Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

martes, 29 de noviembre de 2011

Cultural Pluralism and Dilemmas of Justice Ithaca 2000 , Monique Deveaux




Basado en sus propias experiencias como ciudadana de Canadá – un país en el cual las minorías culturales juegan un importante papel en asuntos sociales y políticos – el libro de Monique Deveaux aparece como un trabajo sobresaliente en el área de ciencia política. »El presente trabajo es así un intento por evaluar y extender esfuerzos en teoría política para tratar el problema de la justicia para las minorías culturales.« (2) La principal observación que hace Deveaux se concentra en el tema de "apropiado respeto y reconocimiento para el pluralismo cultural", el cual puede ser realizado por medio de la aplicación de un "liberalismo deliberativo", una versión mejorada de la democracia liberal.
  De acuerdo a Deveaux, la propuesta presentada en su texto se fundamenta en una concepción más consistente (thicker) de democracia que la que los teóricos liberales normalmente emplean, una forma más participativa y dinámica de democracia. »Una concepción substantiva, deliberativa de democracia enfatiza la importancia de la participación de los ciudadanos en la vida pública y la necesidad de fomentar relaciones y prácticas políticas basadas en la reciprocidad, igualdad política, y respeto mutuo – todas cruciales para satisfacer exigencias básicas de justicia por parte de minorías nacionales y asimismo inmigrantes.« (5)
  El término "cultural" es problemático, reconoce Deveaux. La autora lo toma en su definición más amplia, tanto como para incluir a cualquier comunidad que comparta una identidad basada no en el activismo voluntario (como usualmente ocurre con movimientos gays y nuevos grupos religiosos), sino principalmente en la nacionalidad, etnicidad, lengua, y religión, entre otras características. En este sentido, Deveaux regularmente se refiere a minorías como los vascos, quebequenses, escoceses y galeses.
  Un término clave en la defensa de Deveaux de la democracia deliberativa es su crítica a las concepciones tradicionales de la democracia liberal – aquellas representadas por Rawls y Larsmore – que argumentan a favor de una "justicia liberal neutral". La clase de justicia defendida por Rawls y Larsmore requiere que los ciudadanos abandonen sus particulares visiones del mundo basadas en sus creencias religiosas y morales. Identificándose con el perfeccionismo liberal de Joseph Raz y Will Kymlicka, Deveaux argumenta en contra de la suspensión de las perspectivas religiosas y morales de los grupos, al discutir asuntos políticos. De acuerdo a esto, las diversas concepciones de lo bueno que tiene la gente no pueden ser simplemente apartadas de las discusiones políticas. Así, pues, la ética no puede permanecer aparte de la política.
  La noción de liberalismo deliberativo – una forma modificada del liberalismo democrático – permite a las minorías culturales a moldear sus propias instituciones públicas y políticas. Esto puede ser logrado – propone la autora – trasladando el centro de gravedad de la legitimidad democrática al debate real. En esta propuesta, Deveaux se basa parcialmente en la Etica del Discurso de Habermas, por la cual la aprobación de facto de todos los participantes, o al menos de la mayoría, legitima las normas y actuaciones públicas y políticas.
  Deveaux considera que la argumentación misma puede ofrecer una adecuada respuesta a los problemas de justicia cuando esta argumentación renuncia a los ideales de un completo consenso o a un diálogo sin restricciones de ningún tipo, al mismo tiempo que mantiene una actitud más abierta a las diversas formas en que se puede dar el discurso deliberativo. »Los méritos reales de la democracia deliberativa descansan no en el fin ilusorio del consenso social, ni en el ideal de un diálogo sin restricciones... sino más bien en la capacidad de este modelo para profundizar las prácticas democráticas en los Estados liberales.« (175-176) »En la concepción delimitada de democracia deliberativa por la cual argumento, el razonamiento y la deliberación son concebidos en términos de comunicación real entre las posiciones y creencias de los interlocutores, centrándose así la atención a procesos reales de argumentación moral.« (177)
  La apertura a la comunicación de orden moral en el debate público y nuestro reconocimiento de su importancia para moldear las normas e instituciones políticas de las minorías, parece resumir el punto de vista de Deveaux en torno al asunto. Las ideas de Deveaux se muestran apropiadas y bien argumentadas, colocando al liberalismo deliberativo como una opción viable a las teorías liberales tradicionales.




Ruling Barragán Yañez, Panamá
 




 http://lit.polylog.org/3/sdmbr-es.htm

viernes, 25 de noviembre de 2011

La cuadratura del círculo en economía, autor: PP de Murcia




Según el gobierno de la Comunidad autónoma de Murcia se van a bajar los presupuestos en sanidad 200 millones de € y 40 millones en educación. Sin embargo se van a mantener los mismos servicios y la misma calidad, se deduce por lo tanto, que esos 240 millones no eran necesarios o se malgastaban antes. Al mismo tiempo leemos en la prensa como se recorta el número de camas en los hospitales y en los institutos no hay ni para fotocopias, no hay quien se crea a esta gente, ni ellos mismos se creen lo que dicen y pronto veremos en nuestras propias carnes cómo se “mantienen igual” la calidad y los servicios con menos dinero.
Solo que ahora ya no está zapatero para echarle la culpa de todo, menos mal. El PP de Murcia sigue agazapado entre decir lo que piensa en boca de su presidente: ya que a su juicio ambos servicios, Sanidad y Educación, "no pueden ser soportados sólo por el presupuesto de una región o de una nación". Y el “Por qué no te callas” que le espetan desde Madrid cada vez que desde Murcia sale alguna declaración poco conveniente, no vaya a ser que alguien les monte una antiestética manifestación que estropee la fotografía de Rajoy coronándose en las Cortes.
Nada nuevo bajo el sol para los murcianos, si los últimos ocho años nos las dieron por la izquierda ahora nos van a venir todas por la derecha.

sábado, 19 de noviembre de 2011

¿Quién es el culpable del exceso de deuda privada? Juan Ramón Rallo


Cuando los liberales afirmamos que la actual crisis es consecuencia del intervencionismo estatal se nos suele replicar que en algunos países como España el problema no viene tanto por el volumen de deuda pública –relativamente bajo para los estándares internacionales– sino por el de deuda privada, es decir, por la deuda que libremente han contraído familias, empresas y bancos en un mercado desregulado. Por consiguiente, se concluye, no ha sido el sector público quien ha ocasionado los desbarajustes actuales, sino el privado: el neoliberalismo salvaje desbocado que no hizo sino multiplicar las deudas por el afán especulador y la visión extremadamente cortoplacista de los seres humanos.

