Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

lunes, 23 de enero de 2012

AYUNTAMIENTO DE MURCIA: ¿CRISIS? ¿QUÉ CRISIS?




La plana política del Ayuntamiento de la capital murciana no tiene enmienda. En plena crisis en la que deciden bajar el sueldo a sus funcionarios y además de propina aumentarles la jornada laboral nos encontramos con comportamientos bochornosos que más bien parecen una auténtica burla.
Nuestros Concejales, incluido el alcalde que cobra 72000€ anuales, no tienen intención de rebajarse un euro de sus generosas nóminas. En Junio del 2011 la corporación municipal decide nombrar una ristra, más larga que una de chorizos, de cargos “eventuales de libre designación” más conocidos como cargos políticos que cobran nóminas de entre 3000 y 5000€ por barba, lista en la que apuntan nombres todos los partidos políticos con Concejales: PP, PSOE, IU e UPyD que ha tardado menos  y nada en apuntarse a la mamandurria. Pero no contentos con eso, en el presupuesto de este año 2012 han recogido una partida de 51000€ para compensar al exconcejal de urbanismo, un tal Fernando Berberena, con el 80% de su sueldo en compensación por no poder ocupar su antiguo puesto de Secretario General de la Asociación de empresarios de la construcción, compensación que se podrá prorrogar durante otro año más, o lo que es lo mismo, otros 51000€ más del ala en el presupuesto del 2013. Seguramente, como Dios del Olimpo  político este exconcejal no puede cobrar el paro durante esos dos años como hacemos el resto de los mortales.
A todos estos despropósitos se une una gestión del dinero público poco menos que irresponsable con gastos en construcción de edificios públicos, como el de Urbanismo, que va por los 23 millones de euros cuando ya existe un edificio para tal fin y además tenemos en mitad de la ciudad toda una cárcel vieja muerta de risa. Un proyecto de tranvía que nos está costando un potosí y que además ya se ha comprobado como ruinoso en el resto de ciudades españolas que se embarcaron en ese Titanic. Subvenciones de 2’8 millones de euros para el agujero de Terra Natura, etc.
Y al final, ¿Cuál es la solución para tanta insensatez? La de siempre, subir los impuestos a los ciudadanos, como el IBI por ejemplo, bajarle el sueldo a los funcionarios, recortar servicios, etc.
Señor Alcalde y Concejales del Ayuntamiento dejen de tomarnos por idiotas y de maltratar a los funcionarios, ustedes cada vez se parecen más a aquella portada de Supertramp donde se veía a un individuo en su hamaca y con su piña colada, rodeado de escombros que preguntaba inocentemente: ¿Crisis? ¿Qué crisis?

lunes, 16 de enero de 2012

El efecto cucaracha, por Carlos Alberto Montaner




Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.
Una patada en un nido de cucarachas consigue que las sobreviventes busquen otros escondrijos. El símil se lo escuché al politólogo alemán Volker Lehr a propósito del narcotráfico. La presión sobre los carteles ha generado una forma de crimen tan rentable como la venta de cocaína, pero más difícil de combatir: la extorsión. Basta un cuchillo, un bate de béisbol y una gran dosis de maldad.
Todos los días miles de latinoamericanos pagan porque no los maten a ellos o a sus hijos. Conocí el caso, ocurrido en una cárcel venezolana, de un joven condenado a pocos años por un delito de fraude. Allí los matones exigieron que sus parientes les pagaran tres impuestos: el de vivir, el de comer y el de no ser violado. Sus padres vendieron la casa para salvarlo.
El martirio continuó. A su bella novia tras una visita, un oficial le notificó que debía encontrarse con cierta persona. Era un proxeneta: ella debía prostituirse. Si lo denunciaba, revelaba nombres o huía, lo mataban a él.
La extorsión abarca a todas las clases sociales. Hay favelas o caseríos donde cobran peaje para transitar. Muchos microempresarios, desde taxistas hasta barberos, necesitan pagar para trabajar. En México hay zonas donde los maestros abonan mensualmente dinero a bandas mafiosas que los amenazan. Los pobres y las clases medias, carentes de seguridad privada, están mucho más expuestos que los ricos.
En una oportunidad, en Guatemala, salía en un taxi de la Universidad Francisco Marroquín, cuando el chofer recibió una llamada. Era un sujeto quien, desde la cárcel, amenazaba con hacerle matar a un hijo si la familia no le entregaba el equivalente de doscientos dólares a un emisario. El pobre hombre se echó a llorar desesperado.
La extorsión, como todos los crímenes violentos, se combate con sociedades abiertas en las que existen oportunidades de prosperar honradamente, educación cívica desde la niñez, colaboración ciudadana, leyes severas, policías eficientes, tribunales ágiles y sistemas punitivos modernos que no generen más delitos. Casi ninguno de esos elementos está presente en media América Latina.
Por el contrario, abunda lo opuesto: ausencia de valores que fomenten la convivencia civilizada, desconfianza hacia Estados podridos por la corrupción, sistemas judiciales inoperantes y cárceles convertidas en cuarteles generales de delincuentes.
Esa es la atmósfera donde se incuban las dictaduras más crueles. Lo escribió Thomas Hobbes en el siglo XVII: “Cualquier gobierno es mejor que la ausencia de gobierno. Eldespotismo, por malo que sea, es preferible al mal mayor de la anarquía, de la violencia generalizada y del miedo permanente a la muerte violenta”.

