Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

lunes, 5 de septiembre de 2011

LIBERALISMO Y SOLIDARIDAD


Vamos a ser un poco serios. Si no garantizas la devolución de tus préstamos ¿quién te va a dejar dinero? Por desgracia, con este tipo de política basada en el endeudamiento si no fuera por los bancos, que lógicamente prestan el dinero para obtener un beneficio, los estados socialdemócratas (que son una escisión del socialismo) se hundirían. Es una infantilidad echarle la culpa de nuestros males a los que nos prestan la mosca, los culpables son los gobiernos que reparten alegremente riqueza prestada y que por supuesto, tenderemos que devolver con intereses.
La barra libre para todos es una barbaridad, es razonable que contribuyamos solidariamente con nuestros impuestos para permitir que aquellos ciudadanos que no puedan acceder a los servicios básicos, salud, educación, alojamiento y manutención principalmente, tengan acceso a ellos gracias al esfuerzo común. Pero es una irresponsabilidad que accedan “gratuitamente” a los mismos servicios aquellos ciudadanos que si pueden pagarlos.
El uso y disfrute de un servicio, aunque provenga del estado, debe ser sufragado por quien hace uso de ello. Si pagamos impuestos por  todos los servicios que nos prestan las administraciones, ¿qué sentido tiene que no paguemos un impuesto directo sobre aquellos servicios más importantes como la salud o la educación? Y tampoco debe ser el mismo impuesto para todos, cada uno debe pagar con arreglo a su nivel de ingresos y al uso que haga de ellos.
El que no quiera servicios públicos que se los pague privados, el que prefiera servicios públicos que los pague con arreglo a sus posibilidades y aquellos que no puedan pagar esos servicios, que los disfruten gratuitamente como acto solidario hasta que estén en disposición de pagarlos.
Nada es gratuito en este mundo y las barras libres suelen pagarse por adelantado y con creces. Es un sin sentido repartir una riqueza que no existe, una riqueza proveniente de préstamos que después hay que devolver con intereses. Los Estados deben garantizar unos servicios mínimos para aquellos ciudadanos que no puedan alcanzarlos por sus propios medios, servicios provenientes del esfuerzo común y acordes con la riqueza que cada sociedad sea capaz de crear, lo demás son quimeras y barbaridades que acaban en la quiebra.

sábado, 6 de agosto de 2011

8. ¿QUIÉN, A QUIÉN? (Resumen IX)

FRIEDERICH HAYEK (Austria 1899-1992) Premio nobel de Economía en 1974

La tesis central del libro es que los avances de la planificación económica van necesariamente unidos a la pérdida de libertades y al progreso del totalitarismo.



8. ¿QUIÉN, A QUIÉN?


La más sublime oportunidad que alguna
Vez tuvo el mundo se malogró porque la
Pasión por la igualdad hizo vana la esperanza
De libertad.