No es momento de analizar aquí si la austeridad que presuntamente practicaron muchos Estados como el español durante la época del boom fue real o más bien un mero espejismo contable derivado de que sus ingresos crecieron muchísimo al socaire de la burbuja crediticia. Mi objetivo es más limitado: explicar por qué el sector privado no habría sido capaz de endeudarse de una manera tan desorbitada sin el concurso imprescindible del Estado.

El volumen de deuda de toda sociedad depende de dos factores: la oferta y la demanda de crédito. A su vez, la oferta depende fundamentalmente del volumen de ahorros disponible en una parte de esa sociedad (de cuánto tiempo está dispuesta a esperar cada persona para consumir) y la demanda de cuánto desea gastar por encima de su renta la sociedad. Es decir, los ahorradores difieren la satisfacción de sus necesidades para que otros puedan adelantarla: unos gastan de menos para que otros gasten de más.

¿Y cómo se coordina la demanda y la oferta de crédito? Fundamentalmente a través de los tipos de interés: a saber, el precio que deben pagar los demandantes de crédito por adelantar su gasto y el que reciben los oferentes para compensarles por el retraso. Por un lado, si el ahorro aumenta, esto es, si hay más gente dispuesta a diferir sus necesidades durante más tiempo, la oferta de crédito crecerá y los tipos de interés bajarán (y lo contrario si el ahorro se reduce). Por otro, si la demanda de crédito aumenta, como habrá más gente compitiendo por un volumen dado de ahorros, los tipos de interés se incrementarán, y aquellos que valoren en menor medida anticipar su gasto futuro, se quedarán sin crédito.
Los tipos de interés son un elemento fundamental en nuestras economías, en tanto en cuanto permiten la coordinación de las personas a lo largo del tiempo: si uno gasta más de lo que ha producido o va a producir durante un período de tiempo es porque otro gasta menos de lo que ha producido o va a producir. Pero los tipos de interés libremente establecidos no sólo facilitan la coordinación entre los agentes, sino que imponen un límite muy severo al endeudamiento: sólo se puede conceder como crédito aquello que se haya previamente ahorrado. Ya vimos que los aumentos de la demanda de crédito son en gran parte esterilizados por subidas del tipo de interés, por lo que resulta harto complicado que las burbujas financieras basadas en el aumento continuado del crédito puedan mantenerse por mucho tiempo: si la demanda de deuda se incrementa exponencialmente, los tipos de interés también lo harán, lo que secará la demanda.
Pero, ¿qué sucede en nuestros sistemas financieros modernos? Pues que los bancos gozan de una serie de privilegios concedidos por el sector público por los que son capaces de incrementar la oferta de crédito muy por encima del nivel de ahorro disponible. Básicamente: los bancos pueden asumir nuevas deudas y refinanciarlas continuamente en el banco central a los tipos de interés artificialmente bajos que éste establezca; y, a su vez, este banco central no tiene límite alguno a la hora de refinanciar las deudas de la banca porque no ha de convertir sus propias deudas en oro (o en otro dinero líquido que no genere él mismo). Es decir, el sistema financiero se construye sobre una pirámide de apalancamiento: con tal de aumentar la oferta de crédito a los particulares, los bancos privados asumen nuevas deudas que no pueden pagar y el banco central refinancia esas deudas asumiendo, a su vez, nuevas deudas que no tiene la obligación de pagar de ninguna manera (de hecho, las deudas del banco central es lo que se utiliza en nuestras sociedades como "dinero de curso legal").
Parece claro que, dentro de este marco financiero, si la demanda de crédito se incrementa, los bancos privados lo tienen muy sencillo para atenderla mediante la concesión de una barra libre de financiación que evite los aumentos en los tipos de interés y el consiguiente aborto de la demanda crediticia. Los bancos no necesitan ni mucho menos captar más ahorro para conceder más crédito y tampoco tienen por qué cargar tipos de interés más altos ante una mayor propensión al endeudamiento de la sociedad: pueden prestar hoy un ahorro que se supone que la sociedad generará mañana.
En España, por ejemplo, el crédito hipotecario creció entre 2003 y 2007 a una tasa media del 18% anual y en EEUU al 10% anual, pero los tipos de interés no sólo no subieron sino que bajaron entre tanto. ¿Acaso fue que el ahorro español y estadounidense creció a tasas similares o superiores al de la demanda de crédito? Obviamente no: fue que los bancos concedieron créditos con cargo al ahorro futuro. Algunos economistas afirman que durante esos años nos estuvimos financiando con cargo al ahorro alemán y chino, pero, de nuevo, la financiación extranjera que entraba en nuestro país no era ahorro, sino crédito alemán y chino que superaba en mucho el ahorro interno de esos países. Sólo es necesario acercarse al balance de cualquier banco alemán para comprobar que el plazo de los créditos que concedieron esos bancos era muy superior al de las deudas que creaban para sufragarlos; es decir, los alemanes no estuvieron dispuestos a ahorrar durante todo el tiempo como el que se nos permitió a los españoles gastar en exceso a cuenta de esos alemanes.
Por consiguiente, ¿quién provocó el actual problema de exceso de endeudamiento privado? ¿El sector privado por demandar crédito o el sector público por forzar a que se diera ese crédito? Desde luego, sin una fuerte demanda de crédito, el volumen de deudas no puede aumentar; pero tampoco es capaz de hacerlo sin una elástica oferta de crédito. La cuestión, por tanto, debe replantearse: ¿quién es el responsable de haberse las instituciones que en el pasado permitieron frenar a tiempo estas borracheras de endeudamiento?
Y aquí la respuesta es clara: el intervencionismo estatal en materia monetaria y financiera. Fueron los Estados quienes, primero, abandonaron el patrón oro para que los bancos centrales pudieran refinanciar indefinidamente a la banca privada cuando concediera crédito y quienes, después, instrumentaron a esos bancos centrales para que en 2002 rebajaran los tipos de interés a niveles artificialmente bajos, reanimando así una demanda de crédito que en aquel momento estaba decayendo en medio de la recesión internacional. Se quiso salir de la crisis de 2002 con nuevas dosis de endeudamiento y, desde luego, el objetivo se logró, pero sólo a costa de acrecentar los desajustes económicos y de alcanzar unos niveles de deuda privada totalmente insostenibles.
¿Quién es, en suma, el culpable del perverso sistema en qué vivimos? Desde luego, el intervencionismo monetario y financiero del Estado. En su ausencia –es decir, con patrón oro y una banca sin acceso casi ilimitado al banco central– podría haber habido una intensísima demanda de crédito, pero ésta hubiese sido aplastada por una oferta inelástica y por unos tipos de interés al alza. Pero no, quisimos fiesta... y la tuvimos.