viernes, 13 de enero de 2012

Financiación para la miseria, por Alberto Benegas Lynch



Una de las erogaciones compulsivas más suculentas de los contribuyentes y, al mismo tiempo, más inútiles y contraproducentes consiste en la muy mal llamada “ayuda externa”. Esta así denominada “ayuda” consiste en que bien remunerados burócratas internacionales haciendo uso prepotente del fruto del trabajo ajeno, entregan sumas millonarias a gobiernos que, precisamente, se hacen acreedores de los dineros ajenos debido a sus políticas insensatas basadas en trasnochados estatismos que provocan reiteradas fugas de capitales y de personas. Estos funcionarios internacionales que viajan siempre en primera clase, se hospedan en hoteles del máximo estrellato (donde a veces incursionen en llamativas aventuras sexuales, muchas veces también compulsivas) y nunca son revisados en las aduanas, llegan con carradas de dólares a devolver en plazos e intereses muchos más atractivos que los que ofrece el mercado y pontifican sobre presupuestos equilibrados a costa de exorbitantes aumentos impositivos y otras sandeces que dejan exhaustos a los esquilmados ciudadanos, en un clima de gobernantes corruptos que, merced a la financiación de marras, se enquistan en el poder.
Si se cortara el crédito proveniente de la succión de los bolsillos del prójimo para financiar a gobernantes inauditos, éstos se verán obligados a modificar sus políticas o dimitir y dejar paso a medidas que reemplacen el estatismo para dar cauce a las energías creativas de una sociedad abierta, con lo que se instalan posibilidades de obtener créditos privados sobre bases sólidas. Además, tal como lo vienen sugiriendo pensadores de fuste, habría que liquidar instituciones aberrantes como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y equivalentes, al efecto de liberar recursos esterilizados en faenas que amplían la rapiña y la pobreza.
La editorial de FAES en Madrid acaba de traducir y publicar un magnífico libro deDambisa Moyo —nacida y criada en Zambia con un doctorado en economía en Oxford— titulado Cuando la ayuda es el problema. Con mucha razón la autora escribe en la primera línea de su Introducción que “Vivimos en la cultura de la ayuda donde aquellos que viven mejor suscriben, mental y financieramente, la idea de que dar limosna a la gente pobre es lo correcto” y no con recursos propios consistente con aquél dicho anglosajón deput your money where your mouth is sino coactivamente con los bienes detraídos a terceros. A fines del año pasado se coronó la contracara de esta filosofía con los saqueos a centros comerciales en distintas partes del mundo porque se ha trasmitido la atrabiliaria noción que el que necesita algo “tiene derecho a arrebatarlo de otro”.
Moyo sostiene que “La cultura pop de la ayuda ha reafirmado estas ideas equivocadas. La ayuda se ha convertido en parte de la industria del entretenimiento. Las personalidades de los medios de comunicación, las estrellas de cine, las leyendas del rock abrazan la ayuda con entusiasmo, hacen proselitismo de su necesidad […] regañan a los gobiernos por no hacer lo bastante; y los gobiernos responden cualitativamente, temerosos de perder popularidad, desesperados por ganar el favor del público […] ¿Pero acaso el billón de dólares o más en ayuda al desarrollo entregado en las últimas décadas ha ayudado en algo a la gente en África? No. De hecho, los receptores de esta ayuda están peor, mucho peor […] Millones de africanos hoy son más pobres por culpa de la ayuda; la miseria y la pobreza no solo no han sido erradicadas, sino que han aumentado. La ayuda ha sido, y continúa siendo, un desastre económico, político y humanitario sin precedentes para la mayor parte del mundo en desarrollo”.
Esta autora apunta también que “Se compararán los países que han rechazado el camino de la ayuda y han prosperado, con otros que se han convertido en dependientes de la ayuda y se han visto atrapados en un círculo viciosos de corrupción, distorsión del mercado y aumento de la pobreza; de ahí la `necesidad` de más ayuda” que, concluye, es nociva tanto si es directamente otorgada de gobierno a gobierno (bilateral) como si es indirectamente realizada por parte de organismos internacionales (multilateral) pero como habitualmente “se conceden en términos muy favorables y a menudo se condonan, los responsables de las políticas de las economías pobres podrían llegar a considerarlos como más o menos equivalentes a donaciones” que reciben “incluso los déspotas más corruptos y venales” y, por el contrario, muestra ejemplos, sobre todo asiáticos, de “una reducción de la pobreza sin precedentes gracias a las políticas de libre mercado”.
Asimismo, Dambisa Moyo afirma que también “la dependencia de los recursos naturales ha demostrado ser una maldición para el desarrollo, más que una bendición” (tengamos presente que el continente africano es el que posee la mayor dotación de recursos naturales del planeta y, sin embargo, salvo Sudáfrica, se debate en la miseria más espantosa debido a la incapacidad de sus países de adoptar marcos institucionales civilizados).
Según esta pensadora, la continuidad de los organismos internacionales que otorgan las antedichas entregas a manos llenas es debido a los intereses creados de mantener (y acrecentar) los jugosos sueldos de sus miles de funcionarios: “Viven de la ayuda, de la misma forma que los funcionarios que la reciben. Para la mayoría de las organizaciones para el desarrollo, el éxito de los préstamos se mide casi en su totalidad por el tamaño de la cartera de préstamos del donante y no por cuánta ayuda acaba empleándose en el objetivo al que supuestamente estaba dirigida. Como consecuencia de ello, los incentivos de las organizaciones para el desarrollo perpetúan la espiral de conceder préstamos incluso a los países más corruptos […] Cualquier cantidad no desembolsada aumenta la posibilidad de que sus siguientes programas de ayuda se recorten drásticamente. Con el colorarlo añadido, claro está, de que la propia posición de la organización se pone en peligro”.
En esta obra, la distinguida intelectual comentada agrega sus quejas a las de otros académicos sobresalientes que vienen insistiendo en idéntica tesis, tales como Peter Bauer (a quien, dicho sea de paso, está dedicado el libro de Moyo), Anna Schwartz,Melvin Karauss, Karl Brunner, James Bovard y tantos otros. No coincido con todos los puntos planteados por la autora que hemos considerado en esta nota, del mismo modo que no se coincide plenamente con ningún escrito, ni siquiera con algunas de las cosas que uno mismo ha consignado que, vistas luego de transcurrido cierto tiempo, pensamos que podríamos haber escrito mejor. Todos los humanos tenemos grises, el asunto consiste en juzgar por el balance neto y, en el caso del libro de Dambisa Moyo, consideramos que el lado positivo excede con creces el lado oscuro de su presentación.
A esta altura de los acontecimientos es menester hacer un alto en el camino y abandonar lo que en última instancia significa la financiación de la miseria y retomar la cordura al efecto de establecer marcos institucionales respetuosos de los derechos de propiedad como camino al progreso de todos, muy especialmente de los más necesitados. Para revertir la actual situación, es necesario que cada uno (todos los partidarios de la libertad) contribuya a esclarecer el sentido de la sociedad abierta. Tomemos como ejemplo desde el lado del totalitarismo las reflexiones de Antonio Gramsci en su proclama de 1917: “La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes […] Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obsesivamente, pero nadie o muy pocos se preguntan si yo hubieran cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi  voluntad, mis ideas, ¿habría ocurrido lo que pasó? […] Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por como ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y, sobre todo, por lo que no ha hecho”.
Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argetina.
http://www.elcato.org/financiacion-para-la-miseria

jueves, 12 de enero de 2012

Capitalismo y socialismo: Entrevista a Friedrich August von Hayek, por Carlos Rangel



Carlos Rangel (1929-1988) fue un destacado periodista e intelectual venezolano y autor deDel buen salvaje al buen revolucionario (1976) y El tercermundismo (1986). Friedrich August von Hayek (1899-1992) fue tal vez el más grande defensor de una sociedad libre en el siglo XX. Siendo economista, erudito del derecho y filósofo, Hayek escribió Camino a la servidumbre (1943), Los fundamentos de la libertad (1959) y Derecho, legislación y libertad (1978). Esta entrevista tuvo lugar en Caracas, Venezuela, el día 17 de mayo de 1981. Fue originalmente publicada en el diario El Universal de Caracas en junio de ese mismo año y ha sido reproducida con la autorización del mismo diario. Aquí puede descargar esta entrevista en formato PDF.