                                                  Lord Acton


Es significativo que una de las objeciones más comunes contra el sistema de la competencia consiste en decir que es “ciega”. El hecho de ser imposible pronosticar quién alcanzará la fortuna o a quién azotará la desgracia, el que los premios y castigos no se repartan conforme a las opiniones de alguien acerca de los méritos o deméritos de las diferentes personas, sino que dependan de la capacidad y la suerte de éstas, tiene tanta importancia como que, al establecer las leyes, no seamos capaces de predecir qué personas en particular ganarán y quiénes perderán con su aplicación.
Los términos de la elección que nos está abierta no son un sistema en el que todos tendrán lo que merezcan, de acuerdo con algún patrón absoluto y universal de justicia,  y otro en el que las participaciones individuales están determinadas parcialmente por accidente o buena o mala suerte, sino un sistema en el que es la voluntad de unas cuantas personas la que decide lo que cada uno recibirá, y otro en el que ello depende, por lo menos en parte, de la capacidad y actividad de los interesados y, en parte, de circunstancias imprevisibles. Aunque, bajo la competencia, la probabilidad de que un hombre que empieza pobre alcance una gran riqueza es mucho menor que la que tiene el hombre que ha heredado propiedad, no solo aquel tiene alguna probabilidad, sino que el sistema de competencia es el único donde aquel solo depende de si mismo y no de los favores del `poderoso, y donde nadie puede impedir que un hombre intente alcanzar dicho resultado. La desigualdad de las rentas no se debe tan solo a los ingresos derivados de la propiedad, en la Rusia soviética se estimaba, según informes oficiales no más allá de 1939, que el 11 o 12 por ciento de la población soviética (pertenecientes a las clases superiores políticas, obreros industriales cualificados y mandos sindicales) recibía el 50 % de la renta nacional, mientras el resto, casi el 90 %, tenían que repartirse la otra mitad.
Ya hemos visto que la estrecha interdependencia de todos los fenómenos económicos hace difícil detener la planificación justamente en el punto deseado, y que, una vez obstruido el libre juego del mercado, el planificador se verá obligado a extender sus intervenciones hasta que lo abarquen todo.
Siempre existirán desigualdades que parecerán injustas a quienes las padecen, contrariedades que se tendrán por inmerecidas y golpes de la desgracia que quienes los sufren no han merecido. Pero cuando estas cosas ocurren en una sociedad deliberadamente dirigida, la reacción de las gentes será muy distinta que cuando no hay elección consciente por parte de nadie. La desigualdad se soporta, sin duda, mejor y afecta mucho menos a la dignidad de la persona si está determinada por fuerzas impersonales que cuando se debe al designio de alguien. Si bien la gente está dispuesta a sufrir lo que a cualquiera le pueda suceder, no estará tan fácilmente dispuesta a sufrir lo que sea el resultado de la decisión de una autoridad.
En una sociedad planificada todos sabríamos que estábamos mejor o peor que otros, no por circunstancias que nadie domina y que es imposible prever con exactitud, sino porque alguna autoridad lo quiso. Y todos nuestros esfuerzos dirigidos a mejorar nuestra posición tendrían como fin el de inclinar a nuestro favor a la autoridad que goza de todo el poder.
Parece ser que fue el propio Lenin quien introdujo en Rusia la famosa frase ¿Quién, a quién?, durante los primeros años del dominio soviético, frase en la que el pueblo resumió el problema universal de una sociedad socialista. ¿Quién planifica a quién? ¿Quién dirige y domina a quién? ¿Quién asigna a los demás su puesto en la vida y quién tendrá lo que es suyo porque otros se lo han adjudicado? Éstas son, necesariamente, las cuestiones esenciales, que solo podrá decidir el poder supremo.