miércoles, 26 de octubre de 2011

“I'm an Austrian in economics”, Thomas Mayer




This article is based on a speech given by the author on 12 September 2011 in
Munich.
— Failure of the ―liquidationists‖ to overcome the Great Depression of the early
1930s prepared the ground for an era of interventionist economic policies.
Modern macroeconomics and finance nourished the belief that we can
successfully plan for the future. But the present crisis teaches us that we live
in a world of Knightian uncertainty, where the ―unknown unknowns‖ dominate
and our plans for the future are regularly thwarted by unforeseen and
unforeseeable events.
— In a world of Knightian uncertainty, financial firms and investors need larger
buffers to cope with the unforeseen, i.e. more equity and less leverage.
— In a world, where markets are not always liquid but can seize up in a collective
fit of panic, financial firms and investors also need a greater reserve of liquidity.
— Regulation can help to achieve both objectives, but it needs to realize its limits.
First and foremost, firms should have the incentives to follow sound business
practices. The best incentive is to make failure possible. Hence, we need
resolution regimes for financial firms.
— In a world where people have imperfect foresight and do not always behave
rationally, and markets are not always efficient, we need to accept that
economic policy cannot fine-tune the cycle.
— For us economists, the lesson from recent events should be to rely less on the
development of theories by ―deduction‖ (like in natural sciences) and to apply
more ―induction‖ (like in social and historical sciences). Failure to study history
makes us repeat the mistakes of the past.
Introduction
The financial crisis has led many people to doubt the merits of free
markets and a liberal economic regime. They blame markets for the
financial and economic crisis and demand tighter regulation and, in
effect, more central planning by governments as a remedy. We shall
argue that both the analysis on which this view is based and the
policy recommendations are flawed. This crisis has been caused by
too much reliance on the effectiveness of economic and financial
planning. Failure of the "liquidationists" to overcome the Great
Depression of the early 1930s prepared the ground for an era of
interventionist economic policies. Modern macroeconomics and
finance nourished the belief that we can successfully plan for the
future. But the present crisis teaches us that we live in a world of
Knightian uncertainty, where the ―unknown unknowns‖ dominate and
our plans for the future are regularly thwarted by unforeseen and
unforeseeable events. We have suffered from ―control illusion‖. We
need to recognize the limits of planning for the future and the
superiority of a market-liberal economic order, where states, firms
and individuals can be held liable for the financial decisions they
have taken.
The predecessor of today’s crisis
To develop our point we first take a look at the historical
predecessor of today’s financial crisis, the depression of the 1930s.
During the 1920s easy monetary conditions and an exaggerated
appetite for risk, evidenced by extreme leverage in the popular
equity trusts, fuelled the build-up of a stock price bubble. When
monetary conditions were tightened eventually, the edifice of
leverage came down and the stock market crashed in October 1929.
At the time, the authorities took the crash in their stride. Many policy
makers felt that the crash and a possible recession afterwards were
needed to eliminate the excesses and imbalances that had built up
during the roaring twenties. Andrew Mellon, then US Secretary of
the Treasury, brought this view to the point when he said:
"…liquidate labor, liquidate stocks, liquidate farmers, liquidate real
estate… it will purge the rottenness out of the system. High costs of
living and high living will come down. People will work harder, live a
more moral life. Values will be adjusted, and enterprising people will
pick up from less competent people." (Hoover, Herbert (1952).
Memoirs. Hollis and Carter. p. 30). Inspired by Mellon’s attitude,
those sharing the idea that a recession was a ―cleansing event‖
were later dubbed ―liquidationists‖.
The ―liquidationists‖ could claim theoretical support for their view
from the Austrian school of economics around Joseph Schumpeter
and Friedrich von Hayek, which built its view of the business cycle
on the work of the Swedish economist Knut Wicksell. Wicksell
distinguished between a natural rate of interest, which reflects the
return on investment, and a market rate, which reflects the
borrowing costs of funds charged by the banks. When the market
rate is below the natural rate, companies borrow to invest and the
economy expands. In the opposite case, investment is reduced and
the economy contracts.
The Austrian school used this idea to develop a theory of the
business cycle that puts the credit cycle in the centre (see picture
left). Low interest rates stimulate borrowing from the banking
system. The expansion of credit induces an expansion of the supply
 of money through the banking system. This in turn leads to an
unsustainable credit-fuelled investment boom during which the
―artificially stimulated‖ borrowing seeks out diminishing investment
opportunities. The boom results in widespread overinvestment,
causing capital resources to be misallocated into areas which would
not attract investment if the credit supply remained stable. The
expansion turns into bust when credit creation cannot be sustained
– perhaps because of an increase in the market rate or a fall in the
natural rate – and a ―credit crunch‖ sets in. Money supply suddenly
and sharply contracts when markets finally ―clear‖, causing
resources to be reallocated back toward more efficient uses.1
The liquidationist approach to economic policy in the aftermath of
the 1929 stock market crash – for which Mellon became the symbol
– accepted the downturn in the early 1930s as inevitable. What they
missed was that extreme risk aversion can keep the market rate
above the natural rate even after ―the rottenness‖ has been ―purged
out of the system‖. Franklin D. Roosevelt, who beat Hoover in the
1932 presidential elections, seems to have intuitively understood
this problem. Perhaps the most important action Roosevelt took
shortly after his inauguration in early 1933 was to guarantee bank
deposits. As a result, cash that people had hoarded under their
mattresses came back to the banks and improved their liquidity
situation. When the Roosevelt administration later in the year
recapitalized banks, credit extension picked up again and the
economy recovered. It is interesting that there was no big fiscal
policy stimulus in 1933 – the famous New Deal was felt only later.
Hence, contrary to conventional wisdom, the spark that ignited the
recovery of 1934 was the turn in the credit cycle (see chart).
The experience of the depression and the Roosevelt recovery
induced John Maynard Keynes to launch a heavy attack on the
Austrian school. In his General Theory, written in 1935, he made a
strong case for government intervention. Fiscal policy should come
to the rescue when the public feared deflation and hoarded money.
Many students of economics today believe that it was the
application of Keynes’ theory that ended the downturn of 1930-33.
We do not agree. In our reading of events it was the policy-induced
turn of the credit cycle that did the trick. Hence, the recovery of 1934
was more ―Austrian‖ than ―Keynesian‖. Let us be clear: The
liquidationists were wrong to allow the depression to happen as they
failed to recognize that fear can beget fear. Roosevelt recognized
this when in his inaugural speech he said ―the only thing we have to
fear is fear itself‖, and he was right to intervene and stabilize the
banks. But what he did – opening the credit markets – is what
follows from an Austrian reading of the business cycle.
The Austrians have warned that a policy-induced extension of the
credit cycle before all excesses have been eliminated in the
economy will only delay the day of reckoning. But also they would
have had to conclude that after the depression of 1930-33 one could
hardly still see ―excesses‖ in the economies of the western world.
Nevertheless, the economy tanked again in 1937 when the
monetary and later fiscal policy support was withdrawn. Most
economic historians argue that the period of economic instability in
the US only ended towards the end of the 1930s when the country
prepared for war. The British historian Niall Ferguson has even
argued, that Germany got out of the depression ahead of the US
because of its earlier and more aggressive preparations for war. It
1 Note that Hyman Minsky, who is generally associated with the Post-Keynesian
school of economics, described the credit cycle in a similar way.
 seems that only in the anticipation of war the ―fear of fear itself‖
ceased to be a de-stabilising factor in economic developments.
The historical review of the Great Depression leaves us with a
disturbing conclusion: The Austrian credit cycle theory seems to
have a better fit to events than Keynes’ theory of the liquidity trap
and power of fiscal policy (see chart). What the Austrians seem to
have missed is that an economy paralyzed by extreme risk aversion
may need a jolt by confidence-building economic policy measures.
But this was not what most economists and policy makers concluded.
Lessons from the Great depression: “Over to
governments”…
At the end of WWII a number of western intellectuals and
economists flirted with Soviet-style central planning. After all, the
Soviet Union had prospered during the 1930s while the capitalist
countries had been in crisis. Did this not prove that their economic
model was superior?
Having lost the intellectual battle with Keynes and followers in the
1930s, the Austrians made a last stand against central economic
planning with Hayek’s powerful book ―The Road to Serfdom‖
published in 1946. They won the war of principles and the western
world did not subscribe to Soviet-style central planning, despite the
allure this model was exercising on many intellectuals after WWII.
Even Keynes sided with the Austrians as far as the high ground was
concerned and wrote to Hayek: ―In my opinion it is a grand book ...
Morally and philosophically I find myself in agreement with virtually
the whole of it: and not only in agreement with it, but in deeply
moved agreement.‖
Nevertheless, the Austrians lost the battle over economic policy in
the post-WWII western countries. Keynes’ idea of ―demand
management‖ through fiscal policy became the mantra there after
the war. Somewhat belatedly, in 1971 when he ended the link of the
US Dollar to Gold, even Richard Nixon is reported to have said ―I’m
now a Keynesian in economics‖.
From the 1950s to the end of the 1970s western economic policy
makers used and abused fiscal policy as an economic management
tool. Governments were quite happy to raise borrowing in economic
downturns, but generally reluctant to bring it down in upturns.