Carlos Rangel: Gran parte de su labor intelectual ha consistido en una comparación crítica entre el capitalismo y el socialismo, entre el sistema basado en la propiedad privada y la economía de mercado, y el sistema basado en la estatización de los medios de producción y la planificación central. Como es bien sabido, usted ha sostenido que el primero de estos sistemas es abrumadoramente superior al segundo. ¿En qué basa usted esa posición?
Friedrich August von Hayek: Yo iría más lejos que la afirmación de una superioridad del capitalismo sobre el socialismo. Si el sistema socialista llegare a generalizarse, se descubriera que ya no sería posible dar ni una mínima subsistencia a la actual población del mundo y mucho menos a una población aun más numerosa. La productividad que distingue al sistema capitalista se debe a su capacidad de adaptación a una infinidad de variables impredecibles, y a su empleo, por vías automáticas, de un enorme volumen de información extremadamente dispersa entre millones y millones de personas (toda la sociedad), información que por lo mismo jamás estará a la disposición de planificadores. En el sistema de economía libre, esa información puede decirse que ingresa de forma continua a una especie de supercomputadora: el mercado, que allí es procesada de una manera no sólo abrumadoramente superior, como usted expresó, sino de una manera realmente incomparable con la torpeza primaria de cualquier sistema de planificación.
CR: Últimamente se ha puesto de moda entre los socialistas admitir que la abolición de la propiedad privada y de la economía de mercado en aquellos países que han adoptado el socialismo, no ha producido los resultados esperados por la teoría. Pero persisten en sostener que algún día, en alguna parte, habrá un socialismo exitoso. Exitoso políticamente, puesto que no sólo no totalitario sino generador de mayores libertades que el capitalismo; y exitoso económicamente. ¿Qué dice usted de esa hipótesis?
FAvH: Yo no tengo reprobación moral contra el socialismo. Me he limitado a señalar que los socialistas están equivocados en su manejo de la realidad. Si se tratara de contrastar juicios de valor, un punto de vista divergente al de uno sería por principio respetable. Pero no se puede ser igualmente indulgente con una equivocación tan obvia y tan costosa. Esa masa de información a la que me referí antes, y de la cual el sistema de economía de mercado y de democracia política hace uso en forma automática, ni siquiera existe toda en un momento determinado, sino que está constantemente siendo enriquecida por la diligencia de millones de seres humanos motivados por el estímulo de un premio a su inteligencia y a su esfuerzo. Hace sesenta años Mises demostró definitivamente que en ausencia de una economía de mercado funcional, no puede haber cálculo económico. Por allí se dice a su vez que Oskar Lange refutó a Mises, pero mal puede haberlo hecho ya que nunca ni siquiera lo comprendió. Mises demostró que el cálculo económico es imposible sin la economía de mercado. ¡Lange sustituye “contabilidad” por “cálculo”, y enseguida derriba una puerta abierta demostrando a su vez que la contabilidad, el llevar cuentas, es posible en el socialismo!
CR: Un punto de vista muy extendido consiste en creer que es posible mantener las ventajas de la economía de mercado y a la vez efectuar un grado considerable de planificación que corrija los defectos del capitalismo.
FAvH: Esa es una ilusión sin base ni sentido. El mercado emite señales muy sutiles que los seres humanos detectan bien o mal, según el caso, en un proceso que nadie podrá jamás comprender enteramente. La idea de que un gobierno pueda “corregir” el funcionamiento de un mecanismo que nadie domina, es disparatada. Por otra parte, cuando se admite una vez la bondad del intervencionismo gubernamental en la economía, se crea una situación inestable, donde la tendencia a una intervención cada vez mayor y más destructiva será finalmente incontenible. Claro que no se debe interpretar esto en el sentido que no se deba reglamentar el uso de la propiedad. Por ejemplo, es deseable y necesario legislar para que las industrias no impongan a la sociedad el costo que significa la contaminación ambiental.
CR: En su juventud usted creyó en el socialismo. ¿Cuándo y por qué cambió usted tan radicalmente?
FAvH: La idea de que si usamos nuestra inteligencia nosotros podremos organizar la sociedad mucho mejor, y hasta perfectamente, es muy atractiva para los jóvenes. Pero tan pronto como inicié mis estudios de economía, comencé a dudar de semejante utopía. Justamente entonces, hace exactamente casi sesenta años, Ludwig von Mises publicó en Viena el artículo donde hizo su famosa demostración de que el cálculo económico es imposible en ausencia del complejísimo sistema de guías y señales que sólo puede funcionar en una economía de mercado. Ese artículo me convenció completamente de la insensatez implícita en la ilusión de que una planificación central pueda mejorar en lo más mínimo la sociedad humana. Debo decir que a pesar del poder de convicción de ese artículo de Mises, luego me di cuenta de que sus argumentos eran ellos mismos demasiado racionalistas. Desde entonces he dedicado mucho esfuerzo a plantear la misma tesis de una manera un tanto diferente. Mises nos dice: Los hombres deben tener la inteligencia para racionalmente escoger la economía de mercado y rechazar el socialismo. Pero desde luego no fue ningún raciocinio humano lo que creó la economía de mercado, sino un proceso evolutivo. Y puesto que el hombre no hizo el mercado, no lo puede desentrañar jamás completamente o ni siquiera aproximadamente. Reitero que es un mecanismo al cual todos contribuimos, pero que nadie domina. Mises combinó su creencia en la libertad con el utilitarismo, y sostuvo que se puede y se debe, mediante la inteligencia, demostrar que el sistema de mercado es preferible al socialismo, tanto política como económicamente. Por mi parte creo que lo que está a nuestro alcance es reconocer empíricamente cuál sistema ha sido en la práctica beneficioso para la sociedad humana, y cuál ha sido en la práctica perverso y destructivo.
CR: ¿Por qué usted, un economista, escribió un libro político como El camino hacia la servidumbre (The Road to Serfdom, 1943) una de cuyas consecuencias no podía dejar de ser una controversia perjudicial a sus trabajos sobre economía?
FAvH: Yo había emigrado a Inglaterra varios años antes; y aún antes de que sobreviniera la segunda guerra, me consternaba que mis amigos ingleses “progresistas” estuvieran todos convencidos de que el nazismo era una reacción antisocialista. Yo sabía, por mi experiencia directa del desarrollo del nazismo, que Hitler era él mismo socialista. El asunto me angustió tanto que comencé a dirigir memoranda internos a mis colegas en la London School of Economics para tratar de convencerlos de su equivocación. Esto produjo entre nosotros conversaciones y discusiones de las cuales finalmente surgió el libro. Fue un esfuerzo por persuadir a mis amigos ingleses de que estaban interpretando la política europea en una forma trágicamente desorientada. El libro cumplió su cometido. Suscitó una gran controversia y hasta los socialistas ingleses llegaron a admitir que había riesgos de autoritarismo y de totalitarismo en un sistema de planificación central. Paradójicamente donde el libro fue recibido con mayor hostilidad fue en el supuesto bastión del capitalismo: los Estados Unidos. Allí había en ese entonces una especie de inocencia en relación a las consecuencias del socialismo, y una gran influencia socialista en las políticas del “Nuevo Trato” roosveltiano. A todos los intelectuales estadounidenses, casi sin excepción, el libro apareció como una agresión a sus ideales y a su entusiasmo.
CR: En Los fundamentos de la libertad, que es de 1959, usted afirma lo siguiente de manera terminante: “En Occidente, el socialismo está muerto”. ¿No incurrió usted en un evidente exceso de optimismo?
FAvH: Yo quise decir que está muerto en tanto que poder intelectual; vale decir, el socialismo según su formulación clásica: la nacionalización de los medios de producción, distribución e intercambio. El ánimo socialista, ya mucho antes de 1959 había, en Occidente, buscado otras vías de acción a través del llamado “Estado Bienestar” (Welfare State) cuya esencia es lograr las metas del socialismo, no mediante nacionalizaciones, sino por impuestos a la renta y al capital que transfieran al Estado una porción cada vez mayor del PTB (Producto Total Bruto), con todas las consecuencias que eso acarrea.
CR: Sin embargo, François Miterrand acaba de ser electo presidente de Francia habiendo ofrecido un programa socialista bastante clásico, en cuanto que basado en extensas nacionalizaciones…
FAvH: Pues va a meterse en líos terribles.