Ilustra de manera característica el contraste entre un sistema liberal y uno totalmente planificado la común lamentación de nazis y socialistas por las “artificiales separaciones de la economía y la política” y su demanda igualmente común, del predominio de la política sobre la economía.
Solo hay un principio general, una norma simple, que podría, ciertamente, proporcionar una respuesta definida para todas estas cuestiones: la igualdad, la completa y absoluta igualdad de todos los individuos en todos los puntos que dependan de la intervención humana. Aparte  de la cuestión de si sería practicable, es decir, si proporcionaría incentivos adecuados, está completamente fuera de la realidad suponer que la gente, en general, considera deseable una igualdad mecánica de esta clase. Lo que el socialismo prometió no fue una distribución absolutamente igualitaria, sino una más justa y equitativa. No la igualdad en sentido absoluto, sino una “mayor igualdad”, es el único objetivo que se ha propuesto seriamente. Mientras que el acuerdo sobre la igualdad completa respondería a todos los problemas de mérito que el planificador tiene que resolver, la fórmula de la aproximación a una mayor igualdad no contestaría prácticamente a ninguno.
La restricción de nuestra libertad respecto a las cosas materiales afecta tan directamente a nuestra libertad espiritual, porque el éxito de la planificación exige crear una opinión común sobre todos los valores esenciales. Y, como era lógico, los mismos socialistas fueron los primeros en reconocer por doquier que la tarea que se echaron sobre si mismos exigía la general aceptación de una Weltanschauung común, de un conjunto definido de valores. En sus esfuerzos para producir un movimiento de masas, apoyado en una concepción uniforma del mundo, los socialistas fueron los primeros en crear una serie de instrumentos de adoctrinación que con tanta eficacia han empleado nazis y fascistas.
En Alemania e Italia los nazis y fascistas apenas tuvieron que inventar algo. Los usos de los nuevos movimientos políticos que impregnaron todos los aspectos de la vida habían sido ya introducidos en ambos países por los socialistas. La idea de un partido político que abrazase todas las actividades del individuo, desde la cuna a la tumba, que pretendía guiar sus opiniones sobre todas las cosas y que se recreaba en hacer de todos los problemas cuestiones de la Weltanschauung del partido, fue aplicada primero por los socialistas. No fueron los fascistas, sino los socialistas, quienes comenzaron a reunir a los niños desde su más tierna edad en organizaciones políticas, para asegurarse de que crecían como buenos proletarios. No fueron los fascistas, sino los socialistas, quienes primero pensaron en organizar deportes y juegos, futbol y excursionismo, en clubs de partido donde los miembros no pudieran infectarse de otras opiniones. Fueron los socialistas quienes primero insistieron en que el miembro del partido debe distinguirse del resto por los modos de saludar y los tratamientos. Fueron ellos quienes con su organización de “células” y las medidas para la supervisión permanente de la vida privada, crearon el prototipo del partido totalitario. Balilla y Hitlerjugend, Dopolavoro y Kraft durch freude, uniformes políticos y formaciones militares de partido, son poco más que remedos de las viejas instituciones socialistas.
