Juan J. Molina

Juan J. Molina
Juan J. Molina

viernes, 11 de febrero de 2011

CONSIDERACIONES SOBRE LAS FORMAS DE ESTADO, J. J. Molina




CONSIDERACIONES SOBRE LAS FORMAS DE ESTADO



El estado es tan solo una forma de organización consustancial al ser humano, la forma más simple de estado sería la individual, todos nos organizamos a nosotros mismos de alguna manera y esas normas que repetimos porque las consideramos buenas para nuestra vida, serían un principio de estado donde pueblo y gobierno convergen en una unidad. A partir de este estado básico se han formado todos los demás ya sean de dos individuos, cien o cien millones. Cuando en un estado convergen más de un individuo las tareas de gobernantes y gobernados pueden tomar diferentes caminos, pueden compartirse o pueden recaer solo en una de las partes. Las posibilidades de repartición del poder, forma de ejercerlo y de elección de la parte llamada a gobernar han dado las diferentes formas de estado que conocemos, democracias, teocracias, totalitarismos, tiranías, oligarquías, y dictaduras principalmente.
El estado en sí, considerado por algunos como “un mal necesario” no es de per sé perverso, si no existiera tendríamos que crearlo. Su origen fue la organización para la protección y la subsistencia, ya desde los albores de nuestra existencia como grupos tribales fue necesaria una repartición de tareas y roles entre los individuos para optimizar los escasos recursos disponibles. Ni que decir tiene, que con el paso del tiempo y el aumento de los individuos en los grupos de humanos la complejidad de las relaciones sociales fue a su vez cambiando los cometidos de dicha institución, lo que en un principio nació como herramienta de protección y optimización, pasó a ser una forma de obtener poder y con el poder, privilegios. A partir de ese momento el estado ya no se originaba o se legaba de una forma natural sino a través de una despiadada lucha entre individuos, tribus, clanes, familias, naciones, etc. Los que obtenían la preciada institución la manejaban sin piedad imponiendo sus leyes y condiciones, fue la época de las tiranías que aún persisten. Uno o unos pocos ejercían todo el poder en su nombre, en éste tipo de estados los individuos o mejor dicho súbditos no eran tenidos en cuenta excepto para explotarlos sin disimulo, no existían derechos y la obligación principal era obedecer y tributar para el disfrute de unos pocos. Herederos de esta casta dominante es lo que se viene en llamar conservadores, pues pretende conservar en cierta medida privilegios heredados. Cuando comenzaron las revoluciones, francesa y marxistas después, el pueblo guiado por intelectuales se levantó contra estas castas despóticas y privilegiadas e instauraron lo que ellos mismos denominaron la “dictadura del proletariado”. El pueblo tantos siglos oprimido y explotado, tomaba revancha e imponía su autoridad, es decir, conquistaban el estado y con ello el poder. Ahora los nuevos propietarios de la institución le dan un giro absoluto a su uso. Si durante siglos el estado no se había preocupado para nada de los individuos a no ser para sacarles provecho, ahora será todo lo contrario, el estado planificará la vida de los ciudadanos, la propiedad privada será abolida y todo, ciudadanos, vidas, haciendas y medios de producción son propiedad del estado. El ciudadano ya no tiene que preocuparse de nada porque el estado piensa y dispone por él. Todos los ámbitos quedan intervenidos, esta forma de estado es la propia de lo que se denomina progresistas, se autodenominan así porque conciben esta forma de organización como un progreso para la humanidad.
Históricamente, la connotación política de los términos “derecha “ e “izquierda” tuvo su origen en la Revolución Francesa, donde los moderados y liberales Girondinos se sentaban en la Asamblea Nacional del lado derecho, y los extremistas Jacobinos a la izquierda. Los derechistas Girondinos fueron quienes llevaron adelante la revolución liberal, aboliendo los privilegios de la nobleza, y estableciendo la igualdad ante la ley. Mientras que fue el ascenso al poder de los izquierdistas Jacobinos lo que terminó con el “período liberal” de la Revolución Francesa (1791-1793) dando comienzo al “Reino del Terror”.
Sin embargo en la actualidad dichos términos, izquierda y derecha, se identifican con progresistas y conservadores respectivamente.
Dependiendo de la finalidad del estado, administrar o planificar, podemos distinguir dos tipos bastante definidos.
Un estado administrativo cuyas funciones son las de administrar los recursos comunales, procurar la paz y  la seguridad, hacer cumplir las leyes y procurar la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Características de estados dirigidos por ideologías liberales.
Y el estado planificador, caracterizado por su intervencionismo en todos los ámbitos de la vida de los individuos, privado, económico, social o incluso moral. Bajo la premisa de la redistribución de los recursos y del bien común, el estado pasa a ser el actor principal y el individuo un actor secundario. Son los estados de tipo marxista, socialista y socialdemócratas en orden descendiente en cuanto al grado de intervencionismo.
La cualidad democrática  de un estado no tiene que ver tanto con la ideología como con la forma de elección de sus gobernantes, la democracia es un sistema de elección y de toma de decisiones, pero no una ideología filosófica en cuanto al propósito de gobierno. Un estado democrático puede ser perfectamente intervencionista aunque cuanto más intervencionista sea, también será menos democrático. Por el contrario un estado liberal difícilmente puede no ser democrático, ya que el respeto liberal por las libertades individuales impide que se puedan imponer gobiernos sin la libre elección de los ciudadanos, si eso fuera así sería cualquier cosa pero desde luego nunca un estado liberal.
De manera que podemos distinguir dos conceptos básicos en la forma de los estados, el estado finalista, o lo que es lo mismo: intervencionista. Que se propone la utilización de los medios estatales en pos de un fin más o menos loable. Y el estado liberal, que concibe a esta institución como la garante de las libertades y los derechos de los ciudadanos, pero que no se propone utilizar los medios estatales para la consecución de un fin determinado para todos los ciudadanos, sino que se limita a crear las condiciones de paz e igualdad de oportunidades para que los individuos puedan conseguir sus anhelos. Otra forma de distinción sería la del gobierno de los hombres, estados finalistas que se encaminan hacia un fin determinado por la mayoría en el poder. O gobierno de las leyes propio de los estados liberales, donde impera el estado de derecho y el orden necesario para la convivencia común de las distintas formas de entender la vida.