Towards the end of the 1960s, the use and abuse of fiscal policy
created strains on government finances that could only be eased by
the monetization of government debt. As a consequence, Richard
Nixon on August 15, 1971 suspended the link of the USD to gold,
and in effect launched the post-WWII system of fiat money.
During the post WWII period of the implicit gold standard under the
Bretton-Woods System (where the USD was supposedly as good as
gold), there was hardly any room for pro-active monetary policy
(which, however, did not prevent the US government to use the
money printing press as an auxiliary funding tool). This changed
drastically after Nixon’s decision of 1971. The result was a bout of
inflation as government debt and deficits were financed in part by
the money printing press. As both growth and inflation disappointed,
the word ―stagflation‖ was coined to describe the economic
conditions of the 1970s.
 ….“over to the central banks”
The failure of the young new fiat money regime was that it lacked a
monetary anchor. As a result, monetary policy ended up
accommodating fiscal policy and wage policy developments. This
was eventually recognized by policy makers in the early 1980s. In
the seventies, Milton Friedman had proposed limits on the
expansion of money supply and laid the ground for the introduction
of independent central banks. As Stagflation killed the idea that
there was a trade-off between inflation and unemployment, the time
of monetarism had arrived. Federal Reserve Chairman Volcker used
the monetarist demand to ―gain control over the money supply‖ as a
justification to engineer a deep recession that brought inflation
down. Hence, the early 1980s were a period of repentance for the
sins of Keynesianism committed in the late 1960s and 1970s. With
the development of the theory of rational expectations and efficient
financial markets, the pendulum seemed to swing back from the
constructivism of economic policy before to a more market liberal
regime.
But the straitjacket intended by Friedman for monetary policy did not
hold long. In the course of the 1980s monetary policy freed itself
from the Friedman straitjacket and turned pro-active. The great
champion of this approach to monetary policy was Alan Greenspan,
who followed Volcker in 1987.
The 1987 stock market crash was the first application of the proactive
use of monetary policy. To fend off recession risks, Greenspan
cut interest rates. The therapy worked and instead of
decelerating the economy accelerated during the late 1980s. The
next occasion to apply the Greenspan method came in the wake of
the savings-and-loans-crisis at the end of the 1980s, which
contributed to the recession of 1990-91. Again, the Greenspan Fed
cut interest rates to support the economy and again succeeded in
mitigating the downturn. In the following years, the Greenspan
method was applied again to fight the Asian emerging market and
LTCM crisis of 1998 and again when the dot.com bubble burst in
2000-2002. Until the great financial crisis that began in 2007, it
seemed that the Greenspan method, the pro-active use of monetary
policy to fine-tune economic developments, had succeeded in
abolishing the business cycle as we knew it. Thanks to the art of
central bankers, the age of the Great Moderation had arrived.
The great financial crisis that erupted in 2007 uncovered the Great
Moderation as a great illusion. Nevertheless, the old reflexes led to
the combined deployment of monetary and fiscal policy on a so far
unprecedented scale. As the excessive leverage built up in the
illusory age of the Great Moderation was unwound, the crisis moved
from the US sub-prime mortgage sector to the money markets, the
banking sector and more recently to the public sector (see chart).
The principle has been to shift the unbearable burden of debt from
weaker to stronger shoulders and lower debt service costs through
monetary policy induced interest rate cuts. But in this process the
previously strong shoulders have also been weakened. Somehow
the old tricks seem to have lost their magic, and the crisis triggered
by massive de-leveraging appears to be getting out of control.
The theory behind “Greenspanism”
What was the major flaw that led us into this crisis? The belief that
even in a world of uncertainty economic and financial outcomes
could be planned was in our view a major contributor. The
assumptions of rational expectations and efficient financial markets
laid the ground for overconfidence in the ability of policy makers,
firms and individuals to successfully plan for the future despite the
uncertainties surrounding us.
At the macro level, rational expectations and efficient markets theory
laid the ground for inflation targeting by major central banks, which
replaced the monetary targeting of the early 1980s. The economy
was expected to grow in a steady state, if only the central bank
ensured stable and low consumer price inflation. The overconfidence
in the power of the central bank led Paul Krugman to
claim in the late 1990s:
“If you want a simple model for predicting the unemployment rate in
the United States over the next few years, here it is: It will be what
Greenspan wants it to be, plus or minus a random error reflecting
the fact that he is not quite God.”
When individuals had rational expectations and markets were
efficient there was no need to worry about asset markets or regulate
financial markets. After all, how could central banks or regulators
know more than the market when market prices reflected all
available information about the future? Anyone questioning the
wisdom of the ruling paradigm was regarded as old-fashioned by the
academic cardinals of the Church of Anglo-Saxon economics, which
has reigned supreme. In retrospect, it seems a bit odd that
academics overlooked financial markets’ obsession with central
banks and the cult status they awarded central bankers. How could
financial market participants hang on the lips of central bankers,
when they so efficiently processed all available information in real
time? But economists were too enamored with their theories to dwell
much on such oddities.
At the micro level, rational expectations and efficient markets theory
laid the ground for many highly leveraged financial products and risk
management. Financial market participants saw only ―known
unknowns‖ that could be quantified with probability theory. In a world
of ―known unknowns‖ they felt that there was little need for
contingencies for the truly unforeseen, the ―unknown unknowns‖.2
Hence, it seemed fully appropriate to raise leverage to the extreme.
After all, risk managers could calculate continuously and real time
the value that could be lost when the unknown happened. The
feeling of being in control – of being able to plan ahead with good, if
not perfect, foresight – laid the ground for the extremely high
leverage that was built into financial products and the balance sheet
of financial firms.
After the burst of “control illusion”
The collapse of these theories enforces the radical reduction of
leverage. If we cannot anticipate the range of future outcomes with a
relatively high degree of certainty, we need more slack and buffers
in the system for unforeseen events, and hence cannot afford high
degrees of leverage.
The helplessness of the economic profession in the face of the
present crisis manifests itself by the recommendations of prominent
economists for ever-stronger incentives for a renewed increase of
leverage. They advise that fiscal policy turn expansionary again,
2 We owe this graphic classification of uncertainties to Donald Rumsfeld, the former
US Secretary of Defence, who also learned about the ―unknown unknowns‖ the
hard way.
 central bank policy rates be kept at zero for a long time, and central
banks purchase financial assets.
At present the central banks fight the reduction in leverage with the
issuance of ever more central bank money. As outside money
implodes inside money explodes. For now, the aim to reduce
leverage depresses asset prices and leads to a flight into money.
But the more the central banks succeed to replace the reduction of
outside money through de-leveraging by an expansion of inside
money, the more likely becomes the monetization of outstanding
debt.
The desperate attempt to avoid an economic crisis caused by the
necessary de-leveraging could eventually lead to a crisis of the fiat
money system itself. On August 15 this year, the fiat money system
celebrated its 40th birthday. Since Nixon cut the dollar’s link to gold
on August 15, 1971, the dollar has depreciated by 98% against gold
(see chart). Depreciation came in two stages: First during the 1970s,
when the excess supply of US Dollars created towards the end of
the BW-System and at the beginning of the new fiat-money system
boosted consumer price inflation, and secondly after the implosion
of the credit-driven ―Great Moderation‖ as of 2007, when bad assets
started to move from private sector via public sector to central bank
balance sheets.
When fiat money fails it may well be replaced by money backed by
real assets that cannot be augmented with the stroke of the pen of
central bankers. How could this happen? One possibility – which at
present may sound a bit like science fiction – would be for China
and other big EM countries to peg the value of their currencies to a
basket of commodities. It would then be up to the industrial
countries to try to stabilize their currencies against the Yuan, or
accept the inflation that goes along with secular depreciation.
To conclude:
Modern macro- and financial economics are based on the belief that
economic agents always hold rational expectations and that markets
are always efficient, in other words, that the earth is flat. We now
find out that this is not true. There are elements of irrationality and
inefficiencies in the behavior of people and markets. Therefore we
need to dump the flat-earth theories promising that economic and
financial outcomes can be planned with a high degree of certainty
and need to look at other theories that accept the limits of our
knowledge about the future. A revival of Austrian economics could
be a good start for such a research programme.
Unfortunately, however, the battle cry of the public and politicians is
for more regulation: regulate banks, regulate markets, regulate
financial products! But those who push for blanket regulation suffer
from the same control-illusion that got us into this crisis. In our view,
instead of more regulation we need more intelligent regulation. At
the heart of such regulation must stand the simple recognition that
we can at best tentatively plan for the future and must feel our way
forward in a process of trial and error.
In a world where we need to reckon with ―unknown unknowns‖ – in a
world where Knightian uncertainty reigns – financial firms and
investors need larger buffers to cope with the unforeseen, i.e. more
equity and less leverage.
In a world, where markets are not always liquid but can seize up in a
collective fit of panic, financial firms and investors also need a
greater reserve of liquidity.

