero, vino mucho dinero de Europa, y bastantes no se supieron desenvolver con libertad, con dinero y sin trabajar. En los 90, irrumpieron los nuevos ricos, que no acertaron a ser libres y virtuosos.
No perdamos de vista lo necesario, pero posible...
Va a ser posible una mejor educación del corazón y del buen gusto en las opciones éticas y vitales, tener una inclinación hacia determinados bienes, querer lo bueno... La crisis, con todo el sufrimiento que ha traído y que es preciso resolver, ha deparado también un desprestigio de los excesos, de las vulgaridades de la corrupción y de los nuevos ricos. Esquilo hablaba del aprendizaje por el dolor. Confío en que cuando se restauren las clases medias, hayamos escarmentado de ciertas cosas, prosigamos con esa educación del corazón, sepamos actuar con civismo y con refinamiento ético, al margen de premios y castigos.
Elige usted, aquí al lado, una novela morisca, de autor anónimo, como mejor texto novelesco para explicarnos y deplora la expulsión de judíos y moriscos. ¿Fue un gran error?
Sin paliativos y de graves consecuencias. Con la conquista de Granada hubo un brote de fanatismo religioso y totalitario que malogró las posibilidades de que, con la unidad de España, nuestro país hubiera sido en verdad el primer Estado moderno de Europa. Seguimos la cruzada medieval contra los otros. Los judíos, fuera de la doctrina teológica católica, eran los que prestaban dinero. Eran, por tanto, el germen de una burguesía que hubiera podido crecer bajo pautas de trabajo, esfuerzo y ahorro, que son las que acaban generando modernidad. Se les echó. Y nos fuimos alejando de la ética protestante del trabajo, teorizada después por Max Weber, para sólo valorar el vivir de las rentas y los actos heróicos.
Afirma y argumenta en su libro que vivimos en la mejor época de la Historia, también en España...
¡Sobre todo en España! Pese a todo... Hagámonos una pregunta muy sencilla: si yo soy mujer, obrero, homosexual, discapacitado, enfermo, disidente, librepensador, miembro de una minoría, anciano, sin trabajo etc. etc... ¿en qué época anterior me hubiera gustado vivir? ¡En ninguna! Ahora somos ciudadanos -no súbditos- con derechos, libertades y protección. Hay mucha gente que sufre, desde luego, y hacer un buen juicio del presente es compatible con reconocer el dolor, trabajar para eliminarlo, ser solidario y tener una filosofía y una ética compasivas. Los hechos son una cosa y la percepción que tenemos de ellos es otra. Eso es interesante: ¿por qué nadie percibe que estamos en el mejor momento de la Historia? Ya antes de la crisis había cansancio, tedio, malestar individual. El éxito como proyecto colectivo de la cultura occidental no se percibe, al contrario, se vive con descontento, angustia, sensación de sin sentido. ¿Por qué?
No sé, cada día nos llegan por los medios noticias terribles: estudiantes muertas en accidente, mendigas humilladas, atentados con decenas de muertes, refugiados maltratados... ¿Podemos asimilar todo eso?, ¿no es ésa la causa de nuestro desaliento, de nuestro pesimismo?
¿Puedo hacer una reflexión positiva? Esos acontecimientos nos escandalizan, y nos escandalizan y nos duelen porque hoy, como nunca antes, somos capaces de ponernos en el lugar del otro. La imaginación es un gran instrumento ético, nos permite colocarnos en el lugar del otro. La información y la imaginación nos llevan al lugar del otro. La persona no ética es incapaz de ponerse en el lugar del otro. Vamos comprendiendo que ningún dolor nos es ajeno, eso supone un cosmopolitismo moral. Ya no miramos, como hace nada, la raza, la religión, la cultura o la tendencia sexual del otro, del que sufre. Lentamente, estamos construyendo, como nunca antes -insisto-, la base del progreso moral: sólo existe un pueblo, que es la Humanidad, y sólo existe un principio, la dignidad de cada individuo.
Dice usted: "los políticos son los administradores cívicos de nuestra convivencia". ¿Tenemos políticos así?, ¿cómo va nuestra convivencia?
Voy a ser transgresor: en España, como consecuencia de la crisis -aunque también antes-, existe un exceso de desprecio hacia los políticos. Es muy vulgar ese desprecio. Cuando hay crisis y sufrimiento, puede ser normal tener odio y resentimiento hacia personas concretas, con cara y ojos, a las que hacemos responsables de nuestro dolor. No participo de eso. Odiar al político te da superioridad moral, te sientes mejor echándole la culpa de todo. Además, no nos engañemos con la política, no esperemos de los políticos que estén ahí para hacernos felices y tutelar nuestra vida como lo hacían papá y mamá... Ya eres mayor, tienes que confiar en ti, tener tus propias expectativas y responsabilidades. No nos confundamos, la política, partidos mediante, consiste en organizar grupos humanos para ocupar el poder y mantenerse en él el mayor tiempo posible. Tenemos la posibilidad, como ciudadanos, de educar a esos grupos, de criticarlos, de rechazarlos si, por ejemplo, son corruptos o incompetentes.
En su libro contempla lo que podríamos llamar el síndrome del "yo no he sido", la actitud de responsabilizar siempre a otro.
Sí, y es un síndrome infantil, el del niño que deja caer un jarrón en el cuarto de estar y, cuando le piden cuentas, dice "yo no he sido", ha sido el perro, el viento, ya estaba roto... La esencia de la vulgaridad moral es hacer a otro responsable de tus actos. Es necesario asumir responsabilidades, no pretender que nos lo den todo hecho. Soy firme partidario de la redistribución de la riqueza y del Estado del Bienestar, pero también, como mayor de edad, quiero ser dueño de mi destino y responsable de mis actos. Yo sí he sido, cuando algo he hecho mal, y yo tengo que ser el que procura mi bien y el de los demás.
 Y la convivencia entre españoles, ¿bien?
Bueno, tenemos urbanizadas nuestras ciudades, con sus farolas, sus aceras, sus jardines..., pero nuestro corazón necesita todavía más urbanidad, apetecer lo bueno, portarse bien cuando no nos ven... Vivimos en sociedad, pero no estamos bien socializados, no hacemos el mejor uso de la libertad para ser del todo cívicos. Ahora bien, mi impresión es que, con la crisis, hemos demostrado actitudes sólidas para la convivencia. Pese a tanto dolor, no ha habido una violencia significativa. Ha habido protestas, como parece comprensible, y también ha habido activismo político sano, asociacionismo nuevo, redes de solidaridad y apoyo.
Usted tiene un sesgo orteguiano, aunque discute y contradice a Ortega. En España invertebrada, Ortega decía que las clases dirigentes habían degenerado en masa vulgar y que ya no daban ejemplo a seguir con "docilidad", qué palabra...
Ortega tuvo gran talento, pero no tuvo genio. Fue un gran educador, que todavía nos dice muchas cosas, pero no un gran filósofo. No fue consciente del ideal de la igualdad y tuvo un fuerte temple aristocrático. La regeneración no depende de un ejemplo que dé una minoría selecta que vaya a ser seguida dócilmente por una mal llamada masa. La regeneración depende, al contrario, de una "mayoría selecta", es cosa de todos y de cada uno.
Ortega pedía una alta empresa de colaboración entre españoles y un sugestivo proyecto de vida en común. ¿Cuáles, hoy?
Cuando vayamos superando la crisis y menguando el dolor, nada más atractivo que, con las clases medias recompuestas, seguir profundizando en los logros de la Transición, en el proceso de modernización e ilustración de España.

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