lunes, 7 de febrero de 2011

BANCA ÉTICA

Interesante conferencia sobre ética y economía, un poco larga pero merece la pena escucharla entera, así que poneros cómodos.
En ella se defiende cómo podemos cambiar las cosas, incluso la economía, empezando por nosotros mismos.



domingo, 6 de febrero de 2011

La reforma laboral que necesita España. Por Juan Ramón Rallo

"Muy pocos se atreven a decirlo, pero el derecho laboral es un bastardo moribundo de la peor retórica marxista del s. XIX, cristalizada en cruenta aberración legislativa en el XX. Las relaciones entre empresario y trabajador no tienen nada de especial, o al menos nada más especial que cualesquiera otras relaciones mercantiles o civiles."

Se trata de una legislación extraordinaria que sólo ha servido para aislar el mercado de trabajo del resto de la economía y conceder privilegios y poderes especiales sobre la vida interna de las empresas a sindicalistas, jueces y políticos.

No se trata de un fuero destinado a proteger a los trabajadores; el artículo 3.5 del Estatuto de los Trabajadores lo deja muy claro: "Los trabajadores no podrán disponer válidamente, antes o después de su adquisición, de los derechos que tengan reconocidos por disposiciones legales de derecho necesario. Tampoco podrán disponer válidamente de los derechos reconocidos como indisponibles por convenio colectivo".

El objeto mismo de la economía, la posibilidad de poder realizar intercambios sobre bienes, servicios o derechos, queda castrado de entrada. Para qué sirve un mercado en el que no puedo vender mis vacaciones a cambio de cobrar un 10% más al mes, o renunciar a mi indemnización por despido a cambio de una hora menos de trabajo al día, o aceptar una rebaja salarial para contener la necesidad de un despido colectivo que me afectará de lleno... es una incógnita que todavía no nos han resuelto sus defensores.

Al privarle de cualquier margen negociador, el trabajador, aquel al que se dice defender, se convierte en rehén de lo que pacten en su nombre políticos y sindicatos; como si todos los obreros se encontraran sometidos a las mismas contingencias y circunstancias particulares, y como si Zapatero, el vicepresidente Méndez y el apuntador Toxo tuvieran el más mínimo interés en su bienestar. Al cabo, lo que sucede es que hay muchas bocas que alimentar a costa de trabajadores y empresarios pero con la excusa de proteger los intereses de ambos, de modo que hay que conservar toda la arquitectura jurídica que reprime su autonomía.
Porque sí, el artículo 1.255 del Código Civil consagra el muy liberal principio de la autonomía de la voluntad –"los contratantes pueden establecer los pactos, cláusulas y condiciones que tengan por conveniente, siempre que no sean contrarios a las leyes, a la moral ni al orden público"–, pero parece que para nuestros leguleyos los trabajadores, o no deben ser autónomos, o deben carecer de voluntad propia. Sólo así se explica que el derecho laboral se pase por el forro el derecho civil y, con él, la libertad para pactar entre dos personas, sea reputada a efectos contractuales una trabajador y la otra empresario, o no.

El argumento que habitualmente se aduce para justificar semejante anomalía es que los obreros se hallan en situación de inferioridad frente a los malvados capitalistas. Habrá que entender, entonces, que cuando un trabajador amenaza al empresario con largarse a otra compañía si no ve mejoradas sus condiciones laborales, deberá ser reprimido con saña por aprovecharse de su posición de preeminencia sobre la de un pobre patrón en situación de inferioridad; o, extrapolando el disparate a otros mercados, habrá que prohibir las rebajas, donde los consumidores están en situación de superioridad frente a los minoristas, o incluso las ejecuciones hipotecarias, donde el deudor está en peores condiciones para negociar que el acreedor.