 Regulation can help to achieve both objectives, but it needs to
realize its limits. Regulation will create a false sense of security,
unless firms and investors have the incentives to follow sound
business practices. The best incentive to do so is to make failure
possible. Hence, we need effective resolution regimes for financial
firms.
In a world where people have imperfect foresight and do not always
behave rationally, and markets are not always efficient, we need to
accept that economic policy cannot fine-tune the cycle. All that
policy can do is to lean against excessive exuberance and
depression during the credit cycle and help avoid the excessive
swings of risk appetite that we have seen over the last 10 years. It is
unhelpful to pro-actively manipulate the market rate to achieve
certain economic growth objectives. Instead we should try to create
the conditions for a steady development of credit by allowing the
market rate to closely follow the natural rate. When accidents
happen, we need to prevent that ―fear of fear itself‖ perpetuates
economic crises by ensuring that the banking system is capable to
satisfy the demand for credit.
Finally, economists should be more humble. For too long we have
tried to be like natural scientists. Like they we like to develop our
theories with the method of deduction – start from a few axioms and
describe the world in mathematical terms from there. This was a
little presumptuous, to say the least. We need to realize that we are
to a significant extent a social science. Social scientists, like
historians, use the method of induction. They observe, and then
develop tentative descriptions of the world from these observations.
Because we did not pay enough attention to economic history and
relied heavily on formal models of the economy we repeated a
number of the mistakes that caused the Great Depression.
Thomas Mayer (tom.mayer@db.com, +49 69 910-30800)