CR: Pero eso no refuta el hecho de que su oferta electoral fue socialista, y fue aceptada por un país tan centralmente occidental como Francia, bastante después de que usted extendiera la partida de defunción del socialismo en Occidente.
FAvH: Usted tiene toda la razón. Me arrincona usted y me obliga a responderle que nunca he podido comprender el comportamiento político de los franceses…
CR: Permítame ser abogado del diablo. Se puede argumentar con mucha fuerza que no sólo no está muerto el socialismo en Occidente, sino que tal como lo sostuvo Marx, es el capitalismo el sistema que se ha estado muriendo y que se va a morir sin remedio. Es un hecho que muy poca gente, aún en los países de economía de mercado admirable y floreciente, parecen darse cuenta de que el bienestar y la libertad que disfrutan tiene algo que ver con el sistema capitalista, y a la vez tienden a atribuir todo cuanto identifican como reprobable en sus sociedades, precisamente al capitalismo.
FAvH: Eso es cierto, y es una situación peligrosa. Pero no es tan cierto hoy como lo fue ayer. Hace cuarenta años la situación era infinitamente peor. Todos aquellos a quienes he llamado “diseminadores de ideas de segunda mano”: maestros, periodistas, etc., habían sido desde mucho antes conquistados por el socialismo y estaban todos dedicados a inculcar la ideología socialista a los jóvenes y en general a toda la sociedad, como un catecismo. Parecía ineluctable que en otros veinte años el socialismo abrumaría sin remedio al liberalismo. Pero vea usted que eso no sucedió. Al contrario, quienes por haber vivido largo tiempo podemos comparar, constatamos que mientras los dirigentes políticos siguen empeñados por inercia en proponer alguna forma de socialismo, de asfixia o de abolición de la economía de mercado, los intelectuales de las nuevas generaciones están cuestionando cada vez más vigorosamente el proyecto socialista en todas sus formas. Si esta evolución persiste, como es dable esperar, llegaremos al punto en que los diseminadores de ideas de segunda mano a su vez se conviertan en vehículos del cuestionamiento del socialismo. Es un hecho recurrente en la historia que se produzca un descalco entre la práctica política y la tendencia próxima futura de la opinión pública, en la medida en que ésta está destinada a seguir por el camino que están desbrozando los intelectuales, que será enseguida tomado por los subintelectuales (los diseminadores de ideas de segunda mano) y finalmente por la mayoría de la sociedad. Es así como puede ocurrir lo que hemos visto en Francia: que haya todavía una mayoría electoral para una ideología —el socialismo— que lleva la muerte histórica inscrita en la frente.
CR: Según el marxismo la autodestrucción de la sociedad capitalista ocurrirá inexorablemente por una de dos vías, o por sus efectos combinados y complementados: (1) La asfixia de las nuevas, inmensas fuerzas productivas suscitadas por el capitalismo, por la tendencia a la concentración del capital y a la disminución de los beneficios. (2) La rebelión de los trabajadores, desesperados por su inevitable pauperización hasta el mínimo nivel de subsistencia. Ni una cosa ni la otra han sucedido. En cambio se suele pasar por alto una tercera crítica de Marx a la sociedad liberal, terriblemente ajustada a lo que sí ha venido sucediendo: “La burguesía (leemos en el Manifiesto comunista) no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y con ello las relaciones sociales. En contraste, la primera condición de existencia de las anteriores clases dominantes fue la conservación de los viejos modos de producción. Lo que distingue la época burguesa de todas las anteriores, es esa constante revolución de la producción, esa perturbación de todas las condiciones sociales, esa inseguridad y agitación eternas. Todas las relaciones fijas, congeladas, son barridas junto con su secuela de opiniones y prejuicios antiguos y venerables. Todas las opiniones que se forman nuevas, a su vez se hacen anticuadas antes de que puedan consolidarse. Todo cuanto es sólido se disuelve en el aire. Todo lo sagrado es profanado. Y así el hombre se encuentra por fin obligado a enfrentar, con sus sentidos deslastrados, sus verdaderas condiciones de vida, y sus verdaderas relaciones con sus semejantes”. ¿No corresponde en efecto esa descripción a lo que sucede en la sociedad capitalista? ¿Y no es eso suficiente para explicar el desapego de tanta gente a las ventajas de esa sociedad sobre su alternativa socialista?
FAvH: En cierto sentido sí. Lo que usted llama ventajas del sistema capitalista, han sido posibles, allí donde la economía de mercado ha dado sus pruebas, mediante la domesticación de ciertas tendencias o instintos de los seres humanos, adquiridos durante millones de años de evolución biológica y adecuados a un estadio cuando nuestros antepasados no tenían personalidad individual. Fue mediante la adquisición cultural de nuevas reglas de conducta que el hombre pudo hacer la transición desde la microsociedad primitiva a la microsociedad civilizada. En aquella los hombres producían para sí mismos y para su entorno inmediato. En esta producimos no sabemos para quién, y cambiamos nuestro trabajo por bienes y servicios producidos igualmente por desconocidos. De ese modo la productividad de cada cual y por ende la del conjunto de la sociedad ha podido llegar a los niveles asombrosos que están a la vista. Ahora bien, la civilización para funcionar y para evolucionar hasta el estadio de una economía de mercado digna de ese nombre requiere, como antes dije, remoldear al hombre primitivo que fuimos, mediante sistemas legales y sobre todo a través del desarrollo de cánones éticos culturalmente inculcados, sin los cuales las leyes serían por lo demás inoperantes. Es importante señalar que hasta la revolución industrial esto no produjo esa incomprensión, hoy tan generalizada, sobre las ventajas de la economía de mercado; un gran paradoja, en vista que ha sido desde entonces cuando este sistema ha dado sus mejores frutos en forma de bienes y servicios, pero también de libertad política, allí donde ha prevalecido. La explicación es que hasta el siglo XVIII las unidades de producción eran pequeñas. Desde la infancia todo el mundo se familiarizaba con la manera de funcionar de la economía, palpaba eso que llamamos el mercado. Fue a partir de entonces que se desarrollaron las grandes unidades de producción, en las cuales (y en esto Marx vio justo) los hombres se desvinculan de una comprensión directa de los mecanismos y por lo tanto de la ética de la economía de mercado. Esto tal vez no hubiera sido decisivo sino hubiera coincidido con ciertos desarrollos de las ideas que no fueron por cierto causados por la revolución industrial, sino que en su origen la anteceden. Me refiero al racionalismo de Descartes: el postulado de que no debe creerse en nada que no pueda ser demostrado mediante un razonamiento lógico. Esto, que en un principio se refería al conocimiento científico, fue enseguida trasladado a los terrenos de la ética y de la política. Los filósofos comenzaron a predicar que la humanidad no tenía por qué continuar ateniéndose a normas éticas cuyo fundamento racional no pudiese ser demostrado. Hoy, después de dos siglos, estamos dando la pelea —la he dado yo toda mi vida— por demostrar que hay fortísimas razones para pensar que la propiedad privada, la competencia, el comercio (en una palabra, la economía de mercado) son los fundamentos de la civilización y desde luego de la evolución de la sociedad humana hacia la tolerancia, la libertad y el fin de la pobreza. Pero cuando la ética de la economía de mercado fue de pronto cuestionada en el siglo XVIII por Rousseau y luego, con la fuerza que sabemos, por Marx, parecía no haber defensa posible ni manera de objetar la proposición de que era posible crear una “nueva moral” y un “hombre nuevo”, conformes ambos, por lo demás, a la “verdadera” naturaleza humana, supuestamente corrompida por la civilización y más que nunca contradicha por el capitalismo industrial y financiero. Debo decir que para quien persista en estar persuadido por la ilusión rousseaunania-marxista de que está en nuestro poder regresar a nuestra “verdadera” naturaleza con tal de abolir la economía de mercado, la argumentación socialista resultará irresistible. Por fortuna ocurre que va ganando terreno la convicción contraria, por la constatación de que prácticamente todo cuanto estimamos en política y en economía deriva directamente de la economía de mercado, con su capacidad de sortear los problemas y de hallar soluciones (en una forma que no puede ser sustituida por ningún otro sistema) mediante la adaptación de un inmenso número de decisiones individuales a estímulos que no son ni pueden ser objeto de conocimiento y mucho menos de catalogación y coordinación por planificadores. Nos