En tanto el movimiento socialista de un país está estrechamente ligado a los intereses de un grupo particular, generalmente el de los trabajadores industriales más cualificados, el problema de crear una opinión común acerca de la condición deseable para los diferentes miembros de la sociedad es relativamente simple. El movimiento se preocupa inmediatamente de la condición de un grupo particular, y su propósito consiste en elevar su estatus por encima del de otros grupos. El carácter del problema cambia, por consiguiente, cuando en el curso del progresivo avance hacia el socialismo se hace a todos cada vez más evidente que sus ingresos y su posición general son determinados por el aparato coercitivo del Estado y que pueden mantener o mejorar su posición sólo en cuanto miembro de un grupo organizado capaz de influir o dominar en su propio interés la máquina del Estado. Su éxito real, y su insistencia en la aceptación del credo completo, lleva por fuerza a crear un poderoso contramovimiento, no de los capitalistas, sino de las clases muy numerosas e igualmente no propietarias que ven amenazada su posición relativa por el avance de la élite de los trabajadores industriales.
La teoría y la táctica socialista, incluso cuando no estaban dominadas por el dogma marxista, se han basado en todas partes sobre la idea de una división de la sociedad en dos clases, con intereses comunes, pero en conflicto mutuo: capitalistas y trabajadores industriales. El socialismo contaba con una rápida desaparición de la vieja clase media y despreció completamente el nacimiento de una nueva: el ejército innúmero de los oficinistas y las mecanógrafas, de los trabajadores administrativos y los maestros de escuela, los artesanos y los funcionarios modestos y las filas inferiores de las profesiones liberales. Durante algún tiempo estas clases proporcionaron con frecuencia muchos de los dirigentes del movimiento obrero, pero, a medida que se hizo más claro que la posición de aquellas clases empeoraba relativamente respecto a la de los trabajadores industriales, los ideales que guiaron a estos últimos perdieron mucho de su atractivo para los primeros. Si bien todos eran socialistas, en el sentido de aborrecer el sistema capitalista y desear una distribución deliberada de la riqueza de acuerdo con sus ideas de justicia, estas ideas resultaron ser muy diferentes de las incorporadas a la práctica de los primitivos partidos socialistas.
Los medios que emplearon, con buen éxito, los viejos partidos socialistas para asegurarse el apoyo de un grupo de ocupaciones –la elevación de su posición económica relativa- no se podían utilizar para asegurarse el apoyo de todos. Es forzosa entonces la aparición de movimientos socialistas rivales que soliciten el apoyo de quienes ven empeorada su situación relativa. Hay una gran parte de verdad en la afirmación, a menudo oída, de ser el fascismo y el nacionalsocialismo una especie de socialismo de la clase media; solo que en Italia y en Alemania los que apoyaron estos nuevos movimientos apenas eran ya, económicamente, una clase media. Fueron, en gran medida, la revuelta de una nueva clase preterida, contra la aristocracia del trabajo creada por el movimiento obrero industrial. Puede casi asegurarse que ningún factor económico aislado ha favorecido más a estos movimientos que la envidia de los profesionales fracasados, el ingeniero o abogado u otros universitarios, y, en general, el “proletariado de cuello y corbata”, hacia el maquinista y el tipógrafo y otros miembros de los más fuertes sindicatos obreros, cuyos ingresos montaban varias veces a los suyos.
El conflicto entre el fascista o el nacionalsocialista y los primitivos partidos socialistas tiene que considerarse, en gran parte, como uno de aquellos que es forzoso surjan entre facciones socialistas rivales. No había diferencia entre ellos en cuanto a que la voluntad del Estado debía ser quien asignase a cada persona su propio lugar en la sociedad. Pero había, como las habrá siempre, las más profundas diferencias acerca de cual fuere el lugar apropiado de las diferentes clases y grupos.