TRANSLATED INTO SPANISH

domingo, 25 de septiembre de 2011

Discurso del Papa en el Bundestag o Parlamento alemán, por encima de creencias es una magnífica lección de filosofía que los políticos debieran aprender.



Ilustre Señor Presidente
Señor Presidente del Bundestag
Señora Canciller Federal
Señor Presidente del Bundestag
Señoras y Señores
Es para mi un honor y una alegría hablar ante está Cámara alta, ante el Parlamento de mi Patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegida democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al Señor Presidente del Bundestag su invitación a tener este discurso, así como también sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido. Me dirijo en esté momento a ustedes, estimados señores y señoras, ciertamente también como un connacional que está vinculado de por vida, por sus orígenes, y sigue con particular atención los acontecimientos de la Patria alemana. Pero la invitación a tener este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la Comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.
Permítanme que comience mis reflexiones sobre los fundamentos del derecho con un breve relato tomado de la Sagrada Escritura. En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este importante momento? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? Nada pide de todo esto. Suplica en cambio: "Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal" (1 R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que debe ser importante en definitiva para un político. Su criterio último y la motivación para su trabajo como político no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, que de por sí le abre la posibilidad a la actividad política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. "Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?", dijo en cierta ocasión San Agustín1. Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra el derecho; cómo se ha pisoteado el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y empujarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos que sean hombres. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.
Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En el siglo III, el gran teólogo Orígenes justificó así la resistencia de los cristianos a determinados ordenamientos jurídicos en vigor: "Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y se viera obligado a vivir entre ellos…, con razón formaría por amor a la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquellos tienen por ley…"2
Basados en esta convicción, los combatientes de la resistencia han actuado contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios, prestando así un servicio al derecho y a toda la humanidad. Para ellos era evidente, de modo irrefutable, que el derecho vigente era en realidad una injusticia. Pero en las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil.
¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados en modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado en el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano3. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de este vínculo precristiano entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico del Iluminismo, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 "los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo".
Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso, requerido de la fe en la divinidad, y se hayan puesto de parte de la filosofía, reconociendo la razón y la naturaleza en su mutua relación como fuente jurídica válida para todos. Esta opción la había tomado ya san Pablo cuando, en su Carta a los Romanos, afirma: "Cuando los paganos, que no tienen ley [la Torá de Israel], cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos… son ley para sí mismos. Esos tales muestran que tienen escrita en su corazón las exigencias de la ley; contando con el testimonio de su conciencia…" (Rm 2,14s). Aquí aparecen los dos conceptos fundamentales de naturaleza y conciencia, en los que conciencia no es otra cosa que el "corazón dócil" de Salomón, la razón abierta al lenguaje del ser. Si con esto, hasta la época del Iluminismo, de la Declaración de los Derechos humanos, después de la Segunda Guerra mundial, y hasta la formación de nuestra Ley Fundamental, la cuestión sobre los fundamentos de la legislación parecía clara, en el último medio siglo se dio un cambio dramático de la situación. La idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término. Quisiera indicar brevemente cómo se llegó a esta situación. Es fundamental, sobre todo, la tesis según la cual entre ser y deber ser existe un abismo infranqueable. Del ser no se podría derivar un deber, porque se trataría de dos ámbitos absolutamente distintos. La base de dicha opinión es la concepción positivista, adoptada hoy casi generalmente, de naturaleza y razón. Si se considera la naturaleza – con palabras de Hans Kelsen - "un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos", entonces no se puede derivar de ella realmente ninguna indicación que sea de modo algúno de carácter ético.4 Una concepción positivista de la naturaleza, que comprende la naturaleza en modo puramente funcional, como las ciencias naturales la explican, no puede crear ningún puente hacia el Ethos y el derecho, sino suscitar nuevamente sólo respuestas funcionales. Sin embargo, lo mismo vale también para la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica. En ella, aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión se deben reducir al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista – y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública – las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego. Ésta es una situación dramática que interesa a todos y sobre la cual es necesaria una discusión pública; una intención esencial de este discurso es invitar urgentemente a ella.
El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual de modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma, en su conjunto, no es una cultura que corresponda y sea suficiente al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista se retiene como la única cultura suficiente, relegando todas las otras realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, mientras que todas las otras convicciones y los otros valores de nuestra cultura quedan reducidos al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa, ante otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura y se suscitan, al mismo tiempo, corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los "recursos" de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.
Pero ¿cómo se lleva a cabo esto? ¿Cómo encontramos la entrada a la inmensidad, o la globalidad? ¿Cómo puede la razón volver a encontrar su grandeza sin deslizarse en lo irracional? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? Recuerdo un fenómeno de la historia política reciente, esperando no ser demasiado malentendido ni suscitar excesivas polémicas unilaterales. Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni relegar, porque se percibe en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que no hago propaganda por un determinado partido político, nada me es más lejano de eso. Cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión sobre los fundamentos de nuestra propia cultura. Permitidme detenerme todavía un momento sobre este punto. La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar todavía seriamente un punto que, tanto hoy como ayer, se ha olvidado demasiado: existe también la ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo arbitrariamente. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando escucha la naturaleza, la respeta y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.
Volvamos a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón, de los cuales habíamos partido. El gran teórico del positivismo jurídico, Kelsen, a la edad de 84 años – en 1965 – abandonó el dualismo de ser y de deber ser. Había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad. En consecuencia, la naturaleza podría contener en sí normas sólo si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Esto, por otra parte, supondría un Dios creador, cuya voluntad ha entrado en la naturaleza. "Discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vana", afirma a este respecto.5 ¿Lo es verdaderamente?, quisiera preguntar. ¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presuponga una razón creativa, un Creator Spiritus?
A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción sobre la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la consciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma – del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico.
Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? En último término, pienso que, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz. Gracias por su atención.