encontramos, pues, en la posición siguiente (y espero que esto responda a su pregunta): (1) La civilización capitalista, con todas sus ventajas, pudo desarrollarse porque existía para ella el piso de un sistema ético y de un conjunto orgánico de creencias que nadie había construido racionalmente y que nadie cuestionaba. (2) El asalto racionalista contra ese fundamento de costumbres, creencias y comportamientos, en coincidencia con la desvinculación de la mayoría de los seres humanos de aquella vivencia de la economía de mercado que era común en la sociedad preindustrial, debilitó casi fatalmente a la civilización capitalista, creando una situación en la cual sólo sus defectos eran percibidos, y no sus beneficios. (3) Puesto que el socialismo ya no es una utopía, sino que ha sido ensayado y están a la vista sus resultados, es ahora posible y necesario intentar rehabilitar la civilización capitalista. No es seguro que este intento sea exitoso. Tal vez no lo será. De lo que si estoy seguro es de que en caso contrario (es decir, si el socialismo continúa extendiéndose) la actual inmensa y creciente población del mundo no podrá mantenerse, puesto que sólo la productividad y la creatividad de la economía de mercado han hecho posible esto que llaman la “explosión demográfica”. Si el socialismo termina por prevalecer, nueve décimos de la población del mundo perecerán de hambre, literalmente.
CR: Algunos de los más eminentes y profundos pensadores liberales, como Popper y Schumpeter, han expresado el temor de que la sociedad liberal, no obstante ser incomparablemente superior al socialismo, sea precaria y tal vez no sólo no esté destinada a extenderse al mundo entero —como se pensó hace un siglo— sino que termine por autodestruirse, aún allí donde ha florecido. Karl Popper señala que el proyecto socialista responde a la nostalgia que todos llevamos dentro, por la sociedad tribal, donde no existía el individuo. Schumpeter sostuvo que la civilización capitalista, por lo mismo que es consustancial con el racionalismo, el libre examen, la crítica constante de todas las cosas, permite, pero además propicia, estimula y hasta premia el asalto ideológico contra sus fundamentos, con el resultado de que finalmente hasta los empresarios dejan de creer en la economía de mercado.
FAvH: En efecto, Joseph Schumpeter fue el primer gran pensador liberal en llegar a la conclusión desoladora de que el desapego por la civilización capitalista, que ella misma crea, terminará por conducir a su extinción y que, en el mejor de los casos, un socialismo de burócratas administradores está inscrito en la evolución de las ideas. Pero no olvidemos que Schumpeter escribió estas cosas (en Capitalismo, socialismo y democracia) hace más de cuarenta años. Ya he dicho que en el clima intelectual de aquel momento, el socialismo parecía irresistible y con ellos la segura destrucción de las bases mínimas de la existencia de la mayoría de la población del mundo. Esto último no lo percibió Schumpeter. Era un liberal, como usted ha dicho, y además un gran economista, pero compartía la ilusión de muchos en nuestra profesión de que la ciencia económica matemática hace posible una planificación tolerablemente eficiente. De modo que, a pesar de estar él mismo persuadido de que la economía de mercado es preferible, suponía soportable la pérdida de eficiencia y de productividad inevitable al ser la economía de mercado donde quiera sustituida por la planificación. Es decir, que no se dio cuenta Schumpeter hasta qué punto la supervivencia de la economía de mercado, por lo menos allí donde existe, es una cuestión de vida o muerte para el mundo entero.
CR: Eso puede ser cierto, y de serlo debería inducir a cada hombre pensante a resistir el avance del socialismo. Pero lo que vemos (y de nuevo me refiero a Schumpeter) es que los intelectuales de Occidente, con excepciones, han dejado de creer que la libertad sea el valor supremo y además la condición óptima de la sociedad. Ni siquiera el ejemplo de lo que invariablemente le sucede a los intelectuales en los países socialistas, los desanima de seguir propugnando el socialismo para sus propios países y para para el mundo.
FAvH: Para el momento cuando Schumpeter hizo su análisis y descripción del comportamiento de los intelectuales en la civilización capitalista, yo estaba tan desesperado y era tan pesimista como él. Pero ya no es cierto que sean pocas las excepciones. Cuando yo era muy joven, sólo algunos ancianos (entre los intelectuales) creían en las virtudes y en las ventajas de la economía libre. En mi madurez, éramos un pequeño grupo, se nos consideraba excéntricos, casi dementes y se nos silenciaba.
Pero hoy, cuarenta años más tarde, nuestras ideas son conocidas, son escuchadas, están siendo debatidas y consideradas cada vez más persuasivas. En los países periféricos los intelectuales que han comprendido la infinita capacidad destructiva del socialismo todavía son pocos y están aislados. Pero en los países que originaron la ideología socialista —Gran Bretaña, Francia, Alemania— hay un vigoroso movimiento intelectual a favor de la economía de mercado como sustento indispensable de los valores supremos del ser humano. Los protagonistas de este renacimiento del pensamiento liberal son hombres jóvenes, y a su vez tienen discípulos receptivos y atentos en sus cátedras universitarias. Debo admitir, sin embargo, que esto ha sucedido cuando el terreno perdido había sido tanto, que el resultado final permanece en duda. Por inercia, los dirigentes políticos en casi todos los casos siguen pensando en términos de la conveniencia, o en todo caso de la inevitabilidad de alguna forma de socialismo y, aún liberales, suponen políticamente no factible desembarazar a sus sociedades de todos los lastres, impedimentos, distorsiones y aberraciones que se han ido acumulando, incorporados a la legislación, pero también a las costumbres de la administración pública, por la influencia de la ideología socialista. Es decir, que el movimiento político persiste en ir en la dirección equivocada; pero ya no el movimiento intelectual. Esto lo digo con conocimiento de causa. Durante años, tras la publicación de El camino de la servidumbre, me sucedía que al dar una conferencia en alguna parte, frente a públicos académicos hostiles, con un fuerte componente de economistas persuadidos de la omnipotencia de nuestra profesión y en la consiguiente superioridad de la planificación sobre la economía de mercado, luego se me acercaba alguien y me decía: quiero que sepa que yo por lo menos estoy de acuerdo con usted. Eso me dio la idea de fundar la Sociedad Mont Pelerin, para que estos hombres aislados y a la defensiva tuvieran un nexo, conocieran que no estaban solos y pudieran periódicamente encontrarse, discutir, intercambiar ideas, diseñar planes de acción. Pues bien, treinta años más tarde parecía que la Sociedad Mont Pelerin ya no era necesaria, tal era la fuerza, el número, la influencia intelectual en las universidades y en los medios de comunicación de los llamados neoliberales. Pero decidimos mantenerla en actividad porque nos dimos cuenta de que la situación en que habíamos estado años antes en Europa, en los Estados Unidos y en el Japón, es la situación en la cual se encuentran hoy quienes defienden la economía de mercado en los países en desarrollo y más bien con mucha desventaja para ellos, puesto que se enfrentan al argumento de que el capitalismo ha impedido o frenado el desarrollo económico, político y social de sus países, cuando lo cierto es que nunca ha sido verdaderamente ensayado.
CR: Una de las maneras más eficaces que han empleado los ideólogos socialistas para desacreditar el pensamiento liberal, es calificarlo de “conservador”. De tal manera que, casi todo el mundo está convencido, de buena fe, de que usted es un conservador, un defensor a ultranza del orden existente, un enemigo de toda innovación y de todo progreso.
FAvH: Estoy tan consciente de eso que dediqué todo el último capítulo de mi libro Los fundamentos de la libertad precisamente a refutar esa falacia. En ese capítulo cito a uno de los más grandes pensadores liberales, Lord Acton, quien escribió: “Reducido fue siempre el número de los auténticos amantes de la libertad. Por eso, para triunfar, frecuentemente debieron aliarse con gente que perseguían objetivos bien distintos a los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores”. Así es: los verdaderos conservadores merecen el descrédito en que se encuentran, puesto que su característica esencial es que aman la autoridad y temen y resisten el cambio. Los liberales amamos la libertad y sabemos que implica cambios constantes, a la vez que confiamos en que los cambios que ocurran mediante el ejercicio de la libertad serán los que más convengan o los que menos daño hagan a la sociedad.