Los viejos dirigentes socialistas, que habían considerado siempre a sus partidos como la natural vanguardia del futuro movimiento general hacia el socialismo, no podían fácilmente comprender que con cada extensión del uso de los métodos socialistas se volvieran contra ellos el resentimiento de extensas clases pobres. Pero, mientras los viejos partidos socialistas, o las organizaciones laborales de ciertas industrias, no encontraban, generalmente, mayores dificultades para llegar a un acuerdo de acción conjunta con los patronos en sus respectivas industrias, clases muy amplias quedaban marginadas. Para ellas, y no sin alguna justificación, las secciones más prosperas del movimiento obrero parecían pertenecer a la clase explotadora más que a la explotada.
El resentimiento de la baja clase media, en la que el fascismo y el nacionalsocialismo reclutaron tan gran proporción de sus seguidores, se intensificó por el hecho de aspirar en muchos casos, por su educación y preparación, a posiciones directivas y considerarse ellos con títulos para ser miembros de la clase dirigente. La generación más joven, con el desprecio por las actividades lucrativas fomentado por la enseñanza socialista, rechazaba las posiciones independientes que envolvían riesgo y se congregaba, en cantidades crecientes, en torno a las posiciones asalariadas que prometían seguridad. Pero, a la vez, demandaba puestos que procurasen los ingresos y el poder a que, en opinión suya, les daba derecho su preparación. Creían en una sociedad organizada, y esperaban en ésta un lugar muy diferente del que la sociedad regida por el trabajo parecía ofrecerles. Estaban prontos a apoderarse de los métodos del viejo socialismo, pero dispuestos a emplearlos en servicio de una clase diferente. El movimiento tenía atractivos para todos los que, conformes con la conveniencia de que el Estado dirigiese la actividad económica entera, discrepaban en cuanto a los fines cuya consecución dirigía su fuerza política la aristocracia de los trabajadores industriales.
El nuevo movimiento socialista partía con algunas ventajas tácticas. El socialismo obrero se había desarrollado en un mundo democrático y liberal, adaptando a él sus tácticas y apoderándose de muchos ideales del liberalismo; sus protagonistas todavía creían que la implantación del socialismo resolvería por sí todos los problemas. El fascismo y el nacionalsocialismo, por otra parte, surgieron de la experiencia de una sociedad cada vez más regulada, consciente de que el socialismo democrático e internacional propugnaban ideales incompatibles. Sus tácticas se desarrollaron en un mundo ya dominado por la política socialista y los problemas que ésta crea. No se hacían ilusiones sobre la posibilidad de la solución democrática de unos problemas que exigen más acuerdo entre las gentes que lo que puede razonablemente esperarse. No se hacían ilusiones sobre la capacidad de la razón para decidir acerca de todas las cuestiones de relativa importancia que sobre las necesidades de los diferentes hombres o grupos inevitablemente surgen de la planificación, o sobre la respuesta que podría dar la fórmula de la igualdad. Sabían que el grupo más fuerte que reuniese bastantes seguidores a favor de un nuevo orden jerárquico de la sociedad y que prometiese francamente privilegios a las clases a las que apelaba, obtendría probablemente el apoyo de todos los defraudados porque, después de prometerles la igualdad, descubrieron que no habían hecho sino favorecer los intereses de una clase particular. Sobre todo, lograron éxito porque ofrecían una teoría, o weltanschauung, que parecía justificar los privilegios prometidos a sus seguidores. 