Si nos abstraemos un momento de los tremendismos dickensianos, deberíamos darnos cuenta de que el laboral no es un intercambio distinto a cualquier otro. El trabajador ofrece prestar el servicio concreto que el empresario le pide y éste le adelanta un salario antes incluso de recuperar por entero la inversión que ha realizado para que aquél pueda prestar dicho servicio. El uno cobra de inmediato y sin incertidumbres, calentándose poco la cabeza, y el otro gana dinero más tarde, luego de afrontar graves riesgos y sólo si es capaz de satisfacer en cada momento a sus clientes mejor que la competencia.

Que el primero necesita que le adelanten el salario es evidente; tanto como que el segundo pierde dinero si, tras acometer parte de sus inversiones, no consigue ponerlas en funcionamiento contratando mano de obra suficientemente cualificada.

Luego está aquello de que el trabajador se muere de hambre si no encuentra empleo, mientras el empresario puede esperar tranquilamente sentado hasta que aquél acepte unas condiciones laborales de miseria. No es ya que se trate de una preocupación hipócrita por parte de quienes han privado a los proletarios, impuestos y Seguridad Social mediante, de cualquier posibilidad de amasarse un patrimonio con el que poder quedarse desempleado sin caer automáticamente en la inanición, sino que además nada impide al obrero buscar un empleo con buenas condiciones, no ya desde el paro y la miseria, sino desde otro puesto de trabajo que le proporcione sustento. Teniendo una renta salarial con la que satisfacer sus necesidades básicas, ¿qué impide al trabajador negociar mejores condiciones con otro empresario? En realidad nada, pero a nuestros agentes sociales todavía les sale a cuenta azuzar el miedo a una inexistente ley de hierro de los salarios. El precio de semejante chiringuito, desde luego, no es desdeñable. En España, cinco millones de parados y creciendo.
Tal ha sido la ruina del derecho laboral, que los keynesianos tuvieron que inventarse una explicación para justificar la miseria a que condenaban las regulaciones a la clase obrera: en realidad, se nos dijo, no eran las rigideces en el mercado de trabajo lo que explican el paro, sino la insuficiente demanda agregada. Corbacho volvió a insistir en este sofisma la semana pasada: la reforma laboral no crea empleo, pues para ello tendremos que volver a crecer.

Pero nadie explica por qué no se ha producido nada parecido al desempleo en el mercado de materias primas, conceptualmente igual al laboral. ¿Saben la razón de por qué todo aquel productor de petróleo, gas, cobre, hierro o estaño que quiere vender puede hacerlo, y en cambio no todo trabajador que quiera trabajar puede encontrar un empleo? Porque los mercados de materias primas son lo suficientemente flexibles como para adaptarse de inmediato a cambios drásticos en su demanda. Ya ven, el petróleo subió hasta los 150 dólares en julio de 2008, y apenas un año después, con el estallido de la crisis, cayó por debajo de los 40, para remontar en la actualidad hasta los 80.

¿Se imaginan una flexibilidad laboral tal? Ya les digo: no tendríamos problemas de desempleo, ni de déficits, ni de desplomes agudos de la producción. Puede que muchos no soportaran ver reducido su salario un 60% durante unos meses; es comprensible, y no les culpo. El problema es que, como durante esos meses los empresarios que les abonan sus salarios pueden haber visto caer sus beneficios no en un 60%, sino en un 100%, su cerrazón a la hora de aceptar un cambio transitorio en sus condiciones laborales les conducirá al desempleo, les guste o no.

Claro que, junto a quienes se comportarían en un marco laboral flexible igual que como lo hacen en uno extremadamente rígido, habría otros que muy probablemente tratarían de adaptarse lo antes posible a las nuevas circunstancias. El problema no consiste, pues, en que quien quiera cobrar más de lo que se le puede pagar termine desempleado en ambos escenarios, sino en que no se permite al resto algo tan simple como elegir si aceptan una rebaja salarial a cambio de seguir empleados. Tal es el absurdo de nuestra legislación laboral, que prefiere el desempleo a una minoración de lo que ella, de manera poco rigurosa, denomina derechos de los trabajadores. ¿Pero cómo van a ser ciertas prebendas derechos de los trabajadores, cuando impiden a los trabajadores aquello que les califica como trabajadores, es decir, trabajar?

Más allá de los parches que se quieran añadir al lacerante derecho laboral para frenar un poco la hemorragia –rebajar un poquito una indemnización del despido que debería costar no 45, 33, 12 ó 0 días, sino lo que pactaran ambas partes en el contrato, o posibilitar el descuelgue de unos convenios colectivos impuestos a las partes–, la reforma laboral que realmente necesita España pasa por cargarse in toto el derecho laboral; o más sencillo: en lugar de elevarlo a la categoría de derecho imperativo, hay que tratarlo como se trata a la mayoría de preceptos del Código Civil: como derecho dispositivo, esto es, aplicable salvo pacto en contrario por las partes.