sábado, 7 de enero de 2012

Contra los estabilizadores automáticos, por Juan R. Rallo



Uno de los logros de los que se encuentran más orgullosos todos los keynesianos es de haber instaurado un sistema de “estabilizadores automáticos” que actúen como contrapeso contra los movimientos cíclicos de la economía. Dentro de esta categoría se incluyen los impuestos vinculados a la actividad económica, especialmente cuando son progresivos (IRPF y en menor medida Sociedades o IVA) y los subsidios de desempleo. Así las cosas, cuando la economía va bien, los ingresos fiscales aumentan y el gasto en prestaciones de paro se reducen, y cuando la economía va mal, los ingresos fiscales se hunden y el gasto asistencial aumenta. En definitiva, en tiempos de bonanza, el Estado amasa un superávit presupuestario y enfría al sector privado retirándole “poder adquisitivo”, mientras que en tiempos de depresión el Estado incurre en déficit para recalentar al sector privado cobrándole menos tributos y otorgándole más subsidios de desempleo. Desde el punto de vista del gasto el asunto es muy sencillo: sube el gasto privado, el Estado lo rebaja; cae el gasto privado, el Estado lo incrementa. Asunto terminado: como el Estado contribuye a estabilizar la demanda merced a estos instrumentos no discrecionales, también contribuye a estabilizar la economía. Son, pues, estabilizadores automáticos. Sencillo, ¿no? No tanto, pues el marco keynesiano es lo que tiene: que es falso.
Empecemos por los felices tiempos de bonanza. Si nos encontramos en la cresta de un ciclo económico causado por la excesiva expansión crediticia de los bancos, es verdad que la economía privada tiende a recalentarse y a inmovilizar los recursos en una dirección que más adelante se nos revelará como errónea, de modo que a priori podría parecer una buena idea que el Estado les arrebatara parte de esos recursos para prevenir su despilfarro. Sin embargo, es un poco ingenuo pensar que mientras el sector privado se encontrará sumergido en un clima burbujístico, nuestros gobernantes serán capaces de mantener la cabeza fría y, en lugar de utilizar esos ingresos tributarios extraordinarios para iniciar nuevos programas de gasto que dilapiden el capital tanto o más que en el sector privado, los destinarán íntegramente a incrementar su ahorro, minorando su endeudamiento anterior. Los políticos son personas que, como todas, pueden caer bajo el influjo de la orgía crediticia, consolidando una estructura de gastos que, para más inri, puede extenderse en el largo plazo y que luego puede resultar mucho más complicada de adelgazar y reajustar que en el caso del sector privado.
Por el contrario, en el foso de la depresión, la economía privada debe reajustarse creando nuevos modelos de negocio que permitan amortizar la acumulación de deuda privada pasada y satisfacer las necesidades más urgentes de los consumidores. Si en esos momentos el Estado comienza a endeudarse masivamente para impedir que decaigan las demandas de quienes han dejado de producir riqueza y deben proceder a reajustarse, no sólo se ralentiza el proceso de recomposición del sector privado, sino que se ceba el endeudamiento público, añadiendo todavía más pasivos a una sociedad que necesita minorar el monto de sus obligaciones totales. En otras palabras, el inconveniente de los estabilizadores automáticos durante la depresión es el mismo que el de todo programa estatal para incrementar el gasto en esa coyuntura, pero con un agravante: obran de oficio, sin necesidad de que nadie los ponga en marcha como si de un Plan E se tratara, lo cual los vuelve bastante más rígidos e inflexibles ante la nueva situación económica. Ni siquiera aquellos políticos que se dan cuenta de que la explosión del endeudamiento público no contribuye a superar la crisis sino sólo a enquistarla y agravarla, tienen margen para volverse austeros; lo deseen o no, las cuentas se les descuadran por defecto y en unos volúmenes elevadísimos.
El problema de fondo de los estabilizadores automáticos es el de pensar que un agente que copa el 40% o el 50% de toda la economía como el Estado podrá aislarse, primero, y no sufrir los achaques, después, de la gestación y ulterior pinchazo de una burbuja crediticia que impregna a la práctica totalidad de esa economía. La Administración será igualmente víctima de la euforia irracional, primero, y del deterioro de su crédito, después. No puede estabilizar la economía porque forma parte muy sustancial de esa economía (y menos de manera automática… como si el gasto por el gasto sirviera para descubrir cuáles son los nuevos modelos de negocio que necesitamos), de modo que si aquélla entra en crisis, él también lo hará por necesidad, y si aquélla se sobredimensiona, éste se verá impelido a hacer lo propio. Con una diferencia fundamental: el sector privado, gracias al mecanismo de los precios y al instituto de las quiebras empresariales, es mucho más ágil que el sector público tanto a la hora de detectar los errores cometidos como a la hora de corregirlos.
La solución última a dinámicas crediticias distorsionadoras no vendrá de la planificación ingenieril de expansiones o contracciones automáticas del gasto (público o privado), especialmente cuando esa planificación tiene su fundamento en una teoría económica deficiente como la keynesiana. Si queremos evitar de verdad los auges expansivos artificiales y salir lo antes posible de las depresiones, basta con que nos concentremos en que, en su origen, el crédito no se expanda desligándose del ahorro real y que, en su destino, las malas inversiones puedan reajustarse lo antes posible sin el sostenimiento artificial del crédito estatal. Los estabilizadores automáticos son más bien desestabilizadores automáticos.

martes, 3 de enero de 2012

¿Quién celebrará la Constitución de 1812? Por Jorge Vilches


¿Quién celebrará la Constitución de 1812?