lunes, 25 de julio de 2011

7. LA INTERVENCIÓN ECONÓMICA Y EL TOTALITARISMO (Resumen VIII)

FRIEDERICH HAYEK (Austria 1899-1992) Premio nobel de Economía en 1974

La tesis central del libro es que los avances de la planificación económica van necesariamente unidos a la pérdida de libertades y al progreso del totalitarismo.


“El control de la producción de riqueza es
El control de la vida humana misma.”

                                   Hilaire Belloc


La mayoría de los planificadores que han considerado en serio los aspectos prácticos de su tarea apenas dudan que una economía dirigida tenga que marchar por líneas más o menos dictatoriales. El consuelo que nos ofrecen nuestros planificadores es que esta dirección autoritaria se aplicará “solo” a las cuestiones económicas. A la vez que se nos ofrece esta seguridad, se nos sugiere corrientemente que cediendo la libertad en los aspectos que son, o deben ser, menos importantes de nuestras vidas, obtendremos mayor libertad para la prosecución de los valores supremos.
Estrictamente hablando, no hay “móvil económico”, sino tan solo factores económicos que condicionan nuestros afanes por otros fines. Si nos afanamos por el dinero, es porque nos ofrece las más amplias posibilidades de elección de goce de los frutos de nuestros esfuerzos. Si todas las remuneraciones, en lugar de ser ofrecidas en dinero, se ofrecieran bajo la forma de privilegios o distinciones públicas, situaciones de poder sobre los hombres, o mejor alojamiento o mejor alimentación, oportunidades para viajar o para educarse, ello no significaría sino que al perceptor no le estaba ya permitido elegir, y que quien fijase la remuneración determinaba no solo su cuantía, sino también la forma particular en que había de disfrutarse.
La cuestión que plantea la planificación económica no consiste, solamente en si podremos satisfacer en la forma preferida por nosotros lo que consideramos nuestras más o menos importantes necesidades. Está en si seremos nosotros quienes decidamos acerca de lo que es más y lo que es menos importante para nosotros mismos o si ello será decidido por el planificador. La planificación económica no solo afectará a aquellas de nuestras necesidades marginales que tenemos en la mente cuando hablamos con desprecio de lo simplemente económico. Significará de hecho que, como individuos, no nos estaría ya permitido decidir que es lo que consideramos como marginal. Quien controla toda la vida económica, controla los medios para nuestros fines y, por consiguiente, decide cuales de éstos han de ser satisfechos y cuales no. Ésta es realmente la cuestión crucial. La planificación central significa que el problema económico ha de ser resuelto por la comunidad y no por el individuo, pero esto implica que tiene que ser también la comunidad, o, mejor dicho, sus representantes, quienes decidan acerca de la importancia relativa de las diferentes necesidades.
Nuestra libertad de elección en una sociedad en régimen de competencia se funda en que, si una persona rehúsa la satisfacción de nuestros deseos, podemos volvernos a otra. Pero si nos enfrentamos con un monopolista, estamos a merced suya. Y una autoridad que dirigiese todo el sistema económico sería el más poderoso monopolista concebible.
En una economía dirigida, donde la autoridad vigila los fines pretendidos, es seguro que ésta usaría sus poderes para fomentar algunos fines y para evitar la realización de otros.
Ocurre lo mismo con nuestra situación como productores, si quieren planificar tienen que controlar el ingreso en las diferentes actividades y ocupaciones, o las condiciones de remuneración o ambas cosas. En casi todos los ejemplos de planificación conocidos, el establecimiento de estas intervenciones y restricciones se contó entre las primeras medidas tomadas.
Por consiguiente, la sustitución de la competencia por la planificación centralizada requeriría la dirección central de una parte de nuestras vidas mucho mayor de lo que jamás se intentó antes. No podría detenerse en lo que consideramos como nuestras actividades económicas, porque ahora casi toda nuestra vida depende de las actividades económicas de otras personas. No es casualidad que en los países totalitarios, tanto en Rusia como en Alemania o Italia, se haya convertido en un problema de planificación el modo de organizar el ocio de las gentes. Los alemanes han llegado incluso a inventar para este problema el nombre horrible y en sí contradictorio de Freizeitgestaltung (literalmente: la configuración del tiempo libre), como si pudiera llamarse “tiempo libre” al que ha de gastarse en una forma dispuesta autoritariamente.
La pasión por la “satisfacción colectiva de nuestras necesidades”, con la que nuestros socialistas tan bien han preparado el camino al totalitarismo, y que desea vernos satisfacer nuestros placeres, lo mismo que nuestras necesidades, en el tiempo preceptuado y en la forma prescrita, tiene, por supuesto, la intención de ser, en parte, un medio de educación política. Pero es también un resultado de las exigencias de planificación, que consiste esencialmente en privarnos de toda elección, para darnos lo que mejor se ajuste al plan y lo determinado en aquel momento por el plan.
La libertad económica que es el requisito previo de cualquier otra libertad no puede ser la libertad frente a toda preocupación económica, como nos prometen los socialistas, que solo podría obtenerse relevando al individuo de la necesidad y, a la vez, de la facultad de elegir, tiene que ser la libertad de nuestra actividad económica, que, con el derecho a elegir, acarrea inevitablemente el riesgo y la responsabilidad de este derecho.

CONTINUACIÓN 

domingo, 24 de julio de 2011

La historia del país en el que todos sus ciudadanos se convirtieron en millonarios, por DASHIELL

6. LA PLANIFICACIÓN Y EL ESTADO DE DERECHO (Resumen VII)

FRIEDERICH HAYEK (Austria 1899-1992) Premio nobel de Economía en 1974

La tesis central del libro es que los avances de la planificación económica van necesariamente unidos a la pérdida de libertades y al progreso del totalitarismo.