Con un proyecto de ley de un solo artículo bastaría. Pero para qué simplificar el derecho y la economía, cuando podemos embarullar ambas hasta el punto de destruir el mercado laboral y las expectativas sociales de millones de personas. Antes muertos que sencillos. 

martes, 1 de febrero de 2011

BASES PARA UNA REFORMA CONSTITUCIONAL, ALBERTO RECARTE


Alberto Recarte propone una reforma constitucional que acabe con la partitocracia




En un abarrotado Ateneo de Madrid, el presidente de Libertad Digital, Alberto Recarte, pronunció una conferencia en la que explicó su propuesta de bases para la reforma constitucional.

Como punto de partida, Recarte formuló un diagnóstico de la crisis que ha llevado a España a una situación de emergencia. El presidente de LD distinguió dos planos: por un lado el origen de la crisis, que sitúa en la política monetaria expansiva de los bancos centrales, y, en segundo lugar, los problemas de carácter estructural e institucional que en España han acrecentado la crisis y, a su vez, impiden que se lleven a cabo las reformas de calado que necesita el país. Ambos casos, en opinión de Recarte, vienen determinados por las carencias de la Constitución, ya sea de origen, como es el caso de la política monetaria, al no existir reglas específicas en el texto constitucional; o bien por la irresponsabilidad de las instituciones, principalmente los partidos políticos por su "populismo", encargadas del desarrollo de la norma constitucional.

Recarte señaló los principales problemas económicos a los que se enfrenta España:

1. El funcionamiento del euro y la política monetaria y crediticia del Banco Central Europeo.
2. La solvencia y la liquidez del Sistema Financiero español; en particular de las Cajas de Ahorro.
3. El déficit y el endeudamiento de las Comunidades Autónomas. Además, en menor grado, al menos cuantitativamente, la situación de insolvencia de muchos de los 8.108 ayuntamientos españoles. Igualmente preocupante es el déficit y la deuda de la Administración Central y de sus organismos autónomos, como la Seguridad Social y el Servicio Público de Empleo Estatal.
4. El funcionamiento del mercado de trabajo, que es una de las causas de que en España el empleo sea escaso y de que no existan empresas de tamaño medio y grande, lo que dificulta el aumento de la productividad y competitividad de la economía. El papel destructivo de los sindicatos en relación con todas esas carencias es mayor del que se imagina, pues su financiación les permite no tener que responder ante nadie de lo acertado o erróneo de sus actuaciones. Y no está de más recordar que los sindicatos son las únicas sociedades que nunca han publicado sus cuentas, a pesar de nutrirse, básicamente, de subvenciones públicas.
5. La corrupción en las Administraciones Públicas. Un problema de mayor envergadura en las entidades locales, pero que también aparece en las autonomías y en la Administración central.
6. La irresponsabilidad fiscal. Se manifiesta sobre todo en las autonomías pero también en los entes locales. En el caso de las autonomías, la irresponsabilidad está alentada por la forma en que se financian, pues entre un 80% y un 90% de sus ingresos son impuestos estatales cedidos, total o parcialmente. El origen de la irresponsabilidad es la política de los partidos nacionales mayoritarios de transferir cada vez mayores competencias exclusivas del estado a las autonomías, acompañadas de una mayor transferencia de recursos financieros, así como de dotarlas de capacidad normativa, junto a la renuncia a controlar el ejercicio de esas competencias.

A juicio de Alberto Recarte, la irresponsabilidad de los partidos políticos no puede explicar por sí sola el deterioro institucional, sino que existen vicios de origen en el propio texto constitucional que lo han permitido. En buena parte, considera Recarte, se debe a la coyuntura en la que se elaboró la Constitución de 1978: "Permitió pasar de la dictadura a la democracia sin solución de continuidad. Pero la mayoría de los partidos políticos que la discutieron y articularon estaban muy lejos de defender un sistema de poderes y contrapoderes que impidiera la concentración de todo el poder en el ejecutivo".

Otro factor determinante es que "el espacio europeo era intelectualmente propicio, en esos años –con la excepción del Reino Unido, donde ya había comenzado la revolución liberal-conservadora-, a los que defendían políticas económicas de intervención pública. Parecía que el socialismo real funcionaba y que el keynesianismo hidráulico sería capaz de superar la crisis del petróleo".

Pero en España esta pulsión estatalista –señala Recarte– no derivó en "un intervencionismo del estado central" al uso, por "el renacimiento de los nacionalismos en el País Vasco y Cataluña. El terrorismo de ETA se condenaba, pero se comprendía. El nacionalismo catalán, con o sin terrorismo, se respetaba. La mayoría de los partidos, y de los dirigentes políticos, creían que la oposición de los nacionalistas al franquismo durante su última década, entre 1966 y 1976, debería tener un "reconocimiento constitucional".