Por Jorge Vilches

Hace cien años, el Gobierno liberal de Canalejas celebró el primer centenario de la Constitución de Cádiz. Por aquel entonces pugnaban dos tipos de nacionalismo español, uno de corto liberal y el otro tradicionalista.
El nacionalismo liberal resaltaba la modernidad de los hombres de Cádiz, su defensa de los derechos individuales, la soberanía nacional, la división de poderes, la economía liberalizadora, la secularización de la vida pública –sin perder el vínculo con el catolicismo–, y tenía una visión de la historia de España anclada no en los reyes sino en el pueblo. Por su parte, el nacionalismo tradicionalista arrinconaba las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, porque, a su entender, eran la imposición de un régimen bastardo, nacido de conspiraciones oscuras y de la influencia francesa, ajeno a la naturaleza católica y monárquica del país y que olvidaba que España había sido grande con el absolutismo imperial y la intolerancia religiosa.
Mientras el nacionalismo liberal ponía el énfasis en la Constitución de 1812, el tradicionalista prefería el levantamiento de 1808, que interpretaba como la genuina expresión de un pueblo deseoso de que volvieran su rey y su religión. Si los liberales señalaban que la Constitución de 1812 había abierto el país a la modernidad, los tradicionalistas consideraban que había sido el principio de todos los males, por abolir la Inquisición y garantizar las libertades. La consecuencia fue que los liberales sí quisieron celebrar el centenario de la Pepa, pero los segundos veían en la conmemoración oficial un "festejo satánico", según se podía leer en su periódico más influyente, El Siglo Futuro.
Lo cierto es que el catolicismo político estaba movilizado desde 1910 en protesta por la llamada Ley Candado, promovida por el liberal Canalejas para impedir el establecimiento de más órdenes religiosas. De esta manera, la celebración del centenario de la Constitución de 1812 formó parte del enfrentamiento entre el régimen liberal y el integrismo religioso. El obispo de Jaca expresaba en el Senado la opinión de la jerarquía eclesiástica al decir, el 8 de marzo de 1912, que era inoportuno celebrar con "cánticos triunfales el principio de nuestras luchas civiles". Y el prelado de Cádiz apuntaba que no se podía celebrar el trabajo de unas Cortes que habían atentado contra "la doctrina y los derechos" de la Iglesia.
También los nacionalistas y el PSOE despreciaron la conmemoración. El Socialista no celebró nada el 19 de marzo; sí, en cambio, la víspera: concretamente, un nuevo aniversario de la Comuna de París (1871); y alabó, no la resistencia gaditana, sino la de los "trabajadores parisienses" frente a las tropas de la República francesa, lo que debía ser un "acicate" para luchar por la desaparición del "infamante y envilecedor régimen del salario".
En cuanto a los liberales, señalaban que los diputados de Cádiz habían hecho una doble lucha, contra la invasión y contra el absolutismo, para hacer a la nación española protagonista de su destino; de ahí que el artículo 2º de la Constitución dijera que aquélla no era patrimonio de "ninguna familia ni persona". Los monárquicos liberales apostaban por la combinación de libertad y orden en una monarquía sustentada en la voluntad y el consentimiento de la nación. Un planteamiento que evocaba la "Constitución histórica" de la que había hablado Cánovas: el Rey con las Cortes como representación nacional. La izquierda liberal, incluida la republicana, ponía el énfasis en el espíritu democrático de la Constitución, en la traición de Fernando VII y en el protagonismo del pueblo, como señalaba entonces un anciano Benito Pérez Galdós. Frente al tópico que consideraba la Constitución un engendro masónico, y a sus autores oscuros conspiradores, los liberales ensalzaban su virtud cívica, la moralidad y el patriotismo de sus actos, incluso su ingenuidad, muchas veces causa de su caída. Así, Cádiz, los diputados y la Constitución de 1812 se convertían en lugares de la memoria liberal, del esfuerzo por la libertad moderna de la nación.
Además, la conmemoración abordaba la idea de España, debatida por los regeneracionistas y puesta en cuestión por los nacionalismos separatistas. Los liberales, como Rafael María de Labra, quisieron destacar entonces el papel las Cortes de Cádiz como símbolo de la unión libre de los españoles de ambos mundos; una unión basada en el amor a las libertades. Ese camino de la modernidad debía unir a la "raza", a la América española con la "madre patria". La verdad es que esta postura tuvo mucho eco, lo que se reflejó en el éxito político y popular del viaje a la Argentina de la infanta Isabel en 1910 y en la proliferación de sociedades americanistas.
A iniciativa de los diputados liberales, tanto monárquicos como republicanos, el Gobierno Canalejas aprobó la creación de una junta nacional para la conmemoración de la reunión de Cortes de septiembre de 1810 y de la Constitución de 1812. Los propósitos eran convertir aquello en una celebración nacional, no de partido o local, y extender entre la población española el conocimiento de los hechos de Cádiz, para que, como dijo Romanones, no hubiera "un solo español" que, "al oír pronunciar los nombres de (...) Calatrava, Argüelles, Jovellanos [y] Muñoz Torrero", dejase de descubrir su cabeza "en señal de respeto y gratitud".
Se implicaron en el proyecto intelectuales como Gumersindo de Azcárate, Rafael Altamira, Bartolomé Cossío o Pío Zabala. El desdén de Canalejas, afectado por problemas más graves, hizo que el liberal Segismundo Moret, de amplia trayectoria política desde 1868, tuviera un protagonismo decisivo.
Las biografías de grandes personajes, la libertad como fórmula del progreso y el nacionalismo liberal, cívico y laico fueron los ejes de numerosos libros, artículos, tesis doctorales, conferencias, actos conmemorativos y discursos políticos. El protagonismo era para el pueblo, cuyas virtudes se personificaban en personajes a los que se tenía como padres de la patria. Así se hizo entre 1910 y marzo de 1912, cuando la celebración adquirió un tinte exclusivamente gaditano bajo la dirección de Moret, que se dio un auténtico baño de multitudes en la ciudad. Se prepararon tres días de festejos, con la presencia del Rey y de las más altas autoridades.
La celebración constó de una parada militarm una fiesta escolar y tres procesiones: la de los políticos, la popular y la americanista. Esto se hizo coincidir con el primer congreso de la prensa para homenajear a los que establecieron la libertad de impresión en España. Sin embargo, Alfonso XIII no acudió porque murió su hermana la infanta María Teresa; estuvo representado por el marqués de Estella. En cuanto al Gobierno, quedó paralizado por una huelga de trenes. Hubo, por tanto, cierta frustración, que no impidió un gran éxito en las calles de Cádiz. De hecho, cerró los actos un discurso de Moret en el abarrotado Gran Teatro de la ciudad, donde enlazó las glorias imperiales del pasado y el Siglo de Oro con la lucha contra Napoleón y con la Constitución de 1812. No faltó la referencia regeneracionista: con el mismo espíritu de entonces, España resurgiría.
Los problemas económicos hicieron que la creación de lugares de memoria fuera barata. Se cambió el nombre a ciertas calles y se colocaron placas conmemorativas; en el Congreso de los Diputados se pusieron los nombres de los miembros de la comisión constituyente de 1812, y se trasladaron al Panteón de Hombres Ilustres los restos de doceañistas como Argüelles y Muñoz Torrero. Hubo otros actos más caros y lucidos, como la restauración del Oratorio de San Felipe Neri y el arreglo de su entorno, o la construcción del Museo Iconográfico e Histórico de las Cortes y Sitio de Cádiz; y, por supuesto, el Monumento a las Cortes de 1812, aprobado en 1912 y terminado, tras muchos avatares, en 1929.
La celebración del primer centenario de la Constitución de 1812 no pudo ser finalmente un acto nacional, a pesar del esfuerzo de los liberales. Los tradicionalistas y el catolicismo político criticaron la mera referencia a tal acontecimiento. En el periódico tradicionalista El Siglo Futuro podía leerse el 18 de marzo de 1912:
Mañana, 19 de marzo, se cumple el primer centenario de la (...) ridícula y, a pesar del disfraz con que se quiere disimular su verdadero carácter, antiespañola Constitución de Cádiz.
Los socialistas prefirieron organizar el día 18 una reunión para conmemorar el aniversario de la Commune, y según se podía leer en El Socialista el día 22, aprovecharon para dedicar "un recuerdo de admiración y gratitud" a su "maestro" Carlos Marx, en el XXIV aniversario de su fallecimiento.
La celebración hace cien años tuvo un aire tan confuso como frustrante. El Gobierno no supo tomar el protagonismo, y se echó de menos una política fuerte de propaganda y educación; de nacionalización, en último término. Los republicanos tuvieron una contradicción que no supieron llevar bien, pues pretendían resaltar el carácter popular del levantamiento y su conclusión en la Constitución democrática de 1812, pero sentían que al hacerlo estaban apuntalando la Monarquía que querían derribar. Al tiempo, los partidos dinásticos exaltaban la libertad abierta por la Constitución, pero en plena crisis interna eran incapaces de hacer un discurso político común sobre el legado de las Cortes de Cádiz, algo similar a lo que los franceses habían hecho en 1889 con el centenario de su revolución.
Lo único que funcionó fue la confluencia de liberales, tanto monárquicos como republicanos, en un nacionalismo basado en el patriotismo liberal, la virtud cívica y la unidad nacional. Fue la última vez que los liberales conmemoraron juntos un acontecimiento, y todo apunta a que la conmemoración del bicentenario de la Constitución de 1812 será una cosa sólo de liberales. A partir de 1912, y hasta que ganó el PP las elecciones en 1996, la política conmemorativa quedó en manos de la derecha antiliberal o de la izquierda. Las celebraciones por el bicentenario del levantamiento de 1808 cayeron en los mismos errores que hace cien años: localismo y falta de interés del Gobierno central, esta vez socialista. De hecho, los que están haciendo el esfuerzo presupuestario más importante son Madrid y Cádiz. Veremos qué pasa en el bicentenario de la Constitución de 1812, ahora que el PP está otra vez en el Gobierno de la nación. 