lunes, 19 de septiembre de 2011

O recortes o privatización, Juan Ramón Rallo



Los estatistas –es decir, indignados, quinceemes y alborotadores helenos varios– confunden deliberadamente la progresiva degradación de la calidad de los servicios públicos con su privatización. Y lo hacen para estigmatizar aquello que sería muy provechoso social y económicamente: que los llamados servicios sociales, precisamente por ser fundamentales para todos los individuos, tuvieran un carácter privado y compitieran entre sí para prestar las mejores prestaciones posibles a los consumidores. Ya se sabe: las bromas y los despilfarros socialistas nos los podemos permitir en aquello que es accesorio, no en aquello que resulta esencial para una comunidad. Amén de que la sacrosanta "protección de los más débiles" no justifica que toda la sanidad o toda la educación sean públicas, sino, en todo caso, que el Estado ayude subsidiariamente a los más pobres.
Los recortes que están experimentando la educación o la sanidad en toda España –y que van a seguir produciéndose, sobre todo en aquellas comunidades tan irresponsables e imprevisoras como para no acometer desde ya mismo esos recortes, hipotecando todavía más su futuro– no se deben en absoluto a que estos servicios se estén privatizando. Al contrario, se deben a que su proveedor –el sector público– se ha quedado sin un duro y no puede continuar sufragando unos gastos consolidados tan desproporcionados. Digámoslo con claridad: la degradación de los servicios públicos no se debe a los mercados, sino a los Estados; a su inherente incapacidad para usar eficientemente los recursos, para conseguir más con menos.
Cuando un gestor es ineficiente, pasan estas cosas: o los precios que cobra por sus servicios tienden a subir o que la calidad de esos servicios tiende a caer (o ambas cosas a la vez). Si los ciudadanos no fueran consumidores cautivos de ese gestor, los proveedores menos eficientes quebrarían y los más diligentes, aquellos que supieran generar modelos de negocio que ahorraran costes sin mermas en sus servicios, prosperarían. Pero ah, los ciudadanos sólo dejarían de ser consumidores cautivos si privatizáramos los servicios sociales, a saber, si cada cual pudiera escoger qué hacer o qué no hacer con su dinero.
Los estatistas, pues, incurren en una flagrante contradicción (otra de tantas) cuando braman que no quieren ni recortes ni privatizaciones: si no tenemos privatizaciones, tendremos recortes, por el simple motivo de que el productor cuasi monopolístico de servicios sociales, el Estado, se ha quedado sin blanca. Tan ideologizados se encuentran que no cavilan que si los servicios sociales fueran privados, no tendrían que salir a la calle para rebelarse contra los recortes que los políticos efectivamente les imponen: bastarían con que llevaran su dinero a otra parte. La ecuación "ni recortes ni privatizaciones" quiebra precisamente por el lado de la carestía de dinero con el que seguir sufragando la carísima bacanal de un Estado de Bienestar harto despilfarrador.
"Ni recortes ni privatizaciones: suspensión de pagos", parecen gritar nuestros indignados. Los helenos ya lo corean sin tapujos: "esa deuda no la vais a cobrar". Pobrecitos, y entonces, ¿¿quién sufragará esos servicios sociales que no quieren ni recortar ni privatizar? ¿O acaso han visto alguna vez a alguna empresa privada que haya quebrado y no haya desparecido o se haya reestructurado recortando todo lo recortable? Ah, que se trata de que los alemanes nos paguen la juerga sin contrapartida alguna. Sí, encima de amenazarles con que no van a cobrar, les queremos desplumar. Mas piensen sólo una cosa: los indignados alemanes se reúnen frente al Banco Central Europeo para exigir que su país salga del euro y deje de costear los agujeros negros de los periféricos. Tensad la cuerda por aquí que ellos la tensarán por allá, y nos quedaremos directamente sin dinero. El chiringuito estatista ya no aguanta más, así que elijan: o recortes o privatización. Yo lo tengo bastante claro.
Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en el centro de estudios Isead.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