A esto hay que sumar como "factor diferenciador", en opinión de Recarte, "el papel protagonista del Rey, tras la muerte de Franco y el de una UCD, liderada por Adolfo Suárez, decidida a democratizar España, dirigiendo una transición que pasara "de la ley a la ley" y que tenía como objetivo elaborar un texto constitucional en el que cupieran todas las sensibilidades y disparidades; con el que fuera posible planificar la economía, si eso era lo que querían la mayoría de los españoles y que los nacionalistas pudieran apoyar, porque reconocía competencias exclusivas de las autonomías y la posibilidad de lograr la transferencia de competencias exclusivas del estado".

Recarte hace especial énfasis en "la desconfianza en el poder judicial. Por razones de orden histórico, porque los jueces eran los del franquismo, y por razones ideológicas, porque ni los nacionalistas ni los progresistas del PCE ni del PSOE estaban dispuestos a que las disposiciones legales aprobadas por la Cámara, por la mayoría suficiente, fueran interpretadas por otro poder". Lo que explica que se limitasen "los poderes del Tribunal Supremo superponiendo a éste, por una interpretación del propio Tribunal Constitucional, incluso en cuestiones puramente jurídicas, un Tribunal Constitucional de carácter político y se permitió, en el propio texto constitucional, que en el futuro se intensificara el control político sobre los nombramientos de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, lo que ocurrió con la primera mayoría absoluta del PSOE".

Y el factor que para Recarte resulta más "determinante". Lo que habitualmente definimos como partitocracia, determinada para Recarte por "una ley electoral de 1976, preconstitucional, que condiciona la representación parlamentaria de los partidos nacionales y nacionalistas, primando las mayorías en todos los casos sobre la representación de las opciones minoritarias" y dejar en manos de los partidos "la elección de los miembros del Tribunal Constitucional, del Consejo General del Poder Judicial y el contenido de los Estatutos de Autonomía, regulados en el Título VIII de la Constitución; entre otras muchas funciones. Y por esta vía se ha reinterpretado la Constitución y desmembrado el Estado". Lo que ha provocado que, aunque "los partidos políticos estén obligados a mantener, constitucionalmente, un sistema de la democracia interna, ésta no se respeta. En la práctica, no existe ningún otro órgano independiente que pueda exigírsela".

Recarte explicó que estos vicios de origen en la redacción del texto constitucional han tenido como consecuencia que:

- La monarquía parlamentaria se ha transformado en un régimen en el que el ejecutivo y el legislativo son un solo poder y en el que el poder judicial no es independiente. La Jefatura del Estado es sólo un símbolo. El Tribunal Constitucional decide que quiere decir la Constitución en función de las vinculaciones de los vocales de dicho Tribunal.
- Los partidos políticos, nacionales y nacionalistas, junto con los sindicatos, han heredado el poder de la clase dirigente del franquismo. Un poder que se revalida en las elecciones democráticas, pero que tiene resortes legales y presupuestarios para hacerse inamovible. Lo más característico de este poder heredado es que ningún representante popular –ni siquiera los senadores- es elegido directamente por la población. El poder no se ejerce como en el franquismo, sin respeto a la democracia ni a las libertades, sino a través de un intervencionismo legal que dificulta la actuación independiente, política, social o empresarial, de los que tienen opiniones diferentes a los partidos que ocupan el poder en cada momento.
- Las autonomías han recibido la transferencia de muchas de las competencias exclusivas del estado, junto con los recursos financieros suficientes para ejercerlas, tal y como preveía la Constitución. La que no se ha cumplido es la obligación, también constitucional, de controlar la forma en que se ejercen esas competencias.

Para abordar la reforma constitucional, Recarte señaló que sólo hay una vía: "modificar el Título X de la Constitución, el que regula las reformas constitucionales", blindando cualquier cambio a la mayoría de Congreso y Senado, o, en otras palabras, la voluntad de los partidos políticos.

Los objetivos que marca Recarte para la reforma son:

- Simplificar la posibilidad de hacer reformas de todo tipo, políticas y económicas, acudiendo, mucho más directamente, a la convocatoria de referéndums y evitando la necesidad de mayorías cualificadas, incluso de votaciones, en las dos Cámaras, para lo cual sería necesario modificar el artículo 166 de la propia Constitución, así como los siguientes, el 167 y el 168. Esta reforma constitucional permitiría que nuestra norma constitucional se adaptara a las necesidades políticas y económicas de España en cada momento. La dificultad para hacerlo es que sólo los partidos políticos tienen, según la propia Constitución, capacidad para proponerlo y que sólo si se aprueba por la mayoría cualificada de 2/3 partes del Congreso y la mayoría absoluta del Senado se podría someter a referéndum un cambio de esa naturaleza. Sería igualmente necesario pero es, sin duda, aún más complicado, que se reconociera la independencia del poder judicial y que el Tribunal Supremo sustituyera al Tribunal Constitucional, –que tendría que desaparecer–, como único intérprete de la Constitución.
- Aunque no es conveniente llevar muchos otros temas económicos al texto constitucional hay algunos que deberían aparecer: la prohibición de financiación presupuestaria de los partidos políticos y la de los sindicatos y organizaciones empresariales así como las competencias exclusivas del estado, revisadas y que no son transferibles en ningún caso, así como recuperar algunas necesarias para poder desarrollar una política económica nacional.
- Finalmente, será en su momento imprescindible, modificar el texto constitucional y someterlo a referéndum, para que la Unión Monetaria pueda, legalmente, condicionar la política presupuestaria, la supervisión bancaria y la participación y utilización del actual Fondo de Rescate, máxime si se transforma en un Fondo permanente. Si este referéndum se celebrara, habría que aprovechar para reformar, al menos, los artículos de la Constitución que tienen contenido económico y que han sido modificadas por los Tratados con la Unión Europea y la Unión Monetaria Europea.