lunes, 26 de diciembre de 2011

Vaclav Havel, el hombre que amaba la libertad, por Carlos Alberto Montaner


Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.
Fue como un cuento. En diciembre de 1989, súbitamente, Vaclav Havel se convirtió en presidente de Checoslovaquia. En pocas semanas, el escritor checo pasó desde de la más absoluta indefensión a la cúspide del poder. Todavía a mediados de noviembre la policía política continuaba aporreando a los disidentes y el Partido Comunista mantenía las riendas del control social.
En la tercera semana de noviembre comenzó la asombrosa Revolución de Terciopelo. Las calles y las plazas se llenaron de miles de personas que, finalmente, se atrevieron a manifestar lo que creían del sistema comunista, pero no se aventuraban a decir: era un tormento horrible que debía terminar cuanto antes. Comenzaron las huelgas. El régimen se desplomó. El comunismo teórico era un disparate. El comunismo real, consecuentemente, se había tornado en una creciente pesadilla. Havel le llamaba “Absurdistán”. Hubo algo sorprendente en el vertiginoso fin del comunismo checoslovaco. En febrero, los eslovenos —entonces una república adscrita a la federación yugoslava— crean un partido de oposición. Polonia, de la mano de Lech Walesa y con el impulso masivo del sindicato Solidaridad, había comenzado a derrotar la dictadura en las elecciones de junio. Los tres países bálticos, en agosto, pidieron la independencia de la URSS. En octubre, los comunistas húngaros habían cambiado de nombre y aceptaban el pluripartidismo. A principios de noviembre los alemanes derribaban el Muro de Berlín. El 25 de diciembre los rumanos fusilaron al dictador Nicolás Ceaucescu y a su pérfida mujer, la inefable Elena, para poder dar inicio a los cambios. Un mes antes lo habían elegido por unanimidad como líder del Partido Comunista. Los checos, en cambio, parecían rezagados. De pronto, la libertad llegó como un relámpago. El 29 de diciembre Havel era elegido presidente por un Parlamento que no veía otra salida a la crisis. Su figura se había agigantado al frente del Foro Cívico, una organización que agrupaba, esencialmente, a escritores y artistas disidentes. Era el primer país que rompía sin ambages la cadena moscovita e iniciaba el entierro de las supersticiones marxistas. Seis meses más tarde la inmensa mayoría de la sociedad le concedía sus votos a Havel.Y aquí vino lo bueno. Los agoreros pensaban que un escritor poco conocido, sin experiencia política, y mucho menos burocrática, amante del jazz y del rock, bohemio y tímido, que había pasado casi toda su vida adulta preso o perseguido, sería incapaz de gobernar a un país que mudaba de sistema y se enfrentaba a la inmensa tarea de corregir las arbitrariedades, errores, abusos y estupideces cometidos durante algo más de cuarenta años de dictadura comunista.Es verdad que no fue fácil y en el trayecto, al poco tiempo, checos y eslovacos se divorciaron por mutuo consentimiento (algo que hoy parece mucho menos traumático que entonces), pero, en general, el escritor inexperto resultó ser un gran estadista. ¿Cómo sucedió ese fenómeno? Ocurrió algo primordial: Havel no conocía de leyes, pero había conocido la injusticia. No sabía economía, pero sí experimentó la escasez y la falta de oportunidades. No tenía experiencia gerencial, pero estaba dotado de sentido común, sabía delegar y escogía bien a sus colaboradores. Era, además, una persona inteligente.
Havel tenía un objetivo: devolverles a sus compatriotas el control de sus vidas. La libertad era eso: la posibilidad de tomar decisiones sin coerción ni miedo. Los checos, que una vez formaron parte del imperio austrohúngaro, habían visto cómo los austriacos libres se habían convertido en ciudadanos prósperos de una nación pacífica. Y habían comprobado que la Alemania libre era mil veces más feliz y rica que la Alemania comunista. La regla de oro era obvia: había que tomar decisiones y crear instituciones que fortalecieran la libertad individual. Havel gobernaría desde los valores y los principios. El pragmatismo casi siempre es el disfraz de los oportunistas y los inescrupulosos. El título de una de sus últimas obras resumía su concepción de la política: El arte de lo imposible.Por eso Havel me honró con su trato solidario. Cuando era presidente me recibió en Praga, en el Castillo, públicamente, con toda la alharaca posible, para subrayar su respaldo a los demócratas cubanos y su repudio a la dictadura de Castro. Creía que los ex satélites europeos tenían una obligación moral con las víctimas de la última tiranía marxista-leninista de Occidente. Los pueblos habían sido hermanos en el infortunio y debían salvarse juntos. Cuando dejó de ser presidente organizó un Comité Internacional por la libertad de Cuba y una tarde me convocó a Praga para que presentáramos juntos un libro del gran poeta cubano Raúl Rivero, entonces preso en la Isla. Lo hicimos en un café, como cuando él luchaba contra la dictadura checa. Ya estaba enfermo, pero los ojos le brillaban con fiereza. Era el fuego de la libertad.
 http://www.elcato.org/vaclav-havel-el-hombre-que-amaba-la-libertad