Nada distingue con más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquel, de los grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho. Despojada de todo su tecnicismo, significa que el estado está sometido en todas sus acciones a normas fijas y conocidas de antemano; normas que permiten a cada uno preveer con suficiente certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre la base de este conocimiento.
Podemos así distinguir dos formas de actuar muy diferenciadas entre un Estado de Derecho y un gobierno arbitrario de tipo colectivista. Bajo el primero, el Estado se limita a fijar normas determinantes de las condiciones bajo las cuales pueden utilizarse los recursos disponibles, dejando a los individuos la decisión sobre los fines para los que serán usados. Bajo el segundo, el Estado dirige hacia fines determinados el empleo de los medios de producción. La diferencia entre los dos tipos de normas es la misma que existe entre promulgar un código de circulación u obligar a la gente a circular por un sitio determinado; o mejor todavía, entre suministrar señales indicadoras o determinar la carretera que ha de tomar la gente.
Las normas formales son así simples instrumentos, en el sentido de proyectarse para que sean útiles a personas anónimas, a los fines para los que estas personas decidan usarlos y en circunstancias que no pueden preverse con detalle. El Estado tiene que limitarse a establecer reglas aplicables a tipos generales de situaciones y tiene que conceder libertad a los individuos en todo lo que dependa de las circunstancias de tiempo y lugar, porque solo los individuos afectados en cada caso pueden conocer plenamente estas circunstancias y adaptar sus acciones a ellas. Si, de otra parte, el Estado pretendiese dirigir las acciones individuales para lograr fines particulares, su actuación tendría que decidirse sobre la base de todas las circunstancias del momento, y sería imprevisible. De aquí el hecho familiar de que, cuanto más “planifica” el Estado más difícil se le hace al individuo su planificación.
Hay otro argumento, moral o político, aún más importante para la cuestión que se discute. Si el Estado ha de prever la incidencia de sus actos esto significa que no puede dejar elección a los afectados. Tiene necesariamente que tomar partido, imponer a la gente sus valores y, en lugar de ayudar a ésta al logro de sus propios fines, elegir por ella los fines. El Estado deja de ser una pieza del mecanismo utilitario proyectado para ayudar a los individuos al pleno desarrollo de su personalidad individual y se convierte en una institución “moral”; donde “moral” no se usa en contraposición a inmoral, sino para caracterizar a una institución que impone a sus miembros sus propias opiniones sobre todas las cuestiones morales, sean morales o grandemente inmorales esta opiniones. En este sentido, el nazi u otro Estado colectivista cualquiera es “moral”, mientras que el Estado liberal no lo es.
No puede dudarse que la planificación envuelve necesariamente una discriminación deliberada entre las necesidades particulares de las diversas personas y permite a un hombre hacer lo que a otro se le prohíbe. Tiene que determinarse por una norma legal que bienestar puede alcanzar cada uno y que le será permitido a cada uno hacer y poseer. Toda política directamente dirigida a un ideal sustantivo de justicia distributiva tiene que conducir a la destrucción del Estado de Derecho. Provocar el mismo resultado para personas diferentes significa, por fuerza, tratarlas diferentemente. No puede negarse que el estado de derecho produce desigualdades económicas; todo lo que puede alegarse en su favor es que esta desigualdad no pretende afectar de una manera determinada a individuos en particular. Es muy significativo que los socialistas (y los nazis) han protestado siempre contra la justicia “meramente” formal, que se han opuesto siempre a una ley que no encierra criterio respecto al grado de bienestar que debe alcanzar cada persona en particular y que han demandado siempre una “socialización de la ley”, atacando la independencia de los jueces. Así podemos distinguir entre el Estado de derecho, la supremacía de la Ley y el ideal nacionalsocialista del gerechte staat (el Estado justo); solo que la clase de justicia opuesta a la formal implica necesariamente la discriminación entre personas.
Mucho más coherente es la actitud, que ya desde el comienzo del movimiento socialista, mostraron sus partidarios atacando la idea “metafísica” de los derechos individuales e insistieron en que, en un mundo ordenado racionalmente, no habría derechos individuales, sino tan solo deberes individuales. Ésta, en realidad, es la actitud hoy más corriente entre nuestros titulados progresistas, y pocas cosas exponen más a uno al reproche de ser un reaccionario que la protesta contra una medida por considerarla como una violación de los derechos del individuo.

CONTINUACIÓN