En definitiva, una amplia propuesta reformista que Recarte considera imprescindible para "plantear la auténtica reforma pendiente, la que consagra la independencia del poder judicial". Sin embargo, se mostró pesimista por la dificultad de llevar a cabo la misma, ya que tienen que ser los propios partidos quienes renuncien a su poder modificando el Título X, en un círculo vicioso de difícil salida.

Al término de la conferencia tuvo lugar un animado e interesante coloquio con algunos de los muchos asistentes, que coincidieron en la necesidad de abordar una reforma constitucional.

miércoles, 26 de enero de 2011

La Internacional Liberal

La Internacional


La Internacional Liberal es la federación mundial de partidos liberales. Desde su fundación en el año 1947, se ha convertido en la red preeminente de los partidos liberales y para el fortalecimiento de la democracia liberal en todo el mundo. Hay un número de principios comunes que unen a todos los partidos liberales de África, las Américas, Asia y Europa; los derechos humanos, las elecciones libres y justas y la democracia multipartita, la justicia social, la tolerancia, la economía de mercado, el libre comercio, la sostenibilidad medioambiental y un fuerte sentido de la solidaridad internacional. Naturalmente, en la aplicación de dichos principios, debido a las diversas circunstancias nacionales, existe diversidad entre los partidos liberales.
El liberalismo
Los liberales están comprometidos con la construcción y la salvaguarda de las sociedades libres, justas y abiertas en las que buscan equilibrar los valores fundamentales de libertad, igualdad y comunidad, y en las que nadie sea esclavizado por la pobreza, la ignorancia o la conformidad. Los liberales defendemos la libertad, la dignidad y el bienestar de las personas. Reconocemos y respetamos el derecho a la libertad de consciencia y el derecho de todas las personas a desarrollar sus talentos plenamente. Aspiramos a dispersar el poder, a fomentar la diversidad y a nutrir la creatividad. La libertad de ser creativo e innovador sólo puede ser sostenida por una economía de mercado, pero ésta debe ser una economía de mercado que ofrezca a la gente opciones reales. Esto significa que nosotros no queremos ni un mercado en el que la libertad esté limitada por monopolios ni una economía desligada de los intereses de los pobres y de la comunidad como un todo. En el fondo, los liberales son optimistas, y confían en la gente a la vez que reconocen la necesidad de estar siempre sobre aviso frente a los que detentan el poder.
Los derechos humanos
Los derechos humanos son el componente esencial del liberalismo. Creemos que dichos derechos son una condición previa para el progreso y la estabilidad y sólo pueden ser garantizados por la verdadera democracia. Los liberales reconocen la necesidad esencial de promover los derechos políticos y civiles y, por consiguiente, se oponen a cualquier forma de dictadura. La educación, la satisfacción de los derechos de las mujeres y el respeto del medio ambiente son esenciales. Nosotros hacemos campaña a favor de los derechos de los grupos minoritarios, que es en todo nuestro interés, puesto que, de una u otra manera, todos somos minorías.
Libre mercado y desarrolloLos liberales creen que la libertad de movimientos y la libertad a la hora de comerciar pueden aliviar la pobreza que sufre gran parte del mundo y, a tales efectos, se comprometen a seguir abriendo los mercados occidentales a productos procedentes de los países en vías de desarrollo. Pero una economía social de mercado tiene que ir acompañada de instituciones democráticas. La financiación del desarrollo sólo podrá ayudar a reducir la pobreza si las instituciones gubernamentales que la reciben adoptan prácticas de buen gobierno que incluyan la plena transparencia y responsabilidad basadas en las reglas de la ley. Sin libertad, sin franqueza, sin elecciones políticas y sin instituciones autónomas que fortalezcan las disposiciones legales, no hay ninguna esperanza de que se pueda controlar la corrupción o crear desarrollo. Esta es la razón por la que los liberales enfatizan que la ayuda al desarrollo internacional también debería centrarse en desarrollar los cimientos políticos.   