9. SEGURIDAD Y LIBERTAD. (Resumen X)

FRIEDERICH HAYEK (Austria 1899-1992) Premio nobel de Economía en 1974

La tesis central del libro es que los avances de la planificación económica van necesariamente unidos a la pérdida de libertades y al progreso del totalitarismo.
La sociedad entera se habrá convertido en
Una sola oficina y una sola fábrica, con
Igualdad en el trabajo y en la remuneración.
                                        
                                           V. I. Lenin, 1917

En un país donde el único patrono es el
Estado, la oposición significa la muerte
Por consumición lenta. El viejo principio
“El que no trabaje no comerá” ha sido
Reemplazado por uno nuevo: el que no
Obedezca no comerá.
                                           L. Trotsky, 1937


Será bueno contraponer desde un principio las dos clases de seguridad: la limitada, que pueden alcanzar todos y que, por consiguiente, no es un privilegio, sino un legítimo objeto de deseo, y la seguridad absoluta, que en una sociedad libre no pueden lograr todos, y que no debe concederse como un privilegio. Estas dos clases de seguridad son: la primera, la seguridad contra una privación material grave, la certidumbre de un determinado sustento mínimo para todos, y la segunda, la seguridad de un determinado nivel de vida o de la posición que una persona o grupo disfruta en comparación con otros. O, dicho brevemente, la seguridad de un ingreso mínimo y la seguridad de aquel ingreso concreto que se supone merecido por una persona.
No hay motivo para que una sociedad que ha alcanzado un nivel general de riqueza como el de la nuestra, no pueda garantizar a todos esa primera clase de seguridad sin poner en peligro la libertad general. No existe tampoco razón alguna para que el estado no asista a los individuos cuando tratan de precaverse de aquellos azares comunes de la vida contra los cuales, por su incertidumbre, pocas personas están en condiciones de hacerlo por si mismas.
La planificación con fines de seguridad que tan dañinos efectos produce sobre la libertad es la que se dirige a una seguridad de clase muy diferente. Es la planificación destinada a proteger a individuos o grupos contra una disminución de sus ingresos que, aunque de ninguna manera las merezcan, ocurren diariamente en una sociedad en régimen de competencia, contra unas pérdidas que imponen severos sufrimientos sin justificación moral pero que son inseparables del sistema de la competencia. Esta demanda de seguridad es, pues, otra forma de la demanda de una remuneración justa, de una remuneración adecuada a los méritos subjetivos y no a los resultados objetivos de los esfuerzos de un hombre. Esta clase de seguridad o justicia parece irreconciliable con la libertad de elegir el propio empleo. No puede, sin embargo, darse a todos la certidumbre de unos determinados ingresos si ha de concederse alguna libertad a cada cual para que elija su ocupación. Y si se procura a algunos esta certidumbre, se convierte en un privilegio a costa de los demás, cuya seguridad disminuye con eso necesariamente. Lo que constantemente se hace es conceder esta clase de seguridad de manera fragmentaria, a este grupo o al otro, con el resultado de aumentar constantemente la inseguridad de quienes quedaron abandonados a su suerte. No es maravilla que, en consecuencia, el valor atribuido al privilegio de la seguridad aumente constantemente y que su demanda sea cada vez más apremiante, hasta llegarse a que ningún precio, ni siquiera el de la libertad, parezca demasiado alto.
Cuando los ingresos de una persona están garantizados, no puede permitírsela, ni permanecer en su puesto solo porque le guste, ni elegir otro trabajo que le agradaría hacer. Como no es ella quien logra la ganancia o sufre la pérdida dependiente de que cambie o no cambie de puesto, la elección tiene que hacerla para ella quien gobierne la distribución de la renta disponible.
La política que ahora se sigue por doquier, con la que se proporciona el privilegio de la seguridad, ora a este grupo, ora a aquel otro, está creando unas condiciones en las que el afán de seguridad tiende a ser más fuerte que el amor a la libertad.
Jamás ha existido una peor y más cruel explotación de una clase por otra que la de los miembros más débiles o menos afortunados de un grupo de productores a manos de los bien situados; lo cual lo ha permitido la “regulación” de la competencia. Pocas consignas han causado tanto daño como la “estabilización” de precios (o salarios) en particular, que, asegurando los ingresos de algunas personas, hacen más y más precaria la posición de las restantes. Así, cuanto más intentamos proporcionar seguridad plena, mediante intromisiones en el sistema de mercado, mayor se hace la inseguridad; y, lo que es peor, mayor se hace el contraste entre la seguridad de quienes la han obtenido como un privilegio y la creciente inseguridad de los postergados.
Ya no es la independencia, sino la seguridad, lo que da categoría y posición social.
Se ha acelerado esta marcha por otro efecto de la enseñanza socialista: el deliberado menosprecio de todas las actividades que envuelvan riesgo económico y el oprobio moral arrojado sobre las ganancias que hacen atractivo el riesgo, pero que solo pocos pueden conseguir. La generación más joven de hoy ha crecido en un mundo donde, en la escuela y en la prensa, se ha presentado el espíritu de la empresa comercial como deshonroso y la consecución de un beneficio como inmoral, y donde dar ocupación a cien personas se considera una explotación, pero se tiene por honorable mandar a otras tantas.
Es esencial que aprendamos de nuevo a enfrentarnos francamente con el hecho de que la libertad sólo puede conseguirse por un precio y que, como individuos, tenemos que estar dispuestos a hacer importantes sacrificios materiales para salvaguardar nuestra libertad. Como dijo Benjamin Franklin: “Aquellos que cederían la libertad esencial para adquirir una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”.
CONTINUACIÓN