martes, 25 de enero de 2011

CONSIDERACIONES SOBRE LAS IDEOLOGÍAS TOTALITARIAS DEL SIGLO XX, POR Noah Nissani



Un conocido catedrático y escritor político israelí clasificó, en su
introducción a un curso sobre Fascismo, las ideologías del siglo XX en
dos categorías, a las que se refirió como “constructivas” y “no
constructivas”, respectivamente. En la categoría de ideologías
“constructivas” incluyó aquellas que como el Marxismo, el Fascismo y el
Nazismo se caracterizan por su propósito de construir un nuevo modelo
de sociedad, mientras que en la segunda categoría, colocó únicamente al
Liberalismo, el que, en su opinión, carece de un modelo innovador de
sociedad.
Nada puede estar más lejos de la verdad. El Liberalismo moderno, surgió
en el siglo XVIII, en una sociedad dividida en clases: nobleza, burguesía,
campesinos, judíos, siervos y esclavos, regida por monarcas absolutos, y
caracterizada por la intolerancia religiosa. Su propósito fue crear una
sociedad totalmente diferente, basada en la libertad e igualdad de todos
los seres humanos. Sociedad compuesta de individuos responsables por
si mismos y sus familias, que además comparten la responsabilidad
colectiva por los asuntos públicos y las obligaciones emanentes de la
fraternidad humana. Una sociedad regida, no por los hombres sino por
las leyes, y caracterizada por la libertad de pensamiento y la tolerancia
religiosa.
El error del mencionado catedrático puede explicarse por el
hecho de que, en contraste con los frustrados intentos totalitarios de
cambiar la sociedad, el éxito de la revolución liberal se obtuvo más por la
abstención que por la intervención activa de las autoridades. Fue el
resultado de la fe liberal en la capacidad de la sociedad de auto
transformarse, junto con la resistencia a intentar transformar la sociedad
por medio de decretos.
Históricamente, la connotación política de los términos “derecha ” e
“izquierda” tuvo su origen en la Revolución Francesa, donde los
moderados y liberales Girondinos se sentaban en la Asamblea Nacional
del lado derecho, y los extremistas Jacobinos a la izquierda. Los
derechistas Girondinos fuero n quienes llevaron adelante la revolución
liberal, aboliendo los privilegios de la nobleza, y estableciendo la igualdad
ante la ley . Mientras que fue el ascenso al poder de los izquierdistas
Jacobinos lo que terminó con el “período liberal” de la Revolución
Francesa (1791-1793) dando comienzo al “Reino del Terror”.
Todas las modernas ideologías totalitarias comparten con los
izquierdistas Jacobinos sus características esenciales: El extremismo
, el Maniqueismo, y el totalitarismo, así como el hecho de que
todas ellas condujeron al terror y a la tiranía. Además, los líderes
principales, del Fascismo y Nazismo, Mussolini y Hitler, fueron ambos
originariamente Marxistas, que llegando a la conclusión de que algo
estaba equivocado en la ideología Marxista-Leninista, construyeron
sus respectivas nueva s ideologías introduciendo cambios a su común
base Marxista .
Por lo tanto, toda clasificación de las ideologías del siglo
XX, debe poner las totalitarias, como el Marxismo y sus derivadas,
Fascismo y Nazismo en la izquierda junto a sus precursores Jacobinos, y
al Liberalismo, legítimo heredero de los Girondinos, a la derecha.
Benito Mussolini (Amilcare Andrea) (1883-1945) fue antes de la Primera
Guerra Mundial un eminente ideólogo Marxista, cuya ascendencia le ganó
el sobrenombre de “Duce”, es decir, líder o Fuhrer. En 1915 fue expulsado
del Partido Socialista Italiano por apoyar la participación de Italia en la
guerra. Es entonces cuando Mussolini hace un vuelco ideológico,
pasando del axioma Marxista de “guerra de clases” a sostener la
“armonía social”, es decir, de la eliminación total de la burguesía a la
legitimación de todos los sectores sociales. De acuerdo con su nueva
ideología, estos debían organizarse en corporaciones o uniones, fasci en
italiano, representadas en el gobierno: Los zapateros representados por
zapateros y los ingenieros por ingenieros. En opinión de Mussolini, ello
sería una autentica democracia basada en “la autentica representación
del pueblo”, y por lo tanto mucho mejor que la falsa democracia
liberal. En esta última, según los sostenedores del Corporativismo, todos
los representantes del pueblo pertenecen a una elite de políticos de
origen burgués. La justicia social en el régimen corporativo sería lograda
mediante negociaciones entre representantes de los empleados y los
empleadores, bajo la supervisión del estado.
También el Nazismo surgió del Marxismo reemplazando la guerra
universal contra la burguesía con la guerra nacional contra los Judíos. De
acuerdo con la nueva concepción de Hitler, no todos los capitalistas eran
responsables por los sufrimientos del pueblo alemán, sólo los
extranjeros, y especialmente aquellos que eran extranjeros en todas
partes, los sin tierra, los Judíos. Es de acuerdo con este vuelco del
Maniqueísmo internacional al nacional, que el Partido de los Trabajadores
Alemanes (similar al Partido de Lenin de los Trabajadores Rusos y otros
partidos obreros en el mundo) cambió su nombre en 1920, por el de
Partido Nacional Socialista (Nazi). Hitler también transfirió la acusación
Marxista de ser los promotores de la Primera Guerra Mundial, de los
capitalistas a los Judíos y advirtió que serían eliminados en Alemania, si y
cuando provocaran una segunda guerra mundial.
Otra característica común al Marxismo y sus derivados, el Fascismo y el
Nazismo, fue su frecuente cambio de nombres e ideologías. El Partido
Social Demócrata de los Trabajadores Rusos cambió su nombre a Partido
Comunista en 1918, pasando de una ideología evolucionista a una
revolucionaria. Su equivalente israelí, el Partido de los Trabajadores de
Israel (Mapai), cambió su nombre a Partido Laborista (Avoda), cuando
remplazó su ideología Marxista por un “socialismo sindical”, muy cercano
al Corporativismo de Mussolini. Hoy día, el Partido Laborista Israelí, al
igual que otros ex–partidos Marxistas en el mundo, apoya a la economía
de libre mercado y ha borrado su histórica conexión con los sindicatos de
los trabajadores. En el presente esta buscando un nuevo nombre que
ayude a olvidar su pasado Marxista. La causa de esta inestabilidad parece
residir en el hecho de que todas estas ideologías totalitarias son el fruto
de la improvisación de un solo hombre, ya sea Marx, Mussolini o Hitler, y
por lo tanto carecen las raíces milenarias y la estabilidad del Liberalismo.
Otra característica común a todas las las ideologías totalitarias es ver en
el ciudadano un pupilo necesitado de protección y al gobierno como al
responsable de su bienestar. El liberalismo, por el contrario, ve en el
hombre un ser auto suficiente e independiente, como Robinson Crusoe o
los colonizadores del Lejano Oeste. Ciertamente, la libertad tiene su
precio: el riesgo, mientras que la búsqueda de la seguridad conduce a la
sumisión . Aristóteles clasificó a los hombres en aquellos que son
libres por naturaleza y aquellos que necesitan la seguridad del esclavo. Fue esta busqueda de seguridad lo que llevó a los Ancianos de Israel
a pedirle a Samuel un Rey, o a los campesinos de Europa a someterse
voluntariamente a los señores feudales. Fue también la intervención
protectora del gobierno Egipcio, cuando salvo a sus subditos del hambre
durante los siete años de carestía previstos por José, lo que los convirtió
en esclavos del Faraón (Génesis, 47:13). La experiencia universal enseña
que aquellos que prefieren la seguridad a la libertad, pierden ambas.

Bibliografía, 
Introducción al Liberalismo Clásico
Filosofía Política y Macro Economía. De la Biblia y Aristóteles a
Montesquieu y Adam Smith
Noah Nissani

jueves, 20 de enero de 2011

EL FORTALECIMIENTO DE LOS VALORES ÉTICOS (III)


EL FORTALECIMIENTO DE LOS VALORES ÉTICOS


Día a día, toda persona manifiesta comportamientos éticos, aunque a veces no lo perciba. La ética, por tanto, es el resultado de la evolución del pensamiento humano. Es, como señala J. Antonio Marina “la más inteligente creación de la inteligencia humana”.
“Cuantos más sanos principios asimila una persona más deberes va generando, los cuales no serán impuestos por nadie sino adoptados de manera consciente y voluntaria. Por ello, es posible decir que la ética es el tratado de los deberes convenientes al ser humano. Desde el punto de vista de la ética, uno no es libre de hacer lo que le viene en gana, sino de hacer lo que debe hacer” (Camps, 1996)

El proceso de interiorización de valores éticos en los individuos sigue este proceso:

-         Reflexión y deliberación.
-         Adquisición de conciencia.
-         Distinguir entre lo conveniente y lo nocivo.
-         Adoptar principios convenientes o positivos.
-         Asumir deberes de manera voluntaria.
-         Actuar de manera íntegra y responsable.

Cuantos más principios y valores positivos poseen las personas, más correctamente actúan, y viceversa, a menor fortaleza en valores éticos mayor es la inclinación hacia conductas indeseables.
Un “buen gobierno” para serlo, necesita contar entre sus filas con personal íntegro, personas responsables que actúen sin olvidar el deber hacia la comunidad a la que representan y sirven. Los valores éticos, insertados en los servidores públicos y cultivados de manera adecuada, pueden hacer más eficiente, transparente, equitativo y justo el arte de gobernar así como el ejercicio de la función pública.
El principal reto que afronta la ética pública no es la identificación de valores sino su interiorización en las personas. “ El interés del estado no puede depender de las pasiones del Príncipe gobernante, ni siquiera de su deseo de ser malo o bueno sino que exige un profundo autocontrol”.Cortina.
“Una confianza no se logra solo multiplicando los controles, sino reforzando los hábitos y las convicciones. Esta tarea es la que compete a una ética de la administración pública: la de generar convicciones, forjar hábitos, desde los valores y las metas que justifican su existencia”. Cortina.
Como dijo Aristóteles: “No se estudia ética para saber qué es la virtud sino para ser virtuosos”.
Bliografía: Ética para corruptos, Oscar Diego Bautista, Edt. Desclée De